Politicidio

La remodelación bélica aparece como la verdad de un mundo aterrorizado y sin respuestas. Solo la reacción de los muchos ayuda a perder el miedo y permite volver a imaginar alguna articulación entre contrapoderes colectivos y derecho político democrático.
Por Diego Sztulwark - Investigador y escritor. Estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires. Es docente y coordina grupos de estudio sobre filosofía y política.
Apartir de la agresión a Venezuela dos argumentos preexistentes circulan con furia: 1. que ya no hay (o que no habría) orden jurídico internacional válido vigente; y 2. que somos (o seríamos) impotentes ante la fuerza militar bruta (es decir: asistida tecnológicamente). En otros términos, que no hay unidad política que nos proteja de la guerra. Porque solo el poder nuclear otorga (o podría otorgar) seguridad efectiva.
Asistimos así a una clase magistral continua de realismo político (neo)fascista: sólo la fuerza técnicamente dispuesta para la guerra crea derecho. Quienes aún creen en el derecho como medio para moderar la fuerza son, en ella, abiertamente ridiculizados. Y quienes pretenden oponer una contra-fuerza son exhibidos de antemano como ejemplo de derrotados.
La amenaza de destrucción masiva es el instrumento inmediato para paralizar políticamente a los pueblos. La generalización del miedo perfecciona el control. La violencia destructiva asegura el orden, comunicando una potencia complementaria a la acumulación de capital. Si el dispositivo parece funcionar tan aceitadamente es porque previamente supuso un largo adiestramiento consistente en someter a los colectivos humanos a ser espectadores de un flujo imágenes del horror sin que les sea lícito reaccionar. Una parte de nuestra existencia transcurre según la consigna de ver sin actuar. La desactivación persistente de la capacidad de respuesta colectiva –la separación del afecto de la fuerza– deshilvanó la autoridad de la política que se hace en nombre del límite efectivo al poder.
El saber de los perpetradores es de los más viejos del mundo. En el extremo, pretende difundir el terror y la servidumbre, afectos que carcomen todo orden político democrático (incluso en EE.UU., donde la retórica de la democracia supo ser leitmotiv). Igualmente antiguo es el saber que enseña que sólo un afecto/fuerza equivalente en magnitud, pero operando en dirección opuesta a la del miedo, puede modificar la situación. De modo que para imaginar otra realidad es preciso sumergirse en otro tipo de imaginación. En particular, hay dos reflexiones que pueden venir en nuestra ayuda. Por un lado, aquella que ayude a sacar las conclusiones correspondientes al hecho de que la potencia política no se resume nunca en el derecho puro. El derecho político puede regular –y puede hacerlo de un modo democrático– cuando no niega ni olvida apoyarse en el derecho natural (el deseo y la potencia de los cuerpos). El derecho se torna política efectiva cuando es expresión de una fuerza plural capaz de crear momentos emancipatorios.
Por otro, que en momentos en donde el miedo a la amenaza inminente de destrucción nos paraliza –el terror es siempre el fundamento del colonialismo y del clasismo– aparecen escenas que nos hablan de la formación de unas multitudes que parecen estar aprendiendo a perder el miedo. Sucede ahora mismo en ciudades de EE.UU. contra las escuadras fascistas anti-inmigrantes de Trump, pero también en Irán, donde una protesta económica parece reactivar la secuencia de movilizaciones que irrumpieron en 2022 al grito de «mujeres, vida, libertad». Esas escenas nos ayudan a extraer conclusiones extremas en un momento grave. Porque ni la democracia sin contrapoderes efectivos, ni la ilusión geopolítica de una «ayudita" rusa o china parecen en condiciones de evitar lo que algunos observadores de lo que sucede en Palestina llaman «Politicidio»: la destrucción sistemática de las capacidades políticas de los pueblos.
Fuente:
https://lateclaenerevista.com/politicidio-por-diego-sztulwark/
