Cortina de hierro entre Argelia y Marruecos

07.11.2026

El cierre de la frontera en 1994 entre Argelia y Marruecos ha generado daños económicos en ambos países. Más allá de los motivos que podrían explicar un bloqueo antinatural entre dos pueblos cercanos en lo religioso, lo cultural y lo lingüístico, se ha disparado una carrera armamentística que no se sabe hasta dónde escalará.

Tlemcen, ciudad argelina cerca de la frontera con Marruecos (Farouk Batiche/ AFP)
Tlemcen, ciudad argelina cerca de la frontera con Marruecos (Farouk Batiche/ AFP)


Por Pierre Daum - Periodista

¡Las vías del ferrocarril siguen existiendo! Medio cubiertas de tierra, a menudo ocultas detrás de matorrales con espinas. Hace treinta años que no circula ningún tren. Las flanquea un sendero descuidado, en el que nos adentramos gracias a nuestra moto todoterreno. La llanura está vacía, dejamos atrás la última granja y ya no hay ningún pastor que lleve a pastar sus ovejas. A unos cien metros, una gruesa alambrada coronada con alambre de púas corta el horizonte. ¡Es la frontera! El-Djazaïr, Argelia, está del otro lado. Detrás de la alambrada, se abre un amplio foso que refuerza el aspecto amenazante del conjunto. De repente, emerge un hombre uniformado de detrás de un terraplén. "¿Qué están haciendo acá? ¡Está prohibido!". Con nuestro traje de motociclistas, nos hacemos pasar por turistas perdidos y finalmente damos media vuelta, dejando que las vías sigan su camino en dirección a Maghnia (una ciudad argelina, diez kilómetros más adelante) y luego hacia Orán. Ni bien salimos del sendero, una camioneta de la Gendarmería Real nos obliga a descender de la moto. Se acerca un capitán de bigote severo, escoltado por dos suboficiales. Control de documentos, llamadas por teléfono a la Dirección General de Seguridad Nacional, las verificaciones se vuelven eternas. Nos ponemos a conversar con el suboficial más joven: "¿Los argelinos son sus enemigos?", preguntamos. "¡No, no; son nuestros hermanos! Pero ellos no nos quieren… Durante la final de la Copa Africana de Naciones [campeonato de fútbol, celebrado en enero de 2026 en Rabat], en vez de estar con nosotros, apoyaron a Senegal. No fue muy amable…" (1). Finalmente el oficial nos devuelve los documentos. "¡Bienvenidos a Marruecos!", exclama antes de regresar a su vehículo. Desde ese momento, la policía marroquí nos vigiló durante todo el tiempo que duró este reportaje.

Esta escena tuvo lugar a pocos kilómetros al norte de Oujda, capital de la Región Oriental, en el noreste de Marruecos. La línea de ferrocarril, inaugurada a fines del siglo XIX para preparar la penetración francesa en el antiguo sultanato –Francia se instaló allí en 1912 bajo la forma de un protectorado–, permitió que, mucho después de las independencias, la circulación fuera muy fluida entre los dos países. Sobre todo porque siempre hubo familias que vivían a ambos lados de la frontera. Pero dicha fluidez se interrumpió bruscamente en el verano de 1994, cuando Argelia decidió cerrar todos los pasos fronterizos terrestres con su vecino occidental.

Triste abandono

"Evidentemente, entonces dejamos de tomar el tren", recuerda Fatima Baadid, una mujer argelina de 103 años que conocemos en Berkán, cerca de Oujda, rodeada de su numerosa descendencia. Nacida en Argelia, se casó con un marroquí y se instaló en el país de su familia política. "Después, mi marido empezó a llevarnos con los niños hasta el puesto fronterizo de Zouj Beghal; le dábamos 200 dírhams al aduanero [unos 20 euros], cruzábamos a pie y, del otro lado, mi hermano nos esperaba con su auto". El ardid funcionó durante unos veinte años, hasta que las tensiones bilaterales recrudecieron.

En 2013, Argelia empezó a cavar zanjas de diez metros de profundidad a lo largo de la frontera, entre Marsa Ben M'Hidi, al norte (frente a la ciudad marroquí de Saïdia), y Beni Ounif, al sur (frente a Figuig). Marruecos respondió instalando alambradas con alambres de púas. "El tráfico de mercancías se volvió totalmente imposible a partir de 2016", afirma Abdellatif B. en su pequeña granja de los alrededores de Oujda, situada al extremo de un camino de tierra que conduce a la frontera. El señor B. sabe de lo que habla: él mismo fue contrabandista. Es el único "oficio" que este hombre, que hoy es abuelo, ha ejercido en su vida. Nos recibe con mucha amabilidad alrededor de un tajín [plato típico magrebí] que preparó su esposa, pero para hablar con nosotros impone la condición expresa de que no revelemos ni su nombre ni la ubicación de su granja. "¡Solamente recibirlos en mi casa ya me da miedo! En Marruecos hay informantes por todas partes, que le cuentan todo a la policía". Sin embargo continúa: "Lo mío era sobre todo la nafta. También un poco de sémola, un poco de harina, algunos medicamentos, porque el gobierno argelino subvenciona esos productos. Pero la parte más importante de mi negocio era la nafta. Siempre trabajábamos de noche. Me acercaba en auto todo lo posible a Argelia, cargábamos los bidones vacíos en una carreta, caminábamos 400 metros cruzando la frontera hasta la granja de mi primo, que es argelino. Ahí intercambiábamos los bidones vacíos por bidones llenos, después hacíamos el camino inverso hasta el auto y volvíamos a casa, donde nos esperaban los vendedores minoristas. Le pagaba a mi primo 80 dírhams [8 euros] por un bidón de 30 litros, y después lo revendía a 90 dírhams. En una noche, haciendo tres viajes, podía pasar 200 bidones. Hagan la cuenta: ¡en una noche podía tener hasta 2.000 dírhams [200 euros] de ganancia! Era la buena vida…".

Durante varias décadas, en la Región Oriental, todo el mundo manejaba con nafta argelina. Al por menor, un bidón salía 120 dírhams, es decir, 4 dírhams por litro, frente a los 9 dírhams que costaba en los surtidores del resto del país. En las rutas entre Nador, Berkán, Saïdia, Oujda, El Aïoun, Tendrara, Bouarfa y Figuig, casi no había estaciones de servicio (pero ahora han proliferado como hongos). "La población de esta región vivía del contrabando –precisa el economista marroquí Najib Akesbi–. En los bazares de Ahfir y Beni Drar [ciudades pequeñas situadas entre Saïdia y Oujda], sólo se vendían productos argelinos." Y menciona que "el tráfico iba en ambas direcciones, con una exportación no declarada de frutas y verduras marroquíes que se vendían en Argelia: cebollas, papas, tomates, aceitunas, mandarinas…".

A pesar de las alambradas y las zanjas, dos tráficos siguen prosperando: el narcotráfico y el tráfico de personas.

El lado moderno de Marruecos siempre se desarrolló en su costa atlántica, y la Región Oriental –2,3 millones de habitantes, es decir, cerca del 7% de la población– transmite una impresión de triste abandono a los pocos que la visitan. "Después de endurecer el cierre de la frontera, el Estado nos dio algunas subvenciones, una vaca, pollos, pero todos los proyectos fracasaron", se lamenta Abdelmajid, el gerente del único bar de comida rápida de un pequeño pueblo perdido en mitad de la frontera, al sur de Oujda. Como la mayoría de nuestros interlocutores, este habitante de Touissite considera que fue 2016 el año que marcó realmente el cierre de la frontera: el cierre oficial de 1994 no había cambiado gran cosa en su vida cotidiana.
Aun más al sur, en la gran ciudad de Bouarfa (30.000 habitantes en 2024), Brahim tiene una peluquería diminuta, donde cobra 20 dírhams por corte. ¿Cuántos clientes recibe por día? "Entre dos y cuatro…". Lo acompaña su amigo Mohamed, el carnicero del barrio: "Acá, igual que al otro lado de la frontera, tenemos una raza de ovejas muy buena: las Beni Guil. Antes las íbamos a buscar a Argelia, las conseguíamos por 2.000 dírhams, cruzábamos la frontera de noche y las revendíamos… ¡al doble! Pero ahora hace diez años que estamos en la miseria…". El municipio emplea a algunos jóvenes para barrer las calles, otros trabajan construyendo casas para los "MRE" –"Marroquíes Residentes en el Extranjero"–, una denominación que engloba tanto a los ciudadanos que emigraron como a las nuevas generaciones de personas binacionales nacidas en el extranjero. En diciembre, algunos príncipes emiratíes se instalaron para pasar el invierno en ksar (aldeas fortificadas del desierto) lujosamente acondicionadas, con el fin de cazar avutardas con sus halcones adiestrados. Para el personal doméstico, contratado en Bouarfa, el trabajo es estacional pero está bien remunerado: 150 dírhams por día, frente a los 70 que ganan el resto del año. Fuera de eso, ¿qué se puede hacer en Bouarfa? "Nada –responde Saddik Kabbouri, profesor jubilado de árabe y de filosofía–. Cuando la frontera todavía era permeable, la gente sobrevivía gracias al tráfico. Pero ahora sólo viven del dinero de los MRE."

De las doce regiones de Marruecos, la Oriental recibe un cuarto de esas remesas (2), muy por delante de todas las demás. Damane Cash, Western Union, Cash Plus, MoneyGram, Chaabi Cash…, cada pueblo tiene su buena cantidad de agencias, y sólo Bouarfa tiene nada menos que veintitrés. "En 2005, lanzamos un movimiento en contra del aumento del costo de vida –continúa Kabbouri–, con un boicot de las facturas de agua que duró seis años. En 2011, nuestras manifestaciones podían llegar a reunir hasta 10.000 personas, es decir, un tercio de los habitantes de Bouarfa." Incluso organizaron intentos —muy simbólicos— de emigración colectiva hacia Argelia. Exasperado, el poder reaccionó con dureza y encarceló a una decena de líderes, entre ellos a Kabbouri. Así fue que el movimiento se debilitó.

Proyectos frustrados y nuevos

La historia de Bouarfa podría haber seguido una trayectoria muy diferente. Durante la época colonial, la ciudad creció considerablemente gracias a la explotación del subsuelo, rico en manganeso. Cuando se retiraron los franceses en marzo de 1956, la región heredó una línea de ferrocarril que conectaba Bouarfa con Oujda (para transportar el mineral hasta el Mar Mediterráneo), pero también con Colomb-Béchar (actualmente Béchar), en Argelia. En línea recta, las dos ciudades están apenas a 160 kilómetros de distancia.

En 1972, cuando las relaciones entre los dos países estaban en su mejor momento, Houari Boumediène y Hassan II pusieron en marcha un proyecto de explotación conjunta de la mina de Gara Djebilet (900 kilómetros al sudeste de Béchar) (3), que abarcaba uno de los yacimientos de hierro más grandes del mundo. Tras el progresivo declive de la mina de manganeso, los habitantes de Bouarfa podrían haber encontrado nuevas oportunidades en esta iniciativa. Por desgracia, tres años más tarde, el conflicto por el Sahara Occidental provocó una nueva ruptura entre los dos países y el proyecto quedó abandonado. Hasta que resurgió cincuenta años después: el 1 de febrero de 2026, como si se estuviera burlando de su vecino, el presidente argelino Abdelmadjid Tebboune inauguró una nueva línea ferroviaria 100% argelina destinada a transportar el mineral de Gara Djebilet hasta el puerto de Orán. 

La cortina de hierro que cayó sobre la frontera también asfixió otro gran proyecto de cooperación industrial: el Gasoducto Magreb-Europa (GME), concebido para transportar gas argelino hacia España pasando por Marruecos y el Estrecho de Gibraltar. Lanzado en 1993, apenas un año antes del cierre de la frontera, el proyecto siguió adelante y, durante veinticinco años, Argelia suministró a España gas extraído de Hassi R'Mel (el mayor yacimiento de gas natural del continente africano, situado 550 kilómetros al sur de Argel), cruzando la frontera marroquí a la altura de Ain Beni Mathar, 90 kilómetros al sur de Oujda. En compensación por ese permiso, Marruecos recibía cada año 60 millones de dólares, además de 1.000 millones de metros cúbicos de gas con los que producía el 10% de su electricidad. Tras la ruptura de las relaciones diplomáticas en 2021, Argelia se negó a renovar el contrato. Pero Marruecos no desmanteló las tuberías y ahora está a punto de reutilizarlas para un proyecto 100% marroquí: explotar un yacimiento de gas descubierto en Tendrara (110 kilómetros al sur de Ain Beni Mathar), por parte de un consorcio integrado por Mana Energy (55%), la Oficina Nacional Marroquí de Hidrocarburos y Minas (ONHYM, 25%) y la compañía británica Sound Energy (20%). Aparentemente, en mayo de 2026 Sound Energy habría vendido sus últimas participaciones al grupo Managem, empresa matriz de Mana Energy. Sin embargo, es probable que los habitantes de la región no obtengan casi ningún beneficio económico. "Este proyecto ilustra el sistema predatorio que corroe la economía marroquí", denuncia Abdelaziz Aftati, ex diputado por Oujda y miembro del Consejo Nacional del Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD, islamista, al frente del gobierno entre 2011 y 2021). "El jefe de gobierno, Aziz Akhannouch, posee participaciones en Sound Energy. Y Mana Energy es un holding de la familia real.

Considerando el nivel de pobreza de esta región, ¡es escandaloso!". Muy cercano a Mohamed VI [rey de Marruecos], Akhannouch también es propietario de Afriquia, la principal red de distribución de combustible de Marruecos, que ahora posee estaciones de servicio a lo largo de toda la región.

Tráficos ilícitos

¿Pero realmente hay una cortina de hierro? Para los pequeños contrabandistas como el señor B., sin duda. Pero no para los grandes. A pesar de las alambradas y las zanjas, dos tráficos siguen prosperando: el narcotráfico y el tráfico de personas. Son también los más difíciles de documentar. En ambos países, ningún periodista se atreve a emprender la más mínima investigación al respecto, y los medios se limitan a publicar los comunicados oficiales de sus gobiernos. Acusar a Marruecos de propagar el flagelo de la droga es una constante de las autoridades argelinas. El 28 de febrero de 2026, el diario digital argelino Tout sur l'Algérie (TSA) informó a sus lectores que "el Ejército Nacional Popular abatió a dos narcotraficantes marroquíes en Beni Ounif, en la frontera entre Argelia y Marruecos". El 15 de marzo, la agencia de prensa estatal Algérie Presse Service (APS) subió la apuesta: "Las redes de narcotráfico procedentes de Marruecos amenazan la seguridad y la estabilidad de la región". Sin embargo, no hay ninguna investigación ni cuestionamiento sobre cómo es posible desarrollar un tráfico semejante a través de una frontera tan hermética. Además, ¿se trata realmente de narcotraficantes? Cerca de Bouarfa, encontramos al hermano de uno de los dos hombres que mataron los guardias fronterizos argelinos. "¡Mi hermano no transportaba ninguna droga! –asegura Jiloul Azza, que pertenece a la gran tribu de los Beni Guil, seminómadas establecidos a ambos lados de la frontera desde tiempos inmemoriales–. Sólo soñaba con llegar a Europa pasando por Orán. Pero los argelinos odian a los marroquíes, y sus soldados nos disparan cada vez que pueden."

Hay, sí, una certeza: de ambos lados de la frontera altos mandos están implicados en este tráfico de estupefacientes. Del lado marroquí, el ex presidente de la Región Oriental, Abdenbi Bioui, está acusado desde 2023 de dirigir durante veinte años una extensa red que aparentemente transportó más de 200 toneladas de marihuana desde Marruecos hacia Argelia. La primera fase del juicio dejó al descubierto el modus operandi: en cada punto de tránsito –según informa el portal marroquí Médias24–, el agente de la guardia fronteriza marroquí acepta desviar la cámara de vigilancia, a cambio de 36.000 dírhams por cada cruce. Los transportistas, a menudo simples agricultores, reciben 10.000 dírhams. Según Omar Brouksy –autor de investigaciones valientes sobre la situación de su país y sobre los intereses de la monarquía (4)–, Bioui, condenado a doce años de prisión en primera instancia y que proclama su inocencia, "es uno de los notables más influyentes del PAM, el Partido de la Autenticidad y Modernidad", fundado ni más ni menos que por Fouad Ali El Himma, íntimo amigo del rey y su consejero más poderoso. Del lado argelino, aunque no hay ninguna investigación oficial, se puede suponer que existen complicidades en el transporte y la distribución de la droga. En 2018, se incautaron 701 kilos de cocaína en el puerto de Orán, lo que provocó la destitución del general de división Abdelghani Hamel, director general de la Seguridad Nacional, y de otros quince generales argelinos. 

El tráfico de seres humanos es mucho más visible. Los exiliados, en su mayoría procedentes de África Subsahariana, caminan en grupos por la carretera entre Figuig y Bouarfa (110 kilómetros), sin equipaje alguno y sin siquiera una botella de agua. Vienen de Béchar, cruzaron la frontera de noche escalando las montañas, calzados con sandalias y muertos de miedo. "Cuando empezamos a trepar por las rocas, éramos treinta", cuenta con voz agotada Ahmoud Lamine, de 20 años, originario de Guinea. Lo encontramos merodeando por los alrededores de la estación de autobuses de Bouarfa, esperando al autobús nocturno que lo llevará a Oujda (el conductor hace la vista gorda porque un intermediario marroquí le entregó un sobre). "Ahora sólo quedamos seis. Cuando los soldados marroquíes nos atrapan, nos golpean, nos quitan el dinero y el celular, y nos mandan de vuelta a Argelia. Es muy duro". Unos días antes, en Oujda, habíamos hablado con Assade, un nigeriano de 22 años que se encontraba varado en la ciudad, esperando el momento adecuado para intentar llegar a España. "Alrededor de Oujda hay varios puntos de cruce. Las zanjas son muy peligrosas, porque son profundas y están llenas de barro helado. Muchos mueren de frío, atascados en el fondo. Pero si le pagás a un guía, vienen unos campesinos argelinos y rellenan la zanja con fardos de paja, y entonces es más fácil. Y después, para atravesar la alambrada marroquí, el guía excava de antemano un pequeño pasadizo subterráneo". Assade está muy bien informado porque él mismo hace de guía de vez en cuando. "Me pagan 3.000 dinares argelinos por persona [15 euros] –confiesa riéndose–. Es mejor que los 100 dírhams que gano trabajando ocho horas en una obra de construcción marroquí, ¿no?".

Una vez que atraviesan la alambrada, los exiliados siguen las antiguas vías del ferrocarril –las mismas que nosotros recorrimos en moto en sentido contrario– para orientarse durante la noche sin que los descubran por la luz de los teléfonos. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), en 2025 unas 3.600 personas cruzaron la frontera de este modo. "Pero la ONU sólo contabiliza a los que presentan una solicitud de asilo", corrige Hassane Ammari, incansable activista de ayuda a los inmigrantes, al frente de una asociación con sede en Oujda. "En realidad, son muchos más", aclara.

¿Una posible guerra?

En el presente, al igual que las líneas de ferrocarril, los puestos fronterizos parecen congelados en el tiempo. Un cartel rojo indica en árabe: "Prohibido el paso – Zona militar", con un dibujo de una cámara de fotos tachada de forma contundente. Pero ¡atención! Pese a esta sensación de imagen en sepia, la frontera sigue en un estado de tensión permanente. Una tensión sorda, difícil de percibir. En los pocos lugares a los que conseguimos acercarnos, podemos distinguir una red de nuevos puestos de vigilancia, complementados con cámaras, radares y drones. ¿Son los primeros indicios de una posible guerra? La carrera armamentística es evidente: según datos del Banco Mundial, en 2024 Argelia destinó a la defensa un 21,5% de su gasto (7,7% en 2008), y Marruecos el 11% (10,4% en 2008), frente a una media del 3,4% en los países de la Unión Europea (5). En el verano boreal de 2023, los guardacostas argelinos mataron a dos personas francomarroquíes aficionadas a las motos de agua. Habían ido a pasar sus vacaciones a la ciudad balnearia de Saïdia y se alejaron de la costa sin darse cuenta de que habían entrado en aguas argelinas. Más recientemente, se produjeron disparos en los alrededores de los oasis de Figuig y de Ich.

Bin Lajraf, en la salida sur de Saïdia, constituye un puesto de observación interesante. Es el único punto fronterizo al que se puede acceder fácilmente en coche, y se han habilitado estacionamientos a ambos lados del uadi Aghbal, a unos cien metros de distancia. Las familias separadas desde hace treinta años vienen a saludarse, mientras hablan por teléfono a través de WhatsApp. Banderas argelinas de un lado, marroquíes del otro: las selfies de Bin Larjaf son un clásico en las redes sociales. "Nos alegra mucho ver a nuestros hermanos argelinos –comenta un turista procedente de Fez–. La frontera lleva tanto tiempo cerrada…"

Se ve todo muy amigable. Pero si alguien menciona la presencia de banderas palestinas al otro lado del uadi [cauce del río seco], el tono se tensa: "Nosotros apoyamos de verdad al pueblo palestino, les enviamos ayuda humanitaria. En cambio, los argelinos enarbolan banderas, pero no hacen nada. Ni siquiera tienen derecho a manifestarse, viven en una dictadura. ¡Nosotros sí tenemos libertad!". Desde que se normalizaron las relaciones entre Marruecos e Israel a fines de 2020, la cuestión palestina se ha convertido –junto con el conflicto precedente por el Sahara Occidental– en el obstáculo más violento entre los dos países, y también entre ambos pueblos, que parecen adoptar masivamente los puntos de vista de sus respectivos gobiernos.

En enero de 2026, una turista de nacionalidad israelí acudió a Bin Lajraf para ondear la bandera de su país, lo que provocó una explosión de reacciones en Internet. "¡Nosotros no agachamos la cabeza ante los sionistas!", escribieron algunos argelinos en redes sociales. "¡Son un pueblo de mantenidos incapaces de trabajar! ¡Sin el petróleo, son unos subdesarrollados!", respondieron usuarios de Facebook marroquíes, publicando fotografías de sus trenes de alta velocidad y sus autopistas. "En Argelia, los ataques frontales contra Marruecos reciben el apoyo directo de las autoridades", precisa Fouad Abdelmoumni, economista y destacada figura del activismo por los derechos humanos en Marruecos (actualmente amenazado con la cárcel y refugiado en Suiza). "En Marruecos, las tareas están divididas. El rey insiste en la fraternidad y en tender la mano, pero al mismo tiempo una prensa amarillista, financiada por los servicios secretos, se encarga de alimentar la hostilidad hacia Argelia."

Entonces, ¿quién impide que se reabra la frontera? Oficialmente, parece ser sobre todo Argel. "Si mañana se abre la frontera, además de que se reanudaría el contrabando, cientos de miles de turistas argelinos se precipitarían hacia Marruecos", afirma Akesbi. "Como Argelia produce muy pocos bienes de consumo, nuestros productos también se volcarían en sus mercados. Económicamente, Argelia saldría perdiendo". Pero no alcanza con la economía para explicar este bloqueo antinatural entre dos vecinos tan cercanos en los planos religioso, cultural y lingüístico. "Cada uno necesita al otro para construir una imagen de unidad nacional que se contradice con la realidad", explica la politóloga francotunecina Khadija Mohsen-Finan. En el contexto de restricción de las libertades democráticas que se está produciendo en ambos países, no parece que la frontera vaya a reabrirse en un futuro cercano. Ni tampoco que el tren Oujda-Orán vaya a volver a funcionar.


1. Nos habría gustado recabar las opiniones de los argelinos, pero las autoridades de su país se negaron a concedernos cualquier tipo de visado.

2. Fuentes: Banco Mundial, SNRT News, LeSiteinfo.com. A nivel nacional, estas remesas representan un 8% del Producto Bruto Interno (PBI).

3. Akram Belkaïd, "'Une paix permanente pour les siècles à venir'", Manière de voir, N° 181, "Le Maghreb en danger…", febrero-marzo de 2022.

4. Omar Brouksy, Maroc, fin de règne, Nouveau Monde, París, 2026.

5. También Lakhdar Benchiba y Omar-Lotfi Lahlou, "Bras de fer entre le Maroc et l'Algérie", Le Monde diplomatique, París, enero de 2022.

Traducción: Agustina Chiappe

Fuente:

https://www.eldiplo.org/328-la-argentina-angustiada/cortina-de-hierro-entre-argelia-y-marruecos/

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