MANUAL PARA VOLVER AL SIGLO XIX (CON DELIVERY Y CUOTAS SIN INTERÉS)

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Por Katja Alemann
Resulta que ahora quieren que Argentina baje el costo laboral para competir con China. El Ejecutivo y el Congreso se han puesto de acuerdo en regresar a la sociedad esclavócrata de fines de siglo XlX. Parece ser que uno de los apoyos populares a esta regresión, son los informales, cada vez mayor cantidad, que desprecian a los formales por cómodos, con sus aguinaldos y vacaciones. Somos leones, nos la bancamos como venga, a ver si ahora ustedes se la bancan también, piensan, con el orgullo del esclavo.
La sociedad ilustrada argentina ha cedido el poder al tecnofeudalismo. Compramos por Mercado Libre y ahora por Temu que le rompe el tujes con los precios baratos. Buscando gangas por la red con delivery a tu casa, cada vez mejor y más eficiente. Cada vez más cómodos. ¿La industria nacional? No puede competir con esos costos. En vez de producir, importan. Rinde más y se salvan de todo el dolor de cabeza con la industria de los juicios laborales, que reinaba hasta hace poco.
Yo, a mi ínfima escala, los he padecido. Decidí no tener más empleados de ningún tipo. Ni siquiera por horas ocasionales. Sólo contrato trabajos que necesito se hagan. El resto lo hago todo yo. Eso desde la debacle del 2016, cuando asumió el Dranguetta. Claro que hay que modernizar las leyes laborales. Pero esto que hicieron es todo lo contrario.
Yo me pregunto qué pensarán los gobernadores peronistas que votaron a favor. Saben que gran cantidad de peronistas resentidos votaron al desequilibrado, que no por desequilibrado es tonto, no subestimemos al enemigo. Habrán negociado sus cuotas. Eso igual es tan viejo como la democracia misma. Lo de coercionar votos digo. Y sabemos que de consciencia del bien común o algo que se le parezca, la política parece estar exenta. Curiosa paradoja, ya que ese sería el fundamento de la Política.
Ayer para colmo, en un evento al aire libre, me encuentro con un viejo conocido que iba acompañado por un lagarto mal envejecido de esos rubio rabioso y naranja de cama solar, que, al comentar sobre las oscuridades que estamos atravesando, me dice, pero al menos nos libramos de los anteriores, con los que estábamos peor. Yo me quedé mirándola perpleja y le contesté que, si bien podíamos hacerle muchas críticas a los K, vivíamos tanto mejor, había fiestas populares hermosas, trabajo, derechos, dinero circulante, pero al verle la cara de espantajo que iba poniendo, cerré la conversa diciendo, pero bueno, igual no nos vamos a convencer, a lo cual asintió fanática. No deja de sorprenderme esa línea de pensamiento tan fuera de la realidad. Creo que el motivo central es el odio envidioso a Cristina, la morocha más querida (y x eso odiada) del país, que además se banca el paso del tiempo como una reina. Párrafo aparte, me gustaría que a los Genocidas los traten con la misma severidad que a Cristina, que terminó con una peritonitis por las dilaciones burocráticas de los permisos judiciales. Realmente la quieren muerta. Pero no lo van a lograr, ella es más fuerte.
Esa gente horrible es la que nos condena a esta regresión infatuada en los laberintos laborales, a la pérdida de producción e industrialización, como alertan economistas de todo tipo y color, al libre mercado intervenido en el precio del dólar y la tasa de cambio, o sea que de libre un pomo, despilfarrando reservas y sumando deuda a lo pavote, aunque quieran manipular el Indec y hacernos creer cualquier cosa.
Tal vez estas nuevas generaciones desinformadas le hagan la revolución a Sarmiento, que sentía una repugnancia inevitable (según sus propias palabras) por el mestizaje criollo, y ahora aquella inmigración culta que propició, los que bajamos de los barcos, tengamos que rendirnos ante la ignorancia general.
De todo se vuelve.
Y tenemos la experiencia histórica que, de las mayores debacles, nos recuperamos en tiempo récord.
Esta no será la excepción.
