24 de marzo de 2026: Del terror de estado al terror de masas

Aunque la vida en común venga siendo estragada por el crimen social de la violencia socioeconómica concentradora de la riqueza en pocas manos, con indiferencia por el dolor ajeno, continuará la consigna levantada y caída una y otra vez, mientras una chispa de esperanza utópica siga viva: Nunca más.
Por Alejandro Kaufman - Profesor universitario, crítico cultural y ensayista. Es profesor titular regular en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de Quilmes e investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani, dependiente de la Facultad de Ciencias Sociales.
La inquietud distópica porque la fecha invierta su sentido para tornarse reivindicación de la "reorganización nacional" no encontró todavía su nuevo límite en los tiempos de oscuridad que corren. La Argentina que ellos quisieron ya no aparece como advertencia o aviso de incendio por parte de un temperamento preventivo, sino como gradual y creciente manifestación de aquello que en forma latente estuvo respirando estrago todos estos años desde la vergüenza arrojada sobre la sociedad que consintió el horror.
Transcurrido medio siglo, lo que tenemos o lo que podemos pensar en estos días es cómo de alguna manera hemos vuelto en muchos aspectos, no en otros ni en todos, a los que fueron los designios de la dictadura, no en sus métodos sino en sus propósitos, no en idénticas consecuencias luctuosas, sino en la vida en común imaginada por ellos. ¿Cuál era el país que quería la dictadura? Un país en el que se suprimiera la justicia social hasta cierto punto. Que la justicia social se extinguiera, que se redujera a su menor expresión, que se desvitalizara. La dictadura no pretendió tanto como abolirla por completo y declararla crimen imprescriptible, como ahora se ha dicho. Pretendió erradicar, exterminar a quienes habían sido los actores de una forma de la justicia social, considerada tanto en la dictadura como después, como incompatible o indeseable para una vida democrática. La dictadura se figuraba una vida democrática expurgada, depurada de utopías. Quería esterilizar esos "elementos", excluir demandas de justicia que tuvieran cierta radicalidad, cierto grado de irreductibilidad o de irreversibilidad, porque para ellos alteraban determinados valores o determinada lógica jerárquica conservadora, "occidental y cristiana". La dictadura pretendía una democracia depurada con un enfoque socioeconómico neoliberal capitalista tributario de la riqueza concentrada, pero nunca se le ocurrió explícitamente ni en cuanto a sus acciones destruir el Estado en forma programática y deliberada. No obstante que hirió al estado en sus cimientos, al desaparecer a una multitud, y al desaparecerla para siempre, y al falsificar identidades de cientos de recién nacidos. Hirió al estado porque el grado cero del estado es el registro poblacional de quién nace y de quién muere. Esa condición precede incluso a identificar a las personas de manera moderna. Destruir el lazo social en su determinación poblacional, en su propia existencia reconocible y compartible, rompe un principio civilizatorio originario aun anterior a la estatalidad misma. Gobiernos democráticos hicieron mucho por reparar esa demolición, por restaurar el lazo social, siempre frente a diversos grados de apoyo y compromiso, o indiferencia y aun oposición silenciosa o marginal.
No fue anarcocapitalista la dictadura. Las ideas del anarcocapitalismo comportan una distopía que pretende llevar las características monopólicas del capitalismo hasta sus últimas consecuencias. Lo dicen ellos mismos. No es una interpretación. Una distopía constituida por una elite de millonarios a la enésima potencia, un Olimpo selecto formado por un puñado de propietarios del universo entero. Rememorar es recordar continuidades y discontinuidades, identidades y transformaciones. Reconocer los distintos y cambiantes rostros de lo que perpetra, hiere y mortifica.
Y entonces, en el trayecto hacia esa distopía se sigue un camino que fue trazado también en la época del menemismo, que tuvo diversos momentos de intención y que constituyó el legado del programa socioeconómico de la dictadura. Son las mismas acciones llevadas al límite. Nunca la abierta crueldad y brutalidad con que se plantea esta depuración radical, extrema de la vida social, había alcanzado una expresión de esta naturaleza y alcance pretendido. La otra diferencia importante entre la dictadura y el momento actual es que en la dictadura hubo un consentimiento silencioso, pasivo, implícito, no reconocido, mientras que ahora se alcanzan propósitos similares en ese terreno de lo socioeconómico a través del voto. O sea, hay una voluntad que es abigarrada, que es obtusa, que es oscura, que niega algunos aspectos y afirma otros, pero que concuerda, que apoya un proyecto que está desencadenando los fenómenos que venimos padeciendo y que son posibles porque se los asume como un sacrificio necesario frente a un enemigo que hay que destruir. Eso también, el enemigo que destruir, es algo común con la dictadura. En la dictadura había un enemigo que eliminar, que desaparecer. Y el enemigo que ahora se trata de destruir y desaparecer en realidad es el mismo enemigo, con métodos distintos. Los métodos diferentes no son solamente los métodos del gobierno para realizar su programa, sino que tampoco son los mismos los métodos que la justicia social requiere o practica para alcanzar sus metas. Los métodos son democráticos desde hace cincuenta años. Democráticos en el modo en que se discuten, con antagonismos y discrepancias. De un talante democrático forma parte alentar y dar hospitalidad a que la herencia de un movimiento social que procedió de diferentes modos en el pasado y fue luego víctima de desaparición, al no haber desaparecido en su totalidad, y al haber dejado una herencia popular democrática, sea admitido como parte de la vida en común en lugar de ser empujado cada vez más a una criminalización y etiquetamiento de terrorismo por ideas y acciones constitutivas del repertorio democrático en todo el mundo.
Por fin, la discusión que instaló la dictadura argentina es una discusión sobre la democracia imaginada o pretendida. Entonces la democracia no fue tanto como mera y simplemente la superación de la dictadura, sino que devino -considerada aquí y ahora- en la consumación en mayor o menor medida de lo que la dictadura se propuso, mientras el movimiento popular renunció a la violencia política en sus formas del pasado reciente. Eso no quiere decir que toda violencia fuera a ser suprimida, porque como bien sabemos, la protesta social, la huelga, la manifestación callejera son ahora consideradas como terrorismo, como violencia punible por el gobierno actual, en lo cual coincide también con la dictadura. A veces eso no resulta tan obvio porque algunas de las formas de la violencia en la época previa a la dictadura tuvieron otras características inequívocamente nombrables con esa palabra, mientras que las de ahora son parte de la vida democrática y siempre existieron. No hay democracia que pueda impedir que las calles sean escenario de protestas. Los pertrechos que en todo el mundo usan las fuerzas de seguridad urbana admiten esas formas de protesta, están diseñados para confrontarlas o contenerlas, se defienden y protegen de ellas porque las dan normativamente por supuestas, de lo contrario, si de terrorismo o guerra se tratara, procederían como se procede en las respectivas situaciones. Ello no comprende apalear personas discapacitadas o ancianas, ni trabajadores y trabajadoras en manifestación o huelga. Sin embargo, esta forma particular en que han ocurrido las cosas en la Argentina, en donde la dictadura no tuvo un liderazgo vitalicio y único como el de Pinochet, se autoconsideraba transitoria, tuvo varios presidentes porque ninguno predominó, no fue populista, no tuvo adhesión explícita de masas, todo aquello deseado se consumó finalmente a través de un largo proceso de medio siglo que terminó en lo que estamos experimentando ahora, en un sentido ominoso, incierto, doloroso, destructivo, que tendremos que rememorar y reconocer en la actualidad en este nuevo aniversario, en que las palabras repetidas durante décadas se vuelven a presentar en la jornada señalada. Palabras que se dicen o se piensan todos los días, y que no remiten a aquello que forma parte de la vida social predecible, aun si conflictiva y problemática, sino a aquello que no fue esperable que sucediera, que no debería haber sucedido, y que aunque la vida en común venga siendo estragada por el crimen social de la violencia socioeconómica concentradora de la riqueza en pocas manos, con indiferencia por el dolor ajeno, continuará la consigna levantada y caída una y otra vez, mientras una chispa de esperanza utópica siga viva: Nunca más.
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