Cuba resiste, Venezuela corre el riesgo de perder su soberanía: dos caminos opuestos frente al imperialismo
Por Luciano Vasapollo

Hay momentos en la historia en los que las palabras soberanía, independencia y dignidad dejan de ser conceptos abstractos y se convierten en una elección concreta. Lo que está sucediendo hoy en el Caribe y en América Latina nos coloca ante dos imágenes profundamente diferentes: por un lado, Cuba, sometida a una presión económica, política y mediática sin precedentes y, sin embargo, decidida a no rendirse; por otro, una Venezuela que, después del dramático giro político de los últimos meses, corre el riesgo de ver cómo sus recursos estratégicos y su capacidad de autodeterminación son progresivamente cedidos.
La distancia entre estas dos trayectorias aparece hoy todavía más evidente a la luz de las declaraciones de Miguel Díaz-Canel y del acuerdo petrolero anunciado por Donald Trump con Caracas. El presidente cubano ha reiterado que la isla está sometida a una guerra multidimensional y a un bloqueo energético que ha producido consecuencias durísimas en la vida cotidiana de la población, con carencias de electricidad, agua, transporte, alimentos y medicamentos. Pero, al mismo tiempo, ha afirmado sin ambigüedades: "No tenemos otra alternativa que resistir. Tenemos que resistir".
Esta es la diferencia fundamental. Cuba puede ser criticada, discutida, analizada en sus contradicciones y dificultades, pero no se ha entregado. Díaz-Canel ha rechazado la idea de que las aperturas económicas introducidas para afrontar la emergencia representen un regreso al capitalismo y ha vinculado explícitamente la defensa del socialismo con la defensa de la independencia nacional y de la soberanía. También ha recordado que el país ya ha atravesado momentos en los que la propia supervivencia de la Revolución parecía imposible y que, una vez más, la elección es resistir sin subordinarse a los intereses de Estados Unidos.
Cuba resiste mientras Venezuela parece rendirse. Este es el dramático contraste que surge de las palabras de Miguel Díaz-Canel y del nuevo acuerdo petrolero entre Caracas y Washington. "No tenemos otra alternativa que resistir. Tenemos que resistir", dijo el presidente cubano, reafirmando que La Habana no pretende entregar su soberanía a pesar de las durísimas presiones estadounidenses. Del otro lado, Venezuela corre el riesgo de ver sus enormes recursos petroleros cada vez más sometidos al control de los intereses estadounidenses. Es una contradicción que Díaz-Canel denuncia sin medias tintas: ¿es posible que en la cúpula venezolana no quede siquiera un mínimo de dignidad, política y humana, ante lo que parece ser una liquidación de la soberanía, de la autodeterminación y de la herencia de la Revolución Bolivariana? Si Cuba, aunque exhausta, elige resistir, Venezuela parece, en cambio, tomar el camino de la rendición.
El caso venezolano aparece, en cambio, dramáticamente diferente. El anuncio del nuevo acuerdo petrolero entre Washington y Caracas abre enormes interrogantes sobre el futuro de la soberanía económica del país. Según informó ANSA, Donald Trump habló del "mayor acuerdo de la historia", indicando que las reservas involucradas en el acuerdo ascienden a 65.000 millones de barriles. Una empresa conjunta privada debería obtener el 55 % de la producción efectiva y, según un funcionario de la Casa Blanca citado por la misma agencia, se habrían concedido derechos de explotación de los yacimientos por un período de cien años.
Si estos elementos son confirmados en su configuración definitiva, estaríamos ante algo mucho más profundo que un simple acuerdo comercial. El problema no sería solamente quién extrae el petróleo venezolano, sino quién controla un recurso estratégico fundamental para el futuro del país. ANSA señala que, por primera vez, Venezuela podría ceder el control de sus yacimientos a una empresa privada bajo la influencia de Estados Unidos, mientras todavía está por aclararse el papel de la compañía petrolera estatal Pdvsa.
Aquí surge una pregunta política que no puede eludirse: ¿qué queda de la soberanía bolivariana si el control de las principales riquezas energéticas es transferido progresivamente a actores privados vinculados a los intereses estadounidenses?
El petróleo venezolano no es una mercancía cualquiera. Es el corazón material de la soberanía económica del país, un recurso que Hugo Chávez había sustraído a la lógica de la renta oligárquica y utilizado como instrumento de redistribución social, integración latinoamericana y construcción de un proyecto político independiente. Por eso, la eventual cesión del control de los yacimientos no puede ser presentada simplemente como una medida necesaria para relanzar la producción. Es necesario preguntarse qué modelo de desarrollo, qué soberanía y qué relación con Estados Unidos surgirán de esta transformación.
El punto es aún más grave porque el asunto se inserta en un contexto en el que Washington ha asumido un papel central en la gestión y comercialización del crudo venezolano después de la captura de Nicolás Maduro y el posterior ascenso de Delcy Rodríguez. ANSA señala además que Caracas estaría incluso evaluando abandonar la OPEP, una decisión que representaría una señal adicional del realineamiento estratégico del país.
Ante todo esto, no podemos limitarnos a registrar los acontecimientos como si fueran simples operaciones financieras. Es necesario hablar abiertamente de una posible liquidación de la soberanía económica y del patrimonio político construido por el proceso bolivariano. Y debemos preguntarnos cómo fue posible llegar a un punto en el que el país con las mayores reservas de petróleo del mundo corre el riesgo de ver el control de una parte decisiva de esos recursos desplazarse hacia intereses privados bajo la influencia de Washington.
La crítica debe dirigirse con extrema dureza contra las decisiones de la actual clase dirigente venezolana y de la cúpula del PSUV, pero sin transformar el juicio político en acusaciones personales carentes de pruebas. No es necesario suponer intereses privados o negocios personales para denunciar lo que políticamente aparece como una enorme contradicción: un proceso nacido en nombre de la soberanía y la independencia corre el riesgo de desembocar en la subordinación de los principales recursos estratégicos a los intereses de una potencia extranjera.
Y, sin embargo, Venezuela no es solamente su gobierno. Existe una Venezuela profunda: la de los movimientos sociales, las comunas, los barrios populares, los trabajadores, las fábricas, los intelectuales y todos aquellos sectores que continúan reconociéndose en la memoria política de Hugo Chávez y en la idea de una revolución bolivariana fundada en la soberanía popular. De estos sectores puede surgir una nueva organización política y social capaz de reabrir una perspectiva de emancipación.
No se trata de idealizar el pasado ni de negar los errores, las contradicciones y las dificultades atravesadas por Venezuela. Se trata de distinguir entre el pueblo venezolano y las decisiones de quienes hoy ejercen el poder. La soberanía pertenece al pueblo, no a un grupo dirigente. Y precisamente por eso, la crítica más dura a las decisiones del gobierno puede y debe ir acompañada de solidaridad con aquellas fuerzas sociales que pretenden relanzar el proyecto bolivariano sobre nuevas bases, democráticas y populares.
Cuba, mientras tanto, ofrece una imagen diferente. La isla se encuentra al límite, sometida a un bloqueo que Díaz-Canel describe como una guerra económica, energética, ideológica y mediática. El presidente cubano reconoce abiertamente las dificultades y admite la necesidad de reformas económicas, pero rechaza la idea de que estas signifiquen abandonar el socialismo. Las 176 medidas aprobadas por La Habana son presentadas como instrumentos para afrontar una situación excepcional, no como una rendición ideológica.
La frase de Díaz-Canel es sencilla y, precisamente por eso, política: "No tenemos otra alternativa que resistir". Y todavía más significativo es el rechazo a aceptar un diálogo basado en la subordinación. Cuba declara estar disponible para dialogar con Washington, pero no para negociar bajo presión ni para ceder su soberanía.
Esta posición no significa que Cuba no deba cambiar. Al contrario: la supervivencia de la Revolución exige capacidad de transformación, innovación económica, mayor eficiencia, participación popular y capacidad de responder a los sufrimientos reales de la población. Pero una reforma no es necesariamente una rendición. El problema es quién decide, en interés de quién y dentro de qué relación de fuerzas internacional.
Este es el nudo que une, por contraste, a Cuba y Venezuela. Una cosa es abrir espacios económicos para sobrevivir a un asedio sin renunciar a la soberanía; otra muy distinta es entregar el control de los propios recursos estratégicos a la potencia que ejerce la mayor presión sobre el país.
Por eso, hoy Cuba merece atención no como un modelo perfecto e intocable, sino como una experiencia de resistencia nacional y política. Venezuela, en cambio, debe ser observada con preocupación: no porque su pueblo haya renunciado a su historia, sino porque una parte de su clase dirigente parece aceptar un proceso de progresiva subordinación económica que corre el riesgo de borrar el significado mismo de la Revolución Bolivariana.
La cuestión, por tanto, no consiste en elegir entre dos gobiernos. Consiste en elegir entre dos ideas de América Latina: una tierra capaz de decidir autónomamente sobre sus recursos y su futuro, o un continente nuevamente transformado en plataforma de extracción de riquezas al servicio de las grandes potencias.
Cuba, hoy, dice que no se entrega. Venezuela nos recuerda con qué rapidez una revolución puede ser vaciada desde dentro cuando la soberanía se transforma en una variable negociable.
Por eso debemos apoyar todo proceso de reorganización popular, social y cultural que en Venezuela quiera recuperar el sentido originario del proyecto bolivariano. Y debemos mirar con respeto la resistencia cubana, porque en una América Latina nuevamente atravesada por presiones externas e intereses geopolíticos, la defensa de la independencia no es una nostalgia del pasado: es una cuestión dramáticamente actual.
La verdadera pregunta, al final, es una sola: ¿quién debe decidir sobre el petróleo, la tierra, los recursos y el futuro de un pueblo? ¿Las comunidades y las instituciones de ese país o los intereses económicos de las potencias extranjeras?
Es en esta respuesta donde hoy se mide la diferencia entre soberanía y subordinación, entre resistencia y rendición.
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