Los alineados

06.11.2026

LA EXTREMA DERECHA EN AMÉRICA LATINA 

La seguridad opera como punto de convergencia entre la extrema derecha latinoamericana y Donald Trump: la lucha contra el "narcoterrorismo" permite reforzar las políticas de mano dura a nivel local y facilita la intervención de Washington. Sin embargo, la victoria de Lula demuestra que la disputa política está abierta y que no estamos ante una nueva hegemonía. 

Cumbre del “Escudo de las Américas” en Miami, 7-3-2026 (Casa Blanca)
Cumbre del “Escudo de las Américas” en Miami, 7-3-2026 (Casa Blanca)


Por Jordana Timerman - Periodista argentina, editora del Latin America Daily Briefing


Luiz Inácio Lula da Silva fue reelegido Presidente de Brasil tras remontar la ventaja que Flávio Bolsonaro había obtenido en la primera vuelta, y puso fin a una racha de siete triunfos electorales consecutivos de la derecha en América Latina durante el último año y medio. El resultado no borra la magnitud del giro regional. Entre los países gobernados por dirigentes de esta corriente, o por derechas que han adoptado parte de su repertorio, figuran Argentina, Chile, Ecuador, Colombia, Honduras, Costa Rica, El Salvador y, con ciertas divergencias, Perú, Bolivia y Paraguay.

La expansión de estas derechas obliga, sin embargo, a distinguir entre sus triunfos electorales y la profundidad de su arraigo político. ¿Hasta qué punto sus victorias expresan una transformación ideológica del electorado y cuánto deben al rechazo de los gobiernos salientes? La pregunta retoma un debate que atraviesa la política latinoamericana desde el fin de "la marea rosa", la etapa en la que la región era gobernada por la izquierda: si la alternancia respondió principalmente al voto antioficialista o a una reacción ideológica pendular. El castigo al gobierno de turno predominó entre 2018 y 2023 y sigue pesando, pero en paralelo se consolidó una ultraderecha con identidad propia, capaz de influir también sobre sectores de la derecha tradicional.

Los resultados electorales muestran el peso de ambas tendencias. La mayoría de estos gobiernos llegó al poder desde la oposición y por márgenes estrechos: en Perú, Keiko Fujimori ganó el ballottage por 0,27 puntos; en Honduras, Nasry Asfura se impuso por 0,74; en Colombia, Abelardo de la Espriella triunfó por menos de un punto. Incluso algunas victorias más holgadas esconden bases electorales iniciales reducidas: Rodrigo Paz llegó a segunda vuelta con un tercio de los votos; José Antonio Kast, con menos de un cuarto; y Daniel Noboa, prácticamente empatado con el correísmo. En muchos casos, el ballottage fue una elección pragmática entre dos opciones, más marcada por el rechazo a lo que había que por la adhesión a lo que venía. El triunfo de dirigentes ideológicamente afines no supone que sus electorados compartan esa misma afinidad. Brasil ofrece el contrapunto: aunque Lula ganó, Flávio Bolsonaro obtuvo el 48,21 por ciento de los votos válidos. Su derrota muestra tanto la persistencia del bolsonarismo como una fuerza política con una base electoral cercana a la mitad de los votantes, como los límites de una ultraderecha que, después de ocho años de protagonismo, ya no puede presentarse simplemente como una alternativa.

La marea azul

Faltó Brasil para que se cumpliera la promesa del presidente argentino Javier Milei, que en Washington dijo que "vamos a pintar el continente de azul" (1) en contraposición a "la marea rosa" de gobiernos progresistas que marcó la última gran tendencia ideológica de la región. Pero la nueva marea azul reúne a dirigentes de distintas tradiciones políticas, unidos más por sus afinidades ideológicas y su estilo que por un programa de gobierno compartido.

Estas derechas comparten un repertorio característico de los movimientos nativos digitales: el manodurismo en materia de seguridad, la batalla cultural contra el "wokismo" –el término despectivo con el que designan la agenda progresista– y la pose de outsider frente al establishment político. Esta última capitaliza el descrédito de la política tradicional y el enojo ciudadano con la corrupción, percibida como una muestra de que las élites se benefician de un Estado que no cumple sus promesas de bienestar. Esa retórica antisistema convive, en la mayoría de los casos, con profundas conexiones con el mismo establishment que se denuncia.

El principal influencer de esta nueva derecha es el presidente salvadoreño Nayib Bukele, el autodenominado "dictador más cool del mundo", cuya política de mano dura contra las pandillas se ha convertido en un modelo aspiracional.

El presidente estadounidense Donald Trump, por su parte, ha contribuido a convertir afinidades políticas preexistentes en una alianza regional articulada. Su regreso a la Casa Blanca dio un nuevo impulso a una corriente que ya había encontrado expresiones nacionales en los gobiernos de Jair Bolsonaro, Bukele y Milei. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, que reivindica su "preeminencia" hemisférica, es el marco que organiza esa convergencia.

La marca Bukele

La inseguridad se ha convertido en uno de los terrenos más favorables para el avance de las ultraderechas latinoamericanas. Los progresismos no lograron construir una narrativa capaz de disputar esta cuestión, incluso en países donde la percepción de inseguridad supera ampliamente los niveles de violencia registrados. Kast llegó al poder en Chile con un discurso centrado en el tema, aunque el país tiene una de las tasas de homicidios más bajas de la región (2).

Pero el gran referente regional de la mano dura es Bukele, bajo cuyo gobierno, según cifras oficiales, la tasa de homicidios cayó de unos 50 a menos de 2 por cada 100.000 habitantes. Ese descenso estuvo acompañado por la suspensión de garantías constitucionales, la intervención del sistema judicial y la detención masiva de personas, equivalente a casi el 2% de la población nacional. Organizaciones de derechos humanos han documentado violaciones sistemáticas de los derechos de los detenidos, mientras que el gobierno enfrenta denuncias de negociaciones encubiertas con líderes pandilleros. Sin embargo, Bukele mantiene una aprobación altísima, por encima del 80 por ciento, y busca un tercer mandato, a pesar de los límites constitucionales a la reelección en su país (3).

La derrota de Flávio Bolsonaro mostró los límites electorales de las nuevas derechas, pero también las dificultades de quienes buscan contener su avance.

El atractivo de Bukele reside en esa combinación de resultados en materia de seguridad, con una alta popularidad y un proceso de concentración del poder. Ofrece una fórmula en la que la promesa de orden permite justificar el debilitamiento de los controles institucionales, sin pagar, por ahora, costos políticos. Pero, como ocurre con los influencers, su imagen se copia más fácilmente que sus resultados. Ecuador, donde el gobierno declaró el "conflicto armado interno" en 2024 y adoptó medidas inspiradas en el modelo salvadoreño, cerró 2025 con un récord histórico de homicidios (4).

El "modelo Bukele" es difícilmente exportable, pero otros dirigentes buscan apropiarse de algunos de sus elementos más reconocibles o asociarse a su éxito. Los presidentes de Colombia, Ecuador y Costa Rica difunden en redes sociales videos de detenciones y operativos con una estética de película de acción que recuerda la puesta en escena del Presidente salvadoreño.

El Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot), la prisión de máxima seguridad para pandilleros construida por Bukele, se convirtió en el símbolo internacional de su modelo y en un destino casi obligado para los dirigentes de la ultraderecha regional. Fujimori prometió replicarlo en Perú y Daniel Noboa ya construyó su versión, la cárcel del Encuentro, donde está detenido el ex vicepresidente Jorge Glas. La influencia salvadoreña también es directa: el gobierno de Bukele colaboró en el diseño de la megacárcel que la presidenta costarricense Laura Fernández inauguró en octubre pasado.

La influencia de Bukele también llegó a la campaña brasileña. Cuando Flávio Bolsonaro evaluaba presentarse como candidato, viajó a El Salvador y volvió con un programa que incluía cinco nuevas cárceles de máxima seguridad —un complejo que bautizaría "Tiniebla"— y la castración química para violadores. En un acto reciente llegó a decir que empezaba a pensar que "El Salvador es poco".

El centro de gravedad

El avance de las derechas latinoamericanas responde fundamentalmente a dinámicas nacionales, pero encuentra en Donald Trump un poderoso aliado. Desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, el Presidente estadounidense ha puesto el poder político y económico de Washington al servicio de sus socios regionales y lo ha utilizado para presionar a sus adversarios. Ese respaldo fortalece a una corriente que ya estaba en expansión y ofrece a gobiernos de distintas tradiciones políticas un nuevo centro de gravedad.

Trump interviene mediante respaldos electorales explícitos, como los que brindó a Asfura en Honduras y a De la Espriella en Colombia; sanciones, como las que impuso a Gustavo Petro y a los jueces que condenaron a Jair Bolsonaro, y aranceles, como los que aplicó contra el Brasil de Lula. También recurre a la asistencia financiera: antes de las elecciones legislativas argentinas de 2025, ofreció un rescate de 20.000 millones de dólares a Javier Milei y advirtió que no sería tan "generoso" si el oficialismo perdía. En la campaña brasileña surgió, además, una nueva dimensión de la disputa por la influencia electoral: Lula, junto a organizaciones independientes, denunció un presunto favoritismo algorítmico de Meta hacia su rival, a partir de investigaciones que documentaron restricciones desproporcionadas a contenidos favorables al Presidente. La empresa negó cualquier sesgo político y atribuyó la situación a fallas técnicas.

El peso electoral del respaldo de Trump es difícil de medir. Las victorias de candidatos que hicieron campaña exhibiendo su cercanía con él sugiere que el alineamiento con Washington puede funcionar como un activo político, aunque la derrota de Flávio Bolsonaro demuestra que no garantiza nada. La alianza, sin embargo, trasciende los resultados electorales: una vez en el poder, estos gobiernos encuentran en Washington un socio para impulsar sus propias agendas, mientras Estados Unidos gana aliados. Esta relación de beneficio mutuo convierte la consolidación de las nuevas derechas latinoamericanas en la contracara de la llamada "Doctrina Donroe", con la que Washington reivindica su preeminencia hemisférica y reclama mayores facultades de intervención en nombre de su propia seguridad (5).

La seguridad es uno de los principales terrenos de esa convergencia: la lucha contra el "narcoterrorismo" permite a las derechas latinoamericanas reforzar sus políticas de mano dura con el respaldo estadounidense, al tiempo que abre la puerta a una mayor intervención militar de Washington.

El Escudo de las Américas, la iniciativa de cooperación regional impulsada por Trump en marzo, es una expresión concreta de esa alianza. Su composición permite trazar el mapa de una derecha latinoamericana que se articula cada vez más en torno a Washington. A su cumbre fundacional asistieron Milei, Bukele, Noboa, Paz, Asfura y Santiago Nieto, entre otros. Colombia y Perú se sumaron después.

En Ecuador, Noboa profundizó la cooperación militar con Estados Unidos. Aunque los votantes rechazaron en un plebiscito celebrado en noviembre de 2025 la instalación de bases extranjeras, menos de cuatro meses después comenzaron las operaciones conjuntas. En Colombia, De la Espriella llegó al poder prometiendo reemplazar la "paz total" de Petro por la fuerza de las armas y cinco días después Washington anunció que su gobierno había autorizado operaciones militares conjuntas.

En Brasil, la familia Bolsonaro presionó para que Estados Unidos declarara terroristas al Primeiro Comando da Capital (PCC) y al Comando Vermelho (CV), designación que Washington adoptó en mayo, después de que Flávio Bolsonaro visitara la Casa Blanca y pese a la oposición del gobierno de Lula. La etiqueta habilita operaciones militares estadounidenses en territorio brasileño, como las que Washington ha amenazado concretar contra los carteles en México.

Una ola sin hegemonía

La derrota de Flávio Bolsonaro mostró los límites electorales de las nuevas derechas, pero también las dificultades de quienes buscan contener su avance. Lula logró frenarlo en las urnas, sin que eso implique que el progresismo haya recuperado la iniciativa. Brasil quedó fuera de la marea azul, a pesar de lo cual el bolsonarismo conserva una base electoral considerable y es un aliado clave de la Casa Blanca. Las nuevas derechas latinoamericanas todavía no han logrado la hegemonía, pero su capacidad para definir la agenda política regional ya excede sus victorias en las urnas.


1. https://x.com/somoscorta/status/2110528090023645337

2. Balance de InSight Crime de los homicidios en 2025, 11 de marzo de 2026, https://insightcrime.org/es/noticias/balance-insight-crime-homicidios-2025/

3. Leyrian Colón Santiago y Yuliana Ramazzini, "Sin competencia, Bukele busca un tercer mandato en febrero 2027", El Faro, 27 de agosto de 2026, https://beta.elfaro.net/el-salvador/sin-competencia-bukele-tercer-mandato-febrero-2027

4. Balance de InSight Crime…, op. cit.

5. Jordana Timerman, "Una nueva doctina Monroe", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2025, https://www.eldiplo.org/309-la-internacional-reaccionaria/una-nueva-doctrina-monroe/


Fuente:

https://www.eldiplo.org/329-rebelion-en-francia/los-alineados/

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