El mundo y América Latina en transformación

La visita de Donald Trump a Beijing se dio en condiciones bastante diferentes de los primeros meses de su segunda presidencia.
Por entonces, la propuesta MAGA (Make America Great Again: Hagamos a los EEUU grandes nuevamente) se traducía en grandilocuentes amenazas a casi todos los demás países (con la notoria excepción de Israel) si no se sometían a los designios de la potencia que había dominado – casi sin excepciones notables – lo que ocurría en prácticamente todo el planeta, entre la disolución de la URSS (1991) y la crisis mundial capitalista (comenzada justamente en EEUU) de 2008. Proviniendo esas amenazas del funcionario más influyente del país que – todavía – es la potencia militar más poderosa; que logró imponer que su moneda tras la Segunda Guerra Mundial (a la que ya no respalda con equivalente oro, desde 1971) fuera la principal de reserva y de intercambio; y dueño de un aparato propagandístico que penetra – sin rivales, según sus propias afirmaciones – las mentes de un porcentaje muy alto de la Humanidad; eran de temer.
Esas bravuconadas internacionales no han desaparecido. Pero ya son mucho menos creíbles.
La guerra arancelaria lanzada el 2 de abril de 2025 contra el resto del mundo, derivó en claudicaciones vergonzosas como la de la Unión Europea (pese a lo cual la alianza EEUU-Europa, aunque no está rota, no atraviesa para nada su mejor momento); pero también en frenos en seco a las pretensiones trumpistas, como las limitaciones impuestas por China a las exportaciones de tierras raras a los EEUU. Estos insumos (17 elementos químicos, varios de los cuales son imprescindibles para muchas tecnologías modernas) requieren importantes complejidad y costos ambientales para su procesamiento. China, que tiene en su territorio las mayores reservas mundiales, decidió hace tiempo pagar esos costos, y concentra el 85% de su refinamiento. Los EEUU, tardarían varios años en alcanzar un nivel suficiente de procesamiento, y andan por el planeta matoneando para tratar de hacerse de más materia bruta, incluidas las reservas de Groenlandia y de varios países latinoamericanos.
Esa presión china fue muy eficaz y obligó a Trump a retroceder varios pasos y sentarse a negociar.
La Guerra contra Irán, a la que EEUU llegan, empujados por Netanyahu; ha dado hasta ahora también resultados muy diferentes a los imaginados por Trump: El gobierno iraní no colapsó y, al contrario, se fortaleció la cohesión interna del país frente a la agresión externa. A pesar del asesinato de sus principales líderes, pudo mantener intacta en todo momento la coherencia gubernamental y la capacidad de respuesta militar, que contrariamente a la muy desigual relación de fuerzas bélica, ha asestado golpes muy importantes a los intereses de los EEUU y sus aliados. Principalmente económicos, a través del cuasi cierre del Estrecho de Ormuz. Los intentos desesperados de todo tipo por parte de EEUU y – con bastantes reticencias – de sus aliados, de restablecer el tránsito normal de hidrocarburos por allí, chocan con un factor básico: Independientemente de las concentraciones y poderíos de las fuerzas militares de uno y otro lado para proteger (o, al revés, hostigar, a determinados barcos comerciales); basta que Irán – que juega de local – diga que puede atacar a ciertos navíos, para que los precios de los seguros de esas naves se disparen y los capitanes decidan no arriesgarse. Muy difícilmente se restablezca la normalidad del tránsito (y aunque así fuera, se tardaría mucho en revertir sus consecuencias), sin un acuerdo de fondo entre ambos bandos.
Irán, además, en el terreno estrictamente militar, consiguió ocasionar daños muy costosos tanto a bases estadounidenses, como a infraestructuras de sus aliados, empleando armas – comparativamente – baratas. Mostró una resiliencia inesperada para los estadounidenses, a las pérdidas humanas y materiales que sufrió. En EEUU abundan los analistas que consideran que Israel engaño a la dirigencia trumpista respecto a la verdadera situación del país persa y la llevó a morder un hueso que no era tan fácil de roer.
Trump llegó a la capital china rodeado de una nube de empresarios, especialmente tecnológicos, buscando mayor acceso al mercado chino, aviones y soja a la cabeza. Xi Jinping, más tranquilo, y dirigente de un país que históricamente ha pensado la política en términos de siglos y milenios, marcó como primera línea roja la cuestión de Taiwan.
Ni bien despegó Trump de Beijing, Xi Jinping recibió allí a Vladimir Putin, profundizando la alianza y la complementación ruso-china, que la política norteamericana ha fortalecido involuntariamente en los últimos años, al revés de Henry Kissinger en los 70.
Necesitado el norteamericano de encontrar antes de las elecciones de noviembre en su país, algún aparente triunfo internacional; acentúa su presión sobre lo que considera más a mano: América Latina, y en especial Cuba.
Al criminal bloqueo sobre la isla, condenado decenas de veces por la Asamblea General de la ONU, en votaciones aplastantes, que incluyeron a la mayoría de los principales aliados de EEUU; suma ahora la pretensión de acusar, ante la justicia norteamericana, al General Raúl Castro, por el derribo – sobre su territorio soberano-, en 1996 de dos avionetas de organizaciones anticubanas.
Las mismas, partiendo desde los EEUU, habían realizado decenas de violaciones del espacio aéreo de la Isla, frente a lo cual el gobierno cubano había advertido 25 veces al norteamericano, para que fuera él mismo el que pusiera fin a esos delitos perpetrados desde su territorio. Tras la deliberada inacción gubernamental estadounidense, Cuba decidió defender su suelo de incursiones extranjeras, como lo hacen todos los gobiernos del mundo. ¿Qué harían los EEUU si una avioneta extranjera sobrevolara Nueva York sin autorización? No se trató – claramente – de asesinatos extrajudiciales en aguas internacionales, como los que EEUU cometieron en el Caribe, por decenas, el año pasado.
El reflote, en este momento, de estas ridículas acusaciones, recuerdan peligrosamente a las esgrimidas contra el presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro Moro, de ser el jefe del "Cartel de los Soles" (que la justicia norteamericana declaró inmediatamente inexistente); y utilizadas como excusa para agredir militarmente a ese país y secuestrar a su presidente y su esposa, además de cometer más de un centenar de nuevos asesinatos.
América Latina está hoy, tal vez más que nunca, en disputa: A las electorales como la que se jugará el 31 de mayo en Colombia, se suma la resistencia activa de los pueblos de países donde el eje del mal Washington-Tel Aviv, ha logrado imponer varios presidentes. A algunos de ellos, no les va muy bien.
Ya en Chile, a apenas dos meses de la asunción del presidente de ultraderecha pinochetista José Antonio Kast, importantes manifestaciones cuestionan sus primeras medidas: Reducir los impuestos a los más ricos y recortar los presupuestos educativos, jubilatorios y de transporte.
Bolivia lleva ya unos 20 días de paro por tiempo indeterminado, con muy importantes cortes de ruta, al principio en demanda de reivindicaciones encabezadas por el no recorte a los subsidios a los combustibles, pero que ante la intransigencia inicial del presidente de centro derecha Rodrigo Paz, asumido hace seis meses; se han ido sumando más sectores a la protesta y radicalizando las demandas, que ahora exigen la renuncia de Paz y la convocatoria inmediata a nuevas elecciones. El gobierno ha intentado aplacar las protestas derogando la ley agraria cuestionada por los campesinos, sin conseguirlo; y ahora ha anunciado una reestructuración del gabinete y la creación de un Consejo Económico y Social, con objetivos parecidos.
En todo el globo pugnan una dictadura mundial en desaparición, encarnada en los EEUU, y un mundo multipolar en avance, sin que se pueda descartar que la potencia en declive decida volar al planeta antes que perder su control.
América Latina es parte importante de esa lucha, y en ella los pueblos muestran día a día que no derrotaron al decadente imperio español en el siglo XIX, para entregarse a otro imperio decadente en el XXI.
Alberto Cortés
21/5/2026
