El suicidio de Europa

11.06.2026

Zbigniew Brzezinski, notorio asesor de seguridad nacional de los EE.UU. en los 90; tras la disolución de la URSS, y habiendo devenido EE.UU. en la única superpotencia mundial; retomó la idea del británico Mackinder, quien en 1905 afirmó que Eurasia era la clave del control del mundo. La historia humana anterior había visto imperios dominando enormes áreas: Roma con todas las costas del Mediterráneo, el Imperio Mogol de Gengis Khan más que quintuplicando al romano, etc; pero ninguno anteriormente con dominio de casi todo el planeta.

Brzezinski señalaba en su libro "El gran tablero mundial" que la supremacía de Washington dependía de su capacidad para evitar que un único rival domine Eurasia. El escenario más peligroso para EE. UU. sería una alianza euroasiática donde Rusia aportara territorio, China, potencia económica e Irán el control energético y de rutas. Para sostener la hegemonía mundial de EE.UU., debían mantener a Europa (Unión Europea y OTAN mediante) como socio dependiente y "cabeza de puente" para proyectar influencia expandiéndose hacia el Este; apoyar la independencia de los países de Asia Central, evitando que Rusia reconstruyera el espacio soviético; y mantener fuerte influencia en la periferia oriental, aliándose con Japón y Corea del Sur.

Las administraciones norteamericanas, desde entonces, se han guiado, a trazo grueso, por esas premisas. Violando la promesa hecha a Rusia, cuando ésta aceptó la unificación alemana dentro de la OTAN, de que esa alianza militar no se expandiría "ni una pulgada hacia el este", 16 países se han sumado a ella, quebrando esa promesa verbal.

La complementación económica de Rusia con Europa, en especial con Alemania era muy importante hasta 2022; ya que la primera proveía energía barata – principalmente gas – a la potente industria alemana, y Rusia era un mercado significativo para esa misma industria (habiendo sufrido el país una cierta desindustrialización y reprimarización de la economía, en especial bajo el mandato de Yeltsin, cosa que comenzó a revertirse desde el 2000, con el ascenso de Putin).

Esa complementariedad ruso-europea era mal vista desde Washington, tanto por la histórica necesidad de mantener dividida a Eurasia, como por el interés propio de vender a Europa los crecientes saldos exportables de gas licuado provenientes del gran crecimiento de la producción estadounidense de gas y petróleo a partir del fracking, en especial, desde 2005.

Buena parte de ese gas llegaba por gasoductos que pasaban por Ucrania, que cobraba por ello peajes. Pero la construcción de los gasoductos submarinos (por el Mar Báltico), entre Rusia y Alemania, Nordstream I y II, provocó la furiosa reacción de las administraciones Trump I y Biden, que llegaron a sancionar a las empresas europeas que intervenían, en flagrante pisoteo de las soberanías de sus países. Con el comienzo de la Guerra en Ucrania (país que también se había opuesto), el gobierno alemán paralizó las obras (el gasoducto I funcionando, y el II listo para empezar a bombear). Luego manos anónimas volaron – en el fondo del mar – ambos gasoductos. Muy pocos estados en el mundo tienen la capacidad de ejecutar un acto de terrorismo así. EE.UU. a la cabeza. Los países en cuyas zonas económicas exclusivas del mar se produjo el sabotaje, se negaron a permitir que Rusia tuviera acceso a la investigación.

En Ucrania, país de estrechos y muy viejos vínculos con Rusia, en el cual buena parte de la población habla ruso y no ucraniano (y otras partes húngaro y otras lenguas), los EE.UU., impulsaron en 2014 el golpe de estado llamado Maidan, como lo muestran ostensibles actitudes, declaraciones y audios de la Subsecretaria de Estado Victoria Nuland; estableciendo un gobierno que comenzó la persecución de la importante minoría rusa, y generando una guerra civil con 14.000 muertos, principalmente de esa minoría. Se firmaron los acuerdos de Minsk I y II para detenerla, pero nunca fueron respetados por Kiev (Angela Merkel dijo, mucho después, que eran sólo para dar tiempo a Ucrania a armarse), lo que, sumado a las intenciones de incorporar ese país a la OTAN, terminaron provocando la intervención de Rusia, a favor de esas minorías que ya habían determinado secesionarse.

La Unión Europea cerró filas en torno a Kiev, a la que sostienen con armamento, y se propagó una rusofobia que alimenta el temor de que Rusia pretenda atacar y anexionarse otras zonas de Europa, comparándolo con Hitler. Hay que recordar que Rusia es el país más extenso del mundo, con enormes riquezas naturales y relativamente poca población. La Alemania nazi, en cambio, era un país pequeño y superpoblado, que pretendía expandirse hacia el Este, entregando a colonos alemanes tierras robadas a Rusia y otros países de Europa Oriental, donde los eslavos sobrevivientes serían sus sirvientes. No se ve, en este caso, cuál sería el negocio ruso en semejante anexión de países europeos.

En Europa se han prohibido las emisoras y medios rusos. Recientemente Ucrania atacó por la noche, con drones, una residencia estudiantil rusa, lejos de cualquier posible blanco militar, asesinando 21 estudiantes, además del doble de heridos. Rusia invitó al lugar a los medios internacionales para constatar in situ. La BBC se negó a ir, CNN alegó que estaba de vacaciones. La verdad, con todas sus partes, no está entre sus prioridades.

Aunque los países europeos se abroquelaron en contra de Rusia y a favor de Ucrania, diversos hechos resienten ese apoyo.

Zelenski, acaba de repatriar con honores los restos de Andriy Melnyk, un colaboracionista nazi, responsable del asesinato de unos 100.000 polacos. Las relaciones con Varsovia se deterioraron notablemente. En Hungría perdió las elecciones Viktor Orban, con ciertas simpatías hacia Moscú, lo que entusiasmó a Zelenski. Pero el nuevo premier, Péter Magyar, condicionó la mejora de las relaciones al reconocimiento de derechos de la minoría húngara en Ucrania.

En este contexto, Europa restringió notablemente, la compra de hidrocarburos baratos rusos, pasando a comprar los mucho más caros, norteamericanos. Rusia remplazó a estos vecinos ex clientes por otros mercados, en especial China e India. Parte de los que llegan a Europa ahora, siguen siendo rusos, pero revendidos (más caros, obviamente) por la India.

Trump no eximió tampoco a Europa de su Guerra Arancelaria contra el planeta. Se terminó firmando un acuerdo, que la mayoría de los analistas consideran ruinoso para Europa, aunque la Presidenta de la Comisión Europea haya dicho que era el mejor posible, en estas condiciones.

Además, exigió a los europeos aumentar su gasto militar, primero al 2% y luego al 5%, del PBI.

Ya la competitividad industrial europea, en especial alemana, se vio severamente afectada por la renuncia al gas barato ruso, y luego empeorada por el aumento de los precios del combustible debidos a la guerra de agresión israelí-norteamericana contra Irán. El premier alemán se sinceró diciendo que EE.UU. está siendo "humillado" y carece de estrategia en ese conflicto, provocando fricciones con Washington, que pretende que se le disciplinen no sólo económica, sino también verbalmente.

Al provocar la Guerra de Ucrania – que ésta viene perdiendo -, EE.UU. avanzó enormemente en separar a Rusia de Europa occidental; pero esta última paga un enorme costo y se resigna a uno aún mayor, al aceptar las condiciones norteamericanas, que en definitiva significan resignar el estado de bienestar. En cambio, su propia política ayudó a acercar aún más a Moscú, Beijing y Teherán (lo que más temían sus propios estrategas).

En las conversaciones ruso norteamericanas, uno de los temas reflotados es el ambicioso proyecto de un puente/túnel en el Estrecho de Behring, que separa Alaska de Siberia. De concretarse el proyecto (que algunos llaman ahora "Putin-Trump"), sería un estruendoso pito catalán de EE.UU. a Europa, a la que le prohibió comprar gas ruso y le saboteó el gasoducto, para desarrollar en cambio infraestructura de comunicación directa EE.UU.-Rusia.

Alberto Cortés

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