«Las ideas primero»: ¿cómo entender la infraestructura intelectual del trumpismo?

09.04.2026

Entrevista a Laura K. Field 

Detrás del fervor popular republicano por Donald Trump existe un aparato intelectual que aspira a redefinir la política estadounidense mucho más allá del actual presidente. ¿Qué tradiciones alimentan los imaginarios de la derecha radical, pese a su aparente antiintelectualismo? ¿Cómo se combinan estas corrientes entre sí? ¿Qué futuro imaginan para Estados Unidos?  

AP/Michael Arellano
AP/Michael Arellano


Por Carlos Pérez - Analista de asuntos internacionales. Con anterioridad, asesor de política internacional y europea en la Vicepresidencia segunda del Gobierno de España.


Sobre el trumpismo se han escrito ríos de tinta en la última década, pero se ha dicho comparativamente poco sobre la infraestructura intelectual que lo sostiene: esa red de académicos, filósofos políticos y juristas que, desde mucho antes de 2016, venían dedicándose a dotar de andamiaje teórico a un movimiento cuyo líder jamás ha leído un libro de teoría política. Furious Minds: The Making of the MAGA New Right [Mentes furiosas. La construcción de la Nueva Derecha de MAGA] (Princeton UP, 2025), de Laura K. Field, es una historia intelectual de la variopinta coalición trumpista que cartografía las facciones y genealogías de ese movimiento con una precisión y una intimidad que solo alguien relativamente cercano al propio mundo conservador podía lograr.

Field es teórica política, formada en la tradición conservadora straussiana -la misma de la que surgen varios de los personajes de su libro- en la Universidad de Alberta y en la de Texas en Austin, donde se doctoró con una tesis sobre Rousseau y Nietzsche. Ha sido profesora en la Universidad de Georgetown y en la American University; actualmente es investigadora en la Brookings Institution y asesora del Programa de Estudios sobre Iliberalismo de la Universidad George Washington. En esta entrevista, realizada por Zoom desde su casa en Washington DC, Field recorre las principales corrientes del movimiento, sus figuras claves, sus convergencias y sus contradicciones, y reflexiona sobre el futuro de un proyecto político que, como ella misma señala, no surge en el vacío y tiene ambiciones que van mucho más allá de Donald Trump. La autora hoy se define como «liberal» en el sentido estadounidense del término, con tonalidades progresistas sobre temas económicos y sociales.

Todas las corrientes MAGA coinciden en lo que usted denomina el enfoque «Ideas First» [Las ideas primero], inspirado en una noción simplificada y a menudo errónea de la hegemonía cultural gramsciana. ¿De dónde viene realmente esta visión?

En 1948, Richard Weaver publicó Ideas Have Consequences [Las ideas tienen consecuencias], según el cual la decadencia de la civilización occidental comenzó con el nominalismo tardomedieval y la negación de los universales[1], lo que habría desencadenado un proceso de relativismo, materialismo y fragmentación cultural. Los jóvenes conservadores siguen hablando en estos términos: la política es un efecto de la cultura, las ideas importan, necesitamos fundamentos. Hay algo de esto también en la izquierda, pero hoy la izquierda estadounidense es mucho más pragmática, más tecnocrática, más orientada a las políticas públicas.

Utilizo «Las ideas primero» para describir un enfoque cultural que lo atraviesa todo: «si lo construyes, ellos vendrán», como en la película Field of Dreams[2]. En esta visión, se puede determinar el alcance y el carácter de la política desde arriba, mediante eslóganes, retórica y, sobre todo, batalla cultural. Este enfoque ha sido sorprendentemente eficaz, pero tiene sus puntos débiles: puede estar muy alejado de la realidad, muy centrado en internet, resultar inadecuado para las realidades de un país muy diverso.

Si tuviera que definir el trumpismo de forma más breve y directa, ¿cómo lo haría?

El trumpismo constituye el rechazo del orden liberal universal, basado en la garantía y protección de derechos, y su sustitución por un populismo nativista; un fenómeno bastante similar a lo que ocurre en la derecha iliberal en todo el mundo.

En el contexto estadounidense, esto supone una reconfiguración histórica del Partido Republicano. El antiguo conservadurismo al estilo de Ronald Reagan o William F. Buckley representaba la economía de libre mercado, los valores sociales conservadores y una especie de internacionalismo anticomunista. Hoy la situación es muy diferente. Michael Anton, vinculado al Instituto Claremont, autor en 2016 de «The Flight 93 Election», uno de los textos claves del primer trumpismo, ya definía el movimiento como la combinación de nacionalismo económico, fronteras seguras y una política exterior basada en «America First» [Estados Unidos primero].

¿En qué se diferencia y en qué se parece MAGA a otros fenómenos históricos disruptivos dentro del propio Partido Republicano, como Barry Goldwater en la década de 1960, Pat Buchanan en la de 1990 o el Tea Party 15 años atrás?

En el seno del Partido Republicano siempre hubo un tira y afloja entre figuras populistas más marginales y la corriente dominante, bastante más moderada. Goldwater era un auténtico populista: el senador por Arizona cuya candidatura presidencial en 1964 fue aplastada en las urnas por Lyndon B. Johnson desplazó el conservadurismo estadounidense del pragmatismo eisenhoweriano hacia un individualismo antiestatal extremo. Algo similar sucedió con Pat Buchanan: sus fallidas candidaturas presidenciales de 1992 y 1996 encarnaron la fusión de proteccionismo económico, restricciones a la inmigración, aislacionismo en política exterior y conservadurismo social; y hoy esa disrupción es encarnada por el trumpismo.

El fin de la Guerra Fría (y la extinción del enemigo cohesionador), el 11 de septiembre de 2001, la guerra de Iraq, la crisis financiera de 2008… todas estas insatisfacciones acumuladas constituyeron el caldo de cultivo perfecto para que la derecha populista aprovechase la oportunidad. En el ámbito intelectual, mi investigación muestra cómo los argumentos llevaban ahí mucho tiempo; había gente bastante seria articulándolos y, en un segundo plano, todo tipo de personas preparadas, listas para aprovechar el momento.

Ahora bien, a diferencia de las versiones anteriores del populismo, la derecha MAGA es mucho más exitosa -ninguno de esos otros movimientos ganó jamás elecciones nacionales y en este caso las ganó dos veces-. También es considerablemente más misógina. Y es mucho más hábil con los medios de comunicación: hay una energía juvenil y una conciencia sobre la comunicación que antes no existían. Hay una mezcla de retórica de alto y bajo nivel -apelaciones al gran canon de la civilización occidental junto a la provocación más cruda- que no formaba parte del paleoconservadurismo[3].

Furious Minds identifica y desgrana tres corrientes principales que componen la nueva derecha MAGA: los Claremonters, los posliberales y los nacional-conservadores. Comencemos, si le parece, por los primeros.

Los Claremonters están vinculados al Instituto Claremont de California y al Hillsdale College de Michigan, ambos con delegaciones en Washington. El Instituto Claremont tiene como misión restaurar los principios fundadores de la nación. Se trata de un grupo que lleva décadas obsesionado con una forma particularmente enfática y rígida de entender la fundación de Estados Unidos y los Padres Fundadores. Muchos de sus integrantes se identifican como West Coast Straussians [straussianos de la Costa Oeste], una escuela de pensamiento inspirada en el filósofo político Leo Strauss (quien exigía una lectura atenta de los grandes textos filosóficos, a menudo escritos entre líneas para proteger verdades impopulares) y en su discípulo Harry Jaffa. Jaffa es un famoso estudioso de Abraham Lincoln que escribió The Crisis of the House Divided [La crisis de la casa dividida] acerca de los debates sobre la esclavitud entre Lincoln y Stephen Douglas en 1858, que catapultaron a Lincoln al primer plano nacional. Su ideología es, en cierto sentido, espiritualmente adyacente al originalismo jurídico, pero con una diferencia clave: en lugar de apelar al texto de la Constitución, los Claremonters apelan a los primeros principios fundadores, un enfoque que algunos académicos han denominado «declaracionismo» (por la Declaración de Independencia).

Hablan del orden constitucional de Estados Unidos, fundado en esos principios, como «el mejor régimen posible», de modo que cualquier ligera desviación o evolución del sistema representa para ellos un fracaso existencial. Pero desde hace un tiempo se ven a sí mismos en un momento histórico en el que están a punto de perder la república. Por eso el ensayo «The Flight 93 Election» está plagado de una retórica catastrofista: esta es la última oportunidad para restaurar el verdadero orden constitucional. Una presidencia de Hillary Clinton habría sido para ellos, directamente, la muerte del país, y esa asunción justifica comportamientos y acciones muy radicales: no solo la elección de Trump –que ellos mismos reconocieron que era arriesgada–, sino incluso lo ocurrido el 6 de enero de 2021, con el asalto al Capitolio. John Eastman, director del Centro de Jurisprudencia Constitucional del Instituto Claremont, redactó los memorandos jurídicos con que intentaba justificar la anulación de las elecciones.

Los Claremonters tienen una expresión que los define: knowing what time it is [saber qué hora es] –y si sabes qué hora es, sabes que es tarde y que es el momento de la acción radical–. La generación más joven de esta corriente se ha inspirado incluso en los viejos paleoconservadores –lo que un historiador describió como «los herederos amargados del tradicionalismo fracasado, muchos de ellos con nostalgia del Sur ante bellum», es decir del Sur antes de la Guerra de Secesión–. Y creo que el movimiento se ha visto corrompido por una especie de nativismo, que lo llevó a hablar de la teoría conspiranoica del «gran reemplazo» y cosas por el estilo. Además, odian profundamente el Estado administrativo: nunca han llegado a aceptar el New Deal ni el crecimiento del aparato estatal.

¿Y los posliberales? La figura de Patrick Deneen resulta hoy especialmente interesante.

Los posliberales tienden a ser católicos y muy conservadores, y se organizan alrededor de la idea de «restaurar el bien común». Su crítica de la democracia liberal moderna es más radical que la de los Claremonters: mientras que estos quieren restaurar la antigua tradición del constitucionalismo estadounidense, los posliberales sostienen que la democracia liberal en sí misma adolece de graves defectos, sobre todo por su individualismo y su apego a los derechos y libertades individuales. Son los pensadores más sofisticados de la nueva derecha y los que parecen más sinceros en su crítica al capitalismo y en su compromiso con las reformas económicas populistas del trumpismo.

Según alguien como Patrick Deneen, profesor en la Universidad de Notre Dame cuyo famoso libro de 2018, Why Liberalism Failed [Por qué fracasó el liberalismo], fue muy importante para este movimiento, el liberalismo está abocado al fracaso[4]. Cuanto más actúa como disolvente de los lazos comunitarios, del tejido social, de la familia y de la economía, más se desintegra todo. Deneen ofreció una explicación de por qué había surgido Trump: una vez que el liberalismo disuelve los lazos y los principios organizativos de la comunidad, el caos generado crea el caldo de cultivo perfecto para que la gente anhele la llegada de un hombre fuerte (curiosamente, Barack Obama incluyó el libro en su lista de lecturas del año de su publicación). Deneen prosiguió con Regime Change [Cambio de régimen] en 2023, en el que fue más lejos: ya no se trataba solo de diagnosticar el fracaso del liberalismo, sino de proponer activamente un proyecto capaz de sustituirlo[5].

El ambiente posliberal es radicalmente antimoderno, antiliberal y antiilustrado. Otros en este bando son Sohrab Ahmari, periodista y fundador de la revista Compact, y Adrian Vermeule, jurista de Harvard. Este último es, además, un integralista católico que rechaza la connivencia de la Iglesia católica con la libertad religiosa y el liberalismo moderno. Ha escrito Common Good Constitutionalism [El constitucionalismo de los bienes comunes], donde ofrece, en el contexto estadounidense, una forma totalmente nueva de entender la jurisprudencia con el fin de reorientar todo el mecanismo del gobierno hacia bienes sociales católicos comunes, incluida la salvación[6].  La idea del integralismo es que la política debe subordinarse a los fines religiosos. Hablan de cambio de régimen, de sustituir a las elites, de infiltrar el Estado con ultraconservadores. Son explícitamente autoritarios: promueven enfáticamente el control del Estado administrativo para utilizarlo con fines conservadores, reorientándolo todo hacia el predominio de una visión católica del mundo.

El vicepresidente J.D. Vance se mueve en estos círculos y se ha identificado de manera explícita con la «derecha posliberal». Es un admirador declarado de Deneen y se convirtió al catolicismo más o menos al mismo tiempo que completaba su giro hacia Trump después de haberlo criticado duramente. Los posliberales a veces se apoyan en el pensamiento social católico más convencional para sostener sus posiciones; otras veces despliegan ideas de figuras mucho más controvertidas, como el jurista alemán pronazi Carl Schmitt. 

El último grupo, los natcons o nacional-conservadores, parece funcionar como paraguas organizativo del trumpismo.

Sí, son las figuras con más contactos políticos y las mejor organizadas de la nueva derecha. Su referente intelectual es Yoram Hazony, un israelí-estadounidense que en 2018 publicó The Virtue of Nationalism [La virtud del nacionalismo], donde articula una teoría política que sostiene que el pensamiento moderno subestima la necesidad de una base tribal en la política[7]. Su ideal es un sistema internacional de Estados-nación diferenciados: mucha diversidad entre ellos, pero no tanta dentro de cada uno. Una orientación homogeneizadora, un nacionalismo ferviente, aunque no del todo étnico. Hazony no admitirá que existan jerarquías raciales o étnicas, pero la pregunta sobre esta cuestión surge de forma bastante natural al leer su obra, especialmente en el contexto de un país tan pluralista como Estados Unidos.

Hazony organiza conferencias regulares desde 2019, tanto en Estados Unidos como en el extranjero. Vance fue invitado como ponente a tres de las cuatro celebradas en suelo estadounidense entre 2019 y 2024. Es un mundo pequeño y bastante insular, pero políticamente relevante: el nacional-conservadurismo abraza abiertamente el nacionalismo –a veces un nacionalismo cristiano explícito–, lo cual choca frontalmente con la tradición estadounidense de pluralismo religioso. Otras figuras importantes son Christopher Rufo, activista del Manhattan Institute, que lideró la campaña contra las políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI)[8]; y Kevin Roberts, presidente de la Heritage Foundation, la organización que coordinó el Proyecto 2025[9]. Debería mencionar también, para el público español y latinoamericano, que los posliberales tenían viejos vínculos con figuras como el dictador Francisco Franco.

La figura de Hazony, muy vinculada a Israel y al propio Benjamin Netanyahu, representa bien el giro del movimiento con respecto al antisemitismo. Al inicio, los nacional-conservadores tenían el propósito explícito de dejar fuera a supremacistas blancos y figuras antisemitas. Pero eso ha cambiado: se ha ido afianzando la doctrina NETTR [No Enemies To The Right, «sin enemigos a la derecha», por sus siglas en inglés]. ¿Cómo se ha dado ese giro?

Ha sido increíble de ver, y el libro intenta hacer una crónica de ello. En la primera conferencia NatCon, en 2019 en Washington, los organizadores dijeron explícitamente: «Se nos han acercado personas racistas que querían participar. No los hemos dejado entrar. Si eres racista, no hay sitio para ti. Esto no se trata de identidad racial ni de etnonacionalismo». Pero, mientras tanto, en esa misma conferencia intervino Amy Wax, una profesora conocida por sus declaraciones polémicas y por participar en foros de supremacistas blancos. Es cierto que dejaron fuera a Peter Brimelow, una figura notoria de la extrema derecha, pero a lo largo de los años siguientes invitaron a personajes realmente radicales: Darren Beattie, fundador del portal Revolver News, doctorado en Teoría Política en la Universidad de Duke, que ahora trabaja en el Departamento de Estado; Paul Gottfried, un viejo paleoconservador y organizador de la extrema derecha; Douglas Wilson, un teólogo calvinista defensor de la teocracia y coautor, en 1996, de un panfleto donde se hacía apología de la esclavitud en el Sur. Los criterios se fueron relajando de forma evidente.

Lo que hay que entender es que estas tres corrientes principales de la nueva derecha están atravesadas por lo que en el libro llamo la Hard Right [derecha dura]: un cuarto campo que, a diferencia de los anteriores, no se articula alrededor de un propósito ideológico unitario. Sus figuras tienen posiciones que se solapan individualmente con las de los otros tres campos, pero se distinguen por ser más radicales, más racistas, más misóginas y más violentas en su retórica. Varios de sus miembros son abiertamente fascistas. Y la doctrina NETTR ha sido el mecanismo por el cual ese submundo fue infiltrándose en las conferencias y las redes de las corrientes establecidas.

Ahora la estrategia se ha vuelto un bumerán. Hazony se encuentra en el centro de una terrible polémica por el antisemitismo en la derecha, pero era lo más previsible del mundo y, sin embargo, finge estar sorprendido. El contraste es elocuente: en 2019 decían «si eres racista, aquí no eres bienvenido»; en 2025, Hazony dice que ha sido muy triste descubrir todo el antisemitismo que hay en el movimiento, pero añade: «Nadie ha dicho que haya que amar a los judíos para ser un buen nacional-conservador»[10]. No dijo que los antisemitas sean bienvenidos, pero tampoco lo negó. Es una demostración muy clara de cómo han acogido a figuras de la extrema derecha y ahora se enfrentan a las consecuencias: no solo el antisemitismo, sino también el racismo, la misoginia y la islamofobia que han sido generalizados en la nueva derecha todo este tiempo sin que nadie dijera nada.

De todos estos grupos, ¿cuál es el más influyente en este momento?

Los natcons siempre darán esa impresión porque son quienes más se implican políticamente. Pero la gente de Claremont también es muy influyente: a las pocas semanas de la toma de posesión de Trump para su segundo mandato, publicaron una lista de antiguos becarios suyos contratados por el nuevo gobierno –unas 70 u 80 personas– y el ya mencionado Michael Anton fue el autor principal del nuevo informe sobre la Estrategia de Seguridad Nacional. Los posliberales son un poco más distantes, pero el vicepresidente Vance es quien más se identifica con ellos.

Pese a sus diferencias internas, lo notorio es que el movimiento, en su conjunto, se ha hecho con el control absoluto del Partido Republicano. Mi libro documenta precisamente cómo lo que en 2016 eran corrientes intelectuales marginales ganaron una influencia desmesurada. El gobernador Ron DeSantis fue el primero en aplicar un paquete completo de políticas de la nueva derecha en el nivel estatal, convirtiendo a Florida en una suerte de laboratorio. Y grupos del establishment conservador, como la Heritage Foundation, acabaron sumándose a organizaciones pro-Trump, como el Instituto Claremont, para coordinar juntos el Proyecto 2025. Es un nivel de cohesión que no existía durante el primer mandato de Trump.

Da la impresión de que Stephen Miller, asesor de seguridad nacional en la Casa Blanca y figura particularmente radical, es una de las personalidades más influyentes del actual gobierno. ¿Cómo describiría su bagaje intelectual?

Miller me sirve como puerta de entrada a un grupo del que apenas hemos hablado: la Hard Right, el lado más sórdido de MAGA. Miller tiene conexiones con ese mundo, igual que Bannon y Curtis Yarvin (el «tecno-monarquista» de Silicon Valley, fundador del movimiento neorreaccionario y amigo de Peter Thiel); se trata de la versión tecnológica del mismo fenómeno[11].

La Hard Right es más amplia de lo que parece. Hay mucha gente allí y muchos de ellos tienen doctorados: no se trata solo de influencers de internet, sino de personas con una formación seria, muchas de las cuales han asumido explícitamente el estandarte del nacionalismo cristiano. Hay un grupo calvinista, una versión católica y luego una corriente fascista nietzscheana; muchos de ellos son explícitamente fascistas y misóginos. En esta última órbita se mueven figuras como Costin Alamariu, conocido como Bronze Age Pervert [Pervertido de la Edad de Bronce], doctorado en Filosofía Política en la Universidad de Yale, convertido en influencer de culto entre jóvenes republicanos; o Charles Cornish-Dale, conocido como Raw Egg Nationalist [Nacionalista del Huevo Crudo], graduado de Oxford y Cambridge. No son marginales: Bronze Age Pervert es lectura favorita entre el personal republicano del Capitolio.

En cuanto a Miller, su figura es sin duda extremadamente importante. Activista desde sus años en la Universidad de Duke, creo que es más bien un operador político: tiene su lado schmittiano, pero, en el fondo, es un hacedor. Lo que define a toda esta Hard Right no es tanto una ideología unitaria como una función compartida: empujar el movimiento cada vez más hacia los extremos.

¿Se puede decir que el trumpismo es fascista?

Veo paralelismos y simpatizo con quienes usan esa etiqueta, pero no creo que sea políticamente útil. Las personas que ya están convencidas de que lo que está pasando es peligroso no se sentirán más interpeladas si se utiliza el término «fascista», y mucha gente se siente alienada por su uso o piensa que es exagerado. Lo que sí hice en el libro fue ser muy directa señalando cuándo algo es claramente fascista. Existen listas bien documentadas de rasgos arquetípicos de los movimientos fascistas –nostalgia de un pasado mítico, culto a la regeneración cultural, universalización de ciertos grupos como auténticamente nacionales mientras se deshumaniza a los demás, antimodernismo, masculinidad patriarcal fetichizada– y varias figuras de la nueva derecha cumplen con todos esos requisitos. Si miras las cuentas en redes sociales del Departamento de Seguridad Nacional, a veces usan literalmente imágenes nazis o canciones de supremacistas blancos. Eso es innegable.

Pero no todo el Partido Republicano es así. Todavía hay muchos intelectuales conservadores que se oponen a Trump; simplemente tienen menos poder que antes. Y hasta qué punto figuras como Steve Bannon o Elon Musk representan las opiniones de los votantes ordinarios sigue sin estar claro. Lo que sí puedo decir es que la nueva derecha no se entiende a sí misma solo en términos negativos: cree tener el monopolio de «lo bueno, lo verdadero y lo bello». En cierto sentido, no les importa realmente Donald Trump. Tienen planes más ambiciosos y de más largo plazo.

La conversión de Silicon Valley a la derecha aparece en el libro, pero no tiene la centralidad que hoy parece merecer. Habla de Peter Thiel, pero no tanto de otras figuras como Alex Karp, cofundador de Palantir, o Marc Andreessen, cofundador de Netscape y de la firma de capital riesgo Andreessen Horowitz. ¿Cuál es el papel de Peter Thiel? Y, más en general, ¿qué importancia tiene el sector tecnológico en este momento?

Thiel ha sido una figura decisiva. Cofundador de PayPal, inversor, donante de Trump y de la primera campaña senatorial de Vance, lector de Strauss, del filósofo francés René Girard y de Schmitt... solo en términos de dinero e influencia, su peso es enorme. Tiene su propia forma de pensar, absolutamente extraña: lleva décadas metido en un bucle esotérico, straussiano y girardiano. Es bastante inteligente, pero cuando lo leo me frustra, porque en muchos sentidos parece completamente desquiciado: ofrece una visión antihistórica y delirante, con todo ese artificio sobre el Anticristo, las catacumbas, mantener a raya las fuerzas del liberalismo. Puedo entender que sea cautivador, pero para mí encarna una descarada teoría de la conspiración. Y Curtis Yarvin, que escribe bajo el seudónimo de Mencius Moldbug, es aún peor. A veces se ve a estos tipos como los principales titiriteros y no creo que sea cierto.

Lo que me preocupa es que su influencia es desmesurada en comparación con la solidez de sus ideas. El mundo tecnológico en general se ha sumado a la causa de forma mucho más oportunista que ideológica. No creo que todos sean ideólogos, pero sí oportunistas, y probablemente bastante volubles. Se exagera un poco su peso, pero el impacto sigue siendo muy importante y debería preocuparnos.

Quería dejar para el final la figura de J.D. Vance, a quien veo como una condensación del trumpismo: pese a su rechazo inicial de Trump, hoy parece estar a medio camino entre el sector tecnológico –por sus conexiones con Thiel y su pasado en el capital riesgo– y la corriente nacional-populista. Después de leer su libro veo con más claridad su esfuerzo deliberado por tejer vínculos con cada corriente sin alienarse a ninguna en particular. ¿Cómo ve su papel? ¿Y el futuro de MAGA, cuya contienda para 2028 parece disputarse entre Vance y Marco Rubio, una figura originalmente ajena a este movimiento?

Lo que pasó con Vance, creo, es que tenía todas esas conexiones personales en la derecha y se convirtió al catolicismo más o menos al mismo tiempo que completaba su giro pro-Trump. Creo que fue una conversión ideológica auténtica: hubo un momento, antes de presentarse como candidato al Senado, en el que la contundencia del diagnóstico integralista lo convenció de que las cosas eran tan terribles y las elites un problema tan grande que se sumó a sus soluciones radicales.

La cuestión es que todo esto es tan ideológico, abstracto y radical que esas ideas le han dado la justificación para comportarse de maneras muy diferentes: hay una mentalidad de que el fin justifica los medios; es fácil verlo como maquiavelismo, pero creo que en su caso significa que todas las concesiones, todo ese equilibrio entre incoherencias (la tecnología frente al catolicismo, lo urbano frente a lo rural) está justificado porque tiene que mantener la vista puesta en el futuro.

Dicho esto, Vance está en un verdadero aprieto. Todo este aparato ideológico no es especialmente popular entre el pueblo estadounidense. Vance es inteligente, despiadado, no hay que subestimarlo, pero ha ligado su destino al de Trump de manera tan clara y completa que se halla totalmente en deuda con él. Trump puede flaquear, y ya está flaqueando, y Vance no es capaz de mostrar ningún liderazgo moral frente a las facetas más desagradables de la derecha. Se encuentra en una trampa: tampoco puede dar un giro respecto a Trump, porque tuvo que alinearse con él y eso quedaría muy mal. Supongo que Rubio huele sangre. Escuché su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, que me pareció perverso y ahistórico, pero su personalidad resultaba cautivadora. Muy eficaz, muy sobrio. Creo que identifica estas debilidades y representa una amenaza real para Vance.

Furious Minds es, en última instancia, un libro sobre intelectuales que, como ha mencionado, son gente con doctorados, que trabaja en el ámbito de las ideas, y al mismo tiempo tienen a Trump como líder. ¿Cómo intelectualizan estas personas su papel?

Mi formulación básica es que el antiintelectualismo de Trump ha servido de tapadera para un movimiento en realidad muy serio que se ha estado coordinando bajo esa máscara. Como señalé antes, para la nueva derecha, en el fondo, Trump es solo un medio para lograr objetivos de mayor alcance. Lo que estos intelectuales vieron fue que Trump compartía algunas de sus posiciones más extremas y estaba dispuesto a utilizar cualquier medio necesario, incluidos los inconstitucionales, para ganar y ejercer el poder. Eso por el momento les basta.

Pero hay una gran variedad. Para muchos, Trump es simplemente un vehículo útil para lograr sus fines. Hay gente en la derecha cristiana que cree que es ungido por Dios; los intelectuales no lo ven exactamente así, pero tienen una frase genial: «a veces Dios unge una bola de demolición». Todos pueden estar de acuerdo al menos en eso. Algunos parecen sentir un cariño genuino por Trump. Otros están deseando que se vaya -muchos intentaron pasarse a DeSantis- y esperan ansiosos a que Vance, Rubio u otra persona tome el relevo.

Lo que cada campo comparte es una visión restauracionista que va mucho más allá de Trump: los Claremonters quieren recuperar la visión de los Padres Fundadores, y si eso no funciona, el cesarismo servirá; los nacional-conservadores quieren proteger la verdadera nación estadounidense -cristiana, mayoritariamente blanca- de las hordas de «neomarxistas woke»; los posliberales persiguen un objetivo en última instancia espiritual, incluida la salvación del alma; y la Hard Right quiere destruir el statu quo liberal, caiga quien caiga. Trump es, para todos ellos, el instrumento, más o menos grosero, más o menos providencial, de esas ambiciones.


1.

Corriente filosófica asociada sobre todo a Guillermo de Ockham (siglo XIV), sostiene que los universales -conceptos generales como «humanidad» o «justicia»- no tienen existencia real fuera de la mente: son solo nombres (nomina) que usamos para agrupar cosas particulares semejantes. Lo único que existe realmente son los individuos concretos [N. del E.].

2.

En El campo de los sueños (Phil Alden Robinson, 1989), un granjero construye un campo de béisbol en su maizal guiado por una voz misteriosa que le promete que, si lo hace, vendrán jugadores del pasado [N. del E.].

3.

El paleoconservadurismo es una corriente del conservadurismo estadounidense que defiende el tradicionalismo cultural, el nacionalismo y el rechazo al intervencionismo exterior. Surgió en el siglo XX como reacción al neoconservadurismo, con figuras como Pat Buchanan. Promueve una sociedad más arraigada en valores históricos y comunidades locales [N. del E.].

4.

Hay edición en español: Por qué fracasó el liberalismo, Ediciones Rialp, Madrid, 2018.

5.

Hay edición en español: Cambio de régimen. Hacia un futuro posliberal, Homo Legens, Madrid, 2023.

6.

Polity, Cambridge, 2022.

7.

Hay edición en español: La virtud del nacionalismo, Homo Legens, Madrid, 2021.

8.

Las políticas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) son programas adoptados por empresas, universidades y organismos públicos estadounidenses para promover la representación de minorías raciales, mujeres y otros grupos históricamente marginados [N. del E.].

9.

El Proyecto 2025 es un plan de transición elaborado por la Heritage Foundation y más de un centenar de organizaciones conservadoras, que propone una reestructuración radical del gobierno federal estadounidense: concentrar el poder en la figura del presidente, reemplazar a decenas de miles de funcionarios de carrera por personal políticamente afín y reorientar las políticas públicas en una dirección ultraconservadora en materia de inmigración, educación, medio ambiente, derechos reproductivos y diversidad [N. del E.].

10.

En el mismo discurso, reconoció haberse sorprendido por la profundidad de la difamación contra los judíos en línea: «No pensé que pasaría en la derecha. Me equivoqué».

11.

Ver Ava Kofman: «El complot neorreaccionario de Curtis Yarvin» en Nueva Sociedad N° 318, 6-7/2025, disponible en <nuso.org>.

Share