Al deporte argentino lo sostienen las familias

15.05.2026
Elián Larregina es un representante nacional. Prensa
Elián Larregina es un representante nacional. Prensa

La repetición de esta situación de abandono del Estado convirtió a una rifa en política deportiva.

Por Emiliano Ojea

Hay una escena que se repite en el deporte argentino y lo más preocupante es que ya dejó de sorprendernos. Un grupo de jóvenes deportistas clasificados para representar a la Argentina en una competencia internacional vende rifas, organiza una peña, apela a la solidaridad para cumplir su sueño deportivo. No lo hacen porque no entiendan que debería ser de otra manera. Lo hacen porque tienen que viajar, competir y representar, y si no consiguen el dinero, se quedan y pierden esa posibilidad que se ganaron.

Hay años de entrenamiento, de madrugar, de fines de semana dedicados a competir. Hay familias que organizan su vida alrededor de ese recorrido, que ajustan tiempos, recursos y prioridades para sostenerlo. Y hay, detrás de cada rifa, una convicción: que el deporte forma personas, que lo que se aprende en una cancha o en una pileta no se aprende en ningún otro lado. Por eso la familia hace lo que puede.

El sueño del deportista nunca es individual. Es un sueño compartido. Cuando aparece la posibilidad de competir, de viajar y de representar a nivel regional, nacional e internacional, no es un evento más: es la culminación de años.

Lo más grave es que dejó de sorprendernos. La repetición de esta situación de abandono del Estado convirtió a la rifa en política deportiva. Cuando una rifa reemplaza a una política pública, el deporte deja de ser un derecho y pasa a depender de la capacidad de juntar plata.

No se recortaron partidas. Se recortan trayectorias deportivas.

El deporte y los derechos no se financian con rifas

El deporte no es un privilegio ni un hobby. Es un derecho. La Constitución Nacional en su artículo 14 bis y la Ley Nacional del Deporte (20.655) establecen la responsabilidad del Estado de garantizarlo. Eso no es una declaración filosófica: es una obligación jurídica. Cuando un deportista no puede competir porque no tiene financiamiento, no estamos ante una limitación individual: estamos ante un incumplimiento del Estado.

Lo que sucede en el deporte argentino no es una crisis coyuntural. Es la naturalización de ese incumplimiento. Nos acostumbramos a que el Estado no esté. Y cuando algo injusto se vuelve normal, deja de discutirse, deja de reclamarse, deja de tener responsables.

El costo del deporte no desaparece cuando el Estado se retira. Se desplaza. Si no lo paga el Estado, lo paga la federación. Si no puede la federación, lo paga el club. Si no puede el club, lo paga la familia. Y cuando la familia no puede, lo paga el deportista con su ausencia.

Ese último eslabón es el más invisible. El deportista que no viaja, que abandona, que deja de competir, desaparece del sistema sin dejar registro. No activa ninguna alarma institucional. Y el sistema sigue funcionando como si nada hubiera perdido.

El ajuste en el deporte no elimina el gasto: lo baja de nivel hasta que termina en la mesa familiar. No es una privatización formal, con una ley o una decisión anunciada. Es una transferencia silenciosa del costo. El Estado no dice "ahora lo pagan las familias", pero en la práctica eso es exactamente lo que sucede. Lo que antes debería ser parte de una política pública termina convertido en cuota, rifa, bono contribución, peña, venta de empanadas, sponsor informal o deuda familiar.

Así, la familia se convirtió en la infraestructura invisible del deporte argentino. Paga viajes, cuotas, materiales, tratamientos, traslados. Pone tiempo, logística y acompañamiento emocional. El deporte argentino no se cae porque las familias lo sostienen. Pero justamente por eso el problema se vuelve más invisible: mientras las familias resuelven, el gobierno de turno aprende que puede seguir sin hacerse cargo.

En ese contexto aparece una figura nueva: el deportista gestor. Organiza, gestiona, busca recursos, arma eventos; porque si no lo hace, no compite. Algunas provincias y municipios apoyan, pero no siempre. Cada actor de la cadena tiene su problema real. La federación realmente no tiene fondos. El club realmente no puede cubrir un viaje. La solidaridad comunitaria es valiosa, pero no debería reemplazar al Estado. La solidaridad no puede ser el presupuesto permanente del deporte argentino.

Cuando la carrera de un deportista depende de su bolsillo, el sistema deja de seleccionar talento y empieza a seleccionar capacidad económica.

La trampa del mérito

Sobre este paisaje opera un relato que lo vuelve tolerable: el mérito. Los que llegan es porque se esforzaron más, quisieron más.

Entrenar dos veces por día requiere tiempo. Tener tiempo requiere no tener que trabajar para ayudar en casa. Viajar requiere dinero. Un entrenador de calidad requiere poder pagarlo. Recuperarse de una lesión requiere acceso a la salud. Todo eso tiene un costo que el mérito individual no puede resolver solo.

Sin igualdad de condiciones, el mérito no premia al más talentoso: premia al que pudo sostener el camino. El talento puede aparecer en cualquier barrio. La oportunidad, no.

El deportista exitoso de origen humilde no es la prueba de que el sistema funciona. Es la excepción que el sistema usa para justificarse. "Mirá, si se puede." Sí, se puede. Pero ¿cuántos con la misma capacidad no llegaron porque el sistema los dejó afuera antes? El deporte argentino no sabe cuántos talentos pierde por no poder sostenerlos. Y no saberlo también es parte del problema.

Cuando un deportista viste la camiseta argentina para competir en un Mundial o en unos Juegos Panamericanos Universitarios, no representa a su familia ni a su club. Representa al Estado Nacional. Porta los colores, el himno, la bandera. Es un embajador.

Que ese deportista tenga que hacer una rifa para cumplir esa representación no es una anécdota emotiva. Es una contradicción institucional. El Estado manda a alguien a representarlo y no le da los medios para hacerlo. Representar al país no puede ser una carga privada.

Y hay algo más grave. No se trata solo de no financiar los viajes. El gobierno nacional ha suspendido concentraciones y cancelado giras de entrenamiento en categorías juveniles que son la base del sistema. No es omisión: es intervención activa en sentido contrario. No es que el Estado no llegue: es que decide no llegar.

El Estado aparece en la foto del podio. Desaparece en el costo del proceso. Cuando un gobierno decide no financiar la representación internacional de sus deportistas, no toma una decisión técnica de ajuste. Toma una decisión política sobre qué tipo de Estado quiere ser y a quiénes representa.

Lo que no debería depender de una rifa

Las familias argentinas sostienen el deporte porque creen en él. Porque saben que lo que un pibe o una piba aprende compitiendo —a perder, a volver a intentarlo, a ser parte de algo más grande que uno mismo— no tiene precio ni reemplazo. Esa convicción merece todo el respeto.

Pero una sociedad no puede construir un sistema deportivo sobre el sacrificio familiar como infraestructura permanente. El deporte es un derecho, y los derechos no se financian con rifas.

Mientras el Estado no se haga cargo —con una ley actualizada, con presupuestos sostenidos, con arquitectura institucional que articule clubes, federaciones, universidades y gobierno— el acceso al deporte, a la competencia y a la representación nacional va a seguir dependiendo más del código postal y del bolsillo familiar que del talento.

¿Quién debe sostener el derecho a competir cuando un deportista representa a su institución, a su provincia, a su país? No es una pregunta económica. Es una pregunta política.

El sistema deportivo quedó chico para lo que el deporte argentino necesita y merece. Registrar lo que está mal es el primer paso. El segundo es no aceptar que esto sea normal.

*Coordinador Ejecutivo del Observatorio del Deporte Metropolitano, UMET.

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