¿Por qué tantos latinos apoyan a Trump?

Los progresistas en Estados Unidos conseguirán avances duraderos entre los votantes latinos únicamente si examinan no solo por qué Donald Trump fue atractivo para ellos, sino también por qué los demócratas no lo fueron. Eso requiere abandonar ideas preconcebidas sobre la identidad latina e indagar sobre la realidad de un mundo heterogéneo, incluyendo variables económicas –y de clase–, y prestar atención a los imaginarios sociales de estas comunidades.
Por Manuel Pastor - Profesor distinguido de Sociología en la Universidad del Sur de California, donde dirige el Instituto de Investigación de Equidad y ocupa la cátedra Turpanjian de Sociedad Civil y Cambio Social.
La deriva hacia la derecha de los latinos –especialmente de los varones– en las elecciones presidenciales de 2024 conmocionó al establishment político. Según sondeos a boca de urna de nbc News, 54% de los varones latinos y 39% de las mujeres latinas votaron por Donald Trump, lo suficiente para echar por tierra los sueños de una remontada demócrata[1]. Para muchos esto fue desconcertante: ¿no era Trump un xenófobo que se deleitaba separando familias, menospreciando la diversidad y recortando el gasto social? Sin embargo, no debería haber sido una sorpresa.
Al fin y al cabo, ya había una ligera inclinación conservadora en el voto latino allá por 2020, pero algunos consultores políticos no le dieron importancia[2]. Mientras tanto, cualquiera que estuviera atento a lo que ocurría en el verano boreal de 2024 escuchaba las quejas de latinos de origen inmigrante nacidos en Estados Unidos, así como de latinos con muchos años de residencia, que se preguntaban por qué la nueva ola de inmigrantes de 2022 y 2023 obtenía un apoyo «especial», que incluía asistencia de vivienda temporal y permisos de trabajo para quienes solicitaban asilo.
Este (para algunos) sorprendente impulso antiinmigrante se sumaba al malestar provocado por una economía que parecía a la vez demasiado anémica y con un nivel de precios demasiado elevado. Los votantes latinos son en su inmensa mayoría de clase trabajadora y, por lo tanto, especialmente sensibles a los estragos de la inflación[3]. Su orientación de clase también es compleja, moldeada menos por el resentimiento hacia los ricos que por la sensación de que el trabajo debe ser recompensado. Por ello, la condición de empresario exitoso de Trump –o, al menos, el hecho de que haya interpretado a uno en la televisión– no es necesariamente poco atractiva para los votantes hispanos que sueñan con iniciar sus propios pequeños negocios.
La marea roja latina (el rojo es el color de los republicanos) fue, por supuesto, recibida con alegría por las fuerzas de maga (Make America Great Again): finalmente, un avance hacia el grupo minoritario más grande y en constante crecimiento del país; un avance tal que podría impulsar un realineamiento permanente de una clase trabajadora cada vez más multicultural detrás de principios conservadores o, al menos, trumpistas. Por el contrario, los resultados causaron desazón entre las fuerzas progresistas que durante mucho tiempo habían considerado (y malinterpretado) a la población «latinx» a través de exactamente el mismo prisma ideológico distante que las llevó a adoptar esa palabra, «latinx», una formulación que en 2023 fue utilizada únicamente por 4% de la población en cuestión (75% de quienes de hecho habían escuchado el término dijo que no debía utilizarse)[4].
Mientras tanto, algunos analistas y figuras políticas de la población negra lamentaban la derrota de una mujer negra (Kamala Harris) a causa y por los votos de varones de tez morena (brown)[5]. El análisis optimista de Steve Phillips en Brown Is the New White [El moreno es el nuevo blanco] había concebido una coalición emergente de personas multicolor junto a blancos progresistas para formar una nueva mayoría estadounidense. Pero, al parecer, los morenos se habían inclinado por los viejos blancos; y algunos estadounidenses negros sintieron que el reino de terror prometido por Trump (y ahora en curso) contra los inmigrantes era el castigo merecido para un grupo que tomó el camino equivocado.
¿Qué salió mal?
El hecho mismo de preguntar qué salió mal implica suponer que debido a la latinidad un cierto resultado estaba predeterminado. Al hacerlo se pierde de vista que la identidad latina siempre ha sido algo construido[6], a veces por empresas mediáticas que intentan crear un mercado unificado de consumidores procedentes de muchos países diferentes, pero también por emprendedores de la política –tanto latinos como no latinos– que pretenden crear y manipular un sentido de comunidad con el fin de servir a proyectos políticos particulares.
De hecho, la denominación «hispano» se popularizó cuando Richard Nixon destrozó la relación del Partido Republicano con los votantes negros por la adopción de la «estrategia sureña», que apuntaba a captar a los demócratas blancos descontentos con la reforma de los derechos civiles. Mientras los republicanos buscaban un nuevo grupo minoritario al que cortejar –uno que les permitiera atraer a nuevos votantes blancos resentidos y, al mismo tiempo, negar las acusaciones de racismo–, a los «hispanos» se les dio una nueva categoría censal, respaldo a las pequeñas empresas y, finalmente, una amnistía apoyada por Ronald Reagan a mediados de la década de 1980 que proporcionó un camino hacia la ciudadanía para una generación previa de inmigrantes indocumentados.
Estas medidas podrían haber cimentado una relación positiva –Reagan sigue siendo un icono para muchos estadounidenses mayores de origen mexicano–, pero la oportunidad de un realineamiento político fue rápidamente desperdiciada. Para el momento en que la mayor parte de la población recién legalizada había satisfecho los requisitos de residencia para obtener la ciudadanía, el gobernador republicano de California Pete Wilson manchó la marca del partido al vincular su campaña de reelección en 1994 con la Proposición 187, una medida electoral de alcance estatal que amenazaba con negar servicios fundamentales a quienes estaban en el país sin autorización.
La iniciativa fue aprobada por una mayoría abrumadora (aunque posteriormente un juez federal la declaró inconstitucional). En las décadas de 1970 y 1980, casi la mitad de los nuevos inmigrantes llegados a eeuu se había radicado en California, el tipo de «shock inmigrante» que luego alimentó la reelección de Trump en 2024. Pero el triunfo de la Proposición 187 impulsó también una ola de activismo latino, que surgió justo cuando California se estaba convirtiendo en un estado con mayoría de minorías. Este cambio demográfico hizo que la idea de una coalición de «gente de color» pareciera no solo viable, sino también políticamente relevante. Los votantes recién naturalizados y comprometidos trajeron cambios: hubo un aumento brusco del número de funcionarios electos latinos en el estado, que generalmente trabajaban en alianza con dirigentes políticos negros, y California comenzó a liderar el país en temas de inclusión de inmigrantes[7].
La idea de que los latinos optan generalmente por la izquierda se fortaleció en la década de 2010, cuando el ataque de Arizona a los inmigrantes a través de la ley sb 1070 (conocida como la ley «Muéstrame tus papeles», que obligaba a las fuerzas de seguridad locales a preguntar por el estatus migratorio en controles rutinarios) provocó otra ola de activismo latino en ese estado. Entre 2008 y 2018, ningún candidato demócrata ganó una elección estatal en Arizona; hoy, el gobernador, ambos senadores, el secretario de Estado y el fiscal general son demócratas, si bien la legislatura estatal tiene una sólida mayoría republicana. Esto es así, en parte, porque estas experiencias en el sudoeste –junto con la tradicional inclinación demócrata de los votantes de Puerto Rico– llevaron a muchos a suponer que los hispanos eran progresistas por naturaleza. (Una excepción son los estadounidenses de origen cubano, aunque también en este grupo Barack Obama logró grandes avances y aumentó las esperanzas demócratas de un realineamiento).
Por ello, pocos pronosticadores se jugaban por la probabilidad de una casi victoria de Trump entre los votantes latinos. Seguramente –pensaban– ningún latino que se precie de tal se arriesgaría a la deportación de un ser querido, al dolor por la separación de su familia o al duro golpe de las medidas coercitivas que enviarían a los inmigrantes a países (y prisiones) de los que no habían emigrado o que ni siquiera habían visitado.
Algunos parecen creer que simplemente hay que esperar algo similar al síndrome del arrepentimiento del votante para que los latinos y otros vuelvan al redil progresista. Después de todo, el gobierno de Trump ha renunciado a los huevos baratos y ha apoyado aranceles elevados. Ha violado el debido proceso, ha celebrado la crueldad y ha negado el estatus de protección a los venezolanos y otros que esperaban ser salvados y que se atacara a sus países de origen con gobiernos de izquierda. Además, ha propuesto recortes al gasto público que limitarán las oportunidades para los jóvenes latinos, que ahora representan 26% del total de jóvenes en eeuu, con lo que duplican a la juventud negra.
Por cierto, el caos en las calles de Los Ángeles debería ser suficiente para provocar un replanteo de las alianzas políticas. Se le ha dado plena libertad al Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ice, por sus siglas en inglés), en cooperación con otras agencias federales, para llevar a cabo redadas que muy probablemente atraparán a alguien que lava autos con 30 años de permanencia en eeuu antes que a un pandillero de ingreso reciente. Los miembros de la comunidad han participado en protestas masivas y también han respondido de manera directa, grabando arrestos e insultando a agentes del ice enmascarados que se niegan a identificarse.
Pero confiar en la ira desatada y el resentimiento latente para curar el sentimiento pro-Trump que contagió a muchos votantes latinos es, en el mejor de los casos, una estrategia reactiva. Los progresistas solo lograrán avances duraderos entre los votantes latinos si su estrategia incluye un análisis profundo no solo de por qué Trump fue atractivo para ellos, sino también de por qué el progresismo no lo fue. Esto, a su vez, requiere ir más allá de la campaña electoral y abordar las tareas más básicas de organización comunitaria, concientización y formación de alianzas: el terreno de los movimientos, no de ambiciosos emprendedores de la política.
Una disección de la identidad
Es en acción, y en ausencia de ella, como se determinan las mentalidades políticas. La mayoría de los esfuerzos electorales supone que existe un grupo que hay que activar, en caso de que se logre llegar a él. Esta es la base de la eterna visión de la comunidad latina como un «gigante dormido» que puede ser impulsado hacia la izquierda con el empujón justo para despertarlo y ponerlo en acción. Pero esta ambición de reproducir eficazmente el impacto provocado por la Proposición 187 es inapropiada. No se puede despertar de su letargo político a una comunidad muy diversa, profundamente dividida tanto por país de origen como por región de residencia, con un enfoque único[8].
Por el contrario, la organización comunitaria da por sentado que la identidad debe forjarse y que muchas identidades diferentes se solidifican en alianza con otras. Lamentablemente, este tipo de organización de base ha ido erosionándose en eeuu, un problema para todas las campañas progresistas. En su lugar, hemos visto una dependencia demasiado frecuente de la movilización, que apela de forma estrecha a quienes ya están convencidos para que acudan a una manifestación donde el lenguaje es el correcto, los cánticos se practicaron previamente y las cuestiones están zanjadas[9].
Organizarse es más complejo que eso. Implica esfuerzos individuales para construir relaciones escuchando experiencias vividas, opiniones políticas y perspectivas racializadas que a priori podrían ser polémicas. Para comunicar, necesitamos poner menos énfasis en posturas inmaculadas y pronunciamientos concisos dirigidos a quienes ya están de acuerdo con nosotros, y concentrarnos más en atraer a nuevos electorados (y abordar los problemas y sesgos que impiden la formación de coaliciones). Esta es la única manera de contrarrestar la estrategia de «divide y reinarás» que la derecha ha explotado durante mucho tiempo. Para la comunidad latina, una tarea clave en ese sentido es abordar la antinegritud, la mezcla tóxica de racismo y colorismo que persiste aun a pesar de que alrededor de 5% de los latinos en eeuu también se identifican como negros o parcialmente negros en los cuestionarios censales.
Hay muchos ejemplos que muestran cómo los activistas están llevando a cabo el arduo trabajo de unir de manera productiva a las comunidades negras, morenas, asiáticas y otras. Mi propia investigación sobre la formación de la identidad y la política latinas en el sur de Los Ángeles pone de relieve cómo la difusión y el activismo comprometidos lograron transformar un conjunto de tensiones iniciales entre negros y morenos por empleos y vivienda –que también estallaron en muy publicitadas peleas entre estudiantes que compartían (y no compartían) espacio en escuelas locales que estaban cambiando rápidamente– en coaliciones duraderas que luchan por la justicia y por oportunidades para todos los residentes[10].
Esto no fue el resultado de una estrategia puramente transaccional, basada en estrechos intereses personales. Por el contrario, los activistas lograron desarrollar una solidaridad local en la que la identidad latina se forjó a partir de un sentido de lucha compartida con sus vecinos afroestadounidenses. Y eso no pasó solamente en Los Ángeles. En su análisis de las cada vez más populosas comunidades latinas en el sur, la socióloga Jennifer Jones destaca cómo las experiencias de racismo y exclusión dieron origen a un sentimiento de «destino vinculado a una minoría». Este resultado no fue automático: requirió la colaboración de ambos grupos, incluidos líderes afroestadounidenses que se oponían activamente a las políticas y el discurso antiinmigrantes, y supuso trabajar en una conciencia política compartida, así como unir a las comunidades a través de instituciones religiosas. Como lo expresa elocuentemente Jones, «los demócratas pueden construir una nueva coalición. Solo tienen que analizar los hechos sobre el terreno para lograrla»[11].
Los atajos para promover la participación de los votantes (get out the vote) que solo involucran a la gente durante las elecciones no pueden reemplazar el paciente trabajo comunitario capaz de forjar relaciones duraderas. Las estrategias de compromiso integral del votante (ive, por sus siglas en inglés) –donde la organización comunitaria a lo largo de todo el año se combina con las coyunturas electorales– pueden tender un puente entre estos dos mundos. Conocidas también a veces como «sondeo profundo», estas estrategias han sido eficaces en lugares tan variados como Michigan, Georgia y Virginia. En California, las acciones con ive realizadas por coaliciones como el Million Voters Project han sido claves para mantener al electorado latino del «Golden State» más cerca del lado progresista de la ecuación (si bien, incluso allí, Trump logró avances que probablemente contribuyeron a que los demócratas perdieran su mayoría en la Cámara de Representantes). En resumidas cuentas: ganarse el corazón y la mente de los latinos (y de otros) requiere menos de alta tecnología (high tech) y más de contacto humano directo (high touch).
Es la economía, estúpido
Entonces, ¿qué les atrae de Trump a los latinos? Para decirlo en pocas palabras: se dirigió con firmeza al sufrimiento financiero de la gente. Para muchos votantes blancos, es posible que la «ansiedad económica» haya sido a veces solo una excusa para consentir temores raciales, pero la inflación, el empleo y los costos de la vivienda parecen haber sido lo prioritario para los votantes latinos a la hora de decidir taparse la nariz y emitir su voto.
Esta situación podría propiciar otro tipo de reacción pasiva: simplemente señalemos dónde están los déficits de Trump (¿no siguen siendo caros los huevos?), enfaticemos el impacto dispar de sus políticas (¿no se verán aún más afectadas las familias latinas por los recortes en el Medicaid?) y esperemos que el gigante latino, que lleva tanto tiempo dormido, finalmente despierte. Esto representa al menos una pequeña mejora respecto al enfoque demócrata previo, que consistía, en efecto, en pedir a la gente que creyera en los buenos datos económicos y no en su propia experiencia, y luego hacer una presentación en PowerPoint sobre el lado positivo de la política industrial posneoliberal[12].
Es un discurso difícil de digerir, por supuesto. Y, claramente, no funcionó. Un problema es que, cuando los progresistas han pensado en las guerras culturales, han tendido a referirse únicamente a cuestiones de religión y etnicidad. Pero la clase también es cultura. Por ejemplo, el debate sobre la experiencia de la clase trabajadora blanca se ha enriquecido al considerar no solo la pérdida de ingresos derivada de la desindustrialización, sino también la concurrente pérdida de significado y autoestima cuando desaparecen los empleos. Comprender esto puede ser crucial para recuperar el Medio Oeste, pero también para las identidades y prioridades políticas latinas, que se definen no solo por el idioma y la ascendencia, sino también por las circunstancias económicas.
De hecho, según una definición de «clase trabajadora» ofrecida por el Centro para el Progreso Estadounidense –que la restringe a quienes tienen o buscan empleo y carecen de título universitario de una carrera de cuatro años–, casi 80% de los latinos pertenecen a este grupo, en comparación con aproximadamente 70% de los afroestadounidenses y solo 55% de los estadounidenses blancos[13]. La conclusión obvia es que cualquier noción de clase trabajadora debe ser multirracial. Pero la lección más sutil es que ignoramos de qué manera la clase determina la cultura y la identidad, lo que es un gran error político.
Crecí dentro de una comunidad multirracial de clase trabajadora en el sur de California. Nos definían ciertos valores claves compartidos, en especial la conexión con el trabajo, el oficio y la solidaridad. Esto último me quedó grabado a fuego después de que mi padre sufriera una grave lesión en su trabajo, que le costó la mayor parte de un pulmón y dejó a nuestra familia en una situación de gran precariedad económica. Cuando finalmente se recuperó, su sindicato estaba en huelga. Naturalmente, la empresa le pidió que volviera a sus tareas, con la esperanza de que la necesidad de mantenernos lo impulsara a aceptar. Por el contrario, él se unió a la protesta. Privados del pago por enfermedad de la empresa y dependiendo, en cambio, de los escasos fondos de huelga, estábamos un poco hambrientos pero muy orgullosos, y nunca olvidé esa lección.
La cultura son los valores que compartimos, tanto como los alimentos que comemos y los idiomas que hablamos. El mensaje económico progresista suele ser algo así como «Hay suficiente riqueza para todos». Pero un mensaje más ganador, particularmente para los latinos que aspiran a la movilidad social, podría ser: «Hay suficiente trabajo para todos». Hay suficientes formas de ganarse la vida, ser propietario y prosperar. Y la política económica debería incluir una red de seguridad, sin duda, pero también debería proporcionar un trampolín desde el cual el trabajo sea recompensado con salario y dignidad.
Este es un problema general: los demócratas y los progresistas necesitan un mejor relato sobre economía. La clave es hablar no solo de redistribución, sino también de producción y oportunidades. Además, es crucial imaginar a los trabajadores no solo como obreros metalúrgicos y ensambladores de automóviles que sufren los efectos de la desindustrialización, sino también como personal doméstico, jardineros, cuidadores de ancianos, trabajadores de servicios y otros que hacen el trabajo de asistencia y cuidado que nos ayuda a todos a prosperar. Los latinos son parte clave del proyecto de clase, y la atención que los sindicatos han prestado en las últimas décadas a organizar a los trabajadores latinos es bienvenida.
Una lectura errónea de la inmigración
En 2008, el número de jóvenes ciudadanos latinos que cumplían 18 años era aproximadamente una vez y media el de los inmigrantes latinos adultos que se naturalizaban y obtenían la ciudadanía. En aquel entonces, si había que elegir entre poner el foco en la inmigración o, por ejemplo, en la educación y la economía, era razonable poner al menos parte del énfasis en los derechos de los inmigrantes. Pero en los últimos años, la cantidad de jóvenes ciudadanos latinos que obtienen el derecho al voto por llegar a la mayoría de edad triplica aproximadamente la de inmigrantes latinos que lo obtienen por naturalizarse.
La demografía no siempre es el destino, pero estos números nos ayudan a entender por qué otros temas, además de la inmigración, dominan la conciencia de los votantes latinos. Un factor adicional son las recientes oleadas de migrantes que han llegado al país. A pesar de la histeria por la inmigración de Trump de la última década, los flujos migratorios desde México hacia eeuu rondaban el cero neto –es decir que ingresaban aproximadamente tantos mexicanos como los que salían–, si tomamos el periodo que va desde 2005 hasta poco antes de la pandemia[14]. Además, hasta aproximadamente 2021, la cantidad de inmigrantes no autorizados en el país disminuyó de manera constante, en parte porque la crisis financiera de 2008 evaporó las oportunidades económicas y obligó a mucha gente a regresar a sus países de origen.
Eso significaba que, en promedio, quienquiera que estaba en eeuu había estado allí por más tiempo. Tanto en 1980 como en 1990, menos de la mitad de los inmigrantes latinos llevaban más de diez años en el país; para 2021, casi 80% de los inmigrantes latinos habían vivido en el país más de diez años. Estos inmigrantes de larga data empezaron a pensar como sus vecinos nacidos en eeuu: muchos de ellos vieron con recelo la oleada de migrantes que llegaron a la frontera durante la era Biden entre 2021 y 2023, un periodo en el que la población indocumentada de eeuu creció cerca de 20%[15].
No fue solo la magnitud del cambio lo que hizo reflexionar a algunos inmigrantes latinos asentados, sino el hecho de que muchos de los nuevos inmigrantes provenían de nuevos países de origen, como Venezuela y Haití. El discurso del «desorden en la frontera» también transmitía una imagen de caos que inspiraba miedo y falta de empatía hacia los nuevos inmigrantes. Y el hecho de que algunos recién llegados recibieran apoyo como solicitantes de asilo provocó un notable cambio de opinión incluso entre residentes indocumentados de larga data, que señalaban que ellos habían sobrevivido sin esa ayuda. Esto probablemente influyó en sus familiares de estatus mixto para inclinarse hacia la derecha a la hora de votar.
La situación actual ha puesto a los grupos progresistas que defienden los derechos de los inmigrantes en una posición incómoda. Estos grupos creen fundamentalmente en el derecho de las personas a buscar oportunidades, especialmente en un momento en que el cambio climático está forzando un éxodo mundial desde países gravemente afectados por huracanes, sequías y hambrunas. Aceptar más inmigrantes tiene mucho sentido; eeuu debería ser un país que los reciba bien, sobre todo teniendo en cuenta su papel en el calentamiento del planeta. Pero las «fronteras abiertas» –que más que un proyecto político real son una expresión a disposición de críticos oportunistas que sacan rédito de ella– son difíciles de vender incluso para los latinos.
Según una encuesta reciente encargada por Unidosus y varias otras organizaciones latinas, solo un poco más de la mitad de los latinos están a favor de un camino hacia la ciudadanía para los inmigrantes indocumentados que han estado en el país durante mucho tiempo, mientras que casi la mitad está a favor de tomar medidas enérgicas contra «traficantes de personas y narcotraficantes»[16]. Pero cuando se les da a los encuestados la opción entre deportar a todos los inmigrantes indocumentados o solo a los «criminales peligrosos», más de las tres cuartas partes de ellos eligen esta última alternativa, lo que sugiere preocupaciones reales por la seguridad fronteriza, pero también una gran empatía hacia los residentes indocumentados que han estado en el país durante algún tiempo.
Aquí se ve, nuevamente, que la identidad latina es compleja, controvertida y construida. Incluso antes de que la vida de los latinos de Los Ángeles se viera alterada por la oleada de temerarias redadas del ice, había evidencia de que estos comenzaban a pensar que el gobierno de Trump estaba yendo demasiado lejos en sus medidas de control y que sus promesas de prosperidad económica no se estaban cumpliendo. Pero encontrar consuelo político en tal incomodidad de la comunidad –pensando que seguramente esto hará que se incline nuevamente hacia la izquierda– ha sido durante mucho tiempo el talón de Aquiles de quienes buscan organizar a los latinos.
Limitarse a movilizar a la gente contra lo que resulta amenazante del otro bando no garantiza una mayoría duradera. Para ello, es necesario proponer qué mejorar, no solo qué resistir. Las últimas primarias para la Alcaldía de Nueva York –en las que un progresista de origen sudasiático, Zohran Mamdani, se ganó a los votantes latinos y a otros grupos con una sólida estrategia de base y apoyos claves, pero también con un enfoque preciso en la economía y la calidad de vida– sugieren lo que es posible.
Movimientos e impulso
De hecho, los latinos son receptivos a una agenda positiva, progresista y práctica. Años de investigación mediante encuestas en California muestran que a los latinos en realidad les preocupa mucho más el cambio climático que a los residentes blancos del estado, es decir que el compromiso con el ambientalismo es un argumento convincente[17]. La población latina también pertenece mayoritariamente a la clase trabajadora: las oportunidades económicas y la equidad, así como el acceso a la educación y la atención médica, surgen como las principales preocupaciones en la mayoría de las encuestas. Mientras que el ice de Trump puede lograr que los latinos regresen tentativamente al redil progresista, por el momento, el mensaje central sigue siendo el mismo: cortejar a los latinos para el futuro es en gran medida un asunto que implica múltiples temas.
Esto representa una oportunidad política para los progresistas que se preocupan por el planeta, se inquietan por los excesos del capitalismo contemporáneo y creen en un papel activo del Estado. Pero para aprovecharla, hay que dejar de intentar ocultar las deficiencias de Kamala Harris –que, después de todo, podría dirigirse mejor al 60% de los hombres blancos que votaron por Trump[18]– y, en lugar de ello, buscar una respuesta a por qué tantos latinos y otros se sintieron tentados por un aspirante a hombre fuerte.
La realidad es que el autoritarismo ha sido atractivo porque la economía estadounidense no funciona bien para la mayoría, y la culpa es el único commodity en abundancia; porque nuestros movimientos han sido de escala insuficiente y su crecimiento reciente se ha visto obstaculizado por divisiones internas, un deterioro de la formación de líderes comunitarios y una falta de habilidades para construir frentes populares amplios; y porque la política actual a menudo opera con parámetros más orientados a ganar elecciones en el corto plazo que a guiar movimientos duraderos en el largo plazo.
El arduo trabajo de organizar este tipo de movimientos implica pasar de los problemas a la visión y convencer a la gente de un propósito compartido, un propósito que la lleve no solo a las urnas cada tantos años, sino a las barricadas del cambio. Es una tarea que se ha visto intensificada por la llegada del tecnoautoritarismo, una era en la que Silicon Valley ya no es una fuente de tecnología potencialmente liberadora, sino de ideas para el control totalitario.
Los latinos no han estado dormidos, más bien han sido ignorados e incomprendidos con demasiada frecuencia. Para que el movimiento progresista no solo resista el autoritarismo de derecha, sino que además construya poder en este momento, necesitará crear, y no dar por sentada, una identidad; construir un programa económico que resuene con la experiencia vivida; y ofrecer una visión de oportunidad, comunidad y dignidad que trascienda aquello que nos divide.
1.
NBC News: «Exit Polls», 5/11/2024, disponible en https://www.nbcnews.com/politi...
2.
Equis Research: «2020 Post-Mortem (Part One): Portrait of a Persuadable Latino» en Medium, 2/4/2021.
4.
Luis Noe-Bustamante, Gracie Martinez, Mark Hugo Lopez: «Latinx Awareness Has Doubled Among us Hispanics Since 2019, but Only 4% Use It», informe, Pew Research Center, Washington, DC, 12/9/2024.
5.
Brown es una categoría ambigua y contextual (no censal) que a menudo se usa para describir a personas de piel morena, que no se identifican completamente como white (blancas) ni como black (negras). Puede referir a latinos y personas de Oriente Medio y el sur de Asia [n. del e.].
6.
Geoffrey Fox: Hispanic Nation: Culture, Politics, and the Constructing of Identity, The University of Arizona Press, Tucson, 1997.
7.
Ben Christopher y Mikhail Zinshteyn: «From Save Our State to Sanctuary, California's Immigration Views Have Shifted Dramatically» en CalMatters, 20/6/2025
8.
Andrea Silva: «2024 Post-Election Reflection Series: Cultural Values and Economic Priorities: The Not-So-Shocking Rise of Latino Support for Trump» en Political Science Now, 25/3/2025.
9.
Daniel Mackintosh: «Mobilising or Organising?» en The Iron Rule, 23/8/2017
10.
M. Pastor y Pierrette Hondagneu-Sotelo: South Central Dreams: Finding Home and Building Community in South LA, NYU Press, Nueva York, 2021.
11.
J.A. Jones: The Browning of the New South, The University of Chicago Press, Chicago, 2019
12.
David Dayen y Matt Stoller: «Moving Past Neoliberalism Is a Policy Project» en The American Prospect, 27/6/2023.
13.
«What Policymakers Need To Know About Today's Working Class», cit.
14.
Ana Gonzalez-Barrera: «Before covid-19, More Mexicans Came to the us than Left for Mexico for the First Time in Years», Pew Research Center, Washington, DC, 9/7/2021.
15.
Jennifer Van Hook, Ariel G. Ruiz Soto y Julia Gelatt: «The Unauthorized Immigrant Population Expands amid Record us-Mexico Border Arrivals», Migration Policy Institute, Washington, DC, 2/2025.
16.
«2025 1st 100 Days Poll of Hispanic Electorate», disponible en https://unidosus.org/hispanicv...
17.
M. Pastor, J. Mijin Cha, Michael Méndez y Rachel Morello-Frosch: «California Dreaming: Why Environmental Justice Is Integral to the Success of Climate Change Policy» en PNAS vol. 121 No 32, 7/2024.
18.
Encuesta disponible en https://www.nbcnews.com/politi...
