LA PATRIA DE LOS NOVENTA MINUTOS

08.07.2026

Hay una imagen que define a la Argentina mejor que cualquier encuesta de opinión. Miles de personas recorriendo miles de kilómetros para acompañar a la Selección Nacional. Banderas en los balcones, caravanas interminables, lágrimas, abrazos, gargantas rotas de tanto cantar el himno. Un país entero capaz de olvidar sus diferencias políticas, sociales y económicas durante noventa minutos.















.

Por Juan A. Frey

La pregunta inevitable es tan incómoda como devastadora; ¿dónde desaparece ese mismo pueblo cuando lo que está en juego no es una copa, sino la República?

¿Por qué la soberanía nacional no despierta la misma pasión que un gol? ¿Por qué la independencia económica conmueve menos que un penal? ¿Por qué la corrupción, que vacía hospitales, destruye escuelas y condena generaciones enteras, provoca apenas un murmullo de resignación mientras una derrota futbolística puede sumir al país en un duelo nacional?

La respuesta no deja bien parado a nadie.

Hemos construido un patriotismo de utilería. Uno que aparece envuelto en celeste y blanco cuando rueda una pelota y se guarda prolijamente en un cajón cuando el país necesita ciudadanos y no simplemente hinchas.

La bandera flamea orgullosa en los estadios del mundo, pero parece perder peso cuando se rematan recursos estratégicos, cuando el endeudamiento condiciona el futuro de varias generaciones o cuando la corrupción se convierte en un sistema y no en una excepción. Entonces el fervor patriótico entra en un sospechoso silencio.

Lo paradójico es que quienes gritan hasta quedarse afónicos "¡Argentina, Argentina!" muchas veces aceptan con una docilidad desconcertante que dirigentes de todos los colores políticos administren el Estado como si fuera un botín de guerra. Se insultan árbitros extranjeros con una furia desbordante, pero se tolera que funcionarios propios traicionen la confianza pública sin mayores consecuencias.

¿Qué clase de nacionalismo es ese?

Uno profundamente emocional, pero peligrosamente superficial.

Porque amar un país no consiste en emocionarse cada cuatro años durante un Mundial o cada vez que la Selección gana un trofeo. Amar un país implica defender sus instituciones, exigir honestidad, proteger su patrimonio, reclamar educación de calidad, justicia independiente, producción, trabajo y libertad. Todo lo demás es folclore.

La clase política ha entendido esta debilidad colectiva mejor que la propia sociedad. Mientras el pueblo festeja campeonatos, ellos celebran otra clase de victorias; la impunidad.

Saben que un gol espectacular ocupa más horas de discusión que un escándalo de corrupción. Que una conferencia de prensa de un director técnico genera más expectativa que una investigación judicial. Que un clásico divide más que cualquier debate sobre el destino económico de la Nación.

Y así, entre camisetas, festejos y fuegos artificiales, la realidad sigue pasando factura.

No se trata de despreciar el fútbol. Sería una estupidez. El fútbol ha regalado algunas de las pocas alegrías colectivas capaces de unir a un país acostumbrado a fracturarse. El problema comienza cuando el deporte deja de ser una celebración para convertirse en un refugio. Cuando la pasión sustituye al compromiso. Cuando el hincha desplaza al ciudadano.

Tal vez el drama argentino no sea amar demasiado al fútbol. Tal vez el verdadero drama sea amar demasiado poco a la Nación.

Porque una camiseta no reemplaza a una Constitución. Un campeonato no sustituye a la justicia. Un gol no paga la deuda moral de una dirigencia que hace décadas administra decadencia. Y una vuelta olímpica, por gloriosa que sea, jamás resolverá los problemas de un país cuyos ciudadanos parecen descubrir el patriotismo únicamente cuando escuchan el silbato inicial.

El día que la corrupción provoque la misma indignación que un penal mal cobrado; el día que la entrega de la soberanía despierte la misma furia que una derrota deportiva; el día que defender la República convoque la misma multitud que recibe a los campeones del mundo, ese día Argentina habrá dejado de ser un pueblo de extraordinarios hinchas para convertirse, por fin, en una gran Nación.

Hasta entonces, seguiremos demostrando que somos campeones del mundo... pero apenas espectadores del destino de nuestro propio país.

Share