El impacto de la colonización y la cooperación internacional en el movimiento feminista en Palestina
Por LEILA SERRA BADRAN
En los últimos dos años la narrativa colonial ha presentado los acontecimientos del 7 de octubre y el posterior genocidio perpetrado por el Estado de Israel de forma descontextualizada, como si el uso de la violencia no tuviera causa alguna, como si aquel suceso no fuera la consecuencia directa de cien años de colonización sionista de la población palestina. Los acontecimientos del 7 de octubre no pueden entenderse sin considerar todo lo que precedió.
Pensar Palestina hoy
Durante más de un siglo, Palestina –la tierra y su pueblo– ha soportado un proyecto colonial, imperialista y genocida establecido y sostenido por potencias y regímenes mundiales. Este proceso arranca con los primeros asentamientos sionistas en suelo palestino a finales del siglo XIX, continúa con la Declaración Balfour del Imperio británico de 1917 –que ignoró los derechos de la población indígena palestina en favor de las ambiciones coloniales de los colonos europeos– y con la Nakba de 1948. En la actualidad se consuma con la intensificación del genocidio en Gaza y la escalada de la violencia colonial sionista en toda Palestina, especialmente en Cisjordania.

Lo que comenzó en el siglo XIX y se ha mantenido hasta nuestros días es una Nakba permanente: un proyecto persistente de desplazamiento, robo de tierras, borrado de la identidad palestina y limpieza étnica del pueblo palestino, con el objetivo de eliminar a los y las palestinas de la existencia y construir una entidad imperial y colonial sobre las ruinas de sus hogares y sus cuerpos.
Israel debe entenderse como un régimen sionista y colonial enmarcado en las estructuras del capitalismo racial. El capitalismo está intrínsecamente racializado. Su existencia está intrínsecamente ligada a la jerarquización racial que deriva en la opresión y explotación sistemáticas de las personas racializadas, las personas no blancas y las comunidades del Sur Global. Se trata de un sistema económico que no puede sostenerse sin la subyugación sostenida de estas comunidades y su explotación a todos los niveles, lo que pone de relieve su estructura esencialmente injusta y desigual.
El apartheid, por su parte, es otra manifestación de la violencia inherente al colonialismo de asentamiento, y no puede abordarse sin tener en cuenta la dinámica profundamente arraigada de opresión y explotación raciales. En Palestina, desde sus inicios, nunca ha existido un colonialismo de asentamiento desvinculado del capitalismo ni un capitalismo sin su faceta de racialización.
Es por ello que, desde un punto de vista analítico, considero que el marco del apartheid y los derechos humanos en la perspectiva liberal debe cuestionarse profunda y radicalmente. El apartheid como un fin en sí mismo es limitador, pues forma parte de un sistema mucho más amplio y profundo de violencia estructural. Describe una situación jurídica de segregación, pero no explica el proyecto colonial en el que se asienta. Hace referencia a un régimen de separación y opresión jurídica e institucionalizada, como el que existía en Sudáfrica, pero en el caso de Palestina, Israel no solo segrega y discrimina, sino que también desplaza, elimina y reemplaza a la población nativa. Esto es lo que se conoce como colonialismo de asentamiento, en el que el objetivo es borrar a la población indígena para sustituirla. El apartheid organiza la discriminación dentro del sistema, mientras que el colonialismo de asentamiento plantea eliminar a la población autóctona como fundamento del sistema.
Y es que el lenguaje jurídico no vislumbra la totalidad de la experiencia palestina ya que toda ella converge en el régimen colonial de asentamiento que cristaliza en la Nakba. Como dice Rabea Eghbariah:
hay que entender la Nakba como un crimen y dotarla de reconocimiento en el marco legal internacional (…) Palestina solo puede entenderse con precisión mediante el concepto de la Nakba permanente, un crimen flagrante contra la humanidad que se entrelaza con los crímenes de apartheid, genocidio y ocupación indefinida, pero que al mismo tiempo constituye una tragedia indeleble con fundamentos, estructuras y propósitos propios. Para que la cuestión palestina se resuelva de verdad, la comunidad internacional debe afrontar la realidad de la Nakba permanente. Reconocer la Nakba como un concepto universal –reconocido y prohibido por las normas internacionales– es, por lo tanto, el primer paso hacia una solución justa y duradera en Palestina" (Rabea Eghbariah, 2024).
El movimiento feminista en Palestina
El feminismo no es una invención occidental: autenticidad frente a tradición, feminismos importados frente a feminismos locales
En el contexto palestino, la lucha feminista siempre ha sido un elemento clave de la lucha por la liberación anticolonial: no ha existido una sin la otra. Por lo tanto, no se puede reflexionar sobre un movimiento feminista palestino local y situado sin considerar el contexto de la lucha anticolonial en el que siempre se ha inscrito. Así pues, existe una interrelación o tensión dialéctica entre lucha nacional y lucha social (Kandiyoti, 1991; Sayigh, 1981).
El movimiento de liberación nacional ha representado en ciertos contextos un obstáculo para las organizaciones feministas cuando la lucha por la libertad nacional se ha priorizado sobre la agenda social y de género. Además, la persistencia de una concepción tradicional y patriarcal de género también ha estado presente en los espacios de lucha mixtos, donde las mujeres activistas, a pesar de desempeñar un papel fundamental en la organización de la resistencia, han sido relegadas a tareas asociadas con el cuidado o el trabajo doméstico, responsabilidades que garantizaban tanto la reproducción de la vida como la continuidad del movimiento (Giacaman, citado en Sabbagh, 1996; Hasso, 2005; Jad, 2018; Kuttab, 1989; Taraki, 2006).
Ante esta realidad, a partir de 1978 las palestinas impulsaron espacios no mixtos con el fin de articular su propia agenda feminista vinculada –pero no subordinada– a la lucha por la liberación nacional. El ejemplo más emblemático fue la creación de la Federación Palestina de Comités de Acción de Mujeres, que operaba dentro de un marco laico y marxista de izquierda y que llegaría a tener representación en las cuatro principales corrientes ideológicas y políticas de la OLP (Jad, 2018), el FPLP, el FDLP, el Partido Comunista y Al Fatah, cada una de las cuales tenía su propio comité de mujeres y espacios no mixtos (Kuttab, 1993: 73).
Este marco de resistencia abrió espacios para la autoorganización política que favorecieron el surgimiento de una conciencia feminista entre las activistas, lo que marcó un punto de inflexión con respecto a las formas que había adoptado anteriormente el movimiento feminista. Este, que abarca desde 1903 a 1948, tuvo un carácter marcadamente asistencial con asociaciones benéficas integradas por mujeres de clase media-alta urbanas, de carácter caritativo, que apoyaban a familias de refugiados y a los presos y presas.
Por el contrario, la conciencia feminista que se desarrolla a finales de la década de 1970 se articula desde una perspectiva que aborda de forma simultánea e interconectada cuestiones de clase, género y nación, y que ha perdurado hasta nuestros días (Giacaman, 1996; Jad 2018; Kuttab, 2010). Esta conciencia feminista alcanzó su apogeo durante la Primera Intifada, cuando el movimiento de mujeres palestinas desempeñó un papel crucial tanto en la resistencia política como en la construcción de alternativas sociales. A través de comités populares y organizaciones de base, especialmente las vinculadas a la izquierda, las mujeres no solo asumieron responsabilidades clave en la coordinación de la lucha, sino que también crearon redes de apoyo mutuo y autosuficiencia, especialmente en las zonas rurales afectadas por los toques de queda. Se trata de iniciativas que incluyen la educación alternativa, la salud sexual y reproductiva, el apoyo a las familias de las personas mártires y presas, los huertos comunitarios y el boicot a los productos israelíes. En este marco, el empoderamiento no se conceptualizó a partir de una teoría abstracta o liberal, sino que se practicó de forma colectiva y cotidiana, situando en el centro el derecho a la autonomía, la libertad de movimiento y la participación pública de las mujeres. La estrategia feminista adoptó una perspectiva interseccional e interconectada que abordó simultáneamente las dimensiones de clase, género y ocupación colonial, involucrando a mujeres urbanas, rurales y refugiadas en un proyecto emancipador compartido.
Este proceso de empoderamiento colectivo –de carácter ascendente, transformador y anticolonial– tenía como objetivo simultáneo la liberación de la tierra y la transformación de las relaciones sociales y de género. A través de la participación de las mujeres en cooperativas de producción, programas de alfabetización y formación profesional, el movimiento desafió las jerarquías patriarcales tanto en la esfera pública como en la privada.
Así, a pesar de las tensiones con la agenda nacional dominante, que a menudo subordinaba las reivindicaciones feministas, las mujeres aprovecharon el espacio abierto por la movilización para introducir una conciencia de género. Este feminismo radicalmente contextual, construido y moldeado por las condiciones materiales de la ocupación, redefinió el concepto mismo de empoderamiento como un proceso colectivo y dialéctico de liberación personal y política. Perseguía la movilización popular y masiva en la lucha. En última instancia, como señala Peteet (1991), la participación política de las mujeres no solo modificó las relaciones entre hombres y mujeres, sino que también transformó profundamente las relaciones entre las propias mujeres.
En aquellos años revolucionarios, la agenda social feminista no se debatía en términos teóricos, sino que se ejercía. Por ejemplo, la reivindicación del derecho de las mujeres al movimiento. Nos quedábamos fuera hasta medianoche o la una de la madrugada caminando por las calles; había mujeres en las manifestaciones. Viajábamos de un lugar a otro. Había una práctica real de nuestras reivindicaciones feministas (entrevista con Soraida Hussein).
Por otra parte, las académicas palestinas han teorizado extensamente sobre cómo las estructuras de opresión israelíes han obstaculizado la relación de la sociedad palestina con las mujeres y las disidencias sexuales y de género, que constituyen un grupo discriminado y soportan las cargas más pesadas (Hammami, 1995). Esto se deriva de un sistema de opresión dual: por un lado, la violencia y la expulsión impuestas por la ocupación y el colonialismo de asentamiento y, por otro, el patriarcado de la propia sociedad. Por ejemplo, varios estudios han demostrado que durante los periodos de intenso control israelí (como el cierre de carreteras, las detenciones masivas o la imposición de toques de queda y castigos colectivos), las tasas de violencia patriarcal eran más elevadas. Además, algunas autoras sostienen que la ocupación amplía o sienta las bases para reforzar la subordinación de las mujeres a los roles de género tradicionales, debido al aumento de la persecución por parte de Israel de las mujeres políticamente activas.
En este contexto, el acoso sexual, las amenazas y el encarcelamiento se convierten en prácticas habituales del Ejército israelí para obstaculizar la resistencia popular (investigado exhaustivamente por Abdo, 2014; Hawari, 2019).
Al mismo tiempo, la epistemología y el activismo feministas son muy conscientes del marco de islamofobia global que se consolidó en la guerra contra el terrorismo. Han criticado ampliamente el orientalismo y su legado porque sirvieron para reforzar el viejo mantra colonial que establece la superioridad de Occidente y legitima las formas de dominación europea. Los dogmas del orientalismo –atraso, harén, exotismo, tradición, conservadurismo, religión– no solo sitúan a Occidente en una posición de superioridad moral sobre Oriente, sino que también han justificado el control militar, el colonialismo, la hegemonía y las intervenciones militares, cuyas consecuencias para la vida material de las personas perduran hasta nuestros días.
Las feministas árabes, y en este caso las de Palestina, han examinado cómo la construcción de la alteridad, que se explica con el orientalismo, se logra a través de los cuerpos y la agencia de las mujeres y los sujetos LGTBIQl+ árabes y musulmanes. Así, han trabajado desde el ámbito académico y el activismo para romper el mito de "la mujer árabe como víctima pasiva de su cultura y su religión", mostrando las múltiples formas de agencia de las mujeres árabes y cuestionando las nociones liberales desde una perspectiva crítica y decolonial. Asimismo, vienen demostrando, desde la epistemología feminista y desde los activismos, que la liberación de la opresión y el empoderamiento tienen significados diferentes en Palestina. ¿Qué significa estar oprimida? ¿Qué significa estar empoderada? ¿Quién define el concepto de tener agencia política? ¿A qué agenda sirve? ¿Cómo impactan estas categorías cuando se trasladan fuera del contexto en que fueron creadas?
¿La emancipación, la igualdad y los derechos forman parte de un lenguaje universal? ¿Podría haber otros deseos más significativos para diferentes grupos de personas, como vivir sin guerra ni violencia? (Lughod, 5: 2006)
Más allá de los binarios orientalistas y la mirada culturalista occidental que presupone una falta de emancipación feminista debido a la supuesta cultura conservadora y al islam, las feministas poscoloniales introducen otros campos de análisis para comprender la opresión de las mujeres, como el autoritarismo, el patriarcado, el Estado, las intervenciones militares, el imperialismo y la necesidad de comprometerse con la cultura de manera crítica. Los feminismos navegan desafiando las rígidas categorías de lo moderno frente a lo tradicional, buscando un feminismo propio desde la crítica radical de las agendas y políticas neoliberales y neoconservadoras. Este feminismo analiza críticamente el género como un marcador del campo de batalla geopolítico, señala que las desigualdades deben entenderse desde los contextos de la colonización y las intervenciones militares.
Para comprender cómo ha evolucionado el movimiento feminista en Palestina desde la Primera Intifada y las estructuras de agencia y emancipación que se establecieron allí hasta la actualidad, hay que detenerse en los llamados Acuerdos de Paz de Oslo.
El paradigma neoliberal de la paz, la ONGización, la Autoridad Palestina y Oslo, o cómo se repite la historia
Los Acuerdos de Oslo firmados en 1993 entre la OLP y el Estado de Israel, se presentaron como un proceso de paz, pero en realidad constituían una nueva estrategia colonial encubierta destinada a neutralizar la resistencia palestina, consolidar las estructuras coloniales sionistas e intensificar el control y la violencia sobre el territorio palestino. Marcaron el fin definitivo de la Primera Intifada sentando las bases para una colonización sionista aún más profunda, un proceso que se ha interpretado como factor determinante para el estallido de la Segunda Intifada.
Oslo supuso, por tanto, la puerta de entrada al dominio del paradigma neoliberal, en el que el régimen colonial israelí instrumentaliza el discurso de la paz neoliberal por el cual se incrementa espectacularmente el número de oenegés como respuesta a la noción de que el conflicto había terminado, que estábamos en la era posconflicto y, por tanto, era necesario centrarse en la reconciliación.
Se pasó así de un marco de lucha revolucionaria por la liberación del pueblo indígena palestino a la normalización de las relaciones con Israel y, de facto, a su reconocimiento. En este sentido, Oslo significó lo que Tabar describe como la guerra por otros medios. Y, en última instancia, un proceso sin paz, sin derechos, sin justicia y sin descolonización.
Los Acuerdos de Oslo y su impacto en el movimiento feminista
Oslo tuvo un impacto negativo en el activismo y en el movimiento feminista reconfigurado en torno a las ONG. Condujo a una importante desmovilización de los movimientos feministas y de base debido a la profesionalización –referida como ONGización–, vinculada a la llamada industria del desarrollo y al régimen de donantes, a efectos de preservar y sostener la recién creada Autoridad Palestina (AP).
Lo que entendemos por ONGización implica no solo la adopción de tendencias neoliberales en el discurso y en las reivindicaciones, sino también el control de las prioridades y la agenda política consideradas más importantes. Se distancia de las estructuras autónomas de movilización feminista y de base generadas durante la Primera Intifada para aplicar un enfoque mercantilista y capitalista con el mantra de dividir los proyectos entre lo que se considera político y lo que se considera técnico. Así, pasamos de una noción de empoderamiento popular y colectivo, de movilización popular, arraigada y situada en su propio contexto (el caso de la Primera Intifada), a una dimensión individual característica del neoliberalismo capitalista.
En aquel momento el discurso decía:
dejad la política a los políticos y centraos en vuestra experiencia como profesionales. Tenemos que empoderar a las mujeres a través de la ley, a través de la educación. Mejorad las capacidades de las mujeres, pero no hablemos del colonialismo sionista, racismo o patriarcado. Hablemos sólo de la violencia machista (Samia Butmeh, 2023).
Principales tendencias actuales y errores de enfoque en los proyectos de género: cómo la hipervisibilización de la violencia masculina desplaza a la violencia colonial
"Parece que algunas de estas instituciones tienen una concepción errónea de lo que significa la liberación de las mujeres, ya que basan todo en la idea de la participación política. Creo que es hora de que aprendan de las feministas de Gaza, de los países árabes, de los países musulmanes, lo que entendemos por feminismos. Para nosotras, feminismo significa justicia, significa la liberación de nuestros territorios, porque no puedo imaginar cómo desarrollar mis derechos si no puedo cruzar más de dos kilómetros en mi propio país" (entrevista con Raya Ziadah, 2023).
Los requisitos para empoderarse establecidos por los organismos multilaterales, tienen carencias. El concepto en sí, aunque nació en los años 70 con ideas muy radicales vinculadas a los movimientos feministas, ha dado un giro hacia el individualismo, tanto en lo económico como en lo político. Según el Informe Árabe sobre Desarrollo Humano en materia de Género, hay que promover tres vectores para lograr el empoderamiento de las mujeres árabes: la incorporación al mercado laboral, la educación y los derechos individuales.
Pero, ¿estamos hablando de una educación pública y de calidad? Cuando nos referimos al trabajo, ¿se trata de un empleo asalariado o de la economía informal y sumergida? La defensa de los derechos individuales pasa por alto las redes de apoyo mutuo de los sistemas familiares que, en contextos como el de Palestina, donde no hay Estado ni servicios públicos, son esenciales para la vida colectiva y comunitaria.
El problema no son los vectores en sí mismos, sino que cuando estos programas se aplican en otro contexto, no son las propias mujeres de las comunidades quienes los crean y los diseñan, sino que se basan en nociones preconcebidas de lo que es la agencia política, desarrolladas en un contexto europeo y luego universalizadas y destinadas a su aplicación en cualquier contexto, sin tener en cuenta sus especificidades.
Por ejemplo, la cuestión de la agencia en Palestina no recae en las mujeres. El problema radica en las estructuras que rodean a las mujeres y las marginan, independientemente de las habilidades que tengan. Incluso si todas las mujeres palestinas tuvieran un doctorado, no accederían al mercado laboral porque no hay mercado laboral al que acceder, tal y como argumenta Samia Buthmeh. Además, la noción de que el acceso al mercado laboral es intrínsecamente algo emancipador es problemática porque está basada en un modelo de mujer europea de clase media que encuentra la realización personal en su trabajo y tiene un salario digno que le hace independiente. Pero el trabajo no es emancipador en sí mismo; para serlo, debe ir acompañado de derechos laborales (Tabar, 2005 y Abu Lughod, 2013).
Otra tendencia importante es entender la igualdad de género como una participación política formal e institucional. Por ello, los proyectos han incorporado la formación de las mujeres en materia de incidencia política. El hecho es que, a pesar de ser conscientes de sus derechos, las posibilidades de transformación estructural son limitadas debido al contexto de colonialismo de asentamiento en el que se encuentran y porque la AP (Autoridad Palestina), en su alianza con el sionismo, utiliza la violencia sexual y de género como arma de disuasión política.
Por otro lado, se observa una hipervisibilización de la violencia machista. Así, en los últimos años se ha producido una tendencia entre las ONG palestinas, el mundo académico y los donantes internacionales a dar prioridad a la lucha contra la violencia machista por encima de otras cuestiones, centrándose principalmente en la reforma de la denominada "Ley del Estatuto de la Familia" y la CEDAW (Convención para la Eliminación de todas formas de Discriminación contra las Mujeres). Sin embargo, la excesiva dependencia del marco jurídico ha tenido el efecto pernicioso de confinar, delimitar y limitar la lucha y la imaginación política palestinas. Un ejemplo ilustrativo es "cómo la desposesión de los y las palestinas se define como una violación de los derechos humanos y no como parte del proyecto colonial" (Lena Meari Al Assad, 2022).
Si profundizamos un poco más, la hipervisibilización del discurso de los derechos humanos centrado en la lucha contra la violencia sexual y de género es un enfoque que simplifica y allana los campos perceptivos a través de los cuales se hace visible la violencia misógina.
Lo que antes eran preocupaciones feministas marginales sobre la gravedad de diversas formas de violencia de género y el silencio que rodeaba estos daños, ahora ocupa un lugar central en las poderosas redes mundiales de instituciones y prácticas que han redefinido la gobernabilidad, los derechos humanos, el desarrollo y el humanitarismo, en consonancia con los razonamientos de seguridad mundial posteriores al 11-S. Por lo tanto, existe una relación directa entre la creciente securitización de las sociedades globales y la pérdida de libertades a nivel geopolítico tras el 11-S, conocido como la Guerra contra el Terrorismo, y la hipervisibilización del discurso de los derechos humanos centrado en la lucha contra la violencia sexual y de género (Kevorkian, Hammami, Abu Lughod, 2023).
La violencia de género (VG) se ha convertido en una agenda poderosa dentro de la gobernanza y el derecho internacionales. Se ha integrado cada vez más en las prácticas de soberanía estatal y seguridad global. Sin embargo, hay una serie de reivindicaciones de verdades más profundas acerca de la raza, el género y la violencia. Hoy en día, la violencia de género y sus autores se ubican en lugares lejanos, salvajes y racializados; las víctimas sufren la violencia singular de la violación corporal, y el Occidente liberal (incluidas sus tropas invasoras y sus fuerzas de mantenimiento de la paz) es el agente elegido para su protección y rescate (Abu Lughod, Hammami, Kevorkian, 2023). Así, "la comunidad internacional aparece como un agente inocente y ajeno a esta violencia, a pesar de que el análisis histórico de conflictos como los de Irak, Siria o la República Democrática del Congo sugiere lo contrario" (Abu Lughod, Hammami, Kevorkian, 2023).
El proyecto regulador/biopolítico de la violencia de género contra las mujeres (GBVAW por sus siglas en inglés), que ha evolucionado en los últimos veinte años, reproduce divisiones ontológicas. Ahora no son solo las "mujeres blancas que salvan a las mujeres marrones de los hombres marrones" (Spivak) las que organizan la agenda, sino un vasto aparato que incluye un ejército de burócratas de la ONU, ONG internacionales, trabajadores humanitarios, empresas de seguridad privadas, especialistas militares, misiones de paz de la ONU, abogados de derechos humanos y expertos en gobernanza de alto nivel (Abu Lughod, Hammami, Kevorkian, 2023).
En última instancia, la VG oculta la complicidad establecida, directa o indirectamente, con el imperialismo en la producción de la misma violencia que las activistas feministas tratan de prevenir, mitigar o erradicar (Abu Lughod, Hammami, Kevorkian, 2023).
Recomendaciones de mejora que deberían tener en cuenta los proyectos de género en Palestina
Tener en cuenta la realidad material, realizar un análisis exhaustivo del poder y no quedarse en la premisa del feminismo neoliberal que afirma que "cuanto mayor sea la entrada en el mercado laboral y mayor la preparación profesional (habilidades), mayor será la emancipación de género" (Butmeh, 2023; Assad, 2023; Tabar, 2023). Como se ha mostrado, la mera penetración en el mercado laboral y la formación en incidencia política no aborda las raíces estructurales de la violencia aquí detalladas, que son un obstáculo para la agencia de las mujeres palestinas.
Se están observando cambios tangibles en el sentido de que las mujeres del Sur Global ya no son representadas como víctimas pasivas gracias a las luchas de los feminismos del Sur Global y el feminismo transnacional (Talpade Mohanty, 2003). Cada vez se presta más atención a la capacidad de las mujeres para tomar decisiones y elegir en función de las circunstancias. Sin embargo, este giro puede quedar atrapado en un énfasis estrecho en la agencia si no cuestiona las relaciones de jerarquía racial y capitalistas inherentes al desarrollo: se acaba gestionando la supervivencia en un sistema opresivo, en lugar de transformar las estructuras que producen violencia.
Por lo tanto, es imperativo entender la agencia de otra manera: operando y arraigada colectivamente en lugar de en la meritocracia individual neoliberal. Por esa razón, es esencial fomentar la generación de movimientos que se opongan al modelo neoliberal, que exijan la redistribución de los recursos, que cuestionen el funcionamiento de los mercados y hagan frente a la violencia del Estado neoliberal democrático (Wilson, 2017).
En ese marco, la rendición de cuentas debe incorporarse como herramienta para la descolonización o la transformación del desarrollo (Linda Tabar, 2017), y comenzar a hablar de políticas de reparación y compensación.
Asimismo, deben eliminarse los proyectos de empoderamiento que alienan el contexto local, y priorizar aquellos que fortalezcan aprendizaje y saberes colectivos, estrategias de supervivencia, apoyo mutuo y politización, retomando la experiencia de las cooperativas autogestionadas de la Primera Intifada: como forma singular y práctica clave de emancipación anticolonial de los movimientos de liberación de la tierra y de emancipación de género. Así, la generación de una economía propia no se concebía en términos puramente económicos de inversión/beneficio, sino más bien como forma de autogestión y soberanía para boicotear productos israelíes y producir los propios como alternativa al mercado israelí. Además, se convirtieron en una red de apoyo económico y comunitario dentro de un marco anticapitalista. Recuperar así el modelo de la Primera Intifada es una forma singular de agencia y lucha anticolonial.
Por lo tanto, es clave recuperar los conocimientos indígenas constituidos y colectivos, que conciben el empoderamiento de las mujeres como palanca para desafiar las estructuras existentes, en lugar de un simple ascenso dentro de las jerarquías establecidas. Recuperar las formas indígenas de lucha feminista en las que el movimiento feminista priorizó la causa de las personas presas, las mártires, la lucha sindical, la articulación rural-urbana, la creación de redes de apoyo mutuo para la reconstrucción de las casas demolidas por el sionismo, la educación alternativa, la defensa del territorio y la movilización popular de base sostenida y generalizada.
Hay que dejar de considerar a las mujeres palestinas y la disidencia sexual y de género como sujetos que reclaman derechos, y entenderlas como un agente político inscritos en una causa mayor de liberación del territorio, del cuerpo y de la clase. Apoyar un feminismo emancipador local, establecido y radical que aborde el poder de manera interseccional y sistémica. Sobre todo, en un contexto donde el derecho internacional, tal como señala Fayrouz Sharqawi "opera de forma elitista y distante del pueblo, está concebido para un público blanco. Siendo Europa la gran cómplice de Israel".
Por ello, los proyectos feministas y con perspectiva de género deben situar la defensa de la tierra en el centro de sus intervenciones: fortalecer la resiliencia de quienes sostienen la agricultura palestina y apoyarlas frente a las múltiples violencias derivadas de la ocupación israelí. Además, hay que apoyar los sistemas de solidaridad y resistencia indígena que se desarrollaron en comunidades agrarias y que aún se ponen en práctica hoy en día. Puesto que como afirma Samia Butmeh "la tierra está en el centro de la lucha, el conflicto es por la tierra; si no la proteges, la pierdes. Es una cuestión política".
Por lo tanto, es imperativo desmantelar estos sistemas opresivos y construir estructuras de reciprocidad global desde una praxis decolonial y antirracista, asumiendo que Palestina ejemplifica la deriva colonial, autoritaria, securitaria y fascista que atraviesa el mundo occidental. Es imprescindible promover una comprensión crítica y una acción colectiva comprometida con la descolonización y la liberación de Palestina y de todos los pueblos del Sur Global sometidos hoy en día a la violencia del colonialismo, el racismo y el capitalismo racial. En este momento histórico, la descolonización anticolonial requiere desmantelar por completo el aparato sionista y colonialista, así como la AP y su régimen neoliberal, y garantizar la repatriación de las tierras (Tabar, 2017: 11). Y, sobre todo, respetar ante todo las reivindicaciones, el relato y la lucha del pueblo palestino por su libertad.
Como afirma Samia Butmeh, las palestinas "debemos resistir el colonialismo no porque queramos la paz sino porque queremos la liberación y la libertad –mediante la lucha armada, no armada y el boicot)." Es imperativo que las aliadas respetemos este enfoque.
Leila Serra Badran, palestina-catalana, investigadora y activista por Palestina, es licenciada en Humanidades (UPF) y máster en Movimientos Sociales y Conflictos Internacionales (UAB). Se ha especializado en Estudios de Género en Oriente Próximo (SOAS) y en la instrumentalización de las luchas LGTBIQ+, el homonacionalismo y el 'pinkwashing' en contextos no eurocéntricos.
Traducción del catalán: Loles Oliván Hijós para viento sur.
Referencias
Abdo-Zubi, Nahla (2014) Captive Revolution: Palestinian Women's Anti-Colonial Struggle within the Israeli Prison System. Londres: Pluto Press.
Abu-Lughod, Lila (2013) Do Muslim Women Need Saving? Harvard University Press.
Abu-Lughod Lila, Hammami Rema, Selhoub Kevorkian (2023) The cunning of Gender Violence" Duke University Press Durham y Londres.
Eghbariah, Rabea (2024) "Toward Nakba as a legal concept." Columbia Law Review 124.4: 887-992.
Giacaman, Rita; Islah Jad y Penny Johnson (1996) "For the Common Good? Gender and Social Citizenship in Palestine". Middle East Report, no. 198: 11–16.
Hanafi, Sari y Linda Tabar. (2005) "The Emergence of a Palestinian Globalized Elite: Donors, International Organizations and Local NGOs". Jerusalem: Institute of Jerusalem Studies.
(2006) "The Women and Development Discourse and Donor Intervention in Palestine". Gender in Conflicts: Palestine, Israel, Germany 3: 199.
Hasso, Frances S. (2014) "Bargaining with the Devil: States and Intimate Life". Journal of Middle East Women's Studies 10, no. 2: 107–34.
(2005) "Resistance, Repression, and Gender Politics in Occupied Palestine and Jordan". Gender, Culture, and Politics in the Middle East. Syracuse, N.Y.: Syracuse University Press.
Hawari, Yara (2019) "The Political Marginalisation of Palestinian Women".
Jad, Islah (1995) "Claiming Feminism, Claiming Nationalism: Women's Activism in the Occupied Territories", 1995.
(2007) "NGOs: Between Buzzwords and Social Movements". Development in Practice 17, no. 4–5: 622–29.
(2010) "The Conundrums of Post-Oslo Palestine: Gendering Palestinian Citizenship". Feminist Theory 11, no. 2: 149.
Kandiyoti, Deniz (1991) In Women, Islam and the State, edited by Deniz Kandiyoti, 1–21. Londres: Palgrave Macmillan.
Kuttab, Eileen (1989) "Community Development under Occupation: An Alternative Strategy". Journal of Refugee Studies 2: 131.
Lughod, Lila (2019) "The Romance of Resistance: Tracing Transformations of Power Through Bedouin Women"in https://www.jstor.org/stable/645251 .
Meari, Lena (2012) "Carceral politics in Palestine & Beyond: Gender, Vulnerability, Prison". Center for Palestine Studies. Columbia University, 16 de abril.
Peteet, Julie (2016) "Language Matters: Talking about Palestine". Journal of Palestine Studies.
Sabbagh, Suha, ed. (1996) Arab Women: Between Defiance and Restraint. New York: Olive Branch Press.
Sayigh, Rosemary (1981) "Encounters with Palestinian Women under Occupation". Journal of Palestine Studies 10, no. 4 3–26. https://doi.org/10.2307/2536386.
Shalhoub-Kevorkian, Nadera y Sana Khsheiboun (2009) "Palestinian Women's Voices Challenging Human Rights Activism". Women's Studies International Forum, Special Issue on Women, War and Conflict, 32, no. 5: 354–62.
Taraki, Liza y Līzā Tarākī (2006) Living Palestine: Family Survival, Resistance, and Mobility Under Occupation. Syracuse University Press.
Fuente:
