Los crujidos del ¿proyecto? Europeo

En la Convención Demócrata de 1944 (EEUU), turbias maniobras de la nomenklatura conservadora del partido impidieron que el candidato a vice de Roosevelt continuara siendo el pacifista Henry Wallace, amplísimo favorito al inicio del cónclave, y lo remplazaron por el oscuro senador de Missouri, Harry Truman.
Wallace, que ya había sido objetado por el mismo sector para su primera vicepresidencia, pero salvado entonces por Eleanor Roosevelt; avizoraba una posguerra de coexistencia pacífica y colaboración con la URSS, al igual que el presidente.
Este murió el 12 de abril siguiente y Truman arrojó, (innecesariamente, pese al mito con que se ha educado a varias generaciones, de que era imposible la rendición japonesa de otra forma, sin un enorme derramamiento de sangre estadounidense) dos bombas nucleares. No para mostrárselas a los japoneses, sino a los soviéticos; que justo en ese momento declaraban la guerra y avanzaban arrolladoramente sobre tropas niponas, en cumplimiento de la fecha comprometida por la URSS a pedido de Roosevelt, en Yalta.
Prosiguió luego la escalada de tensiones que se terminó constituyendo en la llamada Guerra Fría, principalmente en Europa.
El Occidente europeo fue ayudado sustancialmente por EEUU (única potencia interviniente en la guerra que no había tenido, casi, afectaciones en su territorio) mediante el Plan Marshall, que no alcanzó a la URSS (que sí había tenido apoyo material durante la guerra, para sostener su esfuerzo bélico contra el nazismo).
Esa Guerra Fría requería mostrar países occidentales con clases trabajadoras materialmente mucho más favorecidas que las del Este, como parte de la confrontación. Especialmente en Alemania, donde la frontera ideológica pasaba por el medio.
Debilitada y luego desaparecida la URSS, en los 80-90; dejó de ser necesario el "Estado de Bienestar". No había ya – al menos en lo inmediato – otro sistema social que compitiera con el capitalismo. El capital, europeo y trasnacional, retomó en plenitud su natural tendencia a maximizar sus ganancias y la explotación de los trabajadores.
EEUU, que habían logrado someter al oeste europeo bajo su égida, se transformaron en los amos del planeta, sin competidores geopolíticos; hasta la década del 2010, con la emergencia económica de China y el renacer nacionalista de Rusia.
Los recursos energéticos y el mercado de esta última son obviamente complementarios y de sumo interés objetivo para su vecina Europa. Pero, desde hace más de un siglo, los EEUU saben que la unidad del continente euroasiático es la peor amenaza a su hegemonía mundial. Así, provocaron a Rusia expandiendo la OTAN hacia el este – en contra de los acuerdos políticos – e incumplieron desde el día 0 los tratados de Minsk (que habrían resuelto pacíficamente la crisis de Ucrania), provocando a Rusia, hasta que esta reaccionó invadiendo (principalmente) los sectores rusóparlantes de Ucrania.
EEUU logró así cortar el suministro a Europa (y especialmente a Alemania) del gas barato ruso – esencial para su industria –, obligando a su remplazo por el mucho más caro estadounidense, recién expandido y que necesitaba mercados.
La paranoia de que Ucrania es sólo un primer paso, y que Rusia intentará luego atacar al resto de Europa (absurda cuando se analiza, no sólo las declaraciones de los dirigentes, sino la realidad geográfica, poblacional y de recursos naturales y militares de todos estos países) ocupan el centro del discurso de políticos y medios de comunicación europeos, prohibición de medios de comunicación rusos y persecución de los rotulados "pro rusos", incluidas.
La llegada de Trump a la Casa Blanca generó algunos ruidos importantes a este esquema: Privilegiando su enfrentamiento con China, intenta bajar la belicosidad hacia Rusia, exacerbada bajo Biden. Urgido de recomponer una economía estadounidense en declive frente a China, y con gigantescos deuda externa y déficit presupuestario; presiona para que los europeos asuman gran parte del gasto militar de la OTAN y complementarios (siguiendo, eso sí, la compra, principalmente, de armas estadounidenses). Además, su fracasada aventura bélica en Irán (de dónde no sabe cómo, retirarse honorablemente), incrementó drásticamente el precio de los combustibles a nivel mundial, impulsando la inflación. Acaba de firmar un acuerdo por el diésel con Rusia, para horror de europeos y ucranianos. Necesita acuciantemente bajar su precio – inyectando más oferta – antes de las elecciones de noviembre en EEUU.
Los pueblos europeos, comenzando por la más politizada y contestataria Francia, hartos de ver caer su nivel de vida por la suma de estos factores, explotaron por la destrucción de ese Estado de Bienestar y la acelerada concentración de la riqueza. Comenzaron los estudiantes secundarios franceses (por el deterioro del presupuesto educativo), reprimidos salvajemente por Macron, con pérdidas de ojos y manos incluidas, además de miles de presos. En España y Portugal el detonante fue el vertiginoso y brutal deterioro del derecho a la vivienda.
La ultraderecha, desde Trump a Le Pen, pasando por Milei, aprovechan para culpar por la violencia incluida en el estallido – y provocada en alto grado por las fuerzas represivas –, a la inmigración. Es cierto que buena parte de los protestantes provienen de los barrios humildes, y que en ellos hay bastantes inmigrantes, pero no hay el menor indicio, en el caso francés, de que éstos tengan una participación mayor que el resto de los residentes. El Ministerio francés del Interior promovió la falsificación de documentos para culpar a la principal fuerza de izquierda, la Francia Insumisa, muy probable oponente de Le Pen en el balotaje de las presidenciales de abril próximo.
En algunos casos, los gobiernos interpelados tienen matices socialdemócratas. Pedro Sánchez, que venía mal en las encuestas, aprovechó la obstrucción de la derecha a los parches que él intentó proponer al drama habitacional; para convocar a elecciones, viendo que la coyuntura le podía ser menos desfavorable que ninguna otra. En Albania, el gobernante Partido Socialista paga también la factura de su claudicación a la lógica capitalista. Un proyecto turístico del yerno de Trump, en un área protegida, fue el detonante allí.
Alberto Cortés
