SEGÚN IRÁN, EL APOYO ARGENTINO A EE.UU. E ISRAEL ES DESCARADO

En política internacional, la imprudencia rara vez cobra de inmediato, pero siempre factura. Y cuando quien la practica es el presidente de un país con la memoria cargada de crisis, atentados y cicatrices abiertas como la Argentina, el asunto deja de ser una torpeza discursiva para convertirse en una apuesta peligrosamente irresponsable.
Por Juan A. Frey
Las declaraciones recientes de Javier Milei no solo dinamitan décadas de diplomacia cuidadosa, las reemplazan por un alineamiento automático que roza lo caricaturesco. En un mundo atravesado por tensiones bélicas, equilibrios frágiles y actores que miden cada palabra, autoproclamarse "el presidente más sionista del mundo" y anticipar triunfos en guerras ajenas no es convicción, es una mezcla de amateurismo geopolítico y temeridad sin cálculo.
El respaldo explícito, acrítico y casi militante a Estados Unidos e Israel no ocurre en el vacío. Se da en medio de una escalada regional donde Irán ya dejó claro que toma nota. Y ahí es donde la fanfarronería verbal deja de ser un exceso retórico para convertirse en un riesgo concreto. Argentina no tiene poder militar relevante en ese tablero, pero sí tiene antecedentes explosivos en su vínculo con Irán. Ignorar ese dato no es valentía, es negligencia.
Pero hay un punto donde la retórica cruza definitivamente el umbral de la irresponsabilidad; calificar de terrorista a la Guardia Revolucionaria iraní. La decisión no es simbólica ni inocua; implica un posicionamiento formal en un conflicto de alta intensidad y alinea al país con una estrategia geopolítica ajena, con potenciales derivaciones diplomáticas, económicas y de seguridad. No es solo una declaración, es una toma de partido con consecuencias concretas.
Lo verdaderamente inquietante no es solo lo que se dice, sino cómo se dice. Una política exterior reducida a impulsos espasmódicos, ideológicos y personales, sin filtros institucionales, sin estrategia y sin la más mínima noción del costo-beneficio. Mientras incluso aliados históricos de Washington administran sus gestos con cautela quirúrgica, el gobierno argentino parece competir por ver quién sobreactúa más rápido su alineamiento. ¿El resultado? Ningún beneficio tangible y una acumulación innecesaria de riesgos, muchos de ellos difíciles de revertir.
La diplomacia no es un show ni una red social donde se premian los exabruptos. Es un terreno donde cada palabra pesa, cada gesto se archiva y cada error se paga. Argentina supo entender eso durante décadas, con una política exterior imperfecta, sí, pero anclada en algo elemental, el interés nacional. Eso no era tibieza, era inteligencia básica.
Hoy, en cambio, lo que se impone es una lógica infantil, buenos contra malos, amigos contra enemigos, ganadores contra perdedores. Un esquema mental simplista para un escenario internacional que es cualquier cosa menos simple. Y en esa simplificación brutal, Argentina pierde lo poco que no debería perder nunca, margen de maniobra, capacidad de negociación y credibilidad.
Porque si algo necesita hoy la política exterior argentina es previsibilidad. La exigen los mercados, la valoran los socios comerciales y la necesita desesperadamente la estabilidad interna. Pero lo que se proyecta es exactamente lo opuesto; un país que puede redefinir su posición global al ritmo de impulsos ideológicos o arrebatos discursivos del presidente de turno.
Advertir sobre esto no es exagerar, es quedarse corto. La historia argentina ya mostró, más de una vez, que jugar livianamente en el tablero internacional puede salir caro. Muy caro. No se trata de neutralidad cómoda, sino de responsabilidad estratégica.
El problema no es tomar partido. El problema es hacerlo sin estrategia, sin consenso y sin medir las consecuencias. Gobernar no es declamar. Y en política internacional, confundir ambas cosas no solo es un error, es un lujo que Argentina no puede darse. Menos aun cuando las consecuencias pueden traducirse en aislamiento, represalias o la exposición innecesaria en conflictos que le son ajenos.

