Hombres en la niebla, la deconstrucción en tiempos ultra
ALAN PAULS aterrizó en Bogotá poco después del triunfo de Abelardo de la Espriella, arquetipo del macho Alfa colombiano, para escribir esta crónica sobre qué significa la deconstrucción masculina en momentos de auge de la extrema derecha. Después de participar en grupos de "hombres conscientes" y analizar a fondo la machosfera, llegó a la conclusión de que quizás el desmantelamiento del modelo de masculinidad dominante sea un proceso lento, capilar y homeopático, al que no tiene sentido apurar ni encarnar en paladines capaces de hacerles frente a los machos Alfa.

Por Alan Pauls - Escritor, periodista, guionista y crítico de cine
"¡Qué absurdos los hombres! Siempre en movimiento, siempre dispuestos a interesarse por todo. Cuando se acuestan dejan dicho que los despierten al rayar el día. Si se acercan a la chimenea permanecen de pie, listos para huir al otro extremo del cuarto, listos para huir siempre hacia cosas fútiles. Y tosen, fuman, hablan fuerte, temerosos del silencio como de un enemigo que al menor descuido pudiera echarse sobre ellos, adherirse a ellos e invadirlos sin remedio."
María Luisa Bombal
Llegué a Bogotá de noche, con la lucidez aturdida que dan catorce horas de avión, una maratón de bodrios de estreno entrevistos en una pantalla con cataratas y la irritación típica de los viajes diurnos, que nos condenan a dormir de a rachas, como en medio de una fiebre, y nos sueltan en la ciudad desconocida cuando todo empieza a cerrar, las calles se vacían y la única promesa que se ve brillar a lo lejos es la de la cama del hotel, que nos tentaría si tuviéramos sueño y no la triste mezcla de hambre y de náusea que ya no remediaremos.
Colombia venía de celebrar elecciones presidenciales. A las preguntas que le hice, todas básicas, de periodista incontinente, la mujer taxista que me llevó al hotel se las ingenió para responder con una sola palabra: seguridad. Es el reclamo en cuyo nombre no pocos países de América Latina suelen justificar últimamente las decisiones electorales que toman, no importa lo adversas que sean a sus propios intereses; el mismo reclamo, para ser francos, que tenía yo en la cabeza cuando de entre todos los taxistas que esperaban estacionados fuera del aeropuerto la elegí a ella, la única mujer de la larga fila.
Era enfermera pero se había jubilado y estaba sola, con dos hijas a cargo, de modo que había canjeado vendas, jeringas y tensiómetros por largas jornadas sobre ruedas en una ciudad poco afable, famosa por su desorden y su aspereza, donde las motos, masivas y amenazantes como nubes de langostas, tienen la costumbre temeraria de pasar coches por la derecha, en especial cuando los pasajeros están a punto de abrir la puerta para bajarse. Me pasó dos veces en menos de una semana, y esos bólidos ni siquiera me rozaron. La mujer me dijo que estaba harta de los robos. Jamás levantaba pasajeros en la calle. Detenerse en un semáforo como aquel, aun con la embajada de Estados Unidos tan cerca, iluminada con los colores de una discoteca de crucero, la estresaba más que la perspectiva de no llegar a fin de mes. Prefería trabajar con los pasajeros que recogía en el aeropuerto, más limitados pero más seguros también. Yo, por las dudas, renuncié al travelling que planeaba hacer con el teléfono y subí la ventanilla. Nada más inquietante que aterrizar en una capital latinoamericana después de vivir siete años en una ciudad como Berlín, donde las ventanas tienen doble vidrio, los chicos de cinco años van solos a la escuela y son los otros peatones, no la policía, los que denuncian a los sociópatas que cruzan mal una calle.
Colombia es un país donde la cultura patriaral, el machismo y la misoginia están tan naturalizados que parecen formar parte del ADN nacional.
No me sorprendió que dijera "Abelardo" cuando le pregunté por quién había votado. Me sorprendió que llamara al candidato por su nombre, no por el apellido que yo había tratado de memorizar durante el vuelo. Así en realidad lo llama todo el mundo, como comprobaría en los días que pasé en Bogotá: sus votantes –literalmente la mitad más uno de Colombia, dado el magro punto (250 mil votos) por el que el líder de Defensores de la Patria había derrotado a su rival, Iván Cepeda– tanto como sus opositores, fracción perpleja y atontada de una sociedad que diez días antes le había negado continuidad a la gestión inaugurada en 2022 por Gustavo Petro, el único proyecto progresista que tuvo el país en los últimos cincuenta años.
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En Bogotá hay pantallas por todas partes, hasta en los ascensores de los hoteles, y en las del mío desfilaban ríos, selvas, ciclistas, campos barridos por el viento, peces y toda clase de aves exóticas, atracciones idóneas para encantar (sin atropellarlo) al forastero que rumia su fatiga mientras marcha a su habitación. El rostro de Abelardo de la Espriella no figuraba entre ellas. Para encontrármelo tuve que esperar hasta las seis de la mañana siguiente, cuando bajé al comedor para desayunar, insomne pero triunfal, pensando que sería el primero, y más allá del comedor, colmado de gente hasta reventar, lo vi en uno de los televisores gigantes que habían montado en una falsa terraza de césped artificial para ver los partidos de la Copa del Mundo de fútbol, hablando en lo que parecía una conferencia de prensa. Descubrí entonces tres cosas: que el ananá en Colombia es sublime, que los bogotanos son la población más madrugadora del continente y que el physique du rôle del flamante Presidente de Colombia se llevaba especialmente bien con el tema de la investigación que me había llevado a la ciudad: ese complejo amasijo de preguntas, desconciertos, terrores y manotazos desesperados de ahogado que se conoce como "la crisis de la masculinidad".
Esa madrugada Abelardo seguía vistiendo su uniforme de campaña, la camiseta de la selección colombiana de fútbol, un ardid de comunicación muy cuestionado por Gustavo Petro e Iván Cepeda, que no le perdonaron haberse apropiado de un símbolo nacional con fines partidarios e intentaron (en vano) prohibírselo. El televisor estaba lejos de la mesa donde yo luchaba por abrir unos pancitos de manteca minúsculos, dos de los cuales, aunque perfectamente cerrados, estaban a medio comer. Lo tenían sin sonido, de modo que la voz del Presidente no se oía. Tampoco hizo falta: sus gestos lo decían todo. Eran elementales, rectilíneos, ligeramente mecánicos, como aprendidos viendo al Adenoid Hynkel de El gran dictador o en un workshop de actuación para infomercials de algún fármaco particularmente expeditivo. Me llamó la atención el tamaño de la cabeza, que coronaba un cuerpo menudo, como jibarizado, y el brillo de la piel, y la barba escrupulosamente delineada, a la Bukele. Había algo demasiado cuidado, casi fraudulento en esos afeites. En uno de sus monólogos en YouTube, la escritora Carolina Sanín describe el fenómeno como un efecto muñeco, pensando en Pinocho y en Frankenstein. A mí me recordó a las marionetas de Fireball y el XL5, la serie de los años 60 que impuso el Supermarionation –una modalidad de animación entonces revolucionaria– y un kit de virilidad hecho de barbas de pacotilla, piel cerosa y mandíbulas muy salientes, siempre al borde del prognatismo. (Las mandíbulas, que estrellas de la machosfera como Clavicular, hoy caído en cierta desgracia, se cincelan a martillazos, parecen ser un verdadero hot spot del cuerpo de los machos Alfa, casi tanto como los bíceps o la nuez de Adán.)
Esa mañana en Bogotá, tres capuchinos más tarde, me enteré además de que Abelardo (como pasé a llamarlo yo también, víctima de esa confianza instantánea que esta nueva raza de líderes parece capaz de establecer con el resto del mundo, detractores incluidos) había adoptado como nom de guerre "El Tigre", con lo que continuaba la tradición de masculinidad felina inaugurada por Javier "El León" Milei, su colega argentino en la alt right latinoamericana, y de algún modo refrendada por el mismísimo Petro, que se había quedado con "El Jaguar". Que el prestigio del paradigma félido atraviese indemne los antagonismos ideológicos da bastante que pensar. Indica, por lo pronto, hasta qué punto cierto imaginario macho puede ser transversal e ignorar el tablero político, consolidando un sistema de parentescos fundado en zarpas, rugidos e instintos depredadores, capaz de dividir en dos (al menos en dos) el territorio ya bastante sísmico de los hombres. Iván Cepeda, candidato del petrismo, fue quizá el damnificado más notorio de esa división. Perdió las elecciones y con él perdió también el modelo de masculinidad implícitamente postulado por su candidatura: sobria, sensible, pausada, antiestridente, toda anteojos, filosofía y camisa de cuello Mao.
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El modo en que se saldó la contienda tiene un peso particularmente importante en Colombia, un país donde la cultura patriarcal, el machismo y la misoginia están tan naturalizados que parecen formar parte del ADN nacional. Solo en Bogotá, las cifras pintan un paisaje inquietante. Según la versión 2025 de la Encuesta Bienal de Cultura Ciudadana, el 56,5 por ciento de la población cree que "el rol de todo hombre es proteger y proveer a su familia"; el 50,4, que toda familia necesita a un hombre que la proteja; el 41, que el deber de todo hombre es defender su hombría; el 52,7, que las mujeres "por naturaleza" cuidan mejor a niños y niñas que los hombres; el 48, que las mujeres "por naturaleza" realizan mejor los oficios del hogar; el 40,7, que hoy en día "las mujeres han descuidado sus deberes en el hogar y con sus parejas"; el 43, que la mujer que se deja maltratar por su pareja lo hace porque "le gusta que la maltraten"; el 37,8, que lo más grave del maltrato es que "suceda en público". Por lo demás, al 34,6 le parece justificable que no le guste que su pareja salga con amigos y amigas, y el 32,2 piensa que una mujer que se viste con minifalda o ropa ajustada "provoca que le falten el respeto en la calle". La consigna El machismo mata –que la Secretaría de Cultura de Bogotá plantó alguna vez en las canchas de fútbol para hacer visible el problema– repone con descarnado realismo el eslabón que une a menudo las frases hechas de la doxa patriarcal, tan obvias que corren el riesgo de pasar inadvertidas, con la realidad escalofriante de los femicidios y la violencia de género.
La conexión no es de extrañar, dada la cantera de beligerancia sexualizada de la que proceden las fórmulas de masculinidad más a mano en Colombia. Cuando Abelardo dice: "Si yo hubiese sido paraco, hubiese empuñado un fusil y me hubiese puesto uniforme, hubiese tenido las pelotas para hacer lo que había que hacer; no como Petro, que fue un guerrillero de cafetería", lo que hace, defendiéndose de la imputación de complicidad con el poder paramilitar, es anteponer la discrepancia testosterónica al antagonismo ideológico, como si el segundo, comparado con la primera, fuera un factor menor, menos visceral, menos verdadero. Si "la plaga de los zurdos" le causa repulsión, es casi más por su déficit hormonal que por sus posiciones políticas. Pero el paraco es solo un ejemplo. No menos testicular es la masculinidad que promueven los otros arquetipos del acervo colombiano: el guerrillero, el narco, el matón, el mafioso, el reguetonero o el levantado, como llaman al hombre de éxito, en particular el que accede a cierta prominencia –dinero, mujeres, fama– de manera más o menos vertiginosa, salteándose tediosas instancias intermedias como la formación, el trabajo, la constancia, la dedicación, mucho menos eficaces que un buen asedio o el sentido rapaz de la oportunidad.
Son todos variantes del macho Alfa, suerte de Ur-hombre dueño de sí, soberano, llamado a liderar y someter, que Abelardo cita y encarna a su modo cuando reivindica la fuerza distintiva de su virilidad por encima de sus creencias ideológicas, pero que ya presidía las maneras colombianas de ser hombre como un mito activo, el ideal al que debería aspirar todo varón que se precie –si no quiere perder lo que tiene–. Según la misma encuesta de la Secretaría de Cultura, uno de cada tres bogotanos piensa que "un hombre de verdad debe imponerse, así le toque hacer uso de la fuerza", precepto que el habla popular parece ratificar cuando decreta que "en caso de guerra, cualquier hueco es trinchera". Conocería la expresión un par de días después, de boca de Javier Omar Ruiz, fundador de Hombres y Masculinidades, un colectivo de masculinidad consciente. De entrada la tomé en un sentido literal, como uno de esos reflejos de pragmatismo popular con que las sociedades lidian con los traumas que les tocan, en este caso los largos conflictos armados. Recién después entendí que era una especie de eslogan, una de esas "evidencias" de sentido común que apelan a la complicidad del semejante (en este caso masculino) y sirven para justificar prácticas atroces (en este caso, una cultura de la violencia sexual).
En Bogotá, y quizá en buena parte de América Latina, decir "un hombre de verdad" es pronunciar una contraseña inequívoca: es alistarse automáticamente en la machosfera y afirmar que la verdad del hombre es una sola, ese machoalfismo hecho de determinación, impaciencia, compulsión expeditiva y voluntad de captura que Abelardo exalta cuando se jacta de tener pelotas –las suficientes, en todo caso, para fumigar campos de coca y amenazar con bombardear los territorios en conflicto, dos anuncios muy varoniles de aquel primer momento–. Es el espíritu viril que también anima al narrador del reguetón "+57" cuando describe a la chica que lo enardece como una "mamacita desde los fourteen" –corregidos luego a eighteen a raíz de la tormenta de mierda que desató el verso–, y al que canta "La Loba", que retoma la retórica animal para advertirle a su mamacita que se cuide de los cachorros y su puntería, "porque esta noche vas a ser mía, y si te pillo y te pongo la cocolia, loba, aúlla en la mía".
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Pasados los 70 años, Javier Omar Ruiz no cree que exista nada parecido a "un hombre de verdad". Está golpeado por el resultado electoral y tiene el corazón (político) roto, pero optó por no ir a la fiesta de entusados (despechados) con la que El bochinche, un bar de la calle 22, proponía ahogar las penas progresistas en ron y en rasqa. Tampoco gasta energía en nombrar a Abelardo (prefiere hablar del "nuevo proceso político") y apenas menea la cabeza cuando le menciono la treintena de influencers colombianos que pregonan el advenimiento del Übermensch desde los púlpitos digitales, donde exhortan a un público joven, muy joven –entre 15 y 25 años–, a tomar el control, a ser de una vez por todas "los reyes de la casa y recuperar lo que es suyo", a convertir las emociones en furia "para entrenar y facturar" y a aprender a elegir o desechar mujeres según lo que marque su body count, es decir su prontuario sexual. Más le importa el retroceso que implique la era abelardiana para la prédica que viene siendo la suya desde hace 35 años, cuando, de regreso en Colombia luego de años de exilio en Ecuador y Perú, con una hija de 4 años, empezó a preguntarse qué era ser hombre, qué había sido y, sobre todo, qué podía ser en el futuro.
La pregunta era bien generacional, pero, a diferencia de las que habían movilizado a los suyos, formados en la experiencia de la izquierda setentista, esta vez se formulaba sin énfasis, con una curiosidad desconcertada, en voz baja y en el contexto más o menos íntimo de una red de amigos y parejas, unas ocho o diez personas de entre 30 y 40 años trabajadas por la misma inquietud: interrogar los esquemas de masculinidad heredados y pensar formas alternativas de ser un hombre, un compañero de amor, un padre. Esa voluntad de cuestionamiento y autorreflexión es la columna vertebral del colectivo Hombres y Masculinidades, uno de los principales agentes de la batalla que se libra en Colombia alrededor de la masculinidad patriarcal.
¿Será hippie la masculinidad consciente? ¿Será hippie el hombre nuevo, hippies sus ideales, sus rituales, su forma de convivir, su desconfiada cautela a la hora de organizarse y tener ambiciones?
Ruiz habla de "masculinidad consciente, crítica", pero su tono, su manera de contar la historia del colectivo y el trato que les da a sus compañeros de ruta, muchos de ellos con edad de ser sus nietos —una especie de magisterio afectuoso y socarrón, como de sabio de la tribu que no se toma demasiado en serio y siempre espera aprender algo de alguien—, parecen haber borrado las huellas más duras de la cultura setentista de la que procede, en especial el dogmatismo, la omnipotencia, las certidumbres mesiánicas. Hombres y Masculinidades es fruto de la cruza de una tradición de izquierda en retirada, maltrecha por derrotas y fracasos diversos, ciertas corrientes de la pedagogía popular latinoamericana (Paulo Freire, Augusto Boal) y una línea cien por ciento "experiencialista", suerte de vivencialismo corporalista en el que confluyen la espiritualidad contracultural, las teorías del cuerpo-coraza de Reich, la bioenergética y la somática, todo batido al calor de clásicos de la segunda ola feminista como Nuestros cuerpos, nuestras vidas, publicado en 1971 por el Boston Women's Health Book Collective.
Ruiz tropezó con el libro cuando vivía exiliado en Ecuador: "Eran unas mujeres que en Boston, en los años 70, armaron o se fueron a una colonia hippie y luego escribieron sus experiencias. Todo era vivencial; no había teorías ni reflexiones feministas. Contaban sus vidas cotidianas en primera persona. Eso me llamó mucho la atención. Muy interesante, dije. Pero, ¿qué pasa con los hombres?" De modo que no fue la izquierda, alérgica al yo y la experiencia individual, sino ese feminismo apegado a la realidad de las voces y las historias personales, el registro privado, el cuerpo, lo que le proporcionó a Ruiz las herramientas para acometer el desmontaje de la masculinidad patriarcal. Decir yo (pero decirlo en grupo, junto con otros) y contar la propia historia en carne y hueso, haciéndola pasar por el archivo emocional del cuerpo, son hasta hoy las claves metodológicas de un trabajo cotidiano, persistente, difícil de describir, que oscila más o menos despreocupadamente entre el grupo de autoayuda, la comunidad alternativa, la secta, el taller de sensopercepción y la célula militante, y solo obedece a una ley: la prohibición de institucionalizarse. "No somos una organización –salta Ruiz–. Somos un movimiento, somos vida, somos experiencias de vida."
Si hay, pues, un hombre nuevo en el horizonte del colectivo Hombres y Masculinidades, tiene poco que ver con el que enarbolaban las huestes guevaristas en los años 60, universal, todo heroísmo y sacrificio, sujeto anónimo y todopoderoso de la Revolución, en el que retumbaban –en nombre de una misión emancipadora– creencias, comportamientos y gritos de guerra afines a los que corren por las venas del imaginario machista contemporáneo. El que persigue el colectivo sería un hombre nuevo con minúsculas, discreto, siempre en proceso, dispuesto a articular sus experiencias con proyectos más amplios, sociales y políticos ("para no quedar presos del coachismo") y con otras comunidades, pero sin renunciar nunca a la dimensión local, doméstica, corporal, en la que tienen lugar. Y lo persigue con las estrategias más eclécticas: la palabra, esencialmente, en círculos de reflexión, talleres de sensibilización, prácticas de desnudismo grupal (las llamadas "tribus"), rituales de body painting, experiencias de activismo, movilizaciones y una militancia faldera general (marchas con faldas, fútbol con faldas, ciclismo con faldas) con la que el colectivo solía ironizar la etiqueta infaliblemente masculina de ciertas actividades. Si fuera un perfil de red social –un reino con el que Hombres y Masculinidades no mantiene relaciones fluidas– sería un hombre sensible, conectado con sus emociones y afectos, consciente de sus límites, su vulnerabilidad, sus puntos ciegos, y descreído de los mandatos de la masculinidad dominante, cuyo desmantelamiento es condición sine qua non de cualquier reseteo posible. Un hombre capaz de llorar, sentir, jugar, desconcertarse, bailar, no saber, expresar sentimientos, hacer el ridículo, desnudarse y desanudarse y encontrar en el cuerpo menos un instrumento de fuerza, poder o rendimiento que una guía "sentipensante", teatro de experiencias y fuente de conocimiento. "Ni un hombre más para la guerra, todos los hombres para la paz", rezaba la consigna del colectivo en una de las muchas manifestaciones de las que participó, mezclado a menudo con agrupaciones feministas.
Sería fácil desdeñar por trasnochados a estos gurúes de la hombría digital. No tienen filtro, atrasan como carretas, hablan sólo entre ellos…
¿Será hippie la masculinidad consciente? ¿Será hippie el hombre nuevo, hippies sus principios, sus ideales, sus rituales, su forma de convivir, su desconfiada cautela a la hora de organizarse y tener ambiciones? Algo así se me dio por preguntar en una de las largas reuniones del colectivo a las que asistí. Estábamos cerca del Parque Nacional, en la mansarda de La Trocha, un bar-centro cultural de cuatro pisos con despacho de ron artesanal, tienda de dulces y taller de costura, tapizado de piso a techo de afiches, volantes, graffitis ("¡Cepeda en la primera!", gritaba uno muy viejo), donde el grupo, que no tiene una sede fija, suele llevar a cabo sus encuentros. Se hablaba de la importancia vital del cuerpo a la hora de desactivar mandatos impuestos ("Lo que no pasa por el cuerpo no queda como aprendizaje ni como transformación") y alguien trajo a colación cierta performance de desnudismo que el colectivo había protagonizado en un festival en Medellín, feudo incontestado del machismo paisa en los años 90. Entonces, supongo que cansado de tanto sincretismo caribeño, yo puse el grito en el cielo: "¡Pero entonces son hippies, confiésenlo!". Se rieron, pero nadie confesó nada. El sincretismo –sobre todo para un argentino– es sospechoso pero difícil de arrinconar: del desnudo como método para aflojar, desanudar, permeabilizar y abrirse pasamos rápidamente a la acción social, la militancia y el compromiso, sin los cuales la política del cuerpo más redentora amenazaba con estancarse en un puro desahogo personal. A menos de cien metros de La Trocha, donde charlábamos, estaba el impresionante Parque Nacional, que un par de días antes bordeaba en coche cuando el conductor, después de quejarse de lo sucio que estaba, me escupió por fin lo que no veía la hora de decir: la felicidad que sentía de verlo vacío, de que hubieran desalojado a la gente que lo había ocupado los últimos tres años, la comunidad Emberá, "indios a los que no les gusta trabajar y que tienen más plata que usted y que yo". El Parque es todo un landmark de la historia de violencia de género de Bogotá. Fue ahí, en la parte oriental del predio, donde murió en 2012 Rosa Elvira Cely, violada, torturada y empalada por Javier Velasco, un compañero de la escuela nocturna. (El colectivo estuvo ahí, junto al curso de Rosa, en un trabajo de acompañamiento que duró una semana, y participa todos los años de la marcha con que se la conmemora.) El caso Cely dio lugar a la Ley 1.761, que tipifica el femicidio como delito específico en Colombia.
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Este hombre emocional y empático es lo que los masculinistas hardcore de Colombia llaman un princesa. A mitad de camino entre el maricón y el loser, es el varón simp (simpear, en el argot influencer, es buscar a toda costa la validación de las mujeres), el que se muere por complacer, "el que pide permiso para ser hombre", como dice El Temach en uno de sus lives de YouTube. Traducido a la jerga animal, el princesa es el cazarratas. ¿Y quién quiere ser cazarratas cuando se puede ser cazamamuts? Comparada con esta exuberante analogía zoológica, la vieja distinción macho Alfa/macho Beta suena académica, hasta enternecedora. El influencer colombiano Cristian Londoño la usa a menudo en El hombre racional, el podcast que conduce en YouTube, verdadero faro de la machosfera local. Como El Temach, del que podría ser un discípulo presentable, Londoño –un paisa casi tan joven como su público– usa las plataformas digitales para desplegar su cruzada redentora: ayudar a los hombres a "desarraigarse" el imaginario Beta que los oprime y a autoconstruirse como los machos Alfa que está en sus manos ser, que es por otra parte lo que Londoño da por sentado que las mujeres en el fondo quieren. (Para entender este subsuelo recóndito no hay que acudir a Freud sino a Matrix, verdadera Biblia del pensamiento masculinista, con su lógica conspiranoide y sus famosas red pills, antídoto farmacológico que disipa hechizos y pone al hechizado cara a cara con la Verdad.) Pero mientras el estilo Temach es fogoso y apremiante, Londoño se presenta como un sujeto razonable (no en vano su macho Alfa es "racional"), reposado, propenso a conversar con aliados y rivales. Es cierto que su bibliografía no va mucho más allá del ABC de la autoayuda viril, y que tampoco es un portento de carisma. Pero esa medianía es en realidad su virtud. El perfil de Londoño es el de esos jugadores de Gran Hermano que tardan en hacerse notar, encubiertos por su aspecto anodino, y cobran protagonismo con el tiempo, a medida que sus magnéticos rivales van cayendo como moscas, y cuando ganan el juego nos preguntamos: ¿y éste quién es, dónde estaba, de dónde salió?
El Temach arenga y hace lagartijas sobre el escenario mientras sus fans lo imitan en la platea; Londoño charla, pregunta, finge curiosear y hasta sale a la calle en plena marcha del 8M a averiguar cómo repercuten en las mujeres las incógnitas que desvelan su alma de hombre. Por ejemplo: ¿mienten las mujeres sobre lo que les gusta de los hombres? Es en estos ejercicios de trabajo de campo donde su mayéutica, rudimentaria pero insistente, le depara máximas satisfacciones ideológicas: hacer que su entrevistada muerda el anzuelo, se contradiga y adhiera en cámara al axioma misógino que acababa de objetar indignada: por ejemplo, diciendo que las mujeres con body alto, que antes, juzgadas en sí mismas, consideraba irreprochables, son menos fiables que una virgen como posibles nueras.
Aquí también abundan la primera persona, los pormenores de la experiencia, las historias de vida. Quizás esta creencia en la expresión personal sea uno de los raros denominadores comunes que hay entre la machosfera y el mundo de los hombres sensibles, además de cierta fe en que las respuestas a la crisis de la masculinidad saldrán del trabajo que los hombres hagan solos, por su cuenta, a puertas cerradas, en los talleres de activación sensoafectiva de Hombres y Masculinidades o los espasmódicos pingpongs que los influencers hombristas juegan con sus seguidores en los streamings. Es como si la práctica de cierto separatismo varonil fuera una condición primordial para arreglar las cuentas que tienen pendientes con su género, y eso tanto si las mujeres son culpables (como piensa la machosfera) como si son víctimas (como piensan los hombres sensibles). Pero si para estos el trauma originario es el del padre, en cualquiera de sus muchas caras, todas más o menos disfuncionales –padre ausente, padre autoritario, padre violento, padre distante, padre caído en alguno de los muchos campos de batalla colombianos–, para aquellos parece ser siempre de orden amoroso: es la herida que les infligió una chica al dejarlos, no quererlos como esperaban o cansarse de pedirles lo que nunca pudieron o quisieron darle. Londoño (como El Temach) admite haber sufrido un rechazo amoroso, del que salió maltrecho pero con los ojos abiertos, como Morfeo le promete a Neo que saldrá si toma la píldora roja. Un desgarro de amor: es todo lo que hace falta. Solo que la adversidad que antes engendraba románticos profesionales, bohemios con los dientes manchados de nicotina o poetas prematuros ahora engendra una raza de damnificados nueva, víctimas que –por el solo hecho de serlo, y gracias a cierta antena para captar y explotar la afectividad troglodita de las redes sociales– se vuelven mentores, autoridades, maestros en la materia en la que fueron humillados, que es la misma en la que sufre y zozobra su legión de seguidores. Y lo que enseñan, ahora que son maestros, es a humillar. La banalidad de la llaga compartida explica quizá la identificación intensísima que hay entre influencers y devotos, que es preideológica (porque es inmediata, vivencial, y descansa en el mero hecho de compartir la experiencia de un mismo martirio) pero cien por ciento reproductora de ideología. (En ese sentido, el tipo de transferencia que liga a líderes y followers tiene mucho de la hermandad asimétrica, de espejo que adelanta –porque el seguidor se ve en el mentor y ve en él, además, a aquel en el que sueña con convertirse–, que subyace a los grupos de recuperación del estilo de Alcohólicos Anónimos.)
Mucho scroll, feed, community manager, spam, content creation, pero en el rubro Decepciones Amorosas no hay nada nuevo bajo el sol. A veces cuesta seguirlas a medida que desfilan por la pantalla en los streamings, intercaladas entre saludos, comments procaces y exabruptos de misoginia. Se reducen a un puñado de libretos de desaire conocidos, cien por ciento heterosexuales, en los que el chico de turno es desdeñado por alguna razón más o menos inadmisible: le dicen que es feo, o que es pobre, o que no es lo suficientemente galante o caballero, o que no ha pagado la cuenta, a la vez lastimándolo y condenándolo a la faena sisífica de simpear sin parar, en un aspiracionalismo estéril, porque, como se sabe, "las perras de las chicas" dicen que quieren chicos Beta pero lo que las mueve, en realidad, son machos cabrones, recios, con los pantalones bien puestos, cuyo correlato –en la guerra de los géneros– no es otro que la chica de su casa sumisa y dócil, en las antípodas de la amazona autodeterminada y promiscua que se supone fogonean los feminismos. Ése es el viejo orden que los influencers vienen a reinstaurar: machos proveedores y libres, hembras complacidas y esclavas, única fórmula capaz, según parece, de conjurar el pánico y rescatar a los hombres del tembladeral en el que intentan mantener el equilibrio.
El redpilling es clave, pero debe complementarse con otra didáctica crucial: la del arte de seducir. Es raro que un dealer de píldoras rojas no sea también un pick-up artist, porque ¿de qué serviría abrir los ojos si no hubiera un más allá tentador que ver, una buena presa en la que testear la lucidez recién conquistada? Para eso hay consejos, tips, trucos de coaching, todo un instrumental de ligue que incluye esbozos especulativos audaces. Una muestra es la "teoría de los platos". Aparece en El hombre racional, el tratado de Rollo Tomassi, seudónimo del blogger norteamericano George W. Miller. El ¿libro? fue la inspiración evidente del podcast de Londoño y puede escucharse entero ahí mismo, leído por una voz robótica como la de los GPS, en una extraña hibridación de audiolibro y streaming sin imagen de YouTube. "Igual que un giraplatos –prescribe Tomassi–, un hombre debe tener a muchas prospectas girando simultáneamente. Piensa en cada plato como en una mujer por separado a la que persigues. Algunas caen y se rompen; otras desearías dejar de girar por completo, y otras tal vez no giren tan rápido como te gustaría." La traducción suena tan algorítmica como la voz, aunque prospectas es todo un hallazgo, y la imagen de muchas mujeres perseguidas por un hombre como botines de caza da buena cuenta del curioso mundo cavernícola en el que vive y teoriza Tomassi. Como se ve, su tesis sobre la eficacia sexual masculina descansa en dos viejos baluartes del liberalismo económico: la competencia y el éxito: "Esa es la esencia de la mentalidad de la abundancia –dice–: la confianza se deriva de las opciones. Este principio es la llave para resolver muchos de los problemas que tienen los Beta. Me atrevería a decir que esta ideología debería ser la piedra angular para el éxito de un hombre en muchas facetas de su vida." Es la Razón Libremercadista, pues, la que sostiene a ese ars seducendi en formato tutorial con el que influencers como Londoño pretenden encauzar a sus fieles en la senda erótica correcta. Que, si llego a entenderla bien, sería algo así como la vida amorosa de un buen burgués de fines del siglo XIX, provisto de una compañera sumisa y leal a la que riega de joyas y de una serie de mamacitas rotativas encargadas de ratificarle que no ha cometido ni cometerá jamás la locura simp –tan exaltada por la canción romántica de un Favio o un Juan Gabriel, grandes artistas populares ultra Beta, es decir: desencaminados– de entregarse a una sola mujer y para siempre. Un burgués familiero y calavera a la vez, conservador y rapaz, solo que con camisas al cuerpo, rutinas de gimnasio maníacas y pasión por los coches, los relojes y los criptonegocios. (Expertos en ligue, maestros de masculinismo, los influencers son ante todo ideales de emprendedorismo económico, y la influencia que ejerzan con sus homilías de misoginia y empoderamiento descansa en el sex appeal que irradia el logro de haber monetizado sus historias de caída y superación, naufragio Beta y resurrección Alfa, a menudo hasta volverse millonarios, como es el caso de El Temach, que hace giras pagas y cobra por bautizar discípulos. Londoño ve muy bien hasta qué punto la lógica del juego es económica cuando explica por qué resulta tan difícil que los Beta, una vez abiertos los ojos, renuncien a la masculinidad blanda y complaciente que los esclaviza. Más que machos oprimidos son inversores testarudos, que "invirtieron mucho tiempo, energía y ego" en sostener la ilusión woke y "no quieren perder lo que invirtieron".)
Sería fácil desdeñar por trasnochados a estos gurúes de la hombría digital. No tienen filtro, atrasan como carretas, hablan sólo entre ellos. Los vemos cebarse con sus ideas fijas y pensamos en Beavis & Butthead, Jackass o incluso Johnny Bravo, incels avant-la-lettre, precursores de la machosfera en versión cartoon. Pero vemos cómo ese furor prende, toma cuerpo en otros y se expande y los precedentes que aparecen no son tan risueños: el Frank T.J. Mackey de Magnolia, "experto en chochos", autor de Seducir y destruir, o Patrick Bateman, el protagonista ultramisógino y criminal de American Psycho. Londoño, Gerry Sánchez (El camino del Alfa Colombia), David Guerrero y sus colegas no son freaks de nicho o de feria. Proliferan como hongos, acumulan decenas de miles de seguidores en las redes y su ascenso y repercusión son estrictamente contemporáneos del boom de las ultraderechas, con cuyo discurso patriarcal, antifeminista y homofóbico, replay cínico y juvenilista de la prédica de las viejas derechas católicas, están perfectamente sincronizados. Como ya señalaron Natalia Herrera Durán, Omarela Depablos y Jazmín Duarte Skell, autoras de las investigaciones más serias sobre el tema, el "trapo rojo" que enceguece de furor a la alt right y los influencers machosféricos es "la ideología de género", concepto-paraguas acuñado en 2010 por Jorge Scala, un abogado católico argentino, para satanizar un abanico de derechos civiles que va desde el aborto al matrimonio igualitario, pasando por la educación sexual en las escuelas, la salud reproductiva y la diversidad sexual. Cuando Abelardo implanta en uno de sus discursos la palabra homosexualismo, lo que hace no es solo repatriar de la mohosa jerga médico-legal de fines del siglo XIX un arcaísmo que hace de la homosexualidad una aberración; se pone también a la cabeza de una ofensiva que está en el centro de la batalla cultural, en la que los discursos de odio emitidos por la machosfera convergen con el oscurantismo sexual de líderes como Trump ("Pondremos fin a la locura transgénero"), Milei ("Hay que extirpar el cáncer LGBT+") o Jair Bolsonaro ("Prefiero que mi hijo muera a que aparezca con un bigotudo").
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En 2019, una campaña apoyada por la delegación colombiana de la Unión Europea hizo circular unas cartillas destinadas a medir las "tasas de micromachismo" en la sangre bogotana. Los fascículos recogían una serie de presupuestos y lugares comunes sobre género muy difundidos, que la gente era invitada a decir si compartía o no: si está OK que una mujer que tiene novio salga de noche sola; si es comprensible que una mujer vestida de cierta manera suscite ciertas reacciones; si entre las mujeres y la cocina o el cuidado de niños hay alguna afinidad natural. Los resultados explican el panorama tétrico que mencioné antes en esta crónica, con el bonus –muy bogotano, parece– de que el alto consenso machista producía culpa o vergüenza, por un lado, pero por otro orgullo y satisfacción, al punto de que muchos varones que aceptaron testearse se rasgaban las vestiduras cuando se enteraban de que, por algún imperdonable desliz Beta, no habían sacado la nota perfecta que les habría gustado sacar. "¡Le fallé al patriarcado!".
La campaña se llamaba Endema (Escuela Nacional de Desaprendizaje del Machismo). Se proponía visibilizar a gran escala una problemática apremiante pero todavía acotada a ciertos nichos específicos, donde en el mejor de los casos solo convertía a los creyentes. Además de los tests de monitoreo de la tasa de machismo, incluía una serie web que ponía en escena ciertos libretos básicos del machismo en viñetas de ficción, con sus héroes ("másters en equidad") y sus villanos ("el micromachista del mes"), un programa de concientización escolar con videos, cartillas para estudiantes y guías para docentes, un decálogo para detectar síntomas de micromachismo en políticos y funcionarios, campañas de prensa intensivas, un elenco de celebridades en plan embajadores de buena voluntad y hasta diplomas que certificaban la condición de egresados de la Escuela de Personalidades de la Vida Pública como Claudia López, por entonces alcaldesa de Bogotá. Ensalzada en Bruselas, referencia habitual a la hora de evaluar estrategias de lucha contra el machismo en otras partes del mundo, la campaña Endema tuvo su impacto. Fue tan convincente, por lo pronto, que hizo creer –hechizo casi borgeano– que la Escuela existía realmente, y tenía hasta una sede física y planes de estudios y profesores, y sus responsables incorporaron el hechizo al programa, sumando al juego a instituciones reales como la Universidad Ean y a su rectora, la bióloga y ecoactivista trans Brigitte Baptiste. Sin embargo, no llegó a alterar las reglas que rigen el juego del problema en la sociedad colombiana. Así como no hubo mujer que no valorara la campaña, casi no hubo hombre que no la objetara. Agitó un tiempo el avispero del debate público, pero el machismo nunca salió de los nichos sociológicos tradicionales donde está estancado (tópico de peso en los sectores urbanos de mayor educación y recursos, poco menos que irrelevante en sectores populares y rurales), y tampoco entró en la agenda oficial del Estado, quizás el único espaldarazo realmente eficaz que podría recibir. Dependiente del apoyo de ONGs y la financiación extranjera, la política de desaprendizaje del machismo –ahora que la agenda de la Unión Europea prioriza las energías renovables a las cuestiones de género– no tardó en volver al segundo o tercer plano en el que solo una militancia obstinada consigue mantenerlo a flote.
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Desaprender parece ser el password de las nuevas masculinidades, la llave maestra que promete alguna clase de luz al final del túnel de ser hombre. Y esta operación de autodesmantelamiento vale tanto para los aspirantes a machos Alfa (instados a desprogramarse como eunucos) como para los que se sueñan como hombres conscientes, críticos (llamados a desactivar los settings patriarcales con los que se hicieron hombres). El colectivo Hombres y Masculinidades tiene un ejercicio que ilustra bien el proceso: lo llaman el ejercicio de "equipaje de género". "Ramiro, supongamos, lleva a la reunión una mochila vacía –me explicaba Ruiz–. Y el grupo le pregunta: bueno, venga, Ramiro, ¿vos con qué equipaje naciste para ser humano? Ah, con inteligencia, con voluntad, con piel, con pensamientos… Y el grupo dice: ¿y llorar? Ah, sí, llorar también, y sentir el dolor; sí, también. Pero resulta que Ramiro no creció en una sociedad chévere sino en una sociedad machista, y la sociedad machista no quiere que Ramiro sea humano sino macho. Entonces traemos la mochila vacía y la ponemos ahí adelante y yo, que soy la sociedad, la voy llenando con las cosas que la sociedad pide para que Ramiro sea un hombre: cosas, objetos, papeles, un cuaderno, una chaqueta, la camiseta, y al final Ramiro se carga la mochila llena a la espalda. Y después se la sacamos, la ponemos en el centro del salón y decimos: bueno, eso que ustedes ven ahí es lo que se llama género".
Desaprender el género, OK. Pero, ¿para qué? Las masculinidades conscientes, para que los hombres se reconcilien con una universalidad perdida: esa humanidad de emoción y vulnerabilidad que el machismo habría reprimido con sus exigencias de fortaleza, resiliencia e impasibilidad; los machos Alfa, para volver a una "naturaleza" originaria, suerte de "verdad" escamoteada, reblandecida por el wokismo, según la cual los hombres son la fuerza intrínsecamente dominante a la que el resto de las especies, criaturas y cosas deben seguir y obedecer, lógica elemental de un sistema –el patriarcado– que tiene tanto de natural como el looksmaxxing o el consumo de esteroides intramusculares, dos de las técnicas favoritas con que los influencers buscan intensificar su aura varonil.
Desaprender es también lo que Oscar Sotto invita a hacer a quienes acuden a los círculos de hombres de su espacio, Sagrado Masculino: varones racionales, "muy de la mente" –gran mayoría de ingenieros–, afectados por heridas emocionales que los refugios de siempre –adicciones, workaholismo, compulsiones– no consiguen aliviar. Sotto vive en Medellín desde hace un tiempo, de modo que tuvimos que vernos online, como yo suponía que él, en su calidad de "mentor de hombres", como le gusta definirse, debía de haber lidiado con los más de quinientos casos –¿pacientes? ¿clientes?– que reconoce haber tratado. Suponía mal: aunque es un creador de contenido y pisa fuerte en YouTube, Instagram y Tik Tok, Sotto, a diferencia de otros referentes de la machosfera, cree en el valor sanador de la presencia, cree en el cuerpo y en el efecto esclarecedor que puede producir el hecho de que una decena de hombres formados en círculo compartan un bloque de tiempo y espacio para hablar de lo que los atormenta.
Sotto es un tipo joven, de barba recortada, cuidadosamente sereno y amable, que dice venir del mismo lugar problemático que quienes lo consultan: inseguridad, miedos, frustraciones. Con ese capital emocional, años trabajando en marketing y cierta destreza para moverse en el mundo digital, Sotto descubrió que se le daba bien dar lo que los hombres –más aún los colombianos– rara vez se atreven a pedir: consejos: cómo conseguir novia, cómo elegirla sin equivocarse, qué hacer si la chica que te interesa tarda en devolverte los whatsapps, de qué temas conversar con la que te gusta. Sobran ejemplos de la prescriptiva de Sotto en Tik Tok, donde las sugerencias relacionales coexisten con recetas para que los hombres despierten, "dejen de ser mendigos y pasen a ser revolucionarios", "se elijan a sí mismos antes de ser elegidos". Por ejemplo, hay tres preguntas, dice Sotto, en línea con el subtexto economicista de Tomassi, que debe hacerse todo hombre en una cita si quiere "mejorar su producto" y "elevar su valor en el mercado": 1) ¿Qué tipo de hombre estoy siendo en este momento? ¿Desde qué espacio estoy actuando? ¿Desde la escasez y la necesidad? ¿O desde la abundancia y el amor? 2) ¿Qué tipo de hombre quiero ser? 3) ¿Qué acciones puedo hacer en mi día a día para llegar a ser ese hombre?
La primera fase del trabajo de Sagrado Masculino consiste en desmalezar "la enredadera mental" que abruma a los varones: todos esos falsos ideales masculinos forjados por los modelos familiares, la publicidad, el cine o incluso la industria del porno, escuela más o menos furtiva de educación sexual. La segunda (Sotto fue de los pocos entrevistados de mis días bogotanos que me ofreció de buen grado algo parecido a un "método") es "el descenso", es decir: salirse de la nube de preceptos y estereotipos para bajar a la dimensión emocional, que es "lo que más nos cuesta a los hombres porque no tenemos las herramientas necesarias". La tercera y decisiva es el reencuentro profundo con los cuatro arquetipos que definen al varón: el Rey, el Guerrero, el Mago y el Amante, que "ordenan su psique y le marcan la ruta para cultivarse en la masculinidad". (El gran contrincante de este cuarteto impar no es el macho blando y quejoso, como se podría esperar, sino el Niño, emblema de dependencia, apego e inmadurez que para Sotto subyace a buena parte de los malestares por los cuales lo consultan los varones.) Una vez enrutado, reconciliado con la sabiduría (el Rey), la acción agresiva (el Guerrero), la energía transformadora (el Mago) y la pasión vital (el Amante), el hombre tiene las herramientas que necesita para acometer la cuarta fase: "subir" otra vez, entrar en el mundo relacional e incorporarse a la polaridad masculino/femenino sin extraviarse, como un hombre auténtico: un hombre maduro. Sin esperanzas de que me contestara, le pregunté a Sotto cuánto podía durar todo el proceso. "Seis meses", me respondió.
Un toque de los hermanos Grimm (vía Robert Bly, probablemente, y su Iron John), otro de Jung filtrado por King, Warrior, Magician, Lover (el best seller de 1990 de Moore y Gillette) más unas gotas de Gestalt: el Caribe también tenía su fórmula de deep psychology para tratar los males masculinos, y Sotto la desplegó sin énfasis, tan confiado en su elástica sistematicidad como Javier Ruiz, rodeado de discípulos en La Trocha, en el azar de su empirismo experimental. Hubo un solo momento en que lo vi salirse de guion, ponerse en guardia. Hablábamos de los hombres y la violencia y le pregunté si alguna vez lo había consultado alguien que hubiera ejercido la violencia sobre otros. Me dijo que no, aunque había atendido a padres que actuaban "desde una rabia que no podían gestionar". Habló largamente sobre la ira: "Una de las emociones más importantes en el arquetipo del Guerrero, y una de las que más necesitamos integrar los hombres. Yo lo que hago de manera sana es ponerlos en contacto con las emociones que necesitan conocer, para que esas emociones no los dominen. La ira es importante porque me ayuda a poner un límite: basta, no más, pum. Un hombre que no trabaja la ira y la tiene reprimida es un hombre muy peligroso. Es reactivo, no tiene control, puede ser agresivo. Muchas guerras se han iniciado por falta de manejo de emociones que son primitivas. Y en un mundo como el de hoy, donde esto se sataniza, es muy complejo. Es importante que los hombres estemos en contacto con nuestra parte animal, primitiva y distintiva. Para poder darle manejo. La ira hace daño por inconsciencia, por no tener herramientas para gestionarla. Pero es un tema que se debe tomar con cierto tacto". Le pregunté entonces –me pareció cantado, dado el curso de la conversación– si el machismo entraba dentro de su campo de trabajo.
"No sé muy bien cómo responder esta pregunta –me dijo–. ¿A qué llamas machismo?" Hubo una ligera incomodidad. Es obvio que machismo nunca es una palabra obvia; cometí el error de creer que en ese momento de la conversación era lo suficientemente obvia para seguir adelante sin glosarla. Así que di la definición del término más neutra que encontré, que incluía algo sobre "ideas o valores que pretenden pasar por naturales y afirman que los hombres son naturalmente superiores, naturalmente más fuertes…" y Sotto, por primera vez en una hora y media, me interrumpió: "El machismo es otra máscara. No es una masculinidad auténtica. Mi mensaje no llega a esos hombres, que son en realidad los que atacan mi trabajo: '¿Hombres reunidos en círculos?' Partida de maricas, no sé qué van a hacer en esas reuniones. A mí invítame a tomar cerveza y ahí con prostitutas. Eso de ir entre hombres… Esa gente no está abierta ni interesada en este tipo de conversación. Yo trabajo con el hombre que justamente ya se quebró por haber sostenido esa máscara del machismo". ¿Incluía a Abelardo de la Espriella entre esa gente, esos "enmascarados"? Sotto optó por la prudencia, como era de prever en alguien que veía la verdad –la Madurez– en el punto medio. "Es un tema complejo –dijo–. Con Abelardo y Cepeda teníamos dos visiones del masculino completamente desequilibradas. Abelardo es el tipo orientado a la mano dura, a la estructura, a la violencia y a la guerra. Y a mucha gente le resuena ese modelo, porque vivimos en un país violento, con mucha carga. Del otro lado vemos la visión de la izquierda, más orientada a lo social, a la empatía, a la compasión, pero que tampoco ha funcionado. ¿Por qué? Porque se necesita una integración de los dos. Abelardo es el arquetipo del guerrero en misión, desconectado del corazón. Falta la vulnerabilidad. Pero es muy carismático, por supuesto, y toca algo importante, que es la necesidad de ver en alguien esa fuerza, esa determinación, ese querer salvarnos. O sea: un liderazgo. Y eso tú no lo ves en Cepeda. Me parece interesante porque es una evolución. Habrá que ver qué nos va a traer."
Pensé que algo de eso había insinuado mi taxista al invocar la seguridad como razón de su voto: la necesidad –en situación de soledad, incertidumbre y penuria– de contar con alguien que se hiciera cargo de ella de manera convincente, total, sin fisuras, como no se habían hecho cargo, más allá de intenciones o promesas, ni la izquierda ni los feminismos. Eso explica que el discurso patriarcal de los influencers, explícitamente dirigido a un público masculino, pegue también en muchas mujeres con un hogar e hijos bajo su ala exclusiva, persuadiéndolas de dejar en manos de hombres misóginos pero proveedores el compromiso que no habían podido cumplir hombres sensibles pero inoperantes. ¿Quería decir, entonces, que el único liderazgo posible era el liderazgo guerrero? "No, tampoco nos vamos a ir a lo absoluto –dijo Sotto–. Pero el liderazgo es una cualidad que nace de un principio antiguo, que es el principio penetrador. Está en la naturaleza. El sol, rayo que penetra, es un principio activo, ¿cierto?, como todo lo que va en una dirección: el espermatozoide que va es principio activo de cualidad masculino. Desde ahí yo pienso en qué líderes están encarnando más esa energía de penetrar, simbólicamente hablando: penetrar con su palabra, con su energía. Penetran, y después ya empezamos a mirar otros factores, si está en la luz o en la sombra, ¿sabes? Pero si me voy a la naturaleza como tal, la naturaleza lo tiene muy claro. Principio activo, principio receptivo: no están ni bien ni mal, son formas y son complementarias."
En cuestiones de género, cuando escucho la palabra "naturaleza" dicha sin comillas desenfundo mis sospechas y mis escalofríos. Fue la lección más clara que saqué de mis días bogotanos. Le pregunté a Sotto si le parecía concebible una Colombia gobernada por una mujer. "Cien por ciento –dijo–. El principio activo no implica género, hombre o mujer, es importante que quede claro. Hay mujeres con un liderazgo maravilloso, con capacidad de manifestar, de penetrar, solo que diferente. En la sexualidad, yo penetro desde mi genitalidad como hombre, pero como mujer penetras acá, desde el corazón. Me encantaría ver a una presidenta en Colombia. Sería súper sanador para el país. Sería una forma de liderazgo desde la figura de la Madre, ¿sabes? En un país que ha vivido tanto el masculino herido, desbordado –lo vemos ahora con tanta polarización–, siento que una mujer puede traer un poco de balance, calor, equilibrio. Es como lo que pasa ahorita, por ejemplo: las mujeres vienen de formatos de relaciones marcados por el machismo, la represión, y ¡pum!, se van al extremo. ¿Para qué? Tenemos que encontrar nuestro punto, nuestro centro, este corazón, que es donde necesitamos ubicarnos."
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Estoy lejos de ser un experto, pero juraría que no hay Ubers más relajados que los bogotanos a la hora de cumplir con los viajes que la app jura que se comprometen a aceptar. Cuatro al hilo me dejaron plantado la mañana en que me encontré con Luis Benítez, dos de ellos, casi mofándose de mí, a ultimísimo momento, cuando el cochecito que representa a los choferes en la pantalla, después de una serie de marchas y contramarchas grotescas, estaba a menos de cincuenta metros de mí, que miraba cómo una ráfaga de skaters subían por la Carrera 7 hacia el norte, únicos amos de una avenida desierta. Pero era domingo, y un rato después el Parque Simón Bolívar hervía de gente y Benítez me esperaba en ropa deportiva, sentado en uno de los pretiles de piedra que rodean a la Biblioteca Virgilio Barco. Había tenido el tino de enganchar nuestra entrevista con una excursión en bicicleta, una de sus pasiones de toda la vida. De ahí, supongo, que siguiera de buen humor después de perder media hora esperándome. Hablamos ahí mismo, sentados en el pretil, mientras el sol iba y venía, asándonos, olvidándonos, y la Biblioteca –en la que habíamos planeado charlar– no se decidía a abrir.
Benítez, fundador de Manes a la Obra, se define como "educador para la paz", una práctica ligada al historial de conflictos armados que tiene Colombia. El círculo de hombres nació en Bogotá hace casi diez años y hoy cuenta con un núcleo de entre 15 y 17 miembros estables, gente que se junta cada mes "a decir lo que nos preocupa y lo que sentimos, a expresar nuestras búsquedas y angustias". La primera actividad del grupo fue una serie de talleres que dictaron con apoyo de una ONG en la costa del Pacífico colombiano, contexto más que jugoso para poner en cuestión las ideas, valores y estereotipos que modelan la masculinidad. Benítez llevaba ya unos años rumiando el asunto: un taller de tres horas en Berlín en 2006 había resquebrajado el andamiaje de su identidad masculina ("en medio de un ejercicio de dramatización teatral me vi a mí mismo como uno de esos hombres que acosan mujeres en la calle o el transporte público") y un año después, veinte intensos días en la escuela Equinoccio de Masculinidades en San Salvador radicalizaron el tembladeral. Una vez más, la metodología de los encuentros era verbal, vivencial y en una primera persona del singular intransferible, capaz, a la vez, de resonar colectivamente: "Todos empezamos a decir: sí, yo estuve ahí, yo hice eso, y todos los hombres nos conectamos con esa imagen, todos comprendimos que habíamos usado el poder de manera abusiva sobre mujeres o sobre otros con menos poder, que habíamos acosado sexualmente y utilizado el chantaje para acceder a beneficios sexuales. Por eso la escuela fue tan poderosa: porque vibramos y resonamos entre nosotros. Pudimos reconocer que habíamos ejercido violencias pero también, y esto creo que es lo más poderoso, darnos cuenta de que ese modelo de ser hombre también nos había golpeado a nosotros, también a nosotros nos generaba dolores profundos".
Benítez dejó San Salvador "muy revuelto", volvió a Colombia y pasó años macerando "la pregunta esencial: qué significa ser hombre y cómo reconstruir la masculinidad". La revoltura derivaría en Manes a la Obra y su operativo fundacional, el taller de masculinidad que organizó con Jorge Sierra en la costa del Pacífico. "Preguntamos a la gente qué imágenes surgían del hombre de la región y aparecieron hombres ricos, mestizos, económica y sexualmente exitosos, rodeados de lujos, autos y armas. Ahí dije: me suena a masculinidad mafiosa. A hombre narco. Un perfil muy evidente en el Tumaco, en Buenaventura, en Quipdó, donde las redes del narcotráfico funcionan y los hombres son invitados a entrar en negocios ilegales con la perspectiva de enriquecerse, ser famosos y tener éxito. En Tumaco a estos hombres los llaman los panda: se dedican a hacer el transporte de la droga y van y coronan cargamentos y llegan a la ciudad y son absolutamente visibles por su ostentosidad. Yo ya manejaba entonces la noción de masculinidad hegemónica; a partir de ahí articulé la de masculinidad mafiosa y ahora, a propósito de la campaña electoral que acaba de pasar, la de masculinidad hegemónica mafiosa".
Me intrigó cómo los narcomachos del Pacífico cortaban la unanimidad felina con un oso mullido, haragán y sexualmente incompetente, pero, a días de la victoria de Abelardo, con la venia militar consagrada como logotipo presidencial, ni Benítez ni los demás Manes estaban para chistes. Un par de días después, de hecho, se reunirían para compartir impresiones sobre la situación. "No vamos a analizar la coyuntura política, aunque seguramente la tocaremos –me dijo Benítez cuando me invitó–. Hablaremos de cómo nos ha afectado la elección a nivel emocional." Esa disponibilidad inmediata, incondicional, es una marca de los Manes: funcionan como un laboratorio de reflexión pero también como una guardia, un servicio de emergencias, un SOS Hombres: "Alguien necesita ayuda y van nueve a ayudarlo y abrazarlo".
Doy fe: dos días después, en un departamento muy agradable de La Calleja, un barrio residencial del norte de la ciudad –bastión del voto abelardista–, los vi ayudarse y abrazarse largamente, con esa intimidad empedernida que solo se ve sobre el final de ciertas películas, no necesariamente buenas, para dar a entender no exactamente que el horror quedó atrás pero sí que el alivio infundido por el abrazo tardará más en olvidarse que el horror. Yo mismo –que había prometido oficiar de preguntón y no abrí la boca en todo el encuentro– me encontré trenzado de pronto en uno de esos apretones, reconfortando y siendo reconfortado por un Man ex hippie y actual sacerdote y médico sanador, Ángel, que pocos segundos antes había aceptado convidarme un poco de membé, un polvillo de la hoja de coca con gusto a yerba mate que se deja en la boca hasta que se hace pasta y que, como era de prever, me decepcionó, porque ni entonces ni después, volviendo en el coche de otro de los Manes, donde, sentados ambos en el asiento trasero, Ángel me resumía los extraños zigzags que unían su pasado psicodélico con el desconcertante, psicodélico evangelio que predicaba hoy, me pareció sentir que me hacía efecto alguno, nada que presagiara, en todo caso, la lucidez taquicárdica que tres horas después me mantendría despierto con los ojos como platos, ajusticiando canales de TV con el control remoto, en mi habitación del Tequendama suites, donde por suerte el desperfecto que disparaba cada quince minutos la alarma contra incendios –una de mis músicas bogotanas de todos los días– ya había sido subsanado.
El cónclave de los Manes fue largo, más de tres horas, que casi no se sintieron. Hacía rato que no asistía a una práctica de parsimonia tan poco esforzada. Es lo que llaman ritual, supongo: nada nos distraía del presente, ni el pasado inmediato, con sus números fatídicos, ni el futuro, con sus nubarrones, ni siquiera la mesa donde acechaban los manjares que había aportado cada uno al llegar. Como en todo ritual, había un guión, amable pero sólido; lo anunciaron al principio como quien describe los pasos sucesivos de una degustación y se ejecutó bastante al pie de la letra. En la primera parte, un prólogo eminentemente somático-espiritual, Tom guió una meditación grupal con instrucciones precisas, de una rara poesía y sintaxis tan escrupulosa que parecían leídas. Después, Julio nos pidió que nos distribuyéramos en parejas y propuso una especie de simulacro de enfrentamiento físico: extender los brazos y apoyar las dos manos en el pecho del otro. La idea era "descargar oposiciones" hacia la madre Tierra, a cuyas raíces Tom nos había invitado a entregarnos, de modo de conjurar las tensiones acumuladas en la campaña electoral y la incomodidad derivada de sus resultados. La segunda, la más extensa, fue una ronda de autoexamen verbal con un sistema de turnos estipulado (aunque hay mucho de talking cure en sus métodos, los Manes mantienen siempre a raya el monopolio y el abuso de la palabra, vicios hombristas por excelencia): habilitado por una posta que circulaba de mano en mano –una de esas pelotas con arena que se usan para mitigar los nervios–, cada Man contó cómo había vivido el proceso electoral y el triunfo de De la Espriella. Se habló de tristeza, asco, ira, incertidumbre, indefensión, miedo. Todos compartían cierto azoramiento ante el modo en que la polarización había invadido, envenenándolos, terrenos que consideraban sagrados, la familia, por ejemplo, o los círculos de amigos más íntimos. Julio descubrió que varios de sus compañeros de la escuela de pedagogía alternativa habían votado por Defensores de la Patria. Benítez llamó al diálogo a dos parientes hombres votantes de Abelardo, que ni siquiera le contestaron. De un día para otro era imprudente o ingenuo dar por sentados los consensos éticos más elementales. Miguel Ángel contó que había salido con su hija y su mujer llevando una bandera del pacto histórico y un pelado les gritó por la calle: ¡Malparidos!, y que él, para su propio asombro, se vio encarando al agresor como para pegarle. Habría que pensarlo dos veces antes de usar una mochila wajuu. Más de un Man deploró haberse puesto dogmático, impulsivo, irascible, todas debilidades Alfa. Todos lamentaron "la superioridad moral" con la que no podían evitar juzgar la situación. Santiago, riéndose, admitió el peor de los pecados: el mansplaining. Había tratado de explicarles a un par de votantes de Abelardo por qué "el nuevo Presidente las violentaría como mujeres". Varios optaron por salirse de las redes, se mutearon, dejaron de hablar de política. Todos coincidieron en una serie de temores básicos: la educación ("si se instala el modelo chileno, como lo que quiere hacer Milei en Argentina, eso traerá muchas desventajas a la agenda"), la implantación del voto familiar (que pondría las decisiones electorales en manos de la cabeza masculina del hogar), la legalización del porte de armas (que Abelardo firmaría un par de meses más tarde), las narrativas estigmatizantes (con el wokismo como blanco principal).
Cuando le tocó el turno, Ángel dijo sentirse "cansado y triste" después de una semana "muy ruidosa". Eterno votante en blanco ("nunca he encontrado a nadie que me representara"), era hijo de una familia de conciliadores, y su congregación descreía de todo proselitismo político. Pero esta vez había votado por Cepeda, a quien conocía por su hermano, que había dado asilo al candidato y su ex esposa Claudia en Francia, a principios de los 2000, los años del exilio. El día de la elección le tocó ver a una turba casi apalear a un cepedista ("eran treinta contra uno"); la escena lo convenció de que era hora de romper con el abstencionismo. "Mi posición –dijo al final del encuentro– es dar contención a las personas, traerlas a sí mismas, ¿no? Con qué te sientes tranquilo, con qué te sientes en paz, y lo demás, pues no lo consumas. No te hagas ese daño. Sostener esa posición de servicio en condiciones de incertidumbre. Toca el día a día. Ahorita ahorita se abre esa brecha tan frontal, tan inmoral y descarada, ¿no? Porque la moral es 'Vamos a hacer esto y de malas, y al que no, al que esté por ahí en el riel, el tren se lo lleva por delante'. Toca sostener ese propósito de hacer bien lo que uno hace y procurar que cada persona se haga cargo de su vida. Que me quedó mucho de Facundo Cabral esa postura: ningún político te va a venir a salvar. Sólo lo que tú hagas por ti y la huella que tú dejes."
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No visité antros de salsa. No comí ajiaco ni arepas. No fui al Museo del Oro. No subí al Monserrate. No hice nada de lo que me habían sugerido que hiciera para que esta crónica tuviera sabor y color, pero a cada persona con la que hablé la embosqué con la misma pregunta: si había alguna figura pública bogotana que encarnara un tipo de masculinidad avanzada, no sé si crítica, lo que sería mucho pedir, pero al menos relajada, porosa, autoirónica, razonablemente alternativa al virilismo prepotente, misógino y gritón que es tradición y norma en la ciudad y que el nuevo gobierno imponía como modo oficial de ejercicio de la hombría. No era ingenuo. Sabía que la pregunta delataba la necesidad más o menos imperiosa de contar con alguna clase de eminencia, de personaje representativo, incluso de héroe capaz de hacer frente a la legión de fantoches marciales con que el fascismasculinismo viene copando la parada en el continente. Sabía –lo aprendimos todos de Brecht– lo desgraciado que es el país que necesita héroes. Pero sabía también que el horno no está para bollos, y que si el teatro del mundo se ha vuelto tan rudimentario y vulgar como un episodio malo de Marvel –uno animado exclusivamente por villanos–, puede que no esté de más, al menos como ejercicio de casting político imaginario, ir a la pesca de gente más o menos potable que pueda inyectarle alguna vida al otro lado, al bando exangüe de los "buenos". Luis Benítez había rozado el asunto en un momento de la reunión de los Manes cuando, concluido el capítulo del autoexamen, y el de la tirada grupal de cartas, y hasta el de los manjares, que tardaron muy poco en desaparecer, en especial la torta de ruibarbo de Tom, reflexionaba: "Es claro que ser un hombre que dialoga no es exitoso, no convoca, no es atractivo. Pero no puede ser que solo el matón sea el que llama la atención. El matón de barrio, que es el modelo que se está viendo. Puros matones de barrio".
Como veía que mis interlocutores titubeaban, yo tiraba posibilidades de rubros, cosa de facilitarles el rastreo: ¿algún actor? ¿algún músico? ¿algún presentador de TV? ¿algún artista? (Descarté deportes, quizás el único rubro sin esperanza alguna, el único en el mundo –más incluso que el ejército– todavía atrincherado en la (homo)fobia a cualquier cosa que huela a masculinidad reblandecida.) Nadie supo qué decirme. ¿No había? ¿No eran capaces de identificarlo? ¿Había pero era un secreto a voces? Entre una vacilación y otra, sin embargo, un nombre apareció más de una vez, el de Juan Pablo Raba, un actor de Bogotá que, como sucede a veces, había abandonado un confortable trono en el reino de los galanes televisivos (Mi gorda bella, Por amor a Gloria) para ponerse serio y brillar en el reino Netflix, donde, entre otras cosas, había hecho de Gustavo Gaviria en Narcos y de ex guerrillero en Distrito salvaje. Me lo mencionaron, en realidad, por un emprendimiento reciente, un podcast llamado Los hombres sí lloran, en el que Raba, patrocinado por una plataforma de salud mental latinoamericana, mapea el precario estado emocional de su género entrevistando a hombres que, a menudo por primera vez, confiesan el desconcierto, la incertidumbre, la angustia y también la ridiculez de ser lo que son. El podcast, dedicado a la "salud mental masculina", se presenta como un safe space donde "la vulnerabilidad es nuestra mayor fortaleza" y "hablar puede cambiarlo todo".
Cuidado: la noción venía de una dimensión más intacta, menos mancillada y resiliente: la dimensión de la pedagogía, no por azar erigida en blanco predilecto del encono y la persecución de las ultraderechas, sobre todo en su versión pública. Era un cuidado de educadores.
No me dio el tiempo para entrevistar a Raba, pero vi varias de sus entrevistas en YouTube, donde tiene más de 200 mil suscriptores, y lo vi revelar cómo también él había empezado a preguntarse qué clase de hombre era, qué clase quería ser, apenas pasados los cuarenta, cuando le tocó ser padre de una hija, otro turning point típico en la toma de conciencia de los masculinos autocríticos. Raba se lo confiaba –su podcast parece propiciar mucho ese intercambio de intimidades– a su entrevistado de turno, Sebastián Blanco, poco antes de que Blanco se entregara a lo que evidentemente había sido invitado a contar: los detalles de una depresión posparto atroz, calvario de ansiedad y pánico que narró con una convicción insólita, como si lo reviviera en cámara, incluyendo los "¡huevón!", los "¡poco hombre!", los "¡no te merecés ni a tu mujer ni a tu hija!" con que lo habían saludado los haters cuando decidió compartir su experiencia en las redes. Fue entonces, creo, cuando ambos, entrevistador y entrevistado, hicieron por primera vez honor al nombre del podcast. Era solo el principio. Un par de minutos después, Blanco tensaría los límites del safe space para confesar que solo una vez, antes, se había sentido tan humillado como cuando los haters se abalanzaron sobre él: el día que el mentor de la startup donde trabajaba, aprovechando que "estaban entre hombres", en un retiro de trabajo, abusó de él.
Décadas de talk shows amarillistas
–entre ellos el de Moria Casán, autora de la frase Si querés llorar, llorá, santo y seña inmortal de la desinhibición– deberían haberme inmunizado contra la impudicia audiovisual. Si no lo hicieron, si la epifanía de temor y temblor que Raba y Blanco compartieron en cámara me dejó un poco boquiabierto, fue por el modo en que la emoción, lejos de hacer erupción e inundar, como lo exigen los lloratorios clásicos de la TV, se abría paso con dificultad, a regañadientes, con la pujanza avergonzada pero intransigente que exigen las cosas entrenadas para quedarse quietas en su sitio, no dar la cara, morir calladas. No vi a dos hombres llorar; eso hubiera sido demasiado teatral, demasiado activo. Después de todo, llorar puede ser una performance fálica como cualquiera, tan exhibicionista y arrogante como el sudor de un fitness influencer o la eyaculación hiperespérmica de una estrella porno. Vi en cambio a dos hombres ser objeto de lágrimas, ser cosquilleados, aguijoneados, empañados por las lágrimas –lágrimas que nunca llegaron a salir, para ser francos, porque Raba, como un relámpago, las detectó titilando en los ojos de Blanco y las detuvo o acogió con una delicada deferencia, alcanzándole la caja de kleenex de la que él mismo, segundos después, sacaría un pañuelo para las suyas–. Por una casualidad feliz, o la astucia de un director de arte avispado, la caja de kleenex era rosada.
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¿Será así el héroe de la masculinidad consciente? ¿Serán ese tipo de escenas de vulnerabilidad y confianza las que convencerán a los varones bogotanos de que llorar, experimentar síndromes posparto atribuidos a mujeres y declararse frágiles, ineptos o simplemente inútiles no es necesariamente claudicar, ni ser menos, ni someterse al rayo homosexualizador que alguien, hace no tantos años, auguró que se abatiría sobre los colombianos si firmaban ciertos acuerdos de paz, sino más bien desmarcarse, desactivar, librarse quizá de lo único que verdaderamente los hace colapsar: el modelo del macho patriarcal? No tengo idea. En todo caso no lo diría en voz alta, cosa de no ponerle demasiada presión al pobre Raba, que ya bastante tiene atajando las tribulaciones de sus entrevistados. En su Historia de la masculinidad, después de hablar de conquistadores, aventureros, vaqueros, soldados, hooligans y otros avatares del arquetipo hombrista, Ivan Jablonka cita a un ex veterano de guerra norteamericano que dice que "la masculinidad es la idea de que hay cosas por las que vale la pena morir". Es una frase difícil, porque hasta no hace mucho tiempo resumía el pathos de sacrificio y abnegación de buena parte de la izquierda latinoamericana y aún hoy palpita como un certificado de autenticidad en el corazón de la militancia progresista. La modestia, la falta de énfasis, la discreción, el bajo perfil deliberado de iniciativas como la de Hombres y Masculinidades o Manes a la Obra pueden entenderse mejor –y no solo como meras reacciones a ciertas palizas históricas– si se las recorta contra ese fondo de inmolación y heroicidad tanatofílica.
En todo caso, cuando se arremanga y baja a la arena de Spotify o YouTube para llorar en tándem con sus entrevistados, Raba –sin duda por el background mediático que carga a sus espaldas– tiene pocos reparos en dar ese salto virtual del que las masculinidades conscientes, recalcitrantemente presencialistas, prefieren mantenerse a distancia, un poco como en los años 70 las almas críticas huían de la televisión, monstruo corruptor de la época, como de la peste. Cuando le planteé la cuestión del mundo digital y las redes, Javier Ruiz sacudió una mano como espantando moscas y traspasó el fardo a los chicos de Sin fronteras, la división joven del colectivo, la quinta generación de Hombres y Masculinidades. Los chicos no eludieron el problema del todo –quien más quien menos todos están en las redes– pero lo tocaron con escepticismo y cierto desdén, bajando la línea clásica con que la militancia suele desacreditar la escena virtual.
Benítez, por su parte, no fue más alentador. En el Simón Bolívar, la primera vez que nos encontramos, yo quería saber cómo hacía la gente para contactarse con el grupo y le comenté que no había podido entrar a la página de Manes a la Obra. No pareció muy contrariado. Fue como si le hablara de un pariente remoto, del que le gustaba recibir noticias pero no necesariamente tener que ocuparse. "Hace tiempo que nadie trabaja en la página", dijo. Y enseguida, con alguna pereza: "¿Tú realmente consideras importante que Manes tenga un espacio atractivo en internet?" Días después, sobre el final del meeting en La Calleja, cuando el escrutinio emocional había dejado paso al político y la introspección a cierto comprensible furor, Benítez retomó el asunto ante el grupo presentándolo como un problema de comunicación, como si darle la espalda a la virtualidad fuera desatender una herramienta de marketing problemática, generacionalmente ajena y políticamente sospechosa, pero bastante crucial a la hora de hacer circular otras formas de ser hombre, el orgullo de practicarlas y el trabajo específico de colectivos como Manes a la Obra u Hombres y Masculinidades.
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Modo Marvel: de un lado, unos Kens con horas de gimnasio, mandíbulas marcadas y cierta solvencia para magnetizar anhelos e insatisfacciones online arengan a miles de varones en problemas para que despierten de una vez, se sacudan las cadenas de la molicie woke, pongan a las feministas en su lugar y retomen las riendas de la vida; del otro, unos varones amables y autocríticos, casi más que humanos, celebran cónclaves privados donde deconstruyen el aparato patriarcal que los formó, con el propósito de divulgar la fe y la necesidad de esa deconstrucción allí donde otros grupos, colectivos, comunidades o poblaciones lo necesiten y reclamen. En el medio, el lugar vacío en disputa: el sitial del padre ausente, reclutado, desertor, caído, que es la razón por la que el 80 por ciento de los hogares colombianos son monoparentales.
Si aceptamos que más o menos así, caricaturesca y pueril, es la película que nos toca, supongo que es lógico sentir cierta impaciencia, por no decir cierto escepticismo. Los que piensan que problematizarse y problematizar el mundo es una parte vital de la vida podrán estar todo lo cerca que quieran de la verdad, la justicia, la ética o el bien, pero nada garantizará que eso los acerque a la victoria (es decir al poder), noción o instancia que, al menos en los últimos tiempos, viene más bien asociada con la doctrina y el modus operandi atropellador, chillón y violento de los winners que pululan en X, Instagram o Tik Tok, que no tienen ganas ni tiempo que perder en problemas y mucho menos en los propios, un lujo que no haría sino debilitarlos. En ese sentido, puede que las masculinidades conscientes sean algo necias o exageren al rehuir toda forma de institucionalidad y hasta de memoria o archivo, demasiado fieles al prejuicio adolescente de que cualquier principio de estabilidad o repetición ya representa un límite, una arbitrariedad, una imposición dogmática, es decir: una versión de la abusividad patriarcal que se supone que deberían neutralizar.
Pero podemos no comprar la dramaturgia Marvel. Podemos pensar, más allá de las urgencias de la coyuntura, que quizás el desmantelamiento de la masculinidad dominante sea un proceso lento, sutil, capilar, homeopático, y que crisparlo, acelerarlo o aun encarnarlo en paladines carismáticos capaces de hacer frente a los machos Alfa en su propio terreno sería en realidad contradecir, poner en peligro todo lo que le es más propio, la reflexividad sin apuro, la paciencia, el espíritu de horizontalidad, la perseverancia respetuosa que lo caracterizan, al menos en las versiones que proponen experiencias grupales como la de Manes a la Obra u Hombres y Masculinidades.
En los momentos álgidos de las reuniones que presencié, cuando Javier Ruiz recordaba el trabajo de los Hombres tras el crimen de Rosa Elvira Cely o los Manes pasaban en limpio el horizonte que se abría con Abelardo en el poder, lo que me sorprendió, más que la carga de emoción que movilizaban o la lucidez de la prospectiva política, fue el tacto con el que consideraban la situación, una mezcla de curiosidad, interés, fidelidad, delicadeza y prudencia que bien podía llamarse cuidado. Cuidado de no reproducir la violencia con que se los provocaba, de no juzgar, de no caer en la facilidad del paternalismo, de no exponerse ni exponer inútilmente, de no dejarse abatir por las pasiones tristes, de no cortar la conversación allí donde hubiera alguna posibilidad, por débil que fuera, de que sobreviviera.
Cuidado: la noción, que había aparecido en las reuniones en relación con el otro, los otros, el medio ambiente, la naturaleza o la Tierra, no venía de la política ni de la militancia, dos prácticas que sin embargo no eran ajenas a los colectivos. Venía de una dimensión más intacta, menos mancillada y más resiliente: la dimensión de la pedagogía, no por azar erigida en blanco predilecto del encono y la persecución de las ultraderechas, sobre todo en su versión pública. Era un cuidado de educadores. Me di cuenta entonces de hasta qué punto era relevante, para entender la originalidad, el alcance y también los límites de la masculinidad consciente, el hecho de que buena parte de sus integrantes fueran maestros o tuvieran un background educativo. Antes que los métodos, la determinación o el encarnizamiento de la lucha política, demasiado lastrada por paradigmas patriarcales y el peso del fracaso, era la pasión de educar el legado que los años setenta y la izquierda latinoamericana quizá tuvieran para dejarle al movimiento de la masculinidad consciente. La pasión de educar en tanto pasión que solo puede consumarse con otro, no "contra" ni "para" ni "en nombre de" otro, y según un tempo singular, imprevisible, nunca lineal, que solo puede establecerse en la relación con otro, no imponerse desde arriba o desde afuera. En otras palabras: no tanto el Che o los héroes de la Revolución, con su virilidad carismática y su sex appeal de mártires, como Paulo Freire, Orlando Pals Borda, Iván Ilich, Joâo Bosco Guedes Pinto, guías más escuetos porque abocados a una faena menos espectacular, de hormiga: la faena de acompañar, que no atiende a las grandes batallas decisivas sino a las dificultades, los desafíos, las resistencias del aquí y ahora, y nada celebra más que las alegrías discretas, luminosas, del día a día de enseñar y aprender. No las armas, pues, ni los estrépitos del Hasta la victoria siempre o el Patria o muerte –todos gritos de guerra y de guerrero– sino una apuesta confiada, incondicional, a la vez corriente y de largo aliento, al entre dos de una relación.
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Las horas en Bogotá se fueron rápido, devoradas por el cringe que despertaban las apariciones de Abelardo, cada vez más frecuentes y extremas. Para mí, que llegaba relativamente tarde al personaje, todo tendía a mezclarse un poco: el antes y el después del 31 de mayo, el Abelardo candidato y el Presidente, el tipo en campaña agasajando streamers en su casa de Barranquilla y el jefe de Estado repartiendo pelotas de fútbol con el logo de Defensores de la Patria en las zonas devastadas por el terremoto del 10 de agosto. Muchas de las performances de De la Espriella tenían un tono inconfundible de vestuario de varones post ducha, el entusiasmo cebado de una picaresca hombrista muy de los años 70, como el que campeaba en los programas cómicos de TV de Olmedo y Porcel y se descargaba sobre un puñado de coristas en paños menores. En una, por ejemplo, Abelardo, invitado a especular sobre la diferencia de los sexos, decía: "Un hombre puede estar muy enamorado, pero un buen culo… lo descuadra. La mujer no, la mujer está entregada a un hombre. ¿Por qué un hombre puede tener hijos hasta el día que se muere y una mujer llega a un punto en que deja de ser fértil? ¿Qué te dice a ti la biología?" En otra, compartida con una especie de lacayo que le daba los pies, profundizaba sobre sus inclinaciones eróticas: "Yo he querido siempre hacer esta confesión: yo he querido siempre salir del closet. Yo soy lesbiano: me encantan las mujeres. Soy un lesbiano… enfermizo". El lacayo: "Pero tú levantas bastante". Abelardo: "Bastante, claro. Mujeres". "¿Y machos?" "Nunca". "¿Nunca has levantado? ¿No tienes la sangre dulce del marica?" "No, jamás he tenido la sangre dulce".
Estas y otras intimidades oficiales fueron muy comentadas en varias comidas de las que participé, previsiblemente para corroborar la idea –el secreto a voces, al parecer– según la cual nadie que baile con una mujer con la lujuria postiza con que se lo veía bailar a Abelardo con su esposa en Tik Tok o que ensalce los talentos de su proveedor de botox como él los del suyo, el doctor Trini Vega de Bay Harbour Islands, Florida, puede no ser gay. Para las malas lenguas bogotanas, especie copiosa, activa y muy atenta en especial a los dobleces de la clase política, semejante despliegue de oropeles Alfa no haría sino delatar, en sus esfuerzos casi circenses de enmascararla, la clase de homosexualidad larvada que las locas de otros tiempos decían detectar al primer vistazo en los machos enfáticos, un poco como el Borges criollista se jactaba de calar a un criollo fake (y detectar su origen espurio) con solo escuchar las dos primeras notas de su castellano sobreactuado. La cereza de la torta, en esta ríspida materia, era el revuelo que Abelardo había armado en el programa de radio Piso 8. Parece que se hablaba de su estado físico, en particular de su bomper, aparentemente poco firme para los estándares Alfa. "Sí, estoy mal de culo –concedió Abelardo–, pero de acá…", y a modo de evidencia ofreció una foto de su sexo que encontró en su celular, con la que decía haber "ganado unos votos bien bacanos del electorado femenino". Hubo hurras, risas, chistes, pero lo que Abelardo tenía en mente era el voto femenino, así que no paró hasta plantarle el teléfono en la cara a la única mujer del staff, Laura Fernández, al grito de "¡no seas tímida, dale zoom, dale zoom!" (Quedaría por chequear si la necesidad del zoom no ponía un poco en duda la envergadura prometida por el Presidente.)
Descabellada o plausible, la hipótesis de que el nuevo felino de la ultraderecha masculinista latinoamericana fuera gay remataba como un extraño broche dorado mis visita bogotana. Nadie, ni siquiera los que la fogonearon, se atrevió a suscribirla más allá del contexto sarcástico, y cuando pregunté qué creían que pasaría si en unos meses demostraba ser cierta, todo el mundo coincidió en que sería devastadora para Abelardo: hipócritas seguramente, bisexuales clandestinos quizá, maricas enclosetados en una de esas, pero la sociedad colombiana no toleraría a un homosexual abierto en el poder. La prueba, me dijeron, era el caso de Juan Daniel Oviedo, el economista gay que había arrastrado al desastre a la candidata presidencial a la que acompañaba como vice, Paloma Valencia. Por supuesto, más allá de la susceptibilidad del electorado colombiano, el "problema" no sería que De la Espriella fuera gay: hace rato que la identidad gay dejó de ser un certificado de inmunidad progre, el cortafuegos que mantendría a raya creencias, valores y políticas conservadoras, retrógradas o neofascistas, a menudo hostiles a los intereses de esa misma identidad. Pim Fortuyn en Holanda, Jaime de los Santos en el PP español, Alice Weidel en la AfD alemana son las evidencias más flagrantes de que la figura de un o una gay enemigos del colectivo LGBT+, los inmigrantes, el aborto legal, el matrimonio igualitario, etc. ya no es una anomalía insólita del trasmutado mundo poscapitalista sino apenas una posibilidad más, otra de las ofertas más o menos idiosincráticas con que el mercado identitario tienta a sus usuarios más inquietos. En esa clase de aporías contemporáneas pensaba yo cuando me puse a considerar la perspectiva de un Abelardo gay: no como emblema de una subjetividad vetusta, hipócrita, sino como avatar de esa voracidad expropiadora con que las ultraderechas vienen apoderándose de nociones, causas y experiencias que no hace tanto sabían ser patrimonio de las izquierdas. Así, en línea con un viejísimo chiste de taller mecánico ("Hay que ser muy macho para cogerse a un puto"), ¿por qué el suprematismo masculino, sádico y angurriento como es, no podría adueñarse también de la blandura marica que aborrece?
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Horas antes de volver a Berlín, justo cuando los estragos del jet lag empezaban a disiparse –el clásico viajero a contrapelo, que pega la vuelta cuando debería quedarse–, tomé unas cervezas en Chapinero con el escritor Pedro Lemus, autor de Lo llamaré amor, una novela autobiográfica descaradamente sentimental, que pone el mal de amor en el mismo pedestal arrobado donde los místicos ponían sus trances de éxtasis. Nacido en Barranquilla, donde sigue viviendo toda su familia, Lemus lleva quince años en Bogotá. Es lo que aquí se llama (con despechado desdén) un costeño cachaquizado, es decir: un desertor. Alguien que huyó –entre otras cosas– de ese mundo de "hombres frenteros, sin pelos en la lengua" en el que también se crió Abelardo, que en plena campaña, haciendo uso de sus derechos de costeño, prometía cosas como "destripar a la izquierda".
Lemus acababa de dedicar una columna en El Espectador a la incomodidad que le producía la prominencia que el triunfo de Defensores de la Patria le había dado a esa cara ostentosa, bien Miami, del ser costeño, puro dinero y malls, que según él lo reducía y estaba lejos de agotarlo, como lo probaba la veta intelectual encarnada por mentes brillantes como la de García Márquez, Marvel Moreno o Alvaro Cepeda Samudio. El malestar, sin embargo, tenía raíces más personales: los rasgos de virilidad avasalladora que Abelardo llevaba ahora al poder eran los que Lemus había reconocido siempre en los varones de su propia familia, votantes casi seguros de Defensores de la Patria, cuya mirada de sospecha o disgusto había padecido a menudo de adolescente, apenas la sentía posarse sobre su propia voz, sus gestos, su manera de vestir. Así hasta que aceptó que era gay y se fue a vivir con un hombre –"lo más lejos que podía haber ido"– y la masculinidad dejó de importarle. O se convirtió en un objeto de curiosidad, que podía mirar y estudiar a cierta distancia: la masculinidad familiar, con sus reuniones de hombres a puertas cerradas, sin mujeres, cantando vallenatos, a las que –deponiendo cualquier reflejo homofóbico– tanto él como su pareja estaban invitados en tanto que hombres, pero también la masculinidad gay, con su grupalidad de ghetto puro, homogéneo, alérgico a cualquier intrusión femenina. Y la cuestión troncal del padre, que sobrevolaba como un fantasma la pesquisa de mi temporada bogotana.
En cuestiones de género, cuando escucho la palabra "Naturaleza" dicha sin comillas desenfundo mis sospechas y mis escalofríos. Fue la lección más clara que saqué de mis días bogotanos.
En Lo llamaré amor, Lemus cuenta la historia de una fractura familiar: el padre deja a la madre por otra mujer y abandona la casa que compartía con su hijo varón. No se trata de un padre ausente en el sentido trágico o violento, como en tantos casos colombianos, sino de un padre que se va, que prefiere estar en otra casa, y de un niño que pasa a identificarse con la madre, su madre abandonada. "Era mi primer libro –dice Lemus–. Cuando hubo ejemplares pensé que los primeros en leerlo tenían que ser mis padres. Mi papá estaba muy orgulloso, pero cuando vio de qué se trataba prefirió no leerlo. El libro tiene dos partes, una para la infancia, otra para la adultez. El padre aparece mucho en la primera y muy poco en la segunda. Y mucha gente –quizás él también– pensó por eso que yo me había distanciado de él. Como que la madre era la buena, la víctima, y el padre el malo. Y quizás él se sintió incómodo porque quedaba como el que se había ido. Pero él efectivamente se había ido. Yo no lo resentía por haberse ido con otra, y él siempre había hecho esfuerzos para estar presente. Pero se sentía culpable, había una mezcla de culpa y resentimiento: no nos entendíamos". Tal vez lo más machirulo de la historia fuera el modo en que todos los personajes involucrados coinciden en enclosetar lo que han vivido, haciendo como que no pasó, o que si pasó no hay nada que decir al respecto, o que si lo hay nadie está dispuesto a correr el riesgo de decirlo. "Pensar en tener una conversación con mi papá es como: uy, no, mejor hagamos como si nada. O sea, mi papá tenía novias, de repente tenía una novia a la que yo de pronto dejaba de ver y nadie le iba a preguntar qué pasó con ella, y él era feliz. Y cuál era el otro lado de eso: que yo decía, ah, pues a mí tampoco mi papá me va a preguntar nada. Había como un lugar seguro en ese silencio. Pero cada uno tiene un secreto y el otro lo sabe. Eso es lo complicado".
Se hacía tarde y un mozo salió (estábamos afuera, bebiendo en la vereda) y nos invitó a seguir hablando adentro. Lo hacían por seguridad, nos explicó, notando el desgano con que le obedecíamos: cerraban la puerta que daba a la calle pero el bar seguía abierto. Era una obviedad, pero me llamó la atención el espectro diversificado de cosas humanas que desde hacía cierto tiempo (pero ¿cuánto? ¿quién hará alguna vez esa cuenta y qué conclusiones decisivas nos permitirá sacar?) pivotaban alrededor de la seguridad, desde el marco de nuestra conversación de esa tarde, en una vereda de un barrio gentrificado como Chapinero, hasta las condiciones de vida de la taxista que me había recogido al llegar, en el aeropuerto, pasando por el terror de los hombres ante el jaqueo que sufría su género y los techos dispares, antagónicos, bajo los que buscaba refugio.
Adentro del bar, alguien trataba de cantar por unos altavoces turbios, con ese sonido uniforme, metalizado, que terminaron imponiendo los celulares. Estuvimos un rato tratando de identificar la voz, reconocer al menos el idioma en el que cantaba. Fracasamos. O eso creímos. "Yo cantaba mucho cuando era niño –dijo Lemus de pronto, con una sonrisa– las canciones de la radio. Pero se entendía que no podía cantar las canciones cantadas por mujeres, que si las cantaba tenía que cambiarles el género. 'Si dice loca, pues di loco, porque…' Y yo era algo que tenía absolutamente incorporado. Resulta que cuando estaba creciendo había una canción de Paulina Rubio que decía: 'Yo no soy esa mujer'. Así se llamaba. Y claro, lo que dice la canción es que ella no es la mujer que se queda en la casa y se pone a los pies del tipo y tal, pero todo está construido alrededor de esa frase, 'Yo no soy esa mujer'. Y yo recuerdo que cuando sonó en la radio yo dije: ah, pues esta yo sí la puedo cantar, porque como efectivamente yo no soy mujer esta letra sí me queda. Así que la canté a todo pulmón, 'Yo no soy esa mujer', y mi papá, que mal o bien ha sido un padre amoroso, en realidad, cuando dije eso dijo: ¡ay! Y yo pensé: pero ¿cómo así? ¡Si lo que acabo de decir es exactamente cierto!"
Los años pasaron. Hubo más canciones, mucho playback de Shakira corrió bajo el puente, pero a Lemus ya no lo preocupaba lo que su padre pudiera decir, ni buscaba canciones más masculinas que virilizaran su repertorio. Por supuesto, ninguno de los dos volvió jamás al affaire Paulina Rubio; ni siquiera como anécdota pintoresca de un pasado que habían dejado atrás, ambos a su modo. Entonces Lemus dijo: "Mi padre es, digamos, un hombre machista: lo he visto en sus relaciones con mujeres. Pero de repente lo he visto cantando canciones, he visto las canciones que pide y son las canciones menos masculinas que hay, es como que 'Ay, no, ahora pongamos Juan Gabriel, pongamos Rocío Dúrcal'. Y a mí me encanta, y yo creo que él se siente tranquilo, en general y conmigo, cantando eso. Es muy machista, y a la vez es un hombre que puede cantar una canción de Juan Gabriel sin sentirse amenazado por eso. Ahí se van como abriendo cosas, ¿no?".
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