La trampa de Ptolomeo
¿Por qué las «esferas de influencia» no dan cuenta del mundo actual?
Lejos de avanzar hacia un sistema global organizado en grandes áreas de control, la crisis del orden internacional basado en reglas está dando lugar a un escenario más fragmentado, superpuesto y conflictivo que el que sugiere la tesis de un nuevo reparto del mundo entre Estados Unidos, China y Rusia.

Por Alejandro Frenkel - Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Se desempeña como profesor de la Escuela de Política y Gobierno en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina.
En los últimos tiempos, se ha vuelto casi un lugar común afirmar que el sistema internacional se encamina hacia una nueva etapa marcada por la lógica de las «esferas de influencia». Según esta lectura, Estados Unidos habría comenzado a resignar su rol como hegemón global y a replegar su dominio hacia América y parte de Europa; Rusia consolidaría su control sobre Europa del Este y Asia central; y China haría lo propio en Asia-Pacífico. Desde la creciente presión estadounidense en el hemisferio occidental hasta la guerra en Ucrania o las tensiones en torno de Taiwán, una parte cada vez más visible del debate público y académico interpreta estos episodios no como disputas abiertas, sino como señales de un incipiente «reparto del mundo», impulsado sobre todo por las preferencias estratégicas de líderes como Donald Trump y Vladímir Putin.
En un discurso que tuvo amplia repercusión, el primer ministro canadiense Mark Carney advirtió en el Foro de Davos que estamos frente al fin del orden internacional basado en reglas, al que describió como una «ficción agradable» -y necesaria-, y el inicio de una realidad más brutal, definida por la rivalidad geopolítica y la lógica del poder de los más fuertes.
Pero la imagen que proyecta esta supuesta nueva realidad remite, en cierto modo, al modelo geocéntrico de Ptolomeo, que concebía el universo como un sistema de esferas concéntricas, ordenadas y estables, con la Tierra inmóvil en su centro. Durante siglos, ese modelo ofreció una representación coherente del universo, aun cuando simplificaba en exceso una realidad mucho más compleja. Algo similar ocurre hoy con la idea de las esferas de influencia: más que captar la dinámica efectiva del escenario global, ofrece una geometría reconfortante allí donde predominan la disputa, la superposición y la ausencia de límites aceptados.
El problema no radica en advertir la intensificación de la competencia entre grandes potencias ni en reconocer la existencia de sus ambiciones de poder. Después de todo, un sistema internacional dominado por la fuerza de los poderosos ha sido lo más frecuente desde el surgimiento del Estado moderno westfaliano en el siglo XVII. En contraste, el orden liberal basado en reglas e instituciones que se consolidó tras la Guerra Fría constituye una excepción histórica más que una regularidad.
El error aparece cuando esas aspiraciones se leen como la antesala de un proceso automático y lineal hacia un nuevo orden de esferas consolidadas. Para evaluar si el sistema internacional efectivamente avanza en esa dirección, conviene abandonar las lecturas deterministas y examinar las condiciones que hacen posible ese tipo de arreglos y los límites estructurales que dificultan su configuración.
En este marco, desarrollamos cuatro argumentos que cuestionan la idea según la cual el sistema internacional está mutando hacia un nuevo reparto del mundo en esferas de influencia entre Estados Unidos, China y Rusia.
1. Confundir competencia geopolítica con esferas consolidadas
El primer problema de la hipótesis según la cual nos encaminamos a un mundo de esferas de influencia es conceptual, pero con implicancias políticas importantes. Como señala Van Jackson, una esfera de influencia no es un tipo de orden internacional, sino un conjunto de prácticas mediante las cuales una potencia busca estructurar su entorno externo. Dos prácticas son centrales: el control de uno o más Estados -en especial, de sus decisiones de política exterior- y la exclusión de terceros que intenten ejercer ese mismo tipo de control. Esta distinción es clave porque permite separar dos planos que suelen confundirse: la intensificación de la competencia geopolítica y la existencia de un sistema organizado en bloques territoriales estables. Que las grandes potencias presionen, condicionen o incluso intervengan en regiones que consideran estratégicas no implica necesariamente que esas regiones se hayan transformado en «esferas» consolidadas. Significa, más bien, que están siendo disputadas.
El caso de Estados Unidos en América Latina lo ilustra con claridad. La entrada en vigor del denominado «corolario Trump» de la Doctrina Monroe -incorporado en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 y promovido por el propio presidente como «Doctrina Donroe»- busca consolidar el hemisferio occidental como una zona de supremacía estadounidense, habilitando acciones unilaterales y una amplia gama de instrumentos de coerción. La acción militar contra Venezuela o el uso de aranceles como mecanismo extorsivo muestran un intento de condicionar la capacidad de decisión de los países latinoamericanos y reforzar el control regional.
Sin embargo, aun cuando se ajusten las clavijas, ese control sigue siendo inestable y desafiado. Gobiernos como los de México y Brasil -las dos economías más relevantes al sur del Río Bravo- despliegan márgenes de autonomía significativos frente a Washington y se resisten a una subordinación plena, incluso cuando se ven forzados a negociar los términos de la relación bilateral. Algo similar está sucediendo con Canadá y su reciente acercamiento a China.
En el caso de Rusia, la brecha entre ambición y realidad es aún más visible. Desde el arribo de Putin al poder, Moscú ha buscado establecer un espacio de influencia privilegiado en su «extranjero cercano». Sin embargo, las llamadas «revoluciones de colores» en el espacio postsoviético y la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) erosionaron de manera significativa su capacidad de moldear políticamente su vecindario. La invasión de Ucrania puede interpretarse como una reacción a esa pérdida de influencia, pero la dificultad para someter a Kiev revela precisamente los límites estructurales del poder ruso.
China enfrenta una situación comparable. A pesar de su creciente peso económico y militar, mantiene disputas territoriales con varios de sus vecinos en el Indo-Pacífico, muchos de los cuales buscan contrapesos externos -en particular en Estados Unidos- y vienen incrementando sostenidamente su propio gasto en defensa. En Japón, por caso, se ha abierto el debate sobre la posibilidad de contar con armamento nuclear. Lejos de ejercer un control indiscutido sobre su entorno regional, Beijing opera en espacios disputados, donde sus aspiraciones de influencia conviven con resistencias, balanceos y márgenes de autonomía.
2. Sin exclusión efectiva no hay esferas
Una segunda condición indispensable para la consolidación de esferas de influencia es la capacidad de exclusión. Para consolidar la primacía, una potencia también debe poder impedir que otros actores relevantes ejerzan una influencia sustantiva en ese mismo espacio. Dicho de otro modo, una esfera no se define solo por quién manda, sino también por quién queda efectivamente fuera. Es en este punto en el que la narrativa de un mundo en transición hacia una lógica de esferas de influencia encuentra sus principales limitaciones.
El contraste con la Guerra Fría resulta revelador. Durante buena parte del siglo XX, el sistema internacional sí estuvo organizado alrededor de esferas relativamente cerradas. La división entre el bloque capitalista liderado por Estados Unidos y el bloque socialista encabezado por la Unión Soviética fue ideológica, militar y también económica. El comercio entre América Latina y los países del bloque socialista, con excepciones como Cuba, fue muy reducido o marginal, y el intercambio económico entre Washington y Moscú fue muy escaso incluso en los momentos de mayor distensión.
Nada parecido ocurre en la actualidad. El sistema internacional del siglo XXI se caracteriza por la superposición de vínculos económicos, financieros, tecnológicos y de seguridad entre actores que, al mismo tiempo, se consideran rivales estratégicos. Esta persistencia de interdependencias revela que, aun en contextos de competencia, las condiciones de exclusión que definieron las esferas de la Guerra Fría están lejos de verificarse en la actualidad.
Es cierto que tanto Washington como Beijing buscan reducir vulnerabilidades en sectores críticos -desde los semiconductores hasta la autosuficiencia tecnológica-. Sin embargo, estudios recientes muestran que, aun cuando disminuyen las importaciones directas desde China, una parte sustantiva del valor agregado chino sigue llegando al mercado estadounidense a través de terceros países que actúan como «conectores» en las cadenas globales de producción. El desacople bilateral, en otras palabras, es mucho más limitado de lo que sugiere la retórica política.
La propia industria lo reconoce. Jensen Huang, CEO de la firma tecnológica Nvidia, calificó públicamente la idea del desacople de «ingenua», subrayando que el sector de semiconductores depende de mercados y cadenas de suministro profundamente globalizados. En un mismo sentido, el empresariado estadounidense nucleado en la Cámara de Comercio de Estados Unidos prefiere hablar de de-risking (atenuación de riesgos), reconociendo que los costos económicos y tecnológicos de una ruptura estructural serían política y económicamente inviables.
Lo mismo ocurre a escala regional. China es hoy uno de los principales socios comerciales e inversionistas de numerosos países de América Latina y África, vínculos que Washington no ha logrado revertir. En América Latina y el Caribe, además, 21 de los 33 países se han sumado formalmente a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR) y varios de Centroamérica han dejado de reconocer a Taiwán y reconocido la existencia de «una sola China».
El caso de Canadá resulta ilustrativo. Los aranceles impuestos unilateralmente por Trump, sus declaraciones sobre una eventual anexión como «estado número 51» y el cambio en la ecuación energética llevaron a Ottawa a replantear su relación estratégica con Washington y a diversificar su política exterior, acercándose a China en sectores claves como la energía. Mientras Estados Unidos endurece su presión en América del Sur, pierde capacidad de control y exclusividad sobre sus vecinos más cercanos. En otros espacios ocurre algo similar. Estados Unidos y la Unión Europea conservan una considerable capacidad de influencia financiera, normativa y tecnológica en Europa oriental, mientras que en Asia-Pacífico Washington mantiene una fuerte presencia militar y económica que limita cualquier pretensión de exclusividad china.
Más que un mundo dividido en bloques cerrados, lo que existe es una estructura de interdependencias cruzadas y órdenes superpuestos. América Latina no es una zona exclusiva de Estados Unidos, ni Asia-Pacífico lo es de China, ni Europa oriental o el Cáucaso lo son de Rusia. Son espacios disputados donde múltiples potencias ejercen distintos tipos de influencia al mismo tiempo. Hablar de «tres esferas» en este contexto implica confundir una competencia geopolítica intensa con una delimitación territorial que, en los hechos, no existe.
3. Las esferas requieren límites aceptados
Una tercera condición indispensable para que existan esferas de influencia estables es la aceptación de límites por parte de los principales rivales. No basta con que una potencia aspire a dominar un espacio, ni siquiera con que logre hacerlo de manera parcial. Es necesario que sus principales rivales reconozcan, aunque sea de forma tácita, los márgenes de esa influencia.
Veamos el caso de la Guerra Fría. En el libro Unspoken Rules and Superpower Dominance [Reglas tácitas y dominio de las superpotencias] (1983), el internacionalista Paul Keal explica que las esferas del orden bipolar no se sostuvieron porque fueran el resultado «natural» de la distribución del poder, sino porque descansaban en una serie de entendimientos implícitos entre las superpotencias, basados en la delimitación de fronteras, la extensión de influencia y, sobre todo, la autocontención recíproca. Cada superpotencia aceptaba no intervenir en áreas que el otro consideraba vitales para su seguridad.
En la actualidad, resulta difícil imaginar que pueda reconstruirse un andamiaje similar. Por más que Trump u otros líderes intenten reintroducir una lógica de «áreas de influencia», no existe por ejemplo un consenso ni en la dirigencia estadounidense ni en el resto de Occidente respecto a que Ucrania deba quedar dentro de una esfera rusa; la Unión Europea, en particular, ha hecho de la defensa de su soberanía una línea roja.
Es cierto, no obstante, que los márgenes de acción se han ajustado. China parece hoy menos dispuesta a pagar cualquier costo para sostener aliados problemáticos -como Venezuela o Cuba- o para impedir que Estados Unidos presione a gobiernos latinoamericanos para que congelen o reduzcan proyectos estratégicos con Beijing. El caso de Panamá es ilustrativo: en 2025 se convirtió en el primer país de la región en abandonar formalmente la Iniciativa de la Franja y la Ruta tras una ofensiva diplomática del gobierno de Trump. Ese ajuste también se refleja en los flujos hacia el subcontinente: tras dos años de caída, América Latina recibió apenas 1% de los 123.000 millones de dólares movilizados por esa iniciativa en la primera mitad de 2025.
Sin embargo, este repliegue relativo no equivale a una retirada ni a la aceptación de una esfera ajena. La diplomacia de la Franja y la Ruta sigue activa -Colombia se sumó en mayo de 2025 y Brasil evalúa hacerlo- y, en paralelo, las inversiones chinas por fuera de ese marco continúan fluyendo hacia sectores estratégicos, como vehículos eléctricos y energías renovables. A ello se suma el anuncio de Xi Jinping, en mayo de 2025, de una nueva línea de crédito por 9.200 millones de dólares para países de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). Más que abandonar el continente, Beijing parece estar adaptando pragmáticamente sus instrumentos a un entorno más restrictivo.
4. Las esferas son más sociales que geográficas
Un cuarto elemento que vuelve problemática la idea de un mundo organizado en esferas de influencia remite al plano discursivo y simbólico del poder. La asimetría militar, económica y tecnológica que hay entre Estados Unidos, China y Rusia puede invocarse como un argumento válido para cuestionar la existencia de un mundo dividido en zonas de influencia. Desde una concepción estrictamente material del poder, solo Estados Unidos parecería contar hoy con las capacidades necesarias para establecer una esfera de ese tipo.
Sin embargo, ese razonamiento resulta insuficiente. Como explica la internacionalista finlandesa Susanna Hast, las esferas no son meras estructuras objetivas derivadas de una distribución material del poder. También se legitiman a través de discursos, normas e instituciones que sostienen relaciones jerárquicas en el tiempo. Hast, además, subraya que el uso actual del concepto de esferas de influencia está profundamente anclado en una imaginación geopolítica heredada de la Guerra Fría.
En este marco, además del reconocimiento horizontal entre potencias rivales -como mostraba Keal-, una esfera de influencia se vuelve más estable si también existe una legitimación vertical por parte de los Estados y las sociedades que supuestamente las integran. Retomando a Jackson, las esferas se fortalecen cuando hay identidades relacionales que construyen un «nosotros» jerárquico en el que el control de la potencia dominante aparece como legítimo, previsible y naturalizado.
Durante la Guerra Fría, las esferas de influencia se conformaron inicialmente en un contexto de aceptación relativa, que se fue erosionando con el aumento de la coerción y la tutela política. Además, las doctrinas geopolíticas de la época intentaban operar como instrumento legitimador. La Doctrina Brezhnev de la «soberanía limitada» apelaba al internacionalismo socialista para justificar la intervención soviética en Europa del Este; la Doctrina Monroe invocaba la seguridad hemisférica para legitimar la intervención estadounidense en América Latina. En ambos casos, la violación de la soberanía se presentaba como el cumplimiento de un principio superior, necesario para preservar un determinado orden regional. En cambio, en la «Doctrina Donroe» la primacía estadounidense se justifica explícitamente en la fuerza y en la defensa de los intereses nacionales. Casi sin tapujos, el gobierno trumpista sostiene que el hemisferio le pertenece sin apelar a una identidad compartida.
Ahora bien, en el escenario actual, el rechazo social aparece desde el mismo momento en que se postula la conformación de nuevas esferas de influencia, lo que dificulta su consolidación desde el origen. En efecto, las encuestas de opinión pública muestran que ni China ni Estados Unidos ni Rusia cuentan con un apoyo mayoritario y homogéneo en las regiones que, según la narrativa de las esferas, deberían constituir sus áreas naturales de influencia.
En Asia-Pacífico, por ejemplo, datos recientes de Pew Research indican que, aunque China es percibida como un actor económico central, predominan las visiones negativas sobre su rol internacional. En Japón, Corea del Sur, Australia y Filipinas, más de 70% de los encuestados expresa una opinión desfavorable de China. Incluso en países del Sudeste asiático, donde la dependencia económica de Beijing es elevada, las percepciones están lejos de ser uniformemente positivas. Algo similar ocurre en América Latina respecto de Estados Unidos. En 2025, la imagen norteamericana cayó de manera significativa en 15 países. El caso de México es particularmente ilustrativo: solo 29% de los mexicanos tiene hoy una opinión favorable de Estados Unidos, frente a 61% del año anterior. Tendencias parecidas se observan en Brasil, Chile y Argentina.
Rusia tampoco goza de una base sólida de legitimidad en su presunta esfera. Según Pew (2025), en la mayoría de los países de Europa Oriental y Asia Central las opiniones sobre Putin y sobre el rol internacional de Rusia son predominantemente negativas.
Estos datos refuerzan una idea central de la teoría de las esferas: para poder conformarse y volverse estables, el poder económico y militar tiene que combinarse con la exclusión, la aceptación de límites entre potencias rivales y una mínima aceptación por parte de los Estados y las sociedades que supuestamente las integran. Hoy en día resulta evidente que esa legitimidad social y política está lejos de existir.
En este contexto, como en el modelo geocéntrico de Ptolomeo, la idea de las esferas de influencia ofrece una imagen ordenada del mundo. Sin embargo, insistir en esta premisa introduce un error analítico con derivaciones políticas particularmente problemáticas para el Sur global. Convertir disputas abiertas en un supuesto «nuevo orden» contribuye a normalizar prácticas de coerción, presión e intervención bajo la apariencia de una geografía inevitable del poder. Al hacerlo, se invisibiliza la agencia de los Estados y las sociedades que quedan atrapados en esas categorías y se refuerza la idea de que el futuro del sistema internacional depende exclusivamente de las decisiones de las grandes potencias.
Reconocer este punto no implica negar la existencia de asimetrías de poder ni de ambiciones imperiales. Implica, más bien, evitar que un lenguaje heredado del siglo XX oscurezca la naturaleza profundamente abierta, disputada e inestable del sistema internacional del siglo XXI.
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