Una ruptura en la política de seguridad israelí: ¿pueden los palestinos aprovecharla?

El presidente Trump y yo solemos decir: paz a través de la fuerza; primero viene la fuerza y luego la paz
Benjamin Netanyahu, 22/06/2025
Por JEFF HALPER - Antropólogo israelí anticolonialista, director del Comité Israelí contra la Demolición de Viviendas (ICAHD) y miembro fundador de la Campaña por un Estado Democrático Único. Es autor de War Against the People: Israel, the Palestinians and Global Pacification. (Londres: Pluto, 2015). Su último libro es Descolonizar Israel, liberar Palestina: sionismo, colonialismo de asentamiento y los argumentos a favor de un único Estado democrático (Londres: Pluto, 2021).
El colonialismo de asentamientos es un fenómeno bastante común, tanto en la antigüedad como en la actualidad, como atestigua la triste historia de los pueblos indígenas de Palestina. La primera invasión de colonos israelitas en su país tuvo lugar hace unos 3500 años[1]. "Cuando hayáis cruzado el Jordán y hayáis entrado en la tierra de Canaán", Dios le ordena a Moisés que instruya al pueblo de Israel: "expulsaréis de ante vosotros a todos los habitantes de la tierra…; despojaréis a los habitantes de la tierra y habitaréis en ella, pues yo os he dado la tierra para que la poseáis" (Números 33:50-53). La última invasión –que los sionistas afirmarían que es el «regreso a casa» de ese mismo pueblo– comenzó a principios del siglo XX y sigue en marcha.
No obstante, el colonialismo de asentamiento no es una empresa fácil de llevar a cabo, justificar o mantener, y mucho menos de normalizar de forma permanente. Las poblaciones nativas siempre se resisten a su colonización, a su propia desaparición física y cultural. Los antiguos israelitas y los sionistas modernos compartían un objetivo común: transformar la Palestina cananea/árabe en la Tierra de Israel judía. Ambos conquistaron y colonizaron Palestina, y cada uno estableció un gobierno a nivel estatal. Pero ambos también se enfrentaron a una resistencia prolongada por parte de los pueblos locales y nunca lograron eliminarlos por completo[2].El dominio israelita/judeo/judío duró solo unos 450 de los aproximadamente 5000 años transcurridos desde el surgimiento de la civilización cananea. Es cierto que la omnipresencia del relato bíblico de que Dios entregó la Tierra de Israel a Abraham en el mundo occidental y en el ámbito cristiano en general hace que la reivindicación de los judíos sionistas resulte razonable, si no evidente por sí misma, y eso ha resultado ser una gran ayuda para impulsar la colonización sionista. Pero el objetivo final del sionismo –"establecer en Palestina una sociedad tal que Palestina sea tan judía como Inglaterra es inglesa, o Estados Unidos es estadounidense", tal y como dijo Chaim Weizmann en la Conferencia de Versalles en 1919— ha resultado difícil de alcanzar.
Y este es el problema que preocupa hoy a Israel. El sionismo logró su objetivo nacional: establecer un Estado judío en una Palestina desarabizada. Sin embargo, no consiguió consolidar ese logro, es decir, hacer que el Estado judío de Israel fuera "tan judío como Inglaterra es inglesa", en palabras de Chaim Weizmann, lo que impidió la lucha de liberación palestina y le garantizó su estatus como Estado legítimo, tanto a nivel regional como internacional. Las autoridades israelíes tuvieron tres oportunidades para hacerlo. En primer lugar, aprovechando sus contactos secretos con los egipcios a mediados de la década de 1950, incluido un acuerdo de Gamal Abdel Nasser en 1954 para celebrar conversaciones de alto nivel, quizá incluso una reunión cara a cara con el primer ministro israelí Moshe Sharett, que Sharett acabó cancelando[3]. En segundo lugar, durante la Conferencia de Paz de Madrid de 1991 y el proceso de paz de Oslo, ambos precedidos por la aceptación por parte de la OLP de la solución de dos Estados y su reconocimiento del "derecho del Estado de Israel a existir en paz y seguridad", algo que Israel nunca negoció de buena fe, ya que duplicó sus asentamientos durante el transcurso de las negociaciones.
Desde 1967 en adelante, pero sobre todo durante el proceso de Oslo, cuando un Estado judío de Israel podría haber conseguido el reconocimiento universal a cambio de un Estado palestino en los Territorios Ocupados y el retorno de un número limitado de refugiados por mutuo acuerdo –una oferta que se repitió en la Iniciativa de Paz Árabe de 2002, a la que el Gobierno de Sharon ni siquiera se dignó responder, la tercera oportunidad perdida–, quedó claro que el proyecto sionista reclamaba toda la Palestina histórica.
La pregunta de cómo normalizar un Gran Israel recibe la misma respuesta que los esfuerzos por normalizar el Israel anterior a 1967 o la propia colonización sionista previa a la creación del Estado: normalización a través de la fuerza, combinada con una política de seguridad basada en servir a los hegemones. En cuanto a los palestinos, se trata de levantar un muro de hierro, tal y como lo describió Ze'ev Jabotinsky en su influyente ensayo de 1923[4]. A medida que el concepto ha evolucionado hasta hoy, la doctrina sostiene que un muro de hierro compuesto por dominación política, militar, económica y tecnológica abrumará y agotará tanto a los palestinos que perderán la esperanza en una Palestina árabe y se someterán. En cuanto al mundo árabe, el muro de hierro ha catapultado a Israel al papel de hegemón militar de la región, sin dejar a los Estados árabes más remedio que normalizar las relaciones, de manera informal si no oficial[5].
Este artículo analiza la política de seguridad israelí, pero con un objetivo concreto: no solo evaluar su eficacia a lo largo del tiempo, sus limitaciones y, tal vez, desde la invasión del Líbano en 1982, su contraproductividad, sino también preguntarse si la dependencia de Israel del poder militar puro abre oportunidades para que los palestinos resistan y, en última instancia, superen la colonización sionista. Los acontecimientos recientes, combinados con los desarrollos geopolíticos a largo plazo y los reajustes políticos y económicos emergentes en la región, han dado lugar a circunstancias potencialmente más favorables para su lucha, si se aprovechan estratégicamente.
La política de seguridad israelí: Al servicio de los hegemones
Todo movimiento colonialista necesita un patrocinador metropolitano, sobre todo porque se enfrenta inevitablemente a una fuerte resistencia local y, a veces, regional. La metrópoli inicial de los sionistas procedía de la comunidad judía organizada de Europa occidental y central; la Organización Sionista Mundial (WZO) se fundó en Basilea en 1897 como instrumento político y diplomático para colonizar Palestina. Como no era un organismo estatal, tuvo que crear sus propias instituciones para financiar la adquisición de tierras y los asentamientos, así como un gobierno operativo, la Agencia Judía, a la que el Mandato de la Sociedad de Naciones de 1922 encomendó «asegurar la cooperación de todos los judíos dispuestos a ayudar en el establecimiento del hogar nacional judío».
La WZO no tardó en ofrecer sus servicios a la potencia hegemónica que pudiera impulsar el proyecto sionista. Ya en 1898, el Segundo Congreso Sionista respaldó los esfuerzos diplomáticos para conseguir una carta del Imperio Otomano que permitiera el asentamiento judío en Tierra Santa a cambio de condonar gran parte de la deuda externa del Imperio[6]. Aunque ese intento inicial fracasó, servir a la siguiente potencia que gobernaría Palestina, los británicos, tuvo un éxito que superó con creces los sueños más descabellados de los sionistas. No solo consiguieron una carta virtual para Palestina en forma de la Declaración Balfour, sino que el Mandato de la Sociedad de Naciones reafirmó que "el Mandatario [los británicos] será responsable de establecer en el país las condiciones políticas, administrativas y económicas que garanticen el establecimiento del hogar nacional judío". En 1947, Gran Bretaña ya había permitido a los sionistas adquirir terrenos estratégicos y establecer una autoridad gubernamental operativa (la Agencia Judía y otras instituciones nacionales) respaldada por un ejército entrenado. La represión de la revuelta árabe por parte de las fuerzas combinadas británicas y judías entre 1936 y 1939 debilitó fatalmente la capacidad de los palestinos para resistir la toma del poder por parte de los sionistas en 1947-1948[7].
Servir a los hegemones requiere un quid pro quo, claro. Para los otomanos era financiero; para los británicos, una mezcla de manipular las sensibilidades religiosas de los sionistas cristianos -que formaban parte clave de la élite británica–, exagerar los beneficios políticos que la comunidad judía mundial podía aportar a los británicos y poner los recursos sionistas a disposición de las autoridades británicas en sus intentos por controlar la resistencia palestina. La independencia de Israel, sin embargo, planteaba un gran dilema. Aunque había logrado obtener el estatus de Estado soberano reconocido por la ONU, Israel seguía siendo una extensión del colonialismo de asentamiento sionista. Para los palestinos y palestinas, para los pueblos árabes y musulmanes que acababan de salir de su propia lucha anticolonial o que aún estaban inmersos en ella, así como para gran parte del Sur Global, Israel representaba una entidad colonial de la que el colonizado pueblo palestino debía liberarse. El sionismo seguía necesitando protectores metropolitanos. Pero, como pequeño Estado colonizador en una región geopolítica crucial para los intereses imperiales occidentales y la energía, ¿qué quid pro quopodía ofrecer a una potencia metropolitana dispuesta a apoyarlo?
David Ben-Gurión abordó esta cuestión de inmediato. Identificó cinco fuentes de influencia israelí: (1) una ventaja cualitativa en los medios convencionales de guerra; (2) la amenaza de la disuasión nuclear; (3) la superioridad tecnológica y económica; (4) la resiliencia nacional basada en la inmigración judía, los asentamientos y la hasbara (relaciones públicas), que juega con el victimismo judío y las sensibilidades religiosas; todo lo cual conduce a (5) una relación especial con una superpotencia en la que Israel tiene su quid pro quo: poner a disposición de la metrópoli su destreza en las áreas de desarrollo y despliegue de armas, contrainsurgencia y lucha antiterrorista, vigilancia y securitización interna, así como tecnología de vanguardia, en lo que Israel está más que encantado de actuar como su ejecutor regional [8].
Esa estrategia no tardó en dar sus frutos. A principios de la década de 1950, Gran Bretaña, que veía a Israel como un contrapeso a los esfuerzos rusos por expulsarla de Oriente Medio, empezó a suministrarle armamento pesado, al igual que hicieron EE UU y Alemania Occidental. Francia, sin embargo, se convirtió en el principal apoyo metropolitano de Israel. No solo le suministró armas sofisticadas, sino que le proporcionó tecnologías armamentísticas que le permitieron desarrollar rápidamente su propia industria armamentística. A mediados de la década de 1950, Israel ya se tomaba tan en serio como potencia militar que, en 1956, se unió al ataque francés y británico contra Egipto; los franceses le proporcionaron un enorme envío de aviones a reacción Mystère IV, tanques Super-Sherman y vehículos de transporte de tanques, camiones, vehículos blindados de transporte de tropas, munición y otros armamentos sofisticados[9]. Hay que señalar que Francia también proporcionó a Israel las bases de su programa de armas nucleares, iniciado en 1952[10].
La alianza con Francia duró hasta 1967, cuando, tras la guerra de Argelia, Francia empezó a buscar una nueva influencia en Oriente Medio, rompiendo finalmente con Israel durante la Guerra de 1967. El cambio hacia el siguiente y actual protector hegemónico, Estados Unidos, empezó en los primeros años de la Administración Kennedy, cuando la decisión de vender el sistema de misiles tierra-aire Hawk abrió el camino a la transferencia de otras armas sofisticadas a Israel y, finalmente, a la incorporación virtual de la industria armamentística israelí a la estadounidense. (Para un análisis detallado de esta relación, échale un vistazo a mi libro War Against the People: Israel, the Palestinians and Global Pacification(2015).
La lógica política y el éxito de la política de seguridad de Israel en la región
Normalización a través de la fuerza
Si servir a los hegemones exige que Israel identifique un quid pro quo que responda a los intereses estratégicos de un posible aliado, el quid pro quo en su propio sentido ha sido inquebrantable y se ha centrado en un único objetivo nacional a lo largo de las décadas. Normalización a través de la fuerza significa permitir que Israel complete su colonización de Palestina, por un lado, haciendo que el «Gran» Israel sea inexpugnable y, por otro, establecer vínculos transaccionales con posibles adversarios que se impongan a las objeciones ideológicas.
A juzgar por la evolución de las relaciones de Israel con los países árabes y musulmanes, su política de seguridad ha tenido logros impresionantes, aunque a menudo fluctuantes. Las ventajas políticas de reconocer oficialmente a Israel, o al menos de no enfrentarse directamente a él, resultaron evidentes para los países de la región desde el principio. Tanto Turquía como Irán votaron en contra del Plan de Partición en 1947, pero la primera estableció relaciones diplomáticas con Israel a principios de 1949, y la segunda un año después, y por razones muy similares. En el contexto de la Guerra Fría, el reconocimiento de Israel supuso alinearse con Occidente, ya que Turquía buscaba entrar en la OTAN e Irán, ayuda económica y militar –con Israel actuando como conducto hacia la Administración estadounidense, el Congreso y las organizaciones judías capaces de influir en la política exterior estadounidense–, lo que se convirtió en una parte vital de su política de seguridad. Como países no árabes, Turquía e Irán también compartían la preocupación de Israel por el nacionalismo árabe radical y la influencia soviética que se extendía por toda la región[11]. Ambos países se convirtieron en piezas clave de la Alianza de la Periferia de Israel, que consistía en establecer alianzas con una serie de Estados y pueblos que rodeaban el núcleo árabe hostil.
En 1957, poco después de que el Sha de Irán creara, con la ayuda de la CIA, la famosa fuerza de seguridad interna SAVAK, su jefe, el general Taimur Bakhtiar, invitó al Mossad a participar activamente en sus asuntos, lo que pronto se tradujo en una cooperación militar y de inteligencia abierta y mucho más amplia, incluida la venta de Uzis y otras armas a la Guardia Nacional Imperial. En 1958, el Mossad firmó acuerdos formales de cooperación con la Organización Nacional de Inteligencia de Turquía y con la SAVAK iraní. El acuerdo tripartito se denominó Trident o Ultra-Watt[12]. En 1963, Israel ayudó a asesorar a Irán en su operación de contrainsurgencia contra las tribus disidentes del sur[13]. En la década de 1970, los intereses estadounidenses y la política de seguridad israelí habían convergido en la Doctrina Nixon, según la cual Israel y el Irán del Sha se consideraban los dos principales guardias de Estados Unidos en la región. A cambio de ser uno de los primeros Estados de la región en reconocerlo, Israel desempeñó un papel clave en la organización, el entrenamiento y el equipamiento de la SAVAK, el temido aparato de seguridad del Sha, que también se convirtió en una importante fuente de información de inteligencia y en un socio –junto con los servicios de seguridad turcos– en operaciones al servicio de todos estos países y de su patrocinador estadounidense[14].
La caída del Sha en la Revolución Islámica de 1979 no puso fin a los vínculos militares de Israel con Irán. La Revolución dejó a Irán en posesión de armas estadounidenses, pero sin piezas de recambio; además, el Gobierno israelí intentó mantener contactos discretos con el Ejército iraní, con el que había colaborado estrechamente y al que había apoyado frente a los iraquíes en su guerra de 1980-88, con la esperanza de acabar derrocando (o al menos moderando) a Jomeini. Cuando estalló la guerra con Irak en los años 80, Israel suministró discretamente más de 30 millones de dólares en equipamiento militar y piezas de repuesto al régimen de Jomeini, en clara violación del embargo de armas estadounidense. El canal israelí israelí-iraní resultó útil posteriormente para los estadounidenses cuando, en lo que se conoció como el escándalo Irán-Contras de 1986, Israel, a instancias de la Administración Reagan, suministró en secreto armas y piezas de recambio a Irán procedentes de sus propias reservas, que EE UU se comprometió a reponer, en un intento por liberar a los rehenes estadounidenses. Los ingresos de esa venta se utilizaron entonces para eludir una prohibición del Congreso sobre la financiación de los Contras, utilizando a Israel como intermediario. De hecho, después de que el Congreso obligara finalmente a la Administración Reagan a poner fin a su implicación con los Contras, los asesores israelíes que proporcionaban entrenamiento y armas israelíes sustituyeron a los estadounidenses[15].
En la década de los 90, Israel y Turquía se estaban acercando, ahora unidos por preocupaciones comunes sobre Irán y su aliado Siria, y ambos eran actores clave en el orden de Washington para Oriente Medio tras el fin de la Guerra Fría y el estallido de la Primera Guerra del Golfo de 1991. Además –y este es un tema recurrente en la política de seguridad israelí– Israel podía proporcionar tecnología militar que Occidente se mostraba reacio a vender a Turquía debido a su guerra contra la insurgencia kurda. En 1992, Turquía elevó sus relaciones diplomáticas con Israel al nivel de embajador y, en 1996, ambos países firmaron un pacto militar formal[16].
"Les vamos a decir a los estadounidenses", afirmó Ya'akov Meridor, el coordinador económico jefe del gabinete israelí en aquel momento, "No compitáis con nosotros en Sudáfrica [del apartheid], no compitáis con nosotros en el Caribe ni en ningún otro país donde no podáis actuar abiertamente. Dejad que lo hagamos nosotros". Incluso utilizó la expresión: "Vended la munición y el equipo a través de un intermediario. Israel será vuestro intermediario», y esto se resolvería mediante un acuerdo con Estados Unidos por el que tendríamos ciertos mercados… que se nos dejarían a nosotros"[17]. De hecho, Israel siguió suministrando equipo militar y munición al régimen de Jomeini al menos hasta 1987[18]. En cuanto al mundo árabe, desde el punto de vista de la política de seguridad israelí, la idea de un conflicto árabe-israelí parece menos bipolar e intransigente de lo que se percibía. Aunque la Liga Árabe rechazó cualquier vínculo diplomático con Israel tras la guerra de 1967 (los famosos Tres Noes de Jartum), en realidad Israel y la mayoría de los miembros de la Liga Árabe compartían la preocupación por la influencia soviética, el panarabismo, el islamismo radical, los movimientos de liberación e incluso los levantamientos que exigían reformas democráticas, al igual que lo hacían Francia, Gran Bretaña y EE UU. Israel, como aliado de confianza (o sustituto) de Occidente, se convirtió en el principal conducto de la ayuda militar y la intervención estadounidense y europea en la región. Así, solo una década (y dos guerras) después de la conferencia de Jartum, Israel firmó un tratado de paz formal con Egipto (1979), seguido de Jordania (1994) durante el proceso de paz de Oslo, y luego vinieron los Acuerdos de Abraham, un inminente tratado de seguridad con Siria y las negociaciones de paz en curso con el Líbano. La normalización con Arabia Saudí, de facto o de jure, representa la joya definitiva de la corona. Aun así, eso puede esperar. Como hemos visto, la cooperación en materia de seguridad entre los dos países existe desde hace años, gran parte de ella canalizada a través del Mando Central de EE UU (CENTCOM), sobre todo en lo que respecta a las amenazas de Irán y los movimientos islámicos radicales.
Israel también ha intervenido con frecuencia para proteger a los regímenes árabes conservadores tanto de amenazas externas como internas. Por citar solo algunos ejemplos: en los años 50 y en los años 60, Israel entrenó a los servicios de seguridad del rey marroquí, lo que le permitió consolidar su posición como gobernante[19]; durante la guerra civil yemení de 1962-1970, se alió con Arabia Saudí e Irán para apoyar a los monárquicos frente a los republicanos respaldados por Nasser[20]; en los años 70, Israel ayudó al régimen totalitario del sultán Qaboos ibn Said en Omán en su lucha contra los insurgentes de la provincia de Dhofar[21]y, ese mismo año, acudió al rescate de Jordania cuando se enfrentaba a una posible invasión siria durante el Septiembre Negro[22]. En 1976, Israel creó el Ejército del Líbano del Sur e invirtió más de 150 millones de dólares en suministros militares y entrenamiento para la milicia (fascista) cristiana maronita de las Falanges, en previsión de la Guerra del Líbano de 1982[23]. Más recientemente, Israel vendió armas al régimen de Saleh, contra el que el pueblo yemení llevaba rebelándose desde 2011[24], se alió activamente con los saudíes ante un posible ataque a Irán[25], ayudó al ejército egipcio a derrocar a Morsi en 2013[26] y ha llevado a cabo cientos de ataques aéreos contra el ISIS en el Sinaí, con el consentimiento de Egipto[27].
Hay que destacar otro componente clave de la política de seguridad de Israel hacia los Estados árabes (y hacia los Estados musulmanes y otros más allá de la región); es decir, el papel crucial que desempeñan las tecnologías securitarias de Israel para mantener a flote los regímenes autocráticos –lo que los activistas árabes denominan diplomacia Pegasus por los activistas árabes debido al papel central que desempeña el software espía Pegasus de fabricación israelí y otras tecnologías de vigilancia israelíes, algunas de ellas desarrolladas, implantadas y comercializadas por empresas conjuntas árabe-israelíes[28]. Las doctrinas israelíes de guerra asimétrica, la contrainsurgencia y la lucha antiterrorista dirigidas contra amenazas islámicas externas marcan ahora los enfoques de seguridad nacional y policial árabes hacia una securitización militarizada. El carácter represivo de prácticamente todos los gobiernos árabes ofrece a Israel un nicho securitario que, si bien no crea una dependencia de las tecnologías de seguridad israelíes, al menos mantiene las condiciones para alguna forma de normalización.
Es aquí donde el laboratorio de Palestina desempeña un papel estratégico[29]. La guerra de baja intensidad que el sionismo lleva librando contra el pueblo palestino desde hace casi un siglo le ha proporcionado a Israel un laboratorio virtual para desarrollar y probar en condiciones reales armamento militar convencional, sistemas de vigilancia y tecnologías de control de la población sobre un pueblo que carece por completo de protecciones, mientras Israel ignora con impunidad el Cuarto Convenio de Ginebra y otros pactos de derechos humanos, sabiendo perfectamente que no se enfrentará a sanciones legales ni a una oposición política significativa. Su modelo de control securitario ha transformado el Territorio Palestino Ocupado en uno de los lugares más vigilados, controlados y militarizados del planeta, un auténtico laboratorio a través del cual Israel suministra tecnologías de control a los Estados árabes: cibervigilancia y software espía; sistemas biométricos y de reconocimiento facial integrados en redes de vigilancia a escala urbana o nacional; tecnología de inspección profunda de paquetes (DPI) para rastrear las comunicaciones por Internet y localizar a los disidentes en línea; herramientas de vigilancia de redes sociales basadas en IA que alimentan una policía predictiva y represiva; drones y robótica para la policía nacional; sistemas y materiales «no letales» de control de multitudes; armas militares adaptadas a la policía nacional: todos ellos productos del Laboratorio Palestino. Es más, Israel exporta un modelo completo de Estado de seguridad, una especie de Estado policial totalitario basado en su régimen de ocupación, perfectamente adaptado a la necesidad de la élite árabe de proteger sus propios regímenes frágiles e impopulares de la misma presión incesante que la resistencia palestina ejerce sobre Israel[30].
Todo esto reforzó el ascenso de Israel como protector de los regímenes suníes y como potencia militar regional. Sin embargo, el objetivo mismo de la política de seguridad israelí es convertir estos vínculos encubiertos en relaciones diplomáticas abiertas, normalizando así su lugar en la región. Porque, volviendo a nuestro punto de partida, la política de seguridad tiene que ver con servir a los hegemones, ya sean locales, regionales o internacionales, una estrategia que conduce a la normalización –normalización a través de la fuerza– que es como, en última instancia, prevalece el colonialismo sionista de asentamientos. Y es que la normalización representa dos objetivos cruciales para los sionistas e israelíes.
En primer lugar, la aceptación de la colonización de Palestina. A pesar de las palabras vacías sobre «vías creíbles hacia un Estado palestino», está claro que la normalización se extiende no solo a Israel propiamente dicho, sino también a su proyecto de asentamientos, ya que no hay ninguna vía concebible para que Israel vuelva a las fronteras de 1967. La exigencia internacional de una solución de dos Estados podría satisfacerse con la creación de un Estado palestino –que sería en realidad un bantustán– en torno al 10-15 % de la Palestina histórica, en partes de las Zonas A, B y Gaza. Aunque esto se quede muy lejos de la formulación propuesta por el Grupo Árabe –"la paz requiere que los palestinos ejerzan sus derechos legítimos e inalienables, sobre todo un Estado independiente dentro de las fronteras de 1967 con Jerusalén Este como capital"[31], en opinión del Gobierno israelí, del Ejército y de todos los partidos políticos judíos, la colonización, pacificación e incorporación continuadas de Cisjordania no suponen ninguna amenaza para el proceso de normalización. Israel es simplemente demasiado poderoso como para boicotearlo y demasiado útil, por su contribución a la seguridad interna de los países árabes, como para rechazarlo; y la cuestión palestina es demasiado marginal como para tener una influencia decisiva.
Así pues, tanto si los Estados árabes establecen relaciones diplomáticas –como está barajando ahora el Líbano– como si firman acuerdos de seguridad –como parece que va a hacer Siria– o simplemente continúan con ese tipo de normalización informal y discreta que ha caracterizado las relaciones con Arabia Saudí en las últimas décadas, lo fundamental para Israel es mantener su capacidad para completar la judaización de Palestina. Cualquiera de estas formas de normalización lo consigue. Solo una guerra real o un auténtico enfrentamiento diplomático suponen una amenaza para la colonización sionista –e Israel tiene poco que temer en esos frentes–. Aparte de los recientes ataques contra Israel por parte de Irán a través de sus aliados, en los que influyó el apoyo a los palestinos durante el genocidio de Gaza, la última operación militar árabe contra Israel fue en 1973. Y aunque Israel ha sido llevado ante la Corte Internacional de Justicia, su primer ministro y su exministro de Defensa han sido acusados de crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional, las violaciones de Israel de los derechos humanos y el derecho internacional han sido condenadas en resoluciones de la ONU y la UE amenaza con imponer sanciones leves –aunque sin intención de hacerlo–, sabe que prevalecerá una forma de gestión de conflictos que le permita seguir adelante, justificada por el deseo de no interferir en la diplomacia. De hecho, el propio proceso de normalización se ha convertido en un instrumento de gestión del conflicto, lo que deja a Israel libre para seguir adelante con su proyecto colonial[32].
En segundo lugar, la normalización no solo confina a los palestinos a enclaves que ocupan entre el 10 y el 15 por ciento de su patria –partes de las Zonas A y B y Gaza, un bantustán sin soberanía y no viable que, sin embargo, podría venderse como un «Estado» para satisfacer la demanda internacional de una solución de dos Estados–, sino que también supone el fin de la lucha palestina. En el pasado, los países árabes siempre habían condicionado la firma de acuerdos de paz a las retiradas territoriales de Israel y a los avances en la vía palestina. La Iniciativa de Paz Árabe, formulada por los saudíes y aprobada por unanimidad por la Liga Árabe en su reunión de Beirut en marzo de 2002, ofrecía a Israel paz, reconocimiento, seguridad y plena integración en la región a cambio del establecimiento de un Estado palestino en los Territorios Ocupados y la aceptación del derecho al retorno de los refugiados, aunque en un número acordado por «consentimiento mutuo».) Como una de las primeras muestras de la fe de Israel en la normalización a través de la fuerza, el Gobierno de Sharon ni siquiera respondió a la Iniciativa; simplemente la ignoró. Ahora, un cuarto de siglo después, la normalización a través de la fuerza parece haber demostrado su eficacia. En lo que él llama su estrategia «de fuera hacia dentro», Netanyahu sostiene que los Estados árabes no sacrificarán sus intereses colectivos por la causa palestina y que, por lo tanto, esta puede desvincularse prácticamente del proceso de integración regional. «Según los palestinos», explicó[33], no se puede lograr la paz sin que cedamos a sus exigencias, como el desmantelamiento de los asentamientos, la división de Jerusalén y la retirada a las fronteras de 1967. Esta percepción errónea les daba a las y los palestinos un veto de facto sobre el logro de la paz entre Israel y los países árabes. Mantenía a Israel y al mundo árabe como rehenes de las exigencias palestinas más extremas, lo que ponía a Israel en un peligro existencial real… Bueno, pues ya no. Durante años, muchos creyeron que la paz entre israelíes y palestinos fomentaría una reconciliación más amplia entre Israel y el mundo árabe. Sin embargo, hoy en día creo que la paz se logrará al revés: es precisamente la ampliación de la reconciliación entre Israel y el mundo árabe lo que puede impulsar la paz entre israelíes y palestinos.
La política de seguridad israelí, por tanto, sigue basándose en la estrategia probada a lo largo del tiempo de servir a los hegemones [regionales] como camino hacia la normalización a través de la fuerza. Aunque comenzó con Turquía e Irán, la estrategia de Israel de identificar y cubrir «nichos» clave en las necesidades de seguridad militar o interna de sus aliados le ha dado la agilidad política para formar parte e integrarse en una coalición de gobiernos suníes[34].
Los límites de la política de seguridad: ¿una oportunidad para los palestinos?
Según la lógica de la normalización por la fuerza, las oportunidades políticas que surgieron el 7 de octubre y la aparente viabilidad de la normalización, había llegado el momento del triunfo sionista. La conquista y la judaización de Palestina se habían completado. Lo único que faltaba para lograr la integración regional era la pacificación, el aplastamiento definitivo de toda resistencia, ya fuera palestina o externa, concretamente la neutralización de Irán y sus aliados como amenazas regionales. El 7 de octubre permitió a Israel, en palabras de Trump, "abrir las puertas del infierno" para terminar el trabajo de una vez por todas, sin miedo a las sanciones, por muy violentas, ilegales o incluso genocidas que fueran sus acciones. Eso, a su vez, convencería a los Estados árabes suníes de que, bajo el paraguas militar israelí, podrían seguir con sus asuntos en paz. El Gran Israel estaba asegurado, la cuestión palestina había desaparecido.
En cambio, la lógica de la política de seguridad que parecía haberle ido tan bien a Israel en el pasado –y que le permitía seguir colonizando Palestina al tiempo que mantenía relaciones discretas con el mundo árabe– pareció salir terriblemente mal justo en el momento en que Israel esperaba que diera sus frutos. Desde el 7 de octubre, la política de seguridad de Israel ha dado un giro radical, partiendo ahora de la idea de que solo la fuerza militar puede remodelar la realidad política, dejando a la diplomacia en un segundo plano o incluso haciéndola irrelevante[35]. El poder de Israel, ahora desatado brutalmente en todas direcciones, no ha conseguido ninguno de sus objetivos. Aunque la resistencia palestina ha sufrido un revés –Hamás se ha visto debilitado militarmente y las iniciativas políticas de la sociedad civil palestina están sufriendo una represión sin precedentes–, la masacre de Gaza ha encendido la opinión pública en el mundo árabe y musulmán, así como a nivel internacional, convirtiendo la cuestión palestina en algo que no se puede eludir ni ignorar. Y lo que es más importante para la política de seguridad israelí: la agresividad descarada y desenfrenada de Israel en toda la región ha arrastrado a los Estados árabes a un conflicto desastroso.–
Sin embargo, la mera perspectiva de una normalización a través de la fuerza le ha dado a Israel una sensación exagerada de derecho sobre la región. "La creencia ya arraigada de Israel de que la fuerza militar no solo es esencial para la seguridad, sino también una vía viable hacia la integración regional y la normalización", escriben al-Ghashian e Ishai[36], "reforzada por los Acuerdos de Abraham y aún más radicalizada por la dinámica posterior al 7 de octubre, se basa en la suposición de que las demostraciones de fuerza pueden disuadir a los adversarios, obligarles a ceder y, en última instancia, sustituir al compromiso diplomático".
Sin embargo, tras el 7 de octubre, Israel se siente con derecho a desatar su poderío militar contra cualquier objetivo de la región o más allá sin temor a sanciones. Citando amenazas existenciales como Irán y Hezbolá, o presentando amenazas como existenciales para justificar respuestas totalmente desproporcionadas –como el genocidio de Gaza y la violenta limpieza étnica que está llevando a cabo en Cisjordania–, Israel percibe el momento político como su oportunidad para afirmar su dominio como hegemón militar indiscutible de la región, al tiempo que elimina por completo la cuestión palestina. El poderío militar, sostienen al-Ghashian e Ishai[37], "se empezó a considerar cada vez más capaz de… reconstruir la disuasión, reafirmar el dominio, remodelar las alianzas regionales, obligar a la moderación entre los adversarios e incentivar la cooperación y la normalización entre los Estados árabes"
Precisamente por su poder –pero un poder desvinculado de la moderación, la diplomacia y unos horizontes políticos creíbles, sobre todo en lo que respecta a la cuestión palestina–, Israel se ha convertido en una fuente de riesgo e inestabilidad para Arabia Saudí y los demás Estados árabes que dan prioridad a la estabilidad, la previsibilidad y la integridad territorial. Como dicen al-Ghashian e Ishai:
Desde el punto de vista israelí, la lógica de la normalización a través de la fuerza parecía coherente en sí misma. Israel buscaba demostrar determinación, eliminar amenazas y posicionarse como pilar de una nueva arquitectura de seguridad regional. Sin embargo, esta lógica subestimaba cómo se percibían las acciones israelíes más allá de sus fronteras —especialmente en Arabia Saudí y otros Estados árabes suníes moderados como Egipto, Jordania, y los Emiratos Árabes Unidos, cuya principal preocupación es la estabilidad del régimen y la previsibilidad regional[38].
Los responsables políticos israelíes solían dar por sentado que sus socios árabes interpretarían el activismo militar de Israel como un activo compartido contra enemigos comunes. En la práctica, muchos de estos países percibían ese mismo comportamiento como algo profundamente desestabilizador… En lugar de afianzar una coalición regional, Israel se presentaba cada vez más como una fuente de riesgo. Mientras Arabia Saudí y otros Estados árabes moderados se esforzaban por reducir la tensión, mediar y reconstruir –en Gaza, el Líbano y Siria–, Israel siguió apostando por mantener sus operaciones y su dominio táctico… Como resultado, Israel –que antes algunos veían como un actor regional estabilizador– se ha ido percibiendo cada vez más como un agente del caos: poderoso pero impredecible, capaz pero con el riesgo que conlleva asociarse estrechamente con él.
A pesar de las persistentes divisiones sectarias y de las diferentes orientaciones e intereses políticos, los Estados de la región están empezando a darse cuenta de que un sistema multipolar en el que las conexiones con el Sur Global protegen sus activos y garantizan el comercio mejor que la dependencia de una única potencia hegemónica dominante —en su caso, unos Estados Unidos prepotentes y quijotescos cuyo compromiso con Israel eclipsa todo lo demás—. El Acuerdo de La Meca, un pacto de defensa trilateral firmado recientemente entre Turquía, Pakistán y Arabia Saudí, es una respuesta directa a la desestabilización provocada por EE UU e Israel, pero surge de reajustes más profundos. La aparición del bloque BRICS sin duda ha influido. Egipto, los Emiratos Árabes Unidos e Irán se han unido (Arabia Saudí está a medio camino), atraídos sobre todo por sus objetivos de aflojar el control del G-7 sobre las instituciones económicas mundiales y ofrecer alternativas del Sur Global, como el Nuevo Banco de Desarrollo.
Una manifestación concreta de este cambio es la Iniciativa de la Franja y la Ruta, patrocinada por China, cuya ruta marítima pasa desde el este por la India, Pakistán, Irán, los Estados del Golfo, Arabia Saudí y Egipto de camino a Europa, aunque el comercio interregional a lo largo del trayecto tiene más importancia que el mero hecho de llegar a los mercados europeos. Del mismo modo, la ruta terrestre de la Iniciativa La Franja y la Ruta entra en Europa a través de Irán y Turquía. Ambas, cabe destacar, evitan pasar por Israel. De forma similar, el proyecto STEP, en el que participan Arabia Saudí, Turquia, Egipto y Pakistán, el comercio pasa por ese corredor, también sin pasar por Israel, pero con un ramal hacia Egipto y centros que lo integran en el proyecto de la Franja y la Ruta. Es revelador que el Corredor India-Oriente Medio (IMEC), respaldado por EE UU, tenga a Haifa como su principal centro interregional.
Al-Ghashian e Ishai[39] concluyen que Israel debe "recalibrar" su camino hacia la normalización. Aunque el poderío militar sigue siendo destacado, la «normalización a través de la fuerza» por sí sola es insuficiente, incluso contraproducente. La normalización no puede ser un subproducto del dominio, sino el resultado de un compromiso político sostenido, la reciprocidad y la previsibilidad. El poder militar debe estar subordinado a la diplomacia. Un analista israelí lo expresa sin rodeos: tras el 7 de octubre, escribe M[40], los peligros de basar la estrategia israelí únicamente en el poderío militar son evidentes en todos los frentes.
En los esfuerzos de normalización, el poder de Israel, paradójicamente, socava la diplomacia: los Estados árabes pueden reconocer su fuerza, pero también la ven como algo desestabilizador –radiactivo en términos políticos–. En Siria y el Líbano, la falta de un seguimiento diplomático ha echado por tierra una oportunidad única de convertir a antiguos enemigos en socios potenciales. Y en Gaza, la búsqueda obsesiva de una «victoria decisiva» se ha convertido en el pretexto para una guerra horrible y sin rumbo, una que pone en peligro la legitimidad moral de Israel y la propia posibilidad de resolver el conflicto israelo-palestino.
Nunca antes la elección entre la diplomacia y el militarismo había sido tan clara –ni tan trascendental– para la seguridad y la resiliencia a largo plazo de Israel. La nación se encuentra ahora en una encrucijada: entre un posible avance diplomático –poner fin a la guerra en Gaza, establecer límites respaldados internacionalmente al programa nuclear de Irán y avanzar en la normalización con el mundo árabe– o una marcha mesiánica hacia un futuro espartano, condenado a vivir por la espada y a morir por la espada.
¿Ha flaqueado la política de seguridad de Israel? ¿Hay alguna oportunidad que los palestinos puedan aprovechar? Las preguntas están planteadas, las circunstancias políticas bien entendidas y analizadas. Ha llegado el momento de una estrategia y una acción coordinadas, con visión de conjunto y lideradas por los palestinos.
Counterpunch
1 - Pekka Pitkänen, A Commentary on Numbers: Narrative, Ritual, and Colonialism. Taylor & Francis, 2017.
2 - Masalha, Nur, The Bible and Zionism: Invented Traditions, Archaeology and Post-Colonialism in Palestine-Israel. Vol. 1. Zed Books, 2007.
3 - Avi Shlaim, The Iron Wall: Israel and the Arab World. Norton, 2001, pp. 128-129.
4 - Vladimir Ze'ev Jabotinsky, V. The Iron Wall (1923). Retrieved at: https://israeled.org/wp-content/uploads/2025/06/1923.-11-Jabotinskys-Iron-Wall-text-pdf.pdf
5 - Shalim, Iron Wall, pp. 13-16, 626-627.
6 - Howard M. Sacher, A History of Israel from the Rise of Zionism to Our Time. New York: Alfred A. Knopf, 1981, pp. 47-48; Tom Segev, A State at Any Cost: The Life of David Ben-Gurion. Farrar, Straus and Giroux, 2019, p. 309.
7 - Matthew Hughes, Britain's Pacification of Palestine: The British Army, the Colonial State, and the Arab Revolt, 1936-1939. Cambridge University Press, 2019.
8 - Shay Shabtai, Israel's National Security Concept: New Basic Terms in the Military-Security Sphere, Strategic Assessment 13:2 (2011), pp. 7-18.
9 - Stewart Reiser, The Israeli Arms Industry: Foreign Policy, Arms, Transfers, and Military Doctrine of a Small State. Holmes & Meier, 1989, pp. 45-77.
10 - Avner Cohen, Israel and the Bomb. Columbia University Press, 1998.
11 - Jean-Loup Samaan, Israel s Foreign Policy Beyond the Arab World: Engaging the Periphery. Routledge, 2018.
12 - Benjamin Beit-Hallahmi, The Israeli Connection: Whom Israel Arms and Why. Pantheon, 1987, pp. 9-11; Alexander Murinson, The Ties Between Israel and Azerbaijan. Begin-Sadat Center for Strategic Studies, 2014, p. 13. Consultado en: besacenter.org/wp-content/uploads/2014/10/MSPS110-web.pdf.
13 - IJAN, Repression. Consultado en: https://israelglobalrepression.files.wordpress.com/2012/12/israels-worldwide-role-in-repression-footnotes-finalized.pdf.
14 - Shlaim, Iron Wall, p. 196; Omid Voqoufi, The US, Israel and the Foundation of SAVAK. Islamic Revolution Document Center, Tehran, 2012. Consultado en: https://www.irdc.ir/en/content/18727/default.aspx.
15 - Feinstein, Shadow World, pp. 378-382; Goldfield, Garrison, pp. 19-20)
16 - Shlaim, Iron Wall, pp.195-196; Ephraim Inbar, The Deterioration in Israeli-Turkish Relations and Its International Ramifications. Begin-Sadat (BESA) Center for Strategic Studies, 2011, pp. 2-3. Consultado en: https://www.biu.ac.il/Besa/MSPS89.pdf.
17 - Jane Hunter, Israeli Foreign Policy: South Africa and Central America. Boston: South End Press, 1987; SIPRI Military Expenditure, 2014.
18 - Beit-Hallahmi, Connection, pp. 13-15.
19 - Bruce Maddy-Weitzman, Israel and Morocco: A Special Relationship. The Maghreb Review 21:1-2 (1996), pp. 36-48. Consultado en: https://dayan.org/content/israel-and-morocco-special-relationship-maghreb-review.
20 - Asher Orkaby, Beyond the Arab Cold War: The International History of the Yemen Civil War, 1962-68. Oxford University Press, 2017, pp. 169-177).
21- Yossi Melman, The 'Oman File': Inside the Mossad's Alliance with Muscat, Israel's Window into Iran. Ha'aretz, November 26, 2020. Consultado en: www.haaretz.com/israel-news/2020-01-23/ty-article/.premium/the-oman-file-inside-the-mossads-alliance-with-muscat-israels-window-into-iran/0000017f-db4a-d856-a37f-ffcafaef0000.
22 - Ziv Rubinovitz, "Blue and White 'Black September': Israel's Role in the Jordan Crisis of 1970". The International History Review 32(4), 687-706.
23 - Beit-Hallahmi, Connection, pp. 9-21.
24 - Jimmy Johnson, Israeli Arms Sales to Rwandan Genocidaires Should Not Be Surprising. Jadaliyya, 2012. consultado en: www.jadaliyya.com/Details/26418.
25 - Elizabeth Blade, "The Unspoken Alliance: Israel and the House of Saud". Israel Today, 2012. Part 1. Consultado en: https://www.israeltoday.co.il/NewsItem/tabid/178/nid/23416/Default.aspx; Part 2. Retrieved at: https://www.israeltoday.co.il/NewsItem/tabid/178/nid/23420/Default.asp
26 - Middle East Monitor MEMO), "Israel General: Israel was Behind Coup Against Egypt's Morsi", April 3, 2019. Consultado en: www.middleeastmonitor.com/20190403-israel-general-israel-was-behind-coup-against-egypts-morsi.
27 - David Kirkpatrick, "Secret Alliance: Israel Carries Out Airstrikes in Egypt, with Cairo's O.K". The New York Times, 3/02/2018. Consultado en: www.nytimes.com/2018/02/03/world/middleeast/israel-airstrikes-sinai-egypt.html.
28 - auren McMillen,The Outsized Role of Surveillance Technology in the Israel-UAE Abraham Accords. Dawn (2025). Consultado en https://dawnmena.org/the-outsized-role-of-surveillance-technology-in-the-israel-uae-abraham-accords.
29 - Feldman, Yotam. The Lab (2013). Retrieved at: https://www.youtube.com/watch?v=yWo1SrIyFKI; Jeff Halper, War Against the People: Israel, the Palestinians and Global Pacification. Pluto Press, 2015; Antony Loewenstein, The Palestine Laboratory: How Israel Exports the Technology of Occupation Around the World. Verso, 2023.
30 - Jeff Halper, Israelizing the American Police, Palestinianizing the American People. The Link 53:5 (2020), pp. 2-15. Consultado en: https://www.ameu.org/PDF-Archives/vol53_issue5_2020.aspx
31 - Ephrem Kossaify (2026). "Saudi Envoy Tells UN Security Council Two-State Solution Only Path to Lasting Mideast Peace", Eurasia Review (August 20). Consultado en: https://www.eurasiareview.com/19062026-saudi-envoy-tells-un-security-council-two-state-solution-only-path-to-lasting-mideast-peace
32 - Yuval Benziman, "Netanyahu's Attempt to Delink Israel-Arab Relations from the Palestinian Issue", Mitvim (abril. 2018). Consultado en: https://mitvim.org.il/wp-content/uploads/Yuval_Benziman_-_Netanyahus_Attempt_to_De-Link_Israel-Arab_Relations_from_the_Palestinian_Issue_-_April_2018-1.pdf; Gil Murciano, Leveraging Friction: Using Israel's Tensions with Normalization Countries to Engage Them in Israeli-Palestinian Peace-Making," Mitvim (April, 2025). Retrieved at: https://mitvim.org.il/wp-content/uploads/2023/04/Leveraging-friction-Gil-Murciano.docx.pdf.
33 - Anna Barsky, Netanyahu: "Just as They Didn't Believe I Would Bring a Peace Agreement – I Will Also Bring Sovereignty," Ma'ariv, August 16, 2020 (Hebrew). Consultado en: https://www.maariv.co.il/news/politics/article-78416
34 - Halper, War, pp. 67-85.
35 - Gil Murciano, "Peace Through Strength – Israel's Version: Abandoning Diplomacy for a Military-Only Strategy". Mitvim (agosto, 2025), p. 2. Consultado en: https://mitvim.org.il/wp-content/uploads/2025/08/Peace-Through-Strength-Gil-Murciano-August-2025.pdf
36 - Aziz al-Ghashian and Eric Ishai, "Normalization Through Strength? A Dual Israeli-Saudi Examination of Power, Perception, and the Limits of Military-Centric Regional Strategy", Mitvim, abril, 2026, p. 1. Consultado en: https://mitvim.org.il/wp-content/uploads/2026/04/Al-Gashian-and-Ishai-A-Dual-Israeli%E2%80%93Saudi-Examination-of-Power-Perception-and-the-Limits-of-Military-Centric-Regional-Strategy.pdf
37 - al-Ghashian and Ishai, Normalization, p. 3.
38 - al-Ghashian and Ishai, Normalization, pp. 7-8.
39 - al-Ghashian and Ishai, Normalization, pp. 9-10.
40 - Murciano, Peace, p. 5.
