La guerra como negocio

Mientras en Medio Oriente mueren civiles y niños bajo las bombas, en distintos rincones del mundo —y también del propio sector agropecuario— algunos analizan el conflicto como si fuera simplemente una variable más del mercado. No es sólo un problema del campo: es un síntoma de época.
Por Matías Jauregui* - Ingeniero Agrónomo – Productor agropecuario (Tandil)
Los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán volvieron a encender una región que históricamente concentra algunas de las rutas comerciales y energéticas más importantes del planeta. Pero mientras en Medio Oriente caen bombas y mueren civiles, en ciertos ámbitos del agronegocio global ya se hacen cuentas.
Hace pocos días estuve en una charla de un semillero multinacional. Allí, con una frialdad que incomoda, algunos celebraban la posibilidad de que la guerra empuje los precios de la soja y el maíz. La lógica es simple: cuando el mundo entra en conflicto, los mercados reaccionan y los commodities agrícolas suelen subir.
La incertidumbre geopolítica suele activar compras especulativas y reposicionamientos de fondos, lo que sostiene o impulsa los precios agrícolas
Además, la región es estratégica para el comercio mundial. Una guerra que afecte rutas clave como el Canal de Suez o el tráfico marítimo en el Mediterráneo puede ralentizar embarques desde Europa y el Mar Negro, generando una ventaja relativa para los países agroexportadores de América.
Pero no todo es ganancia para el agropecuario, porque el mismo conflicto que puede empujar al alza los precios de los granos también encarece dos insumos centrales del agro: el combustible y los fertilizantes.
Por el estrecho de Ormuz circula cerca del 30 % del petróleo que se comercializa en el mundo y alrededor del 20 % del gas natural licuado, insumo fundamental para la fabricación de fertilizantes nitrogenados y cuando sube la energía, sube la urea.
Además, países como Irán y Egipto —actores importantes en la producción de fertilizantes nitrogenados— pueden reducir o interrumpir su actividad ante conflictos energéticos o políticos, tensando aún más el mercado de fertilizantes
En Argentina eso se siente rápido, aunque con matices. La urea la vamos a usar con fuerza recién en agosto y septiembre para fertilizar trigo y cebada, y luego en noviembre para el maíz. Muchas veces los precios suben de manera preventiva y después se acomodan a valores más lógicos.
El problema inmediato está en otro lado.
El aumento del petróleo se traslada directo al gasoil, justo cuando el campo argentino entra en el período de mayor movimiento logístico del año: primero la cosecha de girasol, luego la soja en abril y más tarde el maíz. Es decir, mientras algunos celebran el aumento del petróleo, que ha registrado un fuerte aumento en la Bolsa Mercantil de Chicago (CME) a principios de marzo de 2026, superando los US$ 100 y acercándose a los US$ 110-120 por barril, productores, contratistas y fleteros enfrentan costos crecientes para levantar y mover la cosecha.
Y ahí aparece una pregunta incómoda que atraviesa no sólo al agro, sino a toda la sociedad: ¿en qué momento naturalizamos mirar una guerra primero como una oportunidad económica?
Mientras en Medio Oriente mueren civiles y niños bajo las bombas, en distintos rincones del mundo —y también del propio sector agropecuario— algunos analizan el conflicto como si fuera simplemente una variable más del mercado. No es sólo un problema del campo: es un síntoma de época. Cuando la lógica financiera se impone sobre la humana, la empatía queda relegada y el sufrimiento ajeno se convierte en un dato secundario dentro de una planilla de precios.
La guerra, una vez más, deja en evidencia una contradicción del sistema global: para algunos es una oportunidad financiera; para la mayoría es incertidumbre, inflación y costos.
Y para millones de personas, lejos de los mercados y de Chicago, es muerte.
Fuente:
https://lateclaenerevista.com/la-guerra-como-negocio-por-matias-jauregui/
