¿QUÉ ES LA “TRAMPA” DE LAS FINTECH?

Durante los últimos años, las Fintech en Argentina han irrumpido con fuerza en el panorama financiero, autoproclamándose como los nuevos agentes de inclusión, eficiencia y democratización del dinero.
Por Juan A Frey
Con una narrativa disruptiva,
interfaces amigables y promesas de "servicios sin comisiones",
han logrado seducir a millones de usuarios que históricamente quedaron fuera
del sistema bancario tradicional. Sin embargo, tras esta fachada de modernidad
y progreso se esconde una estructura de negocio compleja, opaca y, en muchos
aspectos, alarmante.
La inclusión financiera, uno de los grandes desafíos del siglo XXI, no puede limitarse al acceso digital. Tener una app no equivale a tener poder económico, y menos aún, protección. Las Fintech, lejos de actuar como meras intermediarias tecnológicas, han montado verdaderas arquitecturas de captación de fondos y datos, con lógicas más cercanas a la banca encubierta que a la innovación sin fines de lucro.
Uno de los pilares del éxito Fintech es la ilusión de gratuidad. Transferencias sin cargo, recargas inmediatas, pagos al instante; todo parece diseñado para favorecer al usuario. Pero lo que no se comunica con la misma claridad es que esos servicios se financian con el dinero depositado por los propios usuarios, que es invertido en instrumentos financieros para generar rendimientos que no se comparten.
Mientras tanto, el usuario cede sin saberlo sus datos personales, patrones de consumo, ubicación y comportamiento financiero, transformándose en el verdadero producto. No paga con plata, pero sí con privacidad, tiempo y fidelidad forzada. Este modelo se sostiene gracias a la integración total de pagos, cobros y servicios dentro de un mismo ecosistema que atrapa y fideliza más por dependencia que por elección.
Las Fintech operan, en muchos aspectos, como bancos sin serlo. Captan depósitos del público, los invierten y generan ganancias, todo sin estar sometidas a los encajes obligatorios, requerimientos de capital mínimo o seguros de depósitos exigidos por el Banco Central. El riesgo es claro; si el modelo de negocios falla o si se produce una corrida digital una retirada masiva de fondo, el sistema carece de los mecanismos de contención que sí existen en la banca tradicional.
Se configura así una estructura de "reserva fraccionaria encubierta", en la que el dinero del usuario está, al mismo tiempo, disponible en pantalla e invertido en otro lugar. Es una ilusión de liquidez que, en contextos de crisis o pérdida de confianza, podría derivar en un colapso sistémico sin precedentes.
El marco regulatorio argentino ha sido ampliamente superado por la velocidad y sofisticación de estas plataformas. Aunque existen normativas parciales, no hay una ley integral que defina con claridad qué son las Fintech, cómo deben operar y qué responsabilidades deben asumir. Esta zona gris ha permitido que estas empresas crezcan exponencialmente sin asumir los costos ni las obligaciones que enfrentan los bancos.
La asimetría regulatoria no solo distorsiona la competencia, sino que debilita al sistema financiero en su conjunto. Mientras los bancos deben cumplir con exigencias estrictas, las Fintech juegan con reglas más laxas, aprovechando los vacíos legales para captar mercado sin ofrecer las mismas garantías. El resultado, un ecosistema fragmentado, desigual y riesgoso.
El relato de inclusión financiera choca con prácticas que, en la realidad, reproducen las mismas lógicas de exclusión. Los modelos de scoring predictivo que aplican muchas Fintech segmentan a los usuarios según su comportamiento digital, asignándoles tasas de interés elevadísimas a los más vulnerables. Lejos de ser una herramienta de empoderamiento, el crédito digital puede convertirse en una trampa de sobreendeudamiento disfrazada de solución.
Además, las plataformas rara vez explican de forma clara qué hacen con el dinero o los datos del usuario. Tampoco existe un sistema de resolución de conflictos que realmente funcione. ¿Qué ocurre si la app deja de funcionar? ¿A quién se reclama si un fondo desaparece o un préstamo se cobra con intereses abusivos? En muchos casos, la respuesta es el silencio o la impotencia legal.
Es cierto que en los últimos años hubo avances, se crearon los registros de (*) PSPs, se establecieron pautas de transparencia y se iniciaron mesas de diálogo entre Fintech, bancos y reguladores. Pero todo esto aún resulta insuficiente ante la magnitud del fenómeno.
El Estado no puede seguir corriendo de atrás. Es urgente definir el estatus legal de estas plataformas, imponer reglas claras de liquidez, transparencia y protección al consumidor, e incluir a las cuentas virtuales dentro del esquema de garantías como el seguro de depósitos. No se trata de frenar la innovación, sino de evitar que ésta se transforme en un nuevo vehículo de concentración de poder, desigualdad y riesgo sistémico.
Las Fintech no son el enemigo, pero tampoco pueden seguir operando como actores neutrales. Han transformado radicalmente el modo en que millones de personas interactúan con el dinero, pero también han montado un negocio lucrativo basado en vacíos legales, ilusiones tecnológicas y una falsa sensación de autonomía.
La inclusión financiera no se logra solo con apps y (*) onboarding digital. Se logra con reglas claras, derechos garantizados y una supervisión estatal activa. Porque si el sistema financiero del futuro va a ser digital, debe ser también justo, transparente y seguro. Innovar no puede ser sinónimo de desregular. El desafío, más urgente que nunca, es construir una inclusión financiera con responsabilidad.
Para una tecnología que sume, no que sustituya derechos. Para una innovación que no se disfrace de justicia social mientras reproduce desigualdades. Para una ley Fintech a la altura del país que queremos construir.

(*) Un Proveedor de Servicios de Pago (PSP) es una entidad que ayuda a los comerciantes a aceptar y procesar pagos electrónicos. Los PSPs facilitan la interacción entre todas las partes involucradas en una transacción: el comprador, el vendedor, los bancos y las redes de tarjetas de crédito.
(*) El onboarding digital es un proceso automatizado y remoto que utiliza herramientas en línea para integrar a nuevos empleados o clientes a una organización.