Los dueños de la pelota

03.04.2026

La alianza entre el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y Donald Trump muestra hasta qué punto el fútbol mundial puede convertirse en un instrumento de poder, negocios y propaganda. Lejos de resguardar su autonomía, la FIFA parece cada vez más dispuesta a poner el juego al servicio de intereses políticos ajenos a la cancha. 

Gianni Infantino, presidente de la FIFA, se prueba una gorra de Estados Unidos durante una reunión de la Junta para la Paz impulsada por Donald Trump. (AP/Mark Schiefelbein)
Gianni Infantino, presidente de la FIFA, se prueba una gorra de Estados Unidos durante una reunión de la Junta para la Paz impulsada por Donald Trump. (AP/Mark Schiefelbein)

Por Alan Tomlinson - Es profesor emérito de Estudios del Ocio en la Universidad de Brighton, Reino Unido. Ha publicado numerosos trabajos sobre la sociología, la historia y la política del deporte, incluyendo estudios sobre la FIFA, el organismo rector del fútbol mundial. Su último libro What is FIFA For? [¿Para qué sirve la FIFA?](Bristol University Press), se publicará el 31 de marzo de 2026.



En los últimos años, Gianni Infantino, la máxima autoridad de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), y el presidente estadounidense Donald Trump han acaparado titulares internacionales, tanto en el plano deportivo como en el político.

Uno de los episodios más recientes tuvo lugar el jueves 19 de febrero, cuando la FIFA anunció una iniciativa para colaborar con Trump Peace, la Junta para la Paz impulsada por Trump, en la reconstrucción de Gaza a través del deporte. La declaración de Infantino sobre la necesidad de «fomentar la inversión en el fútbol con el objetivo de contribuir al proceso de recuperación en zonas de posconflicto» fue realizada en la sede de ese organismo.

Con la Copa del Mundo masculina a la vuelta de la esquina, cabe esperar un espectáculo incesante de Gianni y Donny. Como sucede con casi todo lo que rodea a Trump, a quienes lo celebran se les oponen quienes lo observan con espanto. ¿Qué posición conviene adoptar? Mi argumento es que las formas de negociación entre ambos socavan, en un grado sin precedentes, los principios y las prácticas que sostienen tanto la credibilidad del perfil global de la FIFA como la posición de Trump como presidente.

La política del deporte

El viernes 5 de diciembre de 2025, Trump e Infantino encabezaron una «celebración» del sorteo final de la Copa Mundial masculina de la FIFA de 2026, es decir, del reparto de las selecciones clasificadas en los distintos grupos. A instancias de Trump, el acto se realizó en el Kennedy Center for the Performing Arts, en Washington, DC. Pocas semanas más tarde, el lugar fue rebautizado como Trump-Kennedy Center. Del mismo modo, Trump se colocó a sí mismo al frente del grupo de trabajo encargado de organizar el Mundial, cuya sede, de manera convenientemente simbólica, funciona en la Trump Tower de Manhattan.

Con una grandilocuencia muy trumpista, Infantino presentó el sorteo como la antesala de «la mejor Copa Mundial de la FIFA de todos los tiempos, mucho más que un acontecimiento deportivo: sencillamente, el mayor acontecimiento que la humanidad ha visto y verá jamás».

El acto tuvo el aire de un partido amistoso montado únicamente para exhibir y halagar a la vieja estrella de un equipo. Después de que Trump quedara inicialmente fuera de la carrera por el Premio Nobel de la Paz (aunque desde entonces logró procurarse uno), Infantino vio una oportunidad. La FIFA tenía su propio premio para ofrecer, sin comité de por medio y prácticamente sin otros candidatos. Trump, autoproclamado «presidente de la paz», aceptó gustoso la distinción. Poco después, sin embargo, secuestraría al presidente de Venezuela y amenazaría con invadir Groenlandia. Infantino respondió con su gratitud inagotable hacia su colega, a quien elogió como plenamente merecedor de un reconocimiento tan singular «por sus incansables esfuerzos para promover la paz». Human Rights Watch, la organización no gubernamental, escribió a la FIFA para pedir detalles sobre el premio, su procedimiento y el jurado. Pero no obtuvo respuesta.  

Infantino calificó el acto de «espectacular», mientras que Trump afirmó que «el Mundial de 2026 será el conjunto de eventos más grande y complejo de la historia del deporte». Repartido por primera vez entre tres países y con 16 equipos más de lo habitual, algo de verdad hay en esa afirmación, aunque los Juegos Olímpicos de París 2024 y Los Ángeles 2028 podrían disputarle ese lugar. Pero ¿cómo se llegó a un acuerdo de este tipo?

Armar juntos el equipo de ensueño

En 2015, una serie de escándalos dejó al descubierto la corrupción de la dirigencia de la FIFA y de varias de sus confederaciones continentales. Altos funcionarios del organismo, incluido su presidente, Sepp Blatter, debieron dejar sus cargos. Infantino, abogado y dirigente deportivo que integraba el comité de reforma de la FIFA, salió de su puesto como secretario general de la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA, por sus siglas en inglés) después de que su superior, la superestrella francesa Michel Platini, retirara su candidatura a la presidencia de la FIFA en medio de un nuevo escándalo. 

Apenas Platini salió de escena, Infantino se movió. Casi nadie sabía demasiado sobre él. Pero se presentó como la escoba nueva, dispuesto a devolverle la grandeza a la FIFA. Su mensaje ante el Congreso que lo eligió fue simple. Con un tono paternalista, casi de predicador, se dirigió a los delegados no solo como un líder, sino como un hombre para todas las estaciones, dispuesto a ampliar el margen de acción de las confederaciones continentales asociadas a la FIFA y, sobre todo, de los delegados que representaban a las 207 asociaciones nacionales de fútbol con derecho a voto. El mensaje era claro: había que limpiar los establos y redistribuir hacia las asociaciones nacionales el dinero que ingresaba en la FIFA. Ganó cómodamente en la segunda vuelta. Infantino se convertía así en el jefe de la mayor organización deportiva del mundo. Poco después comenzaría a estrechar vínculos con el dirigente más poderoso del planeta: Donald Trump. 

Infantino asumió el cargo en febrero de 2016. En enero de 2017, Trump llegó a la Casa Blanca. En junio de 2018, durante el 66º Congreso de la FIFA en Moscú, Infantino anunció el resultado del proceso de licitación para el Mundial masculino de 2026. Marruecos perdió frente a la United Bid, la candidatura conjunta de Estados Unidos, con 13 ciudades sede, junto con Canadá (dos sedes) y México (tres).

Infantino había halagado a Trump hasta comprometerlo con esa candidatura ganadora. El New York Times reveló que, antes del anuncio en Moscú, Trump había enviado cartas a Infantino respaldando la United Bid «en espíritu de asociación continental» y prometiendo que sus célebres restricciones migratorias o prohibiciones de viaje no arruinarían la fiesta. Todo indica que esas cartas fueron escritas en el clima opaco del lobby y la negociación reservada, en favor explícito de los vínculos entre Estados Unidos y la FIFA.

A dos años del inicio del programa de reformas de la FIFA, el dúo Trump-Infantino podía celebrar una victoria compartida que, en los hechos, violaba los principios y las normas del propio organismo. Los artículos 15 y 23 de los Estatutos de la FIFA establecen que tanto las asociaciones miembro como las confederaciones deben «ser neutrales en cuestiones de política y religión» y «ser independientes y evitar toda forma de injerencia política».

Eso no impidió que Jared Kushner, yerno de Trump y asesor de la Casa Blanca, trabajara junto con el presidente de la candidatura conjunta y participara de tareas de lobby que, según se informó, costaron seis millones de dólares y financiaron reuniones entre los responsables de la candidatura y 150 de los 211 presidentes de federaciones afiliadas a la FIFA: sin duda, «una forma de influencia política» que incidió en el resultado del proceso. Un artículo de The New Republic describe una serie de relaciones inusuales entre ex y actuales ejecutivos de la FIFA y el gobierno de Trump, y sugiere que podría tratarse del Mundial «más corrupto» de la historia. Ambos presidentes encarnan formas profundamente defectuosas de liderazgo, aunque en el caso del titular de la FIFA la falta de rendición de cuentas resulta todavía más extrema de lo imaginable. 

Cuando Donald y Gianni salen a la cancha, el ganador siempre será el primero: mayor, más audaz, negociador consumado. Gianni queda relegado al fondo de la escena, como un actor secundario frente a un protagonista que nunca deja pasar la oportunidad de alzar un trofeo o de transformar el espectáculo deportivo en un gran negocio. Las estimaciones sugieren que el Mundial de 2026 podría ser el más rentable de la historia. En la primera reunión del grupo de trabajo, en mayo de 2025, Infantino anunció que se esperaba que el torneo aportara a la economía estadounidense casi 50.000 millones de dólares en ingresos por inversiones, además de cerca de 300.000 puestos de trabajo. 

Infantino tiene la presencia de un aliado confiable. No es, de todos modos, un extraño en el trato con los poderosos. Vladimir Putin le otorgó en 2019 la Orden de la Amistad de Rusia, y los dirigentes de Qatar y Arabia Saudita lo recibieron con entusiasmo: esa lógica de favores recíprocos salta a la vista. Pero es Trump quien lleva la delantera, imponiendo su carácter inconfundible, reescribiendo el manual del populismo de derecha y ocupando el centro de la escena, no solo por lo que presenta como «el torneo de fútbol más grande, más seguro y más extraordinario de la historia», sino también por la creciente batería de amenazas que forma parte de su número récord de decretos presidenciales y por su abierto desprecio por el derecho internacional.

En Trump: The Art of the Deal [Trump: el arte de la negociación], la autobiografía apócrifa de Trump publicada en 1987, el escritor Tony Schwartz definió la «relación laxa con la verdad» del joven empresario como una forma de «hipérbole veraz». La expresión es reveladora: le permite a Trump entregarse a una retórica juguetona junto con su socio-marioneta, Infantino. Y lo hace sin pagar costos dentro de la FIFA, arrastrando a Infantino en su juego. El presidente de la FIFA, por su parte, sigue defendiendo a su amigo: en una entrevista con Sky News, insistió en que Trump había sido «fundamental para resolver conflictos y salvar miles de vidas»; por eso, en relación con el premio de la paz otorgado por la FIFA, Infantino sostiene que, «objetivamente, lo merece».

El control éticamente dudoso que Trump ejerce sobre el fútbol mundial puede parecer un asunto menor si se lo compara con la violencia desplegada por el ICE o con su ofensiva sobre Venezuela. Pero, como suele ocurrir con Trump, también aquí ha logrado degradar todo lo que toca: en este caso, el juego más hermoso del mundo.

Fuente:

https://nuso.org/articulo/fifa-infantino-trump-copa-mundo-mundial-futbol-negocios-derecha/

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