MILEI EN EL MOVISTAR ARENA: CUANDO LA POLÍTICA SE DISFRAZA DE ESPECTÁCULO

El pasado fin de semana, unas quince mil personas colmaron el Movistar Arena de Buenos Aires para presenciar un acto del presidente Javier Milei.
Por Juan A. Frey
No fue una conferencia, ni un anuncio de gestión, ni siquiera una celebración institucional; fue un espectáculo. Un show montado con luces, música, escenografía, merchandising y gritos de euforia, que poco tiene que ver con los rituales clásicos de la política democrática. No fue un encuentro de ciudadanos con su presidente; fue la canonización de un líder mesiánico en clave de cultura pop.
El evento, al que Milei tituló "La Misa de la Libertad", no puede leerse como una anécdota ni como un simple recurso comunicacional. Es un síntoma de época y una advertencia sobre el rumbo que está tomando la política argentina. En medio de una crisis económica que sigue pulverizando salarios, licuando jubilaciones, paralizando el consumo y aumentando la pobreza, el presidente decide montarse a una lógica de espectacularización que borra los límites entre lo político y lo performático. Y lo más inquietante, logra adhesión.
Javier Milei no es el primer líder que capitaliza el descontento social. Pero su discurso se distingue por el nivel de simplificación y agresividad con el que define el mundo, buenos contra malos, mercado contra Estado, libertad contra "zurdos". Para una parte de la sociedad especialmente jóvenes frustrados, sectores medios empobrecidos y ciudadanos desencantados con los partidos tradicionales, Milei aparece como un canalizador de esa bronca que la política tradicional no supo, no quiso o no pudo escuchar.
La motosierra que supo blandir en campaña ya no es sólo una metáfora del ajuste, se ha convertido en un símbolo estético, un ícono que aparece en remeras, canciones, grafitis y hasta tatuajes. Lo que empezó como una consigna económica ("eliminar el gasto público") terminó transformándose en una identidad emocional; "somos los que vinimos a destruir".
Este giro no es inocente. El mileísmo no propone construir una alternativa desde una nueva forma de gestión; propone destruir lo que existe como única solución. No hay matices, no hay debate, no hay complejidad. Y esa narrativa maniquea, acompañada de una oratoria agresiva, insultante y muchas veces delirante, no sólo cautiva, genera una fe ciega. Un fanatismo que celebra la demolición, aunque eso implique demoler sus propias condiciones materiales de vida.
La puesta en escena de Milei en el Movistar Arena es inseparable de su gestión. No es un acto de distracción, es parte de su estrategia política. Allí no se rindieron cuentas sobre inflación, desempleo, ni sobre la preocupante situación de la salud, la educación o la industria nacional. Allí se celebró una idea; la idea de Milei como salvador.
La escenografía no fue casual. Al estilo de los grandes shows internacionales, se montó un evento con estética hollywoodense, música de rock pesado, arengas con eco, citas económicas adornadas como si fueran versos bíblicos, y un discurso cargado de desprecio hacia quienes piensan distinto.
Milei se subió al escenario no como jefe de Estado, sino como líder espiritual de un movimiento que se autopercibe revolucionario, antisistema y justiciero. Y esto es profundamente peligroso.
Durante el acto, además, se reforzó el concepto de una "batalla cultural" que divide al país entre "los defensores de la libertad" y "los enemigos del progreso". Una lógica binaria que busca imponer un nuevo sentido común, donde el disenso no tiene lugar. En esa narrativa, los adversarios políticos son traidores, los críticos son enemigos, y los medios de comunicación que no adhieren al discurso oficial son presentados como "monstruos periodísticos" al servicio de la casta.
Porque cuando un presidente reemplaza la rendición de cuentas por la ovación, cuando confunde el escenario político con un estadio, cuando prioriza su ego y su relato por sobre la gestión pública, lo que está en juego no es sólo el estilo, es la salud de la democracia. Una democracia no puede sostenerse sobre el espectáculo permanente ni sobre la fe ciega en un individuo iluminado.
Mucho menos, si ese individuo niega la historia, ataca a los organismos de derechos humanos, se burla del sufrimiento social y desprecia abiertamente al Congreso, a los sindicatos, a las universidades y a la prensa crítica.
Milei no gobierna en el sentido clásico de la palabra. No hay políticas públicas integrales, no hay diálogo institucional ni capacidad de articulación con las provincias o los actores sociales. Hay un plan de ajuste feroz (avalado por el FMI), acompañado de una narrativa de guerra cultural que busca enemigos donde debería haber interlocutores.
En ese marco, el acto del Movistar Arena no es un desvío, sino la continuidad de una lógica; la política entendida como marketing, la gestión como contenido viral, la comunicación como propaganda emocional. Mientras tanto, los indicadores sociales siguen deteriorándose. El hambre crece en comedores sin recursos, las universidades están al borde del colapso presupuestario, y los hospitales denuncian la falta de insumos básicos. ¿Qué se celebra entonces?
La pregunta clave no es cuánta gente va a ver a Milei a un estadio. La pregunta es cuánto tiempo se puede sostener una gestión a fuerza de relatos mientras la realidad golpea con dureza. Porque detrás del show, hay un país que espera soluciones. Y cuando el entusiasmo se apague porque se apaga, lo que quedará será una sociedad más fragmentada, más pobre y con menos herramientas para reconstruirse.
El mileísmo, tal como se presentó en el Movistar Arena, no representa un proyecto de país, sino un proyecto de poder personal. No ofrece un horizonte común, sino una cruzada ideológica. Y lo más alarmante es que lo hace con estética libertaria, pero con lógica autoritaria.
Celebrar esa deriva no es una señal de
vitalidad democrática. Es una auténtica señal de peligro.

