Gaza: el Ramadán después de la hambruna
En Gaza, el Ramadán -el mes de ayuno del calendario islámico- transcurre en medio del hambre, la pérdida de seres queridos y la destrucción. A través del recuerdo de su abuela, la escritora gazatí Amna Ahmed Dmeida narra cómo la hambruna no solo vacía las mesas, sino también los rituales y los afectos.

Amna Ahmed Dmeida - Escritora de Gaza que estudia Literatura Inglesa y escribe sobre la vida, la memoria y las luchas cotidianas de su comunidad. Su obra ha sido publicada en We Are Not Numbers, Palestine Deep Dive y The Massachusetts Review. Espera que sus escritos ayuden a comprender la vida diaria y las historias de la gente de Gaza.
Durante décadas, en toda Gaza, el Ramadán tenía un ritmo familiar compartido: el olor de la sopa que salía de las cocinas, el sonido de los platos al colocarse en la mesa y los niños corriendo al lugar donde todos se reunían. Para mi familia, ese lugar siempre era la casa de mi abuela. Ahora todo parece diferente. El Ramadán sigue llegando, pero falta algo esencial.
Este es el primer Ramadán que celebramos sin mi abuela, Aisha Dmeida; el primer Ramadán en el que no vamos a su casa; y el primer Ramadán en el que no oímos su amable voz minutos antes de la oración vespertina del Maghrib, preguntando: «¿Han preparado los dátiles?», refiriéndose a los dátiles que consumimos después de la puesta del sol para romper nuestro ayuno diario. Este es el primer Ramadán en el que su silla está vacía porque murió como mártir durante la hambruna, cuando los medicamentos se convirtieron en un deseo y el pan se volvió casi imposible de encontrar.
En nuestra familia, el Ramadán nunca fue solo un mes en el calendario. Giraba en torno a mi abuela. Cada año, nos reuníamos en su casa antes de la puesta del sol. Pero este año, nos reunimos sin ella.
Durante la guerra de 11 días en mayo de 2021, la casa de mi abuela fue bombardeada. Después de eso, se mudó con nosotros durante aproximadamente un año y medio. Compartir la vida cotidiana bajo el mismo techo profundizó nuestra relación de una manera que no esperaba. Llegué a conocer sus hábitos y rutinas: la forma cuidadosa en que doblaba la ropa, el orden en que organizaba sus pertenencias. Pasamos todo el Ramadán juntas, preparando codo a codo el iftar, la comida con que se rompe el ayuno al anochecer, y despertándonos a la misma hora para el suhoor, la comida previa al amanecer con la que se inicia cada jornada de ayuno.
En diciembre de 2022, mi abuela se mudó a una nueva casa en el mismo barrio, pero nuestra rutina del Ramadán no cambió. Todos los días íbamos a su casa tanto para el iftar como para el suhoor, un hábito que nunca se discutió y que todos aceptamos de buen grado. Cada tarde, ella nos esperaba antes de la puesta del sol, como si el día no estuviera completo sin nuestra llegada.
Su casa era modesta: dos habitaciones pequeñas y una cocina estrecha llena del aroma del comino y el cardamomo. Ella no creía en los excesos. Solía decir: «El Ramadán se trata de reunirse», no de lo llena que esté la mesa.
Minutos antes de la llamada a la oración, sentada en su cama, ordenaba en silencio las tazas y las cucharas, y luego hacía su pregunta habitual: «¿Han preparado los dátiles?». En realidad, nunca era una pregunta, sino su forma amable de anunciar que se acercaba el Maghrib, la oración del atardecer.
Uno de los momentos más hermosos del Ramadán era la oración nocturna del Taraweeh. Ella rezaba sentada en una silla, ya que su cuerpo se cansaba fácilmente, pero siempre insistía en rezar con nosotros. Mi padre dirigía la oración mientras nosotros nos colocábamos detrás de él y, después, durante la súplica, la habitación se llenaba de una profunda y constante sensación de paz. Ella susurraba «Amén», rezando por nuestra salud, nuestra seguridad y las silenciosas bendiciones que nos mantenían unidos.
Cuando terminaban las oraciones, la tarde se fundía suavemente en la hora del postre. Mi madre preparaba qatayef, unas pequeñas empanadillas que se sirven tradicionalmente durante el Ramadán, rellenas de nueces y coco, que le encantaban a mi abuela, y nos reuníamos a su alrededor una vez más, alargando el rato entre risas y conversaciones, escuchándola mientras se sumergía en historias del pasado y compartía cómo conoció a mi abuelo y la vida que construyeron juntos.
La comida del suhoor, a primera hora de la mañana, era más tranquila, más suave, y transmitía una paz que solo existía en esas primeras horas antes del amanecer. Ella siempre se despertaba antes que todos los demás, incluso antes que el musaharati, el tradicional llamador del Ramadán que despierta a la gente para el suhoor tocando un pequeño tambor, con su voz resonando por las calles. Mucho antes de eso, su voz ya se movía por la casa, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, con suavidad pero con firmeza.
A veces nos quejábamos, medio dormidos y pesados por el sueño, pero ella insistía en que nos sentáramos todos juntos, creyendo que el suhoor perdía su bendición si se comía solo. Se negaba a dar un solo bocado hasta que todos se hubieran reunido, llenando el silencio con viejas canciones y versos del Ramadán que había memorizado en la época de mi abuelo. Incluso entonces, en esos momentos de silencio, siempre recordaba su bondad, pronunciando su nombre con ternura y terminando cada recuerdo con una oración por él.
El té nunca faltaba; era tan esencial en el suhoor como la comida misma. «No hay suhoor sin té», solía decir, sirviéndolo lentamente con sus manos arrugadas y cariñosas. Incluso cuando la comida era modesta, el té seguía siendo innegociable.
Pero este año, nos despertamos con el sonido de un despertador. No era su dulce voz llamándonos por nuestros nombres antes del amanecer. Mi padre nos despertó, pero su voz transmitía una tristeza que nunca antes habíamos oído. Comimos el suhoor, pero nos pareció incompleto.
Desplazamiento y añoranza
Cuando fuimos desplazados al sur de Gaza durante la primera ronda de evacuaciones el 29 de noviembre de 2023, mi abuela se quedó en el norte. Se negó a abandonar su hogar a pesar del peligro, el hambre y la destrucción. Cada vez que lográbamos llamarla, escuchábamos atentamente su respiración, la fuerza de su voz. Ella decía: «Los echo de menos... ¿Cuándo van a volver?», y terminaba cada llamada rezando por nuestra seguridad. La distancia entre el norte y el sur de Gaza parecía mayor que la geográfica; conllevaba miedo y añoranza.
El 27 de enero de 2025, cuando finalmente nos reunimos, fui a verla primero a ella.
Antes de visitar a nadie más, la abracé con fuerza, tratando de condensar meses de ausencia en un solo abrazo. Le llevé nueces y namoura, su dulce favorito, un dulce tradicional de Oriente Medio elaborado con sémola, empapado en almíbar y cubierto con nueces. No sabía que la guerra volvería con más fuerza. No sabía que este sería uno de nuestros últimos recuerdos juntos.
La hambruna
La hambruna no llegó de repente, sino que se fue instalando poco a poco. La harina escaseaba, las colas para conseguir pan se alargaban cada día y los medicamentos desaparecían lentamente de las estanterías de las farmacias. Mi abuela había dependido de una medicación diaria durante años y, cuando dejó de estar disponible, buscamos desesperadamente alternativas. Cada vez, la respuesta era la misma: «No hay» o «Espere hasta finales de mes». Pero la enfermedad no espera, especialmente en momentos en los que el acceso a los alimentos es escaso o inexistente. Ella tomaba medicamentos para la presión arterial. Se suponía que solo debía comer alimentos saludables y evitar consumir alimentos enlatados. Mientras nosotros comíamos pan de lentejas, ella, como paciente, no podía tolerarlo. Su cuerpo se debilitó, bajó de peso y su voz se fue apagando hasta convertirse en un susurro.
El 5 de agosto de 2025, mi abuela murió en pleno apogeo de la hambruna, un período duro e implacable. Durante ese tiempo, como primer método para conseguir alimentos durante la hambruna, los jóvenes de Gaza fueron al kibutz israelí llamado Zikim, arriesgando sus vidas para intentar conseguir harina de los paquetes de ayuda humanitaria, o cualquier alimento para paliar el hambre. Algunos fueron tiroteados por las fuerzas israelíes mientras estaban allí, y muchos regresaron sin harina, mientras que solo unos pocos lograron traer harina u otros alimentos. No podían comprarlos porque los precios eran extremadamente altos. Durante la hambruna, otra forma de entregar la ayuda era mediante lanzamientos aéreos. La ayuda se lanzaba desde el cielo de una forma que parecía más bien una lluvia de bombas sobre personas hambrientas, en un sistema que convertía la supervivencia en una humillación para la población de Gaza.
Cuando el mundo habla de hambruna, a menudo lo hace en cifras: tasas de malnutrición entre los niños, las mujeres y los ancianos; número de familias desplazadas. Pero para nosotros, la hambruna es una silla familiar que se quedó vacía este año, y todos los que vendrán, y una pregunta que nunca volverá a hacerse: «¿Has preparado los dátiles?».
La hambruna se describe como una crisis. Pero para nosotros, también es una ausencia, una que llega cada atardecer, se sienta en silencio a la mesa y nos visita de nuevo en el suhoor. La hambruna no solo nos quita la comida; a veces, nos quita el corazón de la mesa.
Fuente:
https://nuso.org/articulo/gaza-ramadan-hambruna-palestina-israel/
