LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE LA POLÍTICA ARGENTINA
Hay libros que, con el paso del tiempo, dejan de pertenecer exclusivamente a la literatura para convertirse en una suerte de espejo incómodo de la realidad.

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Por Juan A. Frey
"La insoportable levedad del ser", de Milan Kundera, podría leerse hoy con todas las distancias y cautelas que exige una comparación semejante como una metáfora posible de cierta política argentina; una política donde abundan los movimientos, las contradicciones y las palabras, pero escasean el peso de las decisiones y la responsabilidad de asumir sus consecuencias.
En la actual contingencia preelectoral, el escenario parece dominado por una paradoja, cuanto más se habla de principios, identidad y futuro, más difícil resulta distinguir convicciones de conveniencias. Los viejos mapas ideológicos parecen haber perdido precisión y las fronteras partidarias se vuelven, en muchos casos, deliberadamente difusas. Dirigentes que ayer parecían irreconciliables hoy encuentran puntos de encuentro; quienes defendían determinadas banderas ensayan nuevas alianzas; y quienes alguna vez denunciaron el oportunismo de sus adversarios descubren, cuando las circunstancias cambian, la utilidad de practicarlo.
No se trata de negar que la política necesite acuerdos. Una democracia saludable requiere diálogo, negociación y capacidad para construir mayorías. El problema aparece cuando el acuerdo deja de ser una herramienta para resolver problemas y se transforma en un fin en sí mismo, cuando la identidad política se vuelve intercambiable y el ciudadano queda obligado a descifrar qué permanece detrás de cada nueva coalición, ruptura o incorporación.
La confusión no es solamente partidaria. También es conceptual. Se multiplican las etiquetas, los posicionamientos y las declaraciones grandilocuentes, mientras las cuestiones concretas el empleo, la inflación, la seguridad, la educación, la salud, la producción y el deterioro de las condiciones de vida reclaman respuestas que no caben en un eslogan electoral.
Y allí aparece una de las mayores deudas de la dirigencia, el compromiso real.
Gobernar, legislar o aspirar a gobernar implica asumir costos. Significa explicar qué se hará, cómo se hará, cuánto costará y quién deberá afrontar las consecuencias. Sin embargo, en demasiadas ocasiones, la política parece haber descubierto una fórmula particularmente cómoda:
Reivindicar los resultados favorables como propios y atribuir los costos al contexto, a la herencia, al adversario o a una circunstancia extraordinaria.
La responsabilidad, entonces, se vuelve liviana.
También lo son, con frecuencia, las convicciones. No porque una persona o un partido no puedan cambiar de opinión cambiar frente a nuevas evidencias puede ser una virtud, sino porque la ciudadanía tiene derecho a conocer qué razones justifican esos cambios.
Cuando una transformación de posiciones no está acompañada por explicaciones convincentes, la renovación puede parecer simplemente oportunismo.
La promiscuidad partidaria, en este sentido, no debería medirse por la cantidad de alianzas que se construyen, sino por la ausencia de criterios reconocibles que las expliquen. La política puede y debe ser flexible; lo que no debería serlo hasta el extremo de volverse irreconocible es el vínculo entre representación y principios.
Kundera hablaba de la tensión entre el peso y la levedad. En la política, esa tensión adquiere una dimensión particularmente concreta. Las decisiones públicas tienen peso porque afectan vidas reales.
Una firma, una ley, un presupuesto, una devaluación, una reforma, un impuesto o una política social no son abstracciones literarias, producen efectos sobre personas, empresas, trabajadores y comunidades.
Por eso, la política no puede permitirse una levedad absoluta.
En tiempos electorales, quizá la verdadera discusión no debería ser quién consigue ocupar determinado espacio del tablero, sino qué proyecto está dispuesto a asumir el peso de gobernar. Porque ganar una elección puede ser el comienzo de una responsabilidad, no su culminación. Y porque una sociedad agotada por la incertidumbre difícilmente necesite más escenografía política, necesita definiciones.
La Argentina atraviesa nuevamente uno de esos momentos en los que la dirigencia parece mirar más el calendario electoral que el calendario de los problemas. Las candidaturas ocupan el centro de la escena, mientras las respuestas concretas quedan muchas veces relegadas a un segundo plano.
Quizás allí resida la verdadera paradoja:
Una política que pretende representar a una sociedad cada vez más exigente, pero que todavía parece resistirse a cargar con el peso de sus propias decisiones.
La insoportable levedad no consiste, entonces, en cambiar de partido, negociar o revisar una idea. Consiste en poder cambiar de posición sin explicar por qué; prometer sin comprometerse; responsabilizar al otro por cada fracaso y apropiarse de cada éxito; reclamar confianza sin ofrecer certezas mínimas sobre el rumbo.
Frente a esa levedad, la ciudadanía tiene una demanda elemental, saber quiénes son los que quieren gobernar, qué pretenden hacer y, sobre todo, qué están dispuestos a hacerse cargo de hacer.
Porque en política, como en la vida, tarde o temprano llega el momento en que la levedad deja de ser una virtud y se convierte en una carga.
Y esa carga, finalmente, la termina soportando la sociedad.
