Irán: la poesía como patria

07.03.2026

Bruno Carpinetti viajó a Irán en dos oportunidades: en 2023 y en 2025, luego de la guerra de los doce días. En esta crónica de sus viajes Carpinetti sostiene que el haber viajado a Irán no le brindó respuestas definitivas sobre su sistema político, sino algo más valioso: el conocimiento de que Irán no es un eslogan ni un expediente estratégico. Es una civilización milenaria que honra a sus poetas, una sociedad educada, orgullosa, hospitalaria, y un Estado con instituciones complejas que no se ajustan a simplificaciones externas.


Por Bruno Carpinetti - Doctor en Antropología Social (Universidad De Misiones). Maestría en Ciencias en Biología de la Conservación (Universidad de Kent, USA).


Entre esos viajes no solo cambió el clima político internacional: cambió mi propia mirada. Irán dejó de ser un territorio lejano atravesado por titulares para convertirse en una experiencia íntima, humana, profundamente transformadora.

Yo esperaba encontrar un país tenso, cerrado, gris. Encontré exactamente lo contrario.

La cuna de la civilización

Irán no es solo un Estado contemporáneo: es la continuidad de una de las civilizaciones más antiguas del planeta. Cuando uno camina por las ruinas de Persépolis entiende que el tiempo puede tener otra escala. Allí, bajo el sol de Fars, la piedra todavía habla el idioma del Imperio aqueménida, aquel que bajo Ciro el Grande y Darío I gobernó desde el Indo hasta el Mediterráneo.

La islamización del país, a partir del siglo VII, no borró su pasado persa: lo reconfiguró. El Irán contemporáneo es una síntesis entre la herencia imperial y el islam chiita que estructura su vida política y espiritual. Esa dualidad —Persia e Islam— no es contradicción: es continuidad histórica.

El país real y el país imaginado

Occidente ha construido sobre Irán una caricatura persistente: fanatismo homogéneo, atraso estructural, uniformidad opresiva, un país detenido en una postal ideológica. Esa imagen funciona bien en los titulares, pero se desarma en cuanto uno pisa el terreno.

Yo encontré autopistas modernas atravesando cordones montañosos, estaciones de metro impecables en Teherán, trenes puntuales conectando ciudades históricas, parques urbanos cuidados y una infraestructura que —sin exagerar— supera en varios aspectos a la de muchos países europeos que solemos considerar "centrales". Vi universidades con laboratorios equipados, jóvenes discutiendo proyectos tecnológicos, cafés llenos de estudiantes trabajando con laptops hasta entrada la noche.

Pero lo que realmente me desarmó no fue el hormigón ni el acero. Fue la cultura.

En Shiraz, en la tumba de Hafez, vi familias enteras leyendo poesía como quien consulta una brújula moral. No era una ceremonia oficial ni un acto turístico: era una práctica íntima y popular. Jóvenes que abrían el Diván al azar para "preguntarle" al poeta sobre una decisión amorosa o laboral.

Vendedores y taxistas recitan poemas de memoria. No como rareza turística, sino como práctica cotidiana. Un chofer en Isfahán comenzó a declamar versos mientras atravesábamos un puente safávida al atardecer. Otro, en Teherán, intercalaba comentarios políticos con estrofas clásicas. La poesía no es patrimonio de especialistas: es lengua viva.

Más de una vez me pidieron que recitara algo argentino. Jorge Luis Borges o el Martín Fierro de José Hernández aparecieron en esas conversaciones improvisadas, como si la poesía fuera una diplomacia paralela, más eficaz que cualquier cancillería. En esos intercambios entendí que para muchos iraníes la cultura no es entretenimiento: es columna vertebral.

Y siempre, invariablemente, la hospitalidad.

Una hospitalidad que no es cortesía superficial, sino apertura genuina. Invitaciones espontáneas a compartir té, comidas que se prolongan durante horas, conversaciones profundas con alguien que me conocía desde hacía veinte minutos pero me trataba como a un amigo antiguo. Esa disposición a recibir al extranjero —incluso cuando el extranjero proviene de países cuyos gobiernos los sancionan o los bombardean— habla de una distinción muy clara entre política y humanidad.

El país imaginado es monocromo. El país real es complejo, educado, orgulloso de su herencia cultural y extraordinariamente cálido en el trato humano.

Entre la caricatura y la experiencia hay un abismo. Yo caminé ese abismo.

La noche en Varzaneh

Pero si tuviera que elegir una escena que sintetice mi experiencia iraní, elegiría una noche en el desierto de Varzaneh.

Estaba con Hamid, ingeniero mecánico. Trabaja en una fábrica de drones desarrollando sistemas de guiado. Es un profesional altamente capacitado, formado en universidades públicas iraníes. Ferviente musulmán. Y astrónomo aficionado.

Esa noche habíamos armado un campamento lejos de cualquier luz artificial. El cielo era un domo perfecto. Hamid señalaba constelaciones y explicaba sus nombres mitológicos, mezclando tradición persa, referencias islámicas y astronomía clásica. Hablaba de Orión, de Casiopea, de historias que yo había aprendido en clave grecorromana y que él reinterpretaba desde su propia tradición cultural.

En un momento, mientras el fuego se apagaba lentamente y el desierto quedaba en silencio, me dijo:

—Ustedes los occidentales no nos entienden. Yo creo en nuestros mandatos religiosos, creo en el cielo y el infierno, y en todo lo que nos ordena el Corán. Pero lo que ustedes no entienden es la dimensión social del islam. Aunque todo eso no existiera y fueran solo supercherías, el islam ya hizo mi vida mejor.

No lo dijo como consigna política. Lo dijo como convicción íntima.

Hamid no era un estereotipo. Era un ingeniero que diseña sistemas de precisión, un hombre que ama la ciencia, que estudia las estrellas, que cumple el Ramadán y que encuentra en su fe una arquitectura moral y comunitaria. Para él, el islam no era solo metafísica: era red social, solidaridad, estructura ética, pertenencia.

Esa conversación me obligó a revisar mi propio marco mental. En Occidente solemos reducir el islam a dogma o conflicto. Hamid me habló de comunidad.

La revolución y sus logros sociales

La Revolución Islámica de Irán es leída en Occidente casi exclusivamente en clave de restricción política, control moral y confrontación internacional. Sin negar tensiones reales —que existen y son parte del debate interno iraní— hay dimensiones menos narradas que resultan fundamentales para comprender la textura social del país.

Uno de los cambios estructurales más profundos fue la expansión masiva del acceso a la educación. La revolución no solo transformó el régimen político: también amplió de manera significativa la alfabetización, la escolarización secundaria y, sobre todo, el ingreso a la universidad. Hoy la matrícula universitaria femenina es altísima, especialmente en carreras científicas y tecnológicas. Ingenieras, médicas, investigadoras, programadoras, físicas nucleares: el acceso masivo de mujeres a la educación superior es uno de los resultados sociales más visibles del proceso iniciado en 1979.

En las universidades encontré aulas donde las mujeres no eran excepción sino mayoría. Jóvenes con hijab resolviendo ecuaciones diferenciales, programando sistemas de control, discutiendo proyectos de investigación. Esa escena desarma el estereotipo simplificador que asocia islam político con oscurantismo técnico. El sistema del velayat-e faqih convive con una sociedad altamente educada, tecnificada y con una fuerte cultura científica.

También es innegable la expansión del sistema de salud pública, la cobertura en zonas rurales y el desarrollo de capacidades propias en áreas estratégicas, muchas veces impulsadas por décadas de sanciones internacionales que forzaron la sustitución tecnológica. Irán aprendió a producir, a diseñar y a formar recursos humanos bajo presión. Esa resiliencia técnica no es casual: es política de Estado sostenida en el tiempo.

Nada de esto implica idealización. La sociedad iraní debate intensamente sobre libertades civiles, reformas políticas y apertura cultural. Pero reducir la revolución únicamente a un régimen restrictivo es desconocer que, para amplios sectores populares, también significó movilidad social, acceso educativo y construcción de redes comunitarias.

Irán es más complejo que su caricatura. Es un país donde conviven teología y nanotecnología, clérigos y científicas, tradición religiosa y modernidad técnica. Un sistema político singular apoyado en una sociedad extraordinariamente formada.

Y esa complejidad, justamente, es lo que suele perderse cuando miramos desde lejos.

Octubre de 2025: después de la guerra de los 12 días

Cuando regresé en octubre de 2025, el país todavía procesaba la guerra de los 12 días. No era un recuerdo lejano: estaba presente en las conversaciones cotidianas, en los noticieros encendidos en los cafés, en los murales improvisados con nombres de caídos, en los gestos sobrios de quienes habían visto de cerca a la muerte.

Percibí dolor, sí. Un dolor real, concreto. Pero no encontré desmoralización. Lo que aparecía, una y otra vez, era una narrativa de resistencia histórica. En conversaciones privadas —con clerigos, empleados de agencias de desarrollo, comerciantes, o con jóvenes estudiantes— emergía una idea recurrente: Irán ha sobrevivido a imperios más grandes que cualquier coalición contemporánea. La identidad iraní no se piensa en décadas, sino en milenios.

La guerra había reforzado, paradójicamente, una cohesión interna. Incluso personas críticas del gobierno distinguían entre disputas domésticas y presión externa. La noción de soberanía adquiría un espesor emocional que desde lejos cuesta dimensionar. La crítica interna existe —y es intensa—, pero frente a una amenaza exterior se activa un reflejo de cierre de filas.

En las calles de Isfahán la vida cotidiana seguía su curso: estudiantes yendo a clase, familias reunidas alrededor de músicos callejeros en los puentes históricos, bazares llenos. Esa normalidad no implicaba negación del conflicto, sino decisión de continuidad. Como si la sociedad hubiera aprendido, a lo largo de siglos, a absorber el impacto sin perder su eje.

La atmosfera social transmitia la sensación de estar en un país bajo presión, pero no al borde del colapso. Había orgullo, memoria y una convicción casi civilizatoria de permanencia.

No imaginaba entonces que pocos meses después, en febrero de 2026, llegaría un golpe aún mayor, esta vez dirigido al corazón mismo del liderazgo político del país.

Febrero de 2026: la crisis vista a la distancia

Desde fines de febrero de 2026, en Argentina, sigo por los medios internacionales los ataques aéreos conjuntos de Estados Unidos e Israel que culminaron con el asesinato del líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei, junto a otros altos funcionarios del Estado. Fue el impacto más significativo sobre el liderazgo iraní desde 1979.

Khamenei había sucedido en 1989 al ayatolá Ruhollah Jomeini, quien había encabezado la revolución contra el sha Mohammad Reza Pahlavi. Durante más de tres décadas, su figura simbolizó continuidad y estabilidad dentro del sistema político nacido con la revolución.

El presidente Masoud Pezeshkian habló de venganza como derecho nacional. Desde Washington, Donald Trump presentó la operación como un acto de "liberación", sugiriendo que la eliminación de la "cabeza" precipitaría el colapso del "cuerpo" del régimen.

Pero la realidad muestra un panorama más intrincado.

La hipótesis de que el sistema iraní es puramente personalista parece desconocer tanto su diseño institucional como la densidad histórica de su sociedad. El país posee una estructura militar dual —el ejército regular (Artesh), el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC) y la milicia Basij— concebida precisamente para garantizar la continuidad del orden constitucional incluso ante crisis extremas. No se trata solo de fuerzas armadas, sino de una arquitectura de poder superpuesta, redundante, diseñada para evitar el vacío.

Tras los ataques, el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Ali Larijani, anunció la activación inmediata de los mecanismos de sucesión previstos por la Constitución. Se conformó un consejo interino integrado por el presidente, el jefe de la judicatura y un religioso del Consejo de Guardianes. La transición no fue improvisada: estaba escrita.

Pero más allá de la ingeniería institucional, hay algo más profundo que explica la resiliencia iraní: su cultura política de larga duración.

Irán es una sociedad que ha atravesado invasiones, golpes de Estado, guerra con Irak, décadas de sanciones económicas y aislamiento financiero. Cada una de esas experiencias dejó cicatrices, pero también dejó aprendizaje colectivo. La población está acostumbrada a vivir bajo presión externa. La escasez, la restricción tecnológica, la incertidumbre geopolítica no son fenómenos nuevos; forman parte de una memoria compartida.

Desde la distancia, lo que se vio no fue un estallido inmediato ni un desmoronamiento automático, sino un reflejo de cohesión. Sectores que en tiempos normales mantienen disputas intensas entre sí —reformistas, conservadores, críticos del sistema— tienden a cerrar filas frente a una agresión externa percibida como violación de soberanía. Esa reacción no elimina el debate interno, pero lo reordena.

La resiliencia iraní no es solo estatal: es social. Es la del comerciante que sigue abriendo su tienda en el bazar, la de la estudiante que continúa su carrera de ingeniería, la del ingeniero que vuelve a su laboratorio. Es la convicción de que la identidad nacional no depende de una sola figura, por poderosa que sea.

Más allá de juicios de valor, el sistema iraní demostró estar diseñado para resistir escenarios de máxima presión. Y la sociedad que lo sostiene —con sus tensiones, contradicciones y debates— parece una vez más, mostrar esa cualidad que se intuye caminando sus ciudades: una capacidad histórica de absorber el impacto sin perder continuidad.

Irán puede cambiar, reformarse, discutir su rumbo. Pero no es frágil en el sentido en que algunos imaginan. Su resiliencia no es un eslogan: es una experiencia repetida a lo largo de los siglos.

Febrero de 2026: la crisis vista a la distancia

Desde fines de febrero de 2026, en Argentina, sigo por los medios internacionales los ataques aéreos conjuntos de Estados Unidos e Israel que culminaron con el asesinato del líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei, junto a otros altos funcionarios del Estado. Fue el impacto más significativo sobre el liderazgo iraní desde 1979.

Khamenei había sucedido en 1989 al ayatolá Ruhollah Jomeini, quien había encabezado la revolución contra el sha Mohammad Reza Pahlavi. Durante más de tres décadas, su figura simbolizó continuidad y estabilidad dentro del sistema político nacido con la revolución.

El presidente Masoud Pezeshkian habló de venganza como derecho nacional. Desde Washington, Donald Trump presentó la operación como un acto de "liberación", sugiriendo que la eliminación de la "cabeza" precipitaría el colapso del "cuerpo" del régimen.

Pero la realidad muestra un panorama más intrincado.

La hipótesis de que el sistema iraní es puramente personalista parece desconocer tanto su diseño institucional como la densidad histórica de su sociedad. El país posee una estructura militar dual —el ejército regular (Artesh), el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC) y la milicia Basij— concebida precisamente para garantizar la continuidad del orden constitucional incluso ante crisis extremas. No se trata solo de fuerzas armadas, sino de una arquitectura de poder superpuesta, redundante, diseñada para evitar el vacío.

Tras los ataques, el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Ali Larijani, anunció la activación inmediata de los mecanismos de sucesión previstos por la Constitución. Se conformó un consejo interino integrado por el presidente, el jefe de la judicatura y un religioso del Consejo de Guardianes. La transición no fue improvisada: estaba escrita.

Pero más allá de la ingeniería institucional, hay algo más profundo que explica la resiliencia iraní: su cultura política de larga duración.

Irán es una sociedad que ha atravesado invasiones, golpes de Estado, guerra con Irak, décadas de sanciones económicas y aislamiento financiero. Cada una de esas experiencias dejó cicatrices, pero también dejó aprendizaje colectivo. La población está acostumbrada a vivir bajo presión externa. La escasez, la restricción tecnológica, la incertidumbre geopolítica no son fenómenos nuevos; forman parte de una memoria compartida.

Desde la distancia, lo que se vio no fue un estallido inmediato ni un desmoronamiento automático, sino un reflejo de cohesión. Sectores que en tiempos normales mantienen disputas intensas entre sí —reformistas, conservadores, críticos del sistema— tienden a cerrar filas frente a una agresión externa percibida como violación de soberanía. Esa reacción no elimina el debate interno, pero lo reordena.

La resiliencia iraní no es solo estatal: es social. Es la del comerciante que sigue abriendo su tienda en el bazar, la de la estudiante que continúa su carrera de ingeniería, la del ingeniero que vuelve a su laboratorio. Es la convicción de que la identidad nacional no depende de una sola figura, por poderosa que sea.

Más allá de juicios de valor, el sistema iraní demostró estar diseñado para resistir escenarios de máxima presión. Y la sociedad que lo sostiene —con sus tensiones, contradicciones y debates— parece una vez más, mostrar esa cualidad que se intuye caminando sus ciudades: una capacidad histórica de absorber el impacto sin perder continuidad.

Irán puede cambiar, reformarse, discutir su rumbo. Pero no es frágil en el sentido en que algunos imaginan. Su resiliencia no es un eslogan: es una experiencia repetida a lo largo de los siglos.

Lo que permanece

Mientras leo cables y análisis geopolíticos, pienso en los rostros concretos: el taxista que recitaba a Hafez, la biotecnologa con quien conversamos de genética animal en un oasis en el desierto de Lut, la familia que me invitó a su casa sin conocerme en la estación de ómnibus de Kerman.

Irán no es un eslogan ni un expediente estratégico. Es una civilización milenaria que honra a sus poetas, una sociedad educada, orgullosa, hospitalaria, y un Estado con instituciones complejas que no se ajustan a simplificaciones externas.

Lo que yo conocí no fue un expediente de seguridad. Fue un pueblo que honra a sus poetas, que forma ingenieras y científicos, que debate política con intensidad, que combina fe y tecnología sin pedir permiso a nuestras categorías.

Fue un ingeniero musulmán señalando constelaciones en el desierto y recordándome que la religión, para millones de personas, no es solo teología: es estructura social.

Irán es una civilización milenaria que sobrevivió a imperios, invasiones y revoluciones. Una nación que recita versos en los bazares y diseña drones con sistemas de guiado avanzados. Un país donde el pasado persa y el presente islámico no se anulan, se entrelazan.

Quizás ahí esté la clave. Viajar a Irán no me dio respuestas definitivas sobre su política. Me dio algo más valioso: la certeza de que ningún pueblo puede reducirse a los prejuicios con los que otros lo miran.

Fotos tomadas por el autor de la nota.

Fuente:

https://lateclaenerevista.com/iran-la-poesia-como-patria-por-bruno-carpinetti/