Imperialismo sobre hielo: Trump, Groenlandia y la disputa por el Artico
El intento de Trump por adquirir Groenlandia no es una excentricidad diplomática, sino la expresión de una disputa más amplia por el control del Ártico. Las grandes potencias avanzan en su militarización, poniendo en riesgo tanto el equilibrio ambiental como el derecho de los pueblos a decidir su destino

Por Ezequiel Silva
Introducción
En enero de 2026, Donald Trump volvió a plantear públicamente la posibilidad de que Estados Unidos adquiera Groenlandia, —territorio semiautónomo, administrado por el Reino de Dinamarca desde el siglo XVIII—, iniciativa imperialista que ya había formulado en 2019 y en enero de 2025. Aunque la idea de "comprar" un territorio con su población pueda resultar anacrónica o incluso abiertamente colonial, no constituye una anomalía en la historia estadounidense. Por el contrario, se inscribe en una larga tradición de expansión territorial: la compra de Luisiana a Francia en 1803, la adquisición de Alaska a Rusia en 1867 —una inversión que luego resultó estratégica por sus recursos energéticos— y la compra de las actuales Islas Vírgenes a Dinamarca en 1917 son ejemplos paradigmáticos. A ello se suman fórmulas de control indirecto, como el arrendamiento del Canal de Panamá o la base de Guantánamo en Cuba.
En esa misma tradición se inscribe la actualización contemporánea de la Doctrina Monroe, el principio formulado en 1823 que establecía a América como esfera de influencia exclusiva de Estados Unidos frente a las potencias europeas. Con Trump, esa lógica reaparece con nuevos contornos: no sólo como advertencia frente a la presencia china en el continente, sino como afirmación del derecho de Washington a consolidar su control estratégico sobre espacios considerados vitales para su seguridad y proyección global, incluso más allá de América Latina. Groenlandia, aunque formalmente parte del Reino de Dinamarca, se ubica en ese horizonte ampliado de "interés hemisférico" que la Casa Blanca busca reafirmar.
El renovado interés por Groenlandia debe leerse en el marco de una transformación más profunda: el Ártico está dejando de ser una periferia congelada para convertirse en un espacio central de disputa económica, militar y geopolítica. El deshielo acelerado, la competencia por recursos estratégicos y la reconfiguración del equilibrio mundial no sólo revaloriza el extremo norte, sino que anticipa una nueva etapa de rivalidad entre grandes potencias.
A continuación analizamos cómo funciona el cambio climático, en esta coyuntura, como catalizador de negocios y militarización; cómo las potencias reconfiguran su presencia en la región; y por qué la cuestión groenlandesa revela no sólo la disputa interimperialista, sino también el problema democrático de la autodeterminación de los pueblos frente a la presión imperial.
Debajo del hielo está el próximo botón imperialista
En las últimas cuatro décadas, el Ártico ha aumentado su temperatura aproximadamente cuatro veces más rápido que el promedio global. Este fenómeno, conocido como amplificación ártica, convierte a la región en el laboratorio más visible del calentamiento global. La reducción sostenida del hielo marino constituye una catástrofe ambiental con consecuencias imprevisibles para el equilibrio climático del planeta. Sin embargo, lo que representa una amenaza para la humanidad, para el capitalismo es una nueva oportunidad de negocios y acumulación de capital.
El deshielo del Ártico plantea dos cuestiones por las que se vuelve un factor geopolítico de gran relevancia. La primera es el acceso a recursos hasta ahora inaccesibles. Se estima que el Ártico concentra alrededor del 30% de las reservas mundiales no descubiertas de gas natural y el 13% de las de petróleo, además de importantes yacimientos de minerales estratégicos. Entre ellos se destacan las llamadas "tierras raras", fundamentales para la transición hacia energías renovables y la producción de tecnologías críticas: baterías para autos eléctricos, turbinas eólicas y sistemas de defensa avanzados.
Acá entra en juego el límite del imperialismo yankee, en la medida en que Estados Unidos depende de China para el suministro de estos insumos y al mismo tiempo empresas chinas participan activamente en proyectos mineros en Groenlandia. Actualmente, China concentra cerca del 70 % de la producción mundial de tierras raras y alrededor del 90 % de su procesamiento, lo que le otorga una posición dominante en la cadena global de valor.
La posición actual de China y la preocupación de Trump y EEUU no es casual. En 2018, Beijing publicó el documento China's Arctic Policy , donde redefinió su estrategia geopolítica hacia la región. Allí se presenta como un "Estado cercano al Ártico" y fija objetivos vinculados a la investigación científica, la protección del ecosistema y el aprovechamiento sostenible de recursos naturales y rutas comerciales. Sin embargo, más allá del lenguaje diplomático y ambiental, el texto confirma que el Ártico ocupa un lugar creciente en la planificación estratégica china a largo plazo.

La segunda razón es la apertura progresiva de nuevas rutas marítimas interoceánicas. A medida que retrocede el hielo, se vuelven cada vez más viables dos corredores estratégicos: la Ruta del Mar del Norte, a lo largo de la costa rusa desde el estrecho de Bering hasta Murmansk, y el Pasaje del Noroeste, que bordea las costas de Canadá y Estados Unidos.
La Ruta del Mar del Norte acorta significativamente la distancia entre Europa occidental y el sudeste asiático —reduciendo millas de kilómetros respecto a las rutas tradicionales que atraviesan el Canal de Suez o el estrecho de Malaca— y en los últimos años ha registrado volúmenes récord de transporte. Para las potencias asiáticas, representa una alternativa estratégica que disminuye tiempos y costos logísticos. En este marco, China proyecta desarrollar la denominada "Ruta de la Seda Polar" como extensión de su Belt and Road Initiative . La incorporación del corredor ártico a esta red de infraestructura global no sólo reduciría tiempos logísticos, sino que integraría el extremo norte al esquema más amplio de expansión comercial y estratégica impulsado por Beijing. Por su parte, el Pasaje del Noroeste ofrece una vía alternativa entre el Atlántico y el Pacífico desde el lado americano, con potencial impacto en el comercio hemisférico.
Estas rutas podrían alterar el equilibrio del comercio marítimo global, debilitando la centralidad de puntos de estrangulamiento tradicionales como Panamá o Suez y promoviendo el desarrollo económico de las regiones septentrionales de Siberia y Canadá. El Ártico deja así de ser una barrera geográfica para convertirse en un corredor económico emergente.
Ironías del capitalismo, el mismo fenómeno que amenaza la estabilidad climática global es interpretado por los Estados y grandes corporaciones que lo niegan como una oportunidad de negocios y expansión estratégica. El calentamiento global, negado sobre todo por los fenómenos políticos surgidos en los últimos años, ha transformado al Ártico en un nuevo espacio de competencia estructural.
Sin embargo, la apertura de rutas, la explotación de recursos y la disputa por minerales críticos requieren infraestructura, control territorial y capacidad de proyección de poder por parte de los estados. Como veremos a continuación nos encontramos ante una creciente securitización de la región.

l deshielo acelera la carrera armamentística
Históricamente de importancia secundaria, la región ártica se volvió relevante desde el siglo XX. Mostró su importancia en las dos guerras mundiales, en particular en la comunicación entre los ejércitos aliados como los convoyes estadounidenses que abastecieron a la URSS a través del puerto de Murmansk; o la instalación de diferentes estaciones de monitoreo en el norte de Noruega o Groenlandia por parte de los Nazis.
Durante la Guerra Fría, la región fue concebida como un corredor militar clave entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La geografía polar ofrecía la ruta más corta para el eventual lanzamiento de misiles balísticos intercontinentales, lo que convirtió al Ártico en un espacio central para la disuasión nuclear, la vigilancia aérea y la navegación de submarinos estratégicos bajo el hielo.
Con la caída de la Unión Soviética, el Ártico pareció perder centralidad militar. Durante los años noventa y comienzos del siglo XXI, predominó una narrativa de cooperación institucional, encarnada en la creación del Consejo Ártico como foro de diálogo entre los ocho Estados ribereños. Sin embargo, esta etapa de relativa desmilitarización fue transitoria. El declive hegemónico de los Estados Unidos y el cuestionamiento de su liderazgo mundial por parte de China y Rusia, además del impacto del cambio climático, devolvieron al Ártico una importancia estratégica renovada.
En las últimas dos décadas, Rusia ha desarrollado la proyección militar más consistente en la región. Ha modernizado y reactivado bases en su litoral ártico, fortaleciendo una infraestructura que le permite operar de manera permanente en condiciones extremas. Su flota de rompehielos —incluidos los de propulsión nuclear— supera ampliamente la del resto de los países árticos combinados, le otorga una ventaja operativa decisiva para garantizar el control de la Ruta del Mar del Norte y sostener presencia efectiva en amplias zonas del océano. La península de Kola constituye el corazón de este dispositivo estratégico. Allí se concentra la Flota del Norte, junto con bases navales, astilleros y el puerto de Murmansk, cuya condición de puerto libre de hielo durante todo el año refuerza su valor militar y logístico. Desde esta plataforma, Moscú protege sus recursos energéticos, asegura sus corredores marítimos y proyecta capacidad disuasiva hacia el Atlántico Norte.
A esta dinámica se suma la creciente presencia china. Aunque no es un Estado ártico, China ha intensificado sus actividades científicas, comerciales y navales en la región, definiéndose como actor "cercano al Ártico". Patrullajes conjuntos ruso-chinos en las proximidades de Alaska y el incremento de la cooperación estratégica entre ambos evidencian que el Ártico se vuelve una zona de competencia entre las potencias imperialistas de la cual China se propone tener una presencia permanente en 2050.

Por su parte Estados Unidos mantiene una infraestructura militar relevante en la región, concentrada principalmente en Alaska. Desde la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, durante la Guerra Fría, Alaska fue concebida como un bastión adelantado frente a la Unión Soviética, dada su proximidad geográfica con el extremo oriental ruso a través del estrecho de Bering. Alaska representa el punto más septentrional del territorio continental estadounidense y constituye un puente natural entre América del Norte y el espacio euroasiático. Durante la Guerra Fría, la región fue clave para el sistema de alerta temprana ante posibles ataques soviéticos, así como para el despliegue de interceptores y radares destinados a la defensa aérea y misilística. La Guardia Costera estadounidense opera rompehielos —aunque en número muy inferior a los rusos— y ha anunciado planes de ampliación de su flota polar para reforzar su capacidad de presencia en la región.
En comparación con Rusia, la infraestructura ártica estadounidense presenta limitaciones estructurales. Moscú ha invertido de manera más sistemática en puertos, bases y rompehielos de propulsión nuclear, lo que le otorga una capacidad operativa más constante en aguas polares. Esta asimetría ha sido reconocida por estrategas estadounidenses, que en los últimos años han impulsado nuevas doctrinas para el "Ártico estratégico" y reforzado la cooperación con Canadá y la OTAN.
La creciente militarización del Ártico encuentra una expresión clara en los intentos de Estados Unidos por consolidar su presencia territorial en la región, como lo demuestran las insistentes muestras de Donald Trump de adquirir Groenlandia.
Groenlandia: entre la autodeterminación y el saqueo imperialista
Groenlandia, con una superficie de 2.166.086 km², es la segunda isla más grande del mundo después de Australia. Aproximadamente el 80 % de su territorio está cubierto por una gruesa capa de hielo, lo que la convierte en una de las principales reservas de agua dulce del planeta. Sin embargo, más allá de su dimensión física y ambiental, su importancia radica en su ubicación estratégica en el Atlántico Norte y su proyección hacia el Ártico. Políticamente, Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca. Posee autogobierno en asuntos internos, mientras que la política exterior y la defensa continúan bajo responsabilidad de Dinamarca, miembro de la OTAN.
Colonizada por Dinamarca en el siglo XVII, Groenlandia permaneció durante siglos como un territorio periférico y relativamente marginal en términos geopolíticos. Sin embargo esa situación cambió en el siglo XX. En 1940, cuando Dinamarca fue ocupada por la Alemania nazi, Estados Unidos asumió de facto la defensa de la isla e instaló bases militares. La más relevante fue la base aérea de Thule, que con el inicio de la Guerra Fría adquirió un valor central dentro del sistema de alerta temprana frente a la Unión Soviética.
En 1946, el presidente Harry Truman intentó comprar la isla, anticipando su importancia en el nuevo escenario bipolar. Aunque la oferta fue rechazada, Washington consolidó su presencia militar ampliando las instalaciones en Thule. Durante décadas, Groenlandia se integró a la lógica de la disuasión nuclear: radares, sistemas de monitoreo y dispositivos de defensa antimisiles formaron parte del entramado estratégico que buscaba detectar y eventualmente neutralizar ataques soviéticos.
La relevancia de Groenlandia no puede comprenderse sin considerar la llamada brecha GIUK —el corredor marítimo delimitado por Groenlandia, Islandia y el Reino Unido—. Este pasaje constituye un punto de estrangulamiento natural que limita el acceso de la flota rusa del Norte al Atlántico. Durante la Guerra Fría, la OTAN proyectó establecer allí una barrera de vigilancia y exploración para impedir el despliegue de submarinos nucleares balísticos soviéticos hacia el Atlántico Norte, al tiempo que mantenía grupos de portaaviones estadounidenses operando al norte del corredor. En ese esquema, Groenlandia funcionaba como pieza clave del dispositivo atlántico.

Tras el fin de la Guerra Fría, la isla perdió parte de su gravitación estratégica. Sin embargo, el deshielo progresivo y la creciente demanda de minerales críticos la reposicionaron como un espacio clave en la competencia global. Las inversiones chinas intensificaron esta dinámica, y Groenlandia se convirtió en un escenario visible de la rivalidad entre grandes potencias.
En paralelo a estas disputas externas, se ha consolidado en Groenlandia un proceso político orientado a ampliar la autonomía e incluso a alcanzar la independencia. Desde el establecimiento del Home Rule en 1979 y, especialmente, tras el Self-Government Act de 2009, que reconoce el derecho a la autodeterminación del pueblo groenlandés, la posibilidad de un referéndum independentista forma parte del horizonte institucional. El debate sobre su independencia se vincula estrechamente con la explotación de recursos estratégicos, percibida por sectores locales como condición para reducir la dependencia económica de Dinamarca. No obstante, en el escenario actual —marcado por la rivalidad entre Estados Unidos y China y por la creciente militarización del Ártico— la voluntad de los aproximadamente 56.000 habitantes de la isla corre el riesgo de quedar relegada frente a los cálculos estratégicos de actores externos. De este modo, Groenlandia no sólo encarna una pieza clave del tablero ártico para las potencias imperialistas, sino también la expresión de cómo la competencia interimperialista invisibiliza los procesos de autodeterminación en territorios periféricos.
Desde una perspectiva marxista, el problema de Groenlandia no puede reducirse a una disputa diplomática entre Estados ni a una reconfiguración estratégica por parte de EEUU. El derecho de autodeterminación de los pueblos constituye un principio democrático fundamental, inseparable de la lucha contra la opresión nacional y el imperialismo. Allí donde una potencia pretende decidir el destino de un territorio en función de sus propios intereses militares o económicos, se configura una relación de dominación que los socialistas combatimos de manera incondicional.
La autodeterminación implica el derecho efectivo de un pueblo a decidir libremente su destino político, incluyendo la posibilidad de constituirse como Estado independiente si así lo resuelve. En el caso de Groenlandia —como en el de otros pueblos originarios y naciones oprimidas— este derecho abarca también el control sobre sus territorios, sobre que hacer con sus recursos estratégicos y sus formas de organización social y cultural. No puede haber autodeterminación real si las decisiones centrales quedan subordinadas a los intereses de potencias extranjeras o a la lógica del capital internacional.
A su vez, su realización plena sólo puede desarrollarse en el marco de una lucha común entre los pueblos oprimidos y la clase trabajadora contra el imperialismo y los Estados capitalistas que sostienen el orden actual. La defensa incondicional del derecho de los groenlandeses a decidir su futuro se combina, por lo tanto, con una política independiente de todas las potencias en disputa —Estados Unidos, Rusia o China— y con la perspectiva de una transformación social más profunda que permita una emancipación real, no subordinada a nuevos mecanismos de dependencia.

Por un frente anti bélico ante la escalada militar en la región del Ártico
El Ártico está lejos de ser un territorio inhóspito. En la región viven alrededor de cuatro millones de personas, entre ellas numerosos pueblos originarios cuyas trayectorias históricas anteceden por siglos la expansión de los Estados modernos. Los inuit en Groenlandia, Canadá y Alaska; los samis en el norte de Escandinavia; y diversos pueblos indígenas del Ártico ruso —como los nenets, chukchis o evenkis— enfrentan hoy el impacto combinado de la militarización, la explotación extractiva y el cambio climático. En el caso groenlandés, además, la mayoría de la población ha expresado tanto el rechazo a cualquier anexión a Estados Unidos como un apoyo significativo a la independencia respecto de Dinamarca en el horizonte de la próxima década. La autodeterminación no es aquí una consigna abstracta, sino una reivindicación atravesada por experiencias históricas de subordinación colonial, incluidas políticas críminales de todos los Estados modernos hacia las comunidades locales en el siglo XX.
La rivalidad entre potencias —ya sea Estados Unidos, Rusia o los Estados europeos que buscan preservar posiciones estratégicas— tiende a invisibilizar estos sujetos colectivos, reduciendo el territorio a su dimensión militar y económica. La escalada bélica en el Ártico y la apropiación de recursos estratégicos amenazan con profundizar no sólo la competencia interestatal, sino también la destrucción ambiental de uno de los ecosistemas más frágiles del planeta. Los trabajadores y los pueblos originarios serán, una vez más, quienes paguen el costo de esas disputas.
Desde nuestra perspectiva antiimperialista e internacionalista, estamos por la defensa incondicional del derecho a la autodeterminación de los pueblos del Ártico. Sólo la construcción de un frente antibélico y antiimperialista a escala internacional puede frenar los proyectos de anexión, la rapiña de recursos y la carrera armamentística en la región ártica. Partiendo por sectores de la clase trabajadora y de la juventud que vienen protagonizando experiencias de movilización: primero en solidaridad con el pueblo palestino frente al apoyo incondicional del gobierno estadounidense al genocido en Gaza perpetrado por el ejercito israelí, y más recientemente contra las políticas represivas y xenófobas dirigidas hacia los inmigrantes. En la que también se sumen los trabajadores y sectores populares en Europa, donde la militarización del Ártico se articula con la estrategia de la OTAN.
En los últimos tiempos hemos visto cómo han emergido movimientos antibélicos que enfrentan la escalada armamentística. El ejemplo más destacado lo tenemos en Italia, que se ha convertido en uno de los puntos más dinámicos de esa resistencia, con huelgas generales y paros portuarios contra el envío de armamento a Israel. Estas experiencias muestran que existe un sujeto social capaz de oponerse a la competencia interimperialista desde una perspectiva de clase. En un contexto en el que resurgen prácticas coloniales, sólo la unidad de los de abajo puede detener la escalada militar y la devastación ambiental en curso.
