Gaza no es un “tiempo paralelo”
LA CONTRADICCIÓN GEOPOLÍTICA MÁS ASFIXIANTE
Sally Rooney participó de un tribunal ciudadano en el Reino Unido para determinar la responsabilidad de ese país en el genocidio en Gaza. Este es el epílogo del libro que recoge las audiencias. Su obra dejará de venderse en el mercado inglés por su apoyo económico al grupo Palestine Action.

Por Sally Rooney - Novelista irlandesa, autora de Conversaciones entre amigos (2017), Gente normal (2018), ¿Dónde estás, mundo maravilloso? (2021) e Intermezzo (2024). Fragmento extraído de The Gaza Tribunal : Britain's Complicity in Genocide (Pluto Press, 2026).
El genocidio en Gaza constituye un nuevo capítulo devastador en la historia interminable de la violencia infligida al pueblo palestino. Desde 2023, muchos de nosotros, en Europa y en otros lugares, nos sentimos impotentes ante tal horror. Nuestros propios Estados, nuestros propios representantes electos, han fracasado por completo en su deber de prevenir el genocidio. Pero no siempre hemos comprendido claramente en qué consistía, en detalle, ese fracaso. Después de todo, el conflicto se desarrolla lejos de nuestras fronteras. No parece haber una palanca fácil de accionar para poner fin a esta violencia espantosa. Algunos de nuestros líderes han hecho declaraciones que podían parecer solidarias con los derechos humanos y el derecho internacional. En general, los medios de comunicación dominantes no ayudan a comprender qué más deberían o incluso podrían hacer realmente nuestros gobiernos. Sin embargo, sospechamos que nuestros líderes políticos, de una forma u otra, se han mostrado incapaces de actuar.
Y en este punto, nos equivocamos. Lo que este Tribunal establece, sin lugar a dudas, es que el Reino Unido no ha sido incapaz de actuar. Por el contrario, el gobierno británico ha actuado de manera decisiva, movilizando importantes recursos militares, políticos, diplomáticos y económicos para facilitar el genocidio en Gaza. Como demuestra este libro, el Reino Unido suministró armas utilizadas para masacrar en masa a civiles; realizó vuelos de vigilancia en el cielo de Gaza y compartió la información obtenida en esas misiones con el Ejército israelí; contribuyó a entrenar a oficiales israelíes; garantizó a figuras militares israelíes inmunidad especial durante sus visitas; defendió públicamente el hambre impuesta a millones de civiles; ha trabajado activamente para bloquear y socavar el sistema jurídico internacional a fin de que Israel no tenga que rendir cuentas; etc., etc.
Si el gobierno británico se ha convertido en cómplice no ha sido a petición de su electorado sino, por el contrario, a pesar de la oposición constante de la opinión pública. Las encuestas muestran que casi dos tercios de los británicos están a favor de un embargo total sobre la venta de armas a Israel. Cientos de miles de personas salieron a las calles, dando vida a lo que The Guardian calificó como "el mayor movimiento de protesta en la historia reciente del Reino Unido". Al igual que ocurrió durante el movimiento contra la guerra de 2003 [en Irak], algunos incluso consideraron que debían pasar a la acción directa e intentaron interrumpir la cadena de suministro militar saboteando fábricas de armamento y aviones. En respuesta, el gobierno del Reino Unido no se distanció del Estado israelí, sino del pueblo británico, adoptando medidas excepcionales para criminalizar la protesta pacífica, restringir la libertad de expresión y tratar la desobediencia civil como terrorismo.
La participación del Reino Unido en el genocidio comenzó bajo un gobierno conservador y ha continuado, sin interrupción, hasta hoy, bajo la actual mayoría laborista. Ante una oposición masiva, ambos partidos se pusieron de acuerdo para privar al electorado británico de toda influencia sobre las relaciones entre Londres y Tel Aviv. Las elecciones se amañaron de tal manera que no ofrecieran ninguna alternativa. Las manifestaciones pacíficas fueron ignoradas. Las protestas más perturbadoras fueron duramente criminalizadas. Incluso hoy la complicidad persiste. El genocidio en Gaza ha revelado y acelerado al mismo tiempo el deterioro de la vida democrática en el Reino Unido. Y si este declive no se detiene –si los partidos gobernantes, que se han puesto de acuerdo para ir en contra de la voluntad del pueblo y han declarado ilegal toda crítica, no sufren las consecuencias de sus actos–, entonces todos los aspectos de la vida cívica se verán afectados. Es la democracia misma la que está en juego.
Una cobardía calculada
Este libro expone el papel específico que ha desempeñado Londres en la facilitación de los crímenes de guerra cometidos en Gaza. Pero el Tribunal también aborda, de manera más amplia, la integración del Estado israelí en una vasta red de apoyo internacional. Al momento de escribir estas líneas, por ejemplo, cada nación europea está violando algunas de sus obligaciones internacionales definidas por la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio –incluidos los aliados de Palestina, como Irlanda–. Este tipo de investigaciones son esenciales para determinar la naturaleza de la complicidad de los Estados y dar a conocer al público estos hechos fundamentales. El Tribunal británico para Gaza debe servir como catalizador y generar una toma de conciencia nacional en el Reino Unido pero, sobre todo, debe dar lugar a investigaciones públicas en otros lugares, que conduzcan a que se exijan responsabilidades a los culpables.
El cálculo que ha llevado a tantas naciones prósperas, en todo el mundo, a facilitar el genocidio es, en última instancia, político. En lo que respecta al suministro ilegal de componentes militares para los aviones de combate israelíes, este libro lo afirma claramente: la "verdadera razón" por la que el suministro continuó es "la ausencia de toda voluntad política de oponerse a Estados Unidos". Israel en sí mismo, en definitiva, no es más que una pequeña nación de Medio Oriente, agresiva y diplomáticamente tóxica; sólo en su calidad de extensión del poder estadounidense goza de un apoyo internacional tan extraordinario. La falta, en Europa y en otros lugares, de voluntad política para enfrentarse a Estados Unidos es, por supuesto, una forma de cobardía, pero se trata de una cobardía calculada. Buscar el favor de una superpotencia mundial tiene algo de humillante, pero se supone que dará sus frutos. Y es precisamente porque esperaban recompensas que los Estados, en todos los rincones del mundo, optaron no sólo por hacer la vista gorda ante un genocidio, sino también, en muchas ocasiones, por participar en él.
Si el gobierno británico se ha convertido en cómplice ha sido a pesar de la oposición constante de la opinión pública.
Estados como el Reino Unido traicionaron a su propio pueblo y pisotearon el derecho internacional. ¿Y para qué? El régimen israelí, envalentonado por la complicidad internacional de la que se beneficiaba, invadió el Líbano, matando a miles de personas y provocando el desplazamiento forzado de más de un millón de habitantes. Al mismo tiempo, el tándem estadounidense-israelí desató una guerra ilegal contra Irán, lo que condujo al cierre del Estrecho de Ormuz y a una crisis energética catastrófica a escala mundial. Países como el Reino Unido –que permitieron dócilmente la comisión de crímenes atroces para ganarse el favor de Estados Unidos– se enfrentan ahora al caos económico dentro de sus fronteras y a una dinámica de violencia incontrolable en Medio Oriente. La apuesta increíblemente cruel de los europeos ha resultado ser fallida. Y ni siquiera hemos comenzado a medir sus consecuencias.
Enfrentar el aquí y ahora
Palestina representa tal vez el punto de contradicción más agudo del sistema geopolítico mundial. La violencia inherente a las relaciones imperiales –que, en otros lugares, suele estar dispersa y ejercerse a través de organizaciones y agencias no estatales– queda aquí al descubierto y expuesta ante los ojos del mundo entero. Y así como la cuestión palestina revela mejor que ninguna otra el abismo que separa, en el "Norte global", la opinión pública y la acción del Estado, pone de manifiesto la brecha abismal entre las instituciones del derecho internacional y una realidad geopolítica marcada por el apartheid, la tortura, los desplazamientos forzados, los asesinatos y los genocidios. Estas contradicciones, que en Palestina alcanzan su nivel más asfixiante, se agudizan ahora en todas partes. La fragilidad del sistema alimentario mundial, el dominio político abrumador de las industrias militares y petroleras, las desigualdades galopantes que han socavado la vida de la comunidad, el colapso de las organizaciones sindicales dignas de ese nombre y la inminencia de un colapso climático total: estas son algunas de las realidades que han permitido e intensificado un genocidio transmitido en vivo. Gaza nos obliga a enfrentarlas, no como una imagen lejana del futuro, sino aquí y ahora.
En una carta-ensayo escrita durante su interminable encarcelamiento, el novelista Walid Daqqa [palestino fallecido en prisión a los 62 años, el 7 de abril de 2024, tras treinta y ocho años de detención] proponía el concepto de "tiempo paralelo" para describir la experiencia de los presos palestinos: "Nosotros, en el tiempo paralelo, los vemos a ustedes, mientras que ustedes no nos ven a nosotros… Somos un pasado continuo e interminable. Es desde ahí que nos dirigimos a ustedes hoy, para que esto no se convierta en su futuro". Gaza es hoy tal vez el "tiempo paralelo" de toda civilización, que ve sin ser vista, un pasado sin fin. Ver a Gaza –no como un acontecimiento trágico, no como una lista de hechos y estadísticas, sino como un lugar que realmente existe, en este mismo momento– es entrar en una relación diferente con nuestro futuro.
"Confieso que mi corazón se acelera al ver una flor en la televisión, ante el espectáculo de la naturaleza, ante el mar", escribía Walid Daqqa después de casi veinte años en prisión. "Confieso que estoy alegre a pesar de todo…". Sí, Gaza es desde hace mucho tiempo una prisión a cielo abierto, y ahora se ha convertido en una enorme fosa común. Pero también es el lugar donde viven millones de palestinos, y son amados. Al observar a Gaza tal como es hoy, debemos tomar conciencia de que la vida es algo indescriptiblemente precioso: que incluso un solo momento de vida, un simple instante de conciencia viva, es de una belleza infinita e irremplazable. Y debemos estar dispuestos a luchar por eso: por la vida de los vivos, por nuestro futuro y por una Palestina libre.
Traducción: Redacción de Le Monde diplomatique
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