Argentina bajo Milei, ¿hacia un «modelo peruano»?

Más allá de las razones coyunturales –antiperonismo, miedo a un derrumbe financiero si el oficialismo perdía– de la victoria de La Libertad Avanza (LLA) en las elecciones legislativas argentinas, la conexión del mandatario libertario con su electorado se explica por cambios de largo aliento en la sociedad argentina, hoy alejada de un pasado más igualitario y un Estado de bienestar muy incompleto pero presente. En esa medida, el peronismo busca representar a una sociedad que ya no existe como en el pasado.
Por José Natanson - Periodista y politólogo. Es director de Le Monde diplomatique edición Cono Sur y de la editorial Clave Intelectual.
El 26 de octubre pasado, el partido de Javier Milei obtuvo un rotundo triunfo en las elecciones legislativas argentinas de medio término. Alcanzó 41% de los votos, contra 35% de la oposición peronista, imponiéndose en casi todas las provincias, incluida la de Buenos Aires, la más poblada del país. A pesar de los dramáticos efectos sociales del ajuste implementado por su gobierno, de la fragilidad del plan económico –dos semanas antes de los comicios Milei tuvo que ser rescatado por Donald Trump– y del estilo agresivo del presidente, que no se priva de insultar a dirigentes y periodistas con palabras que oscilan entre lo sexual y lo escatológico, lo cierto es que el triunfo fue diáfano.
Tres explicaciones ayudan a entenderlo. Las dos primeras aluden a cuestiones más circunstanciales, por lo que las voy a describir sintéticamente para pasar al corazón de este artículo: los cambios profundos que viene experimentando la sociedad argentina desde el agotamiento del modelo desarrollista a mediados de los años 70, que se aceleraron desde hace dos o tres décadas, y sin los cuales no sería posible entender la llegada de Milei al gobierno en diciembre de 2023, ni la afirmación política de su proyecto en las elecciones legislativas de este año.
Antiperonismo y voto miedo
La primera explicación es la capacidad del gobierno de activar el tradicional voto antiperonista. Como desde hace 80 años, cuando los trabajadores industriales marcharon a la Plaza de Mayo para reclamar por su líder encarcelado, Juan Domingo Perón, el eje peronismo/antiperonismo sigue siendo el principal ordenador de la vida política argentina, y el antiperonismo, la identidad política más fuerte.
En este caso, lo que sucedió es que, un mes y medio antes de las elecciones nacionales de octubre, se realizaron comicios en la provincia de Buenos Aires. Aunque se trataba de elecciones para definir los representantes de la Legislatura local, funcionaron, por el peso natural del distrito, que concentra 38% del electorado argentino, y la «nacionalización» de facto que acompañó la campaña, como una especie de primera vuelta nacional. El peronismo, liderado por el gobernador Axel Kicillof, se impuso por casi 14 puntos de diferencia ante los candidatos de Milei.
Pero esta derrota de la derecha, que golpeó con fuerza al gobierno libertario, acabó por despertar al gigante antiperonista dormido, como un silencioso 17 de Octubre –fecha de nacimiento del peronismo– al revés. La capacidad de Milei para instalar a sus candidatos como el mejor instrumento para frenar al peronismo, en su versión kirchnerista, se verificó en el fracaso de las terceras fuerzas, y sobre todo en la evolución electoral en la provincia de Buenos Aires, donde los libertarios de Milei obtuvieron en octubre un millón de votos más que en septiembre. Pero aunque la operación fue exitosa, también encierra un riesgo: Milei llegó a la Presidencia como un outsider que trató de trascender el universo antiperonista (para el Milei de la primera vuelta de 2023, el país no se había «jodido» con el peronismo, sino mucho antes, con el «socialismo»). Aun así, en la segunda vuelta sumó a su núcleo original de 30% (muchos de ellos varones jóvenes) el voto más tradicionalmente antiperonista proveniente de Propuesta Republicana (PRO), el partido del ex-presidente Mauricio Macri –un voto clásico de clase media, más envejecido y mucho menos plebeyo que el de Milei–.
Si en la segunda vuelta de 2023 Milei llegó a 54% de los votos, esta vez La Libertad Avanza (LLA), su partido, alcanzó 41%, lo que sugiere que parte de su electorado comenzó a abandonarlo (la participación bajó respecto de la elección presidencial). La actual coalición mileísta, que incluyó a la mayor parte del macrismo, se parece hoy más a la base histórica del antiperonismo, lo que da como resultado un Milei más parecido a Macri, que es también un Milei más previsible (sus primeros pasos tras la victoria buscaron ir en ese sentido), pero también menos novedoso y fresco.
La segunda explicación del resultado es el «voto económico». Desde la publicación de The American Voter en 1960[1], una de las teorías más recurridas de la ciencia política es aquella que propone que el comportamiento electoral está guiado sobre todo por la percepción económica, en particular de los meses previos a los comicios: hay cientos de papers que modelan esta hipótesis, correlacionando tantos puntos de crecimiento con tal porcentaje de votos. Sin embargo, los meses anteriores a los comicios no fueron buenos. Para entender el punto, entonces, hay que considerar el proceso más largo. Apenas llegó al gobierno, Milei ordenó una devaluación de la moneda de 80%, un duro ajuste fiscal, un aumento de las tarifas de los servicios públicos y una contracción de la base monetaria. Después del primer fogonazo inflacionario, la combinación de recorte del gasto público, suba de la tasa de interés y caída brutal de los salarios posibilitó una disminución drástica de la inflación, que pasó de 25% mensual en los últimos dos meses del gobierno peronista a cerca de 2%. Con los meses, el atraso del tipo de cambio (dólar barato) permitió sumar un ancla más al plan desinflacionario e impulsar el consumo de bienes intensivos en dólares (autos, electrodomésticos) y el turismo al exterior, aunque al costo de una pérdida de reservas que obligó al gobierno a pedir un auxilio primero del Fondo Monetario Internacional (FMI) y después de EEUU: el Tesoro de ese país, encabezado por Scott Bessent, llegó al punto de vender directamente dólares en el mercado de cambio argentino en los días previos a las elecciones para evitar una devaluación del peso.
Ante las turbulencias financieras, las inconsistencias del propio plan y el riesgo electoral, la economía venía efectivamente a los tumbos, con el consumo y los ingresos en caída. Sin embargo, Milei apostó todo a una idea: la estabilidad y la baja de la inflación serían premiadas por los votantes. Y ganó. El «voto económico» operó, pero de una forma sutilmente distinta a otros momentos del pasado. Buena parte de los argentinos decidieron darle más tiempo al gobierno; un crédito condicionado. Las encuestas cualitativas entre los seguidores de Milei recogían la idea de que se trata de una gestión plagada de problemas, incluso desagradable, pero que todavía se merece una oportunidad. Sucede que, a diferencia de otros países de América Latina (en Perú, por ejemplo, juró el duodécimo presidente en décadas sin que el sol se devalúe ni la inflación se dispare), en Argentina la debilidad política e inestabilidad económica son indisolubles. La hiperinflación de 1989 y el estallido de la convertibilidad en 2001 fueron sedimentando una memoria social que asocia las derrotas electorales al caos económico. La ayuda de EEUU reforzó esta percepción a niveles casi extorsivos: explícitamente, tanto Bessent como Trump supeditaron el auxilio a un triunfo libertario –en caso contrario, dijo Trump, «dejaría de ser generoso» con Argentina–.
Ese fue el marco en que diversos escándalos que afectaron al gobierno, y que se suponía que dañarían su desempeño electoral, pasaron a un segundo plano, como la estafa con la criptomoneda Libra, audios que involucraban a la hermana del presidente, Karina Milei, en un presunto caso de retornos, y la caída de José Luis Espert, uno de los principales candidatos de Milei, denunciado por haber recibido dinero, en 2019, de un acusado por narcotráfico en Estados Unidos.
El camino del Inca
Estos movimientos circunstanciales se recortan sobre un paisaje de fondo, que es el de la «peruanización» de la sociedad argentina. Este es en realidad un término con un doble uso: varios funcionarios han elogiado el modelo peruano –que combina fuerte inestabilidad política con una sorprendente estabilidad económica–, mientras que los críticos del gobierno de Milei perciben a Perú como un ejemplo de sociedad desigualitaria que no sería deseable imitar.
Pero antes de desarrollar la idea, unos datos para matizarla. El proceso por el cual Argentina se fue convirtiendo en un país más desigual, con más pobreza e informalidad, con una clase media en retroceso y servicios públicos insuficientes, está lejos de ser total. En muchos aspectos, la comparación con otros países latinoamericanos sigue dejando un saldo positivo para Argentina. La cobertura previsional, cercana a 95%, es la más alta de la región, y la principal política de transferencias de ingresos –la Asignación Universal por Hijo– llega a 4,2 millones de niños (2,5 millones de hogares reciben además transferencias vía la Tarjeta Alimentar). La educación alcanza estándares comparativamente altos: la tasa neta de asistencia a la escuela secundaria es de 94%, la segunda más alta de América Latina, y la cobertura de educación inicial es casi total, 97%[2], además de contar con un sistema de educación superior amplio, vibrante y bastante inclusivo, producto de la diversificación de las universidades públicas de los últimos 30 años. Las clases medias conservan un lugar central en la vida política y cultural del país: los argentinos realizan 120 visitas al teatro por cada 1.000 habitantes al año, contra 25 de Brasil y 60 de Chile; gastan un promedio de 10 dólares en libros por persona al año, contra 3 de Brasil y 4 de Colombia, y van más más al cine (5 veces al año, contra 2 en México)[3]. La vida nocturna de Buenos Aires, y en menor medida de otras grandes ciudades del país, es legendaria, porque hay más dinero, por una tradición cultural de larga data y porque… aún es seguro.
En efecto, a pesar del declive económico, los súbitos cambios de orientación política y la sensación general de decadencia, Argentina tiene uno de los índices de homicidios per cápita más bajo de la región: 4,2 homicidios cada 100.000 habitantes, lo que sitúa al país en niveles similares a Europa del Este (como siempre, el promedio esconde la trampa de la desigualdad: si se considera el mismo índice en los barrios acomodados de Buenos Aires, es similar al de Madrid o París; si se considera el de las zonas más pobres del conurbano, podría asimilarse a los de Panamá o Costa Rica, pero siempre muy lejos de Brasil, Colombia o México)[4].
Estos datos alentadores refieren a conquistas del pasado que se ha logrado conservar –alto nivel educativo, baja violencia social–, pero también a avances que se consiguieron más recientemente –la cobertura previsional y un piso mínimo, en verdad muy mínimo, de ingresos–. Sin embargo, esto no debería ocultar el hecho de que, considerada en su conjunto, la evolución es negativa. Hasta mediados de los años 70, en efecto, la sociedad argentina era, junto a las de Uruguay y Chile, una de las menos desiguales de la región, con un índice de Gini de 0,34, cercano al de España en aquellos años (0,33) y muy inferior al de la mayoría de los países latinoamericanos. La pobreza era de 6,5% y la desocupación de 2,7%, casi pleno empleo. Con un PIB per cápita de 2.200 dólares, Argentina ostentaba el tercer PIB per cápita más alto de la región, superado solo por Venezuela y Uruguay (más o menos el doble de Brasil, Colombia o México)[5].
Esa Argentina se fue deshilachando. Desde que el golpe de Estado de 1976 comenzó a desmantelar el modelo estadocéntrico de industrialización por sustitución de importaciones (que ya había dado muestras de agotamiento), la economía crece poco y de manera muy espasmódica. Acotados periodos de expansión (los primeros años del gobierno de Raúl Alfonsín, el neoliberalismo desde 1991 hasta el Efecto Tequila de 1994, la recuperación kirchnerista de 2003 hasta la crisis financiera de 2009) son sucedidos por crisis explosivas (1982, 1989, 2001, 2019). Cada crisis deja la economía varios escalones abajo, y aunque con el tiempo se recupera, no logra superar el estadio anterior. Entre 1975 y 2025, la economía argentina creció 0,55%, contra 2,8 % de Chile y 1,3 % de Brasil. Argentina es el único país de la región que no duplicó su riqueza en los últimos 50 años (Chile la multiplicó por 3,8)[6]. Si una mirada larga revela una trayectoria de decadencia, una mirada más corta muestra un proceso directamente desolador: desde 2011 hasta hoy, la economía argentina se mantuvo estancada, contra una América Latina que, sin alcanzar los récords del periodo del boom de los commodities, siguió creciendo; en estos mismos años, Chile creció 2,8% y Brasil, 1,4%. Este persistente estancamiento es reflejo de una volatilidad extrema: Argentina es, junto con Venezuela, el único país de la región que no logró resolver el problema de la inflación y que sufre alteraciones permanentes del tipo de cambio.
Sería largo, y no es objeto de este artículo, entender las causas profundas de este obstinado declive, que no puede ser cargado en la mochila de una determinada orientación ideológica: si en los últimos 50 años hubo gobiernos de progresistas y de conservadores, dictatoriales y democráticos, en los últimos 15 hubo gestiones desarrollistas (la segunda de Cristina Fernández de Kirchner), moderadamente neoliberales (Mauricio Macri) y moderadamente desarrollistas (Alberto Fernández). Las tres, en mayor o menor medida, fracasaron. Los últimos tres presidentes (Cristina Fernández de Kirchner, Macri, Alberto Fernández) terminaron con el doble de la inflación con la que asumieron. Y los tres perdieron: Cristina Fernández de Kirchner no logró la elección de su candidato en 2015, Macri no pudo reelegirse y Alberto Fernández ni siquiera lo intentó.
Desde el final del modelo industrialista, Argentina se sacude al ritmo del enfrentamiento entre dos perspectivas opuestas, que logran prevalecer durante un tiempo, pero cuya fuerza no les alcanza para imponer un modelo de desarrollo perdurable: la tradición liberal-aperturista, que apuesta al «campo» (agroindustria) como motor del crecimiento, y la tradición nacional-desarrollista, defensora de la industria (y de los trabajadores que ella emplea). A lo largo de la historia, el campo ha presionado por una economía abierta, que le permita exportar libremente las materias primas, lo que a su vez deriva en impuestos más bajos, una mayor desregulación y una política exterior alineada con las grandes potencias (que son sus clientes). La industria, en cambio, exige protección, un mercado interno robusto (trabajadores y clases medias que compren sus productos) y una política exterior orientada a la integración regional. En Argentina, el precio del dólar no es una variable técnica sino el corazón del conflicto distributivo; la dificultad para resolver esta puja se refleja en sus tremendas oscilaciones y en la inflación que las acompaña. El periodista Martín Rodríguez lo sintetizó en la frase «gobernar Argentina es gobernar el dólar».
Pero el objetivo de este artículo no es tanto analizar la trayectoria decepcionante de la economía argentina –el camino del Inca–, sino describir su consecuencia: la erosión progresiva de la sociedad igualitaria y su transformación en una sociedad más cercana a otras de América Latina; en otras palabras, la «peruanización».
«Peruartina»
La desigualdad argentina viene aumentando de manera sostenida. El índice de Gini se sitúa hoy en 0,42, un nivel más bajo que el de la mayoría de los países de la región pero mucho más alto que el de los años 70. En paralelo con este proceso, se ha ido consolidando un núcleo duro de pobreza estructural en torno de 25%, que puede disminuir luego de unos años de crecimiento y dispararse ante la primera crisis, pero que siempre está ahí. Tanto la alta desigualdad como la roca dura de la pobreza estaban prácticamente ausentes en la estructura social de hace medio siglo; pero se fueron afirmando y ahora no hay gobierno, ni de derecha ni de izquierda, que pueda con ellas: son rasgos permanentes de la sociedad argentina. Junto a ello, otras dos novedades sociales.
La primera es la crisis de ingresos. A diferencia de otros países de la región, históricamente el empleo asalariado formal en Argentina era predominante y gozaba de una amplia cobertura de servicios, altos niveles de sindicalización y un generoso sistema de protección. Desde mediados de los años 70, esta clase obrera relativamente homogénea se fue partiendo en tercios: asalariados formales, asalariados informales y desocupados. Pero todavía quienes lograban conseguir trabajo podían vivir relativamente bien, o al menos evitar caer en la pobreza. En los últimos 15 años, la persistencia de la inflación y la dificultad de las empresas y el Estado para ajustar los salarios con el aumento de los precios crearon una realidad nueva: el trabajador pobre[7]. Se estima que 22% de los asalariados argentinos se encuentran hoy por debajo de la línea de la pobreza –y, más notable aún, se calcula que 9,7% de los asalariados formales son pobres–[8]. Esta situación, sintetizada en la frase «A mi sueldo le sobran 15 días», llevó a su vez a un récord de endeudamiento de las familias, que toman créditos con tarjetas y billeteras virtuales para pagar gastos corrientes.
El segundo rasgo novedoso es una explosión de la economía informal, una de las marcas más destacables del modelo peruano. Más que la pobreza o la desigualdad, que por otra parte han disminuido, el rasgo principal de la economía peruana es la informalidad. Según la Encuesta Nacional de Hogares, 75,7% de la fuerza laboral peruana se desempeña en empleos informales, 25 o 30 puntos más que en países latinoamericanos comparables en términos de PIB per cápita, como Colombia o Ecuador. Es un mundo de capitalismo popular en el que prosperan personajes como Felicito Yanaqué, el pequeño empresario de transporte piurano que es el «héroe discreto» que da título a la novela de Mario Vargas Llosa. (El hecho de que el éxito emprendedor de Yanaqué se vea ensombrecido por la amenaza de unos mafiosos que le exigen que pague por protección es una muestra de las oportunidades que abre el mercado, pero también de los problemas que entraña la desprotección estatal del neoliberalismo).
En Argentina, como en todo país en desarrollo, siempre hubo bolsones de actividad no registrada, pero la economía gozaba de niveles de formalización –laboral, impositiva, previsional– bastante altos. Esto se verifica en el hecho de que las ferias o mercados populares eran pequeños y marginales, en contraste con los gigantescos mercados populares de Gamarra (Lima), El Alto (Bolivia) o Tepito (México). Pero hoy las ferias son parte del paisaje comercial y de la vida cotidiana de los sectores populares, desde las más organizadas, como La Salada, hasta las más desordenadas, como la de Solano, ambas en el llamado conurbano bonaerense.
Esta nueva conformación de la estructura social ha ido consolidando nuevas subjetividades que contribuyen a explicar el triunfo de Milei. Mencionémoslas brevemente, solo a efectos de conectar las mutaciones sociales con el ascenso de la extrema derecha en su versión libertaria. Para los argentinos más jóvenes, la idea de un trabajo formal, con recibo de sueldo y con plenos derechos, es casi una quimera. Probablemente ni sus abuelos, ni sus padres ni ellos mismos conocieron nunca el aguinaldo, la obra social[9]o el sindicato, por lo que el clásico discurso peronista de organización y derechos sociales carece totalmente de sentido. Mientras tanto, Milei propone libertad para trabajar, emprender y ganar dinero –y garantiza una inflación en descenso que le da previsibilidad a cualquier ganancia, por más pequeña que sea–. La adscripción de las nuevas generaciones al neoliberalismo –y ahora al libertarismo– es menos producto de una «penetración ideológica» a través de algún dispositivo imperialista que el resultado del lugar que ocupan en el capitalismo globalizado.
El clásico discurso peronista pro-Estado también pierde sentido. A mediados del siglo pasado, Argentina fue uno de los pocos países de la región en construir un Estado de bienestar, incompleto y lleno de fallas, pero presente. Producto del declive económico mencionado, este Estado ha ido perdiendo capacidades. Aunque conserva agencias de alta eficacia, como la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses), el organismo previsional que tiene a su cargo la Asignación Universal por Hijo (AUH) y que en la pandemia pudo desplegar en tiempo récord un salario social complementario, lo cierto es que la salud y la educación atraviesan una crisis de largo plazo, en buena medida por su transferencia a los Estados provinciales, que profundizó la desigualdad entre jurisdicciones y que dificulta los esfuerzos de los gobiernos populares para articular una política nacional de recuperación.
Para muchos argentinos, la idea de un Estado presente, garante de derechos y barrera última contra la exclusión y la pobreza suena al eco lejano de algo que quizás en algún momento existió, pero que no conocieron. Peor aún: el Estado aparece como algo exclusivo de algunos pocos privilegiados, lo que alimenta el discurso de Milei, quien llegó a decir «Soy un topo que viene a destruir el Estado desde adentro».
En amplios sectores populares de las periferias urbanas empobrecidas, algunas funciones tradicionales del Estado son ejercidas por asociaciones vecinales, clubes, iglesias evangélicas, la Iglesia católica e incluso el narco. Sin llegar al extremo de otros países de la región (en Argentina, por caso, hay pocas «zonas liberadas» del control del Estado), lo cierto es que la estatalidad se ha ido erosionando.
La escuela pública existe, pero se encuentra muy deteriorada: si parte de la clase media se fue inclinando por servicios de salud y educación privados, los sectores populares que pueden permitírselo optan por las escuelas parroquiales (católicas de bajo costo). Perforado y disminuido, el Estado aparece entonces en su faz menos amable: la policía, vista como un vector de seguridad pero también como un peligro o simplemente como corrupta y/o ineficiente, y la autoridad impositiva.
El sueño de Milei
El éxito inicial de Milei, que obtuvo 54% de los votos en el balotaje de 2023, se explica en parte por su capacidad para conectar con este nuevo electorado informal, que vive desconectado del Estado, luchando en el día a día de una cotidianeidad imposible, integrado en su mayoría por varones jóvenes, al que se le sumó el tradicional voto antiperonista de clase media y alta. Su primer éxito de gestión, la estabilización de la economía y la baja de la inflación, fue posible por un ajuste inédito en la historia nacional. Frente a quienes argumentaban que la sociedad argentina, con su memoria igualitarista y su tradición de luchas sociales, no toleraría un recorte fiscal tan severo, Milei aplicó un ajuste equivalente a 5% del PIB, que incluyó una baja del poder adquisitivo de las jubilaciones de 23,3% en el primer año, una caída de los salarios reales de los empleados públicos de 22% y la paralización de la obra pública.
Milei entendió las condiciones reales en que se encontraba la sociedad argentina, los cambios estructurales que había experimentado y el malestar profundo generado por los últimos gobiernos de «profesionales de la política». Parado sobre el suelo barroso de esta decepción general contra la elite, enarboló la motosierra como sinónimo de ajuste fiscal y denunció a la «casta» como descalificación de la política tradicional, para poner en pie un programa de gobierno básico: orden fiscal, orden macroeconómico y orden en las calles (la represión a la protesta social y la política de «mano dura» contra el delito, dos cuestiones que el gobierno confunde deliberadamente en su discurso, son otros de los ejes de su gestión[10]). Si a ello le sumamos la batalla cultural antiprogresista, una dimensión que Milei activa y desactiva según el momento, el cuadro completa una oferta de gobierno acotada, pero contundente.
Al mismo tiempo, el programa económico de Milei profundiza el «modelo peruano». La primarización de la producción, la dificultad para agregar valor a las exportaciones y la consolidación de enclaves de riqueza que derraman poco sobre el resto de la economía son rasgos constitutivos de este modelo (solo el oro y el cobre explican 45% de las exportaciones peruanas, y el resto están compuestas por otros minerales, café, frutas y pescado). El punto de partida de Argentina es muy distinto. Por más expansión de la frontera agrícola del monocultivo que haya experimentado, el complejo sojero explica solo 20% de las exportaciones, seguido por la industria automotriz, el complejo petrolero-petroquímico y el maicero. Todavía hoy, pese a todo, entre 25% y 30% de las ventas al exterior siguen siendo manufacturas de origen industrial. Pero el norte está claro. Desde la llegada de Milei al poder, los sectores que más crecieron fueron la minería, el agro y la intermediación financiera, y los que más cayeron fueron la construcción y la industria. Según datos oficiales, solo creció uno de los 16 rubros que integran el índice de producción industrial manufacturero: la refinación de petróleo. Esto, a su vez, se refleja en el empleo. Como explica el especialista Luis Campos, los únicos sectores que generan puestos de trabajo formal hoy son el agro, la minería y la pesca, pero no alcanzan para compensar los empleos en blanco perdidos en la construcción (66.000) y la industria (29.600). En total, en el último año se destruyeron unos 200.000 puestos de trabajo formal, que en su mayoría se reconvirtieron a alguna modalidad desprotegida[11].
El objetivo es claro. El shock devaluatorio ya hizo su trabajo de licuación de ingresos y reducción del gasto público, mientras que el atraso del tipo de cambio, en combinación con la apertura comercial, produjo una reconversión productiva que afecta a los sectores menos competitivos, que son también mano de obra intensivos. En el largo plazo, la apuesta del modelo libertario se centra en el agro, los hidrocarburos y la minería, algo de economía del conocimiento, turismo y no mucho más: el sueño de «Peruartina» es el sueño de un país con menos industria, es decir menos sindicatos, socialmente más heterogéneo, sin Estado de bienestar, con salarios más bajos y mayor informalidad. En suma, Milei llegó al gobierno y logró una asombrosa reafirmación política porque leyó mejor que nadie el proceso experimentado por la sociedad argentina en las últimas décadas; ahora, con sus políticas, lo está consolidando.
1.
Angus Campbell, Philip E. Converse, Warren E. Miller y Donald E. Stokes:
The American Voter, University of Chicago Press, Chicago, 1960.2.
Secretaría de Evaluación e Información Educativa: «Tasas de escolarización. Consideraciones sobre las fuentes y métodos de cálculo», Ministerio de Educación de la Nación, 2023, disponible en www.argentina.gob.ar/sites/default/files/tasa_de_escolarizacion_-_consideraciones_sobre_las_fuentes_y_metodos_de_calculo.pdf
3.
Unesco: UIS Data Browser, disponible en https://databrowser.uis.unesco.org/
4.
Juliana Manjarrés, Christopher Newton y Marina Cavalari: «Balance de InSight Crime de los homicidios en 2024» en InSight Crime, 26/2/2025, disponible en https://insightcrime.org/es/noticias/balance-insight-crime-homicidios-2024/
5.
Fuente: Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).
6.
Fuente: Banco Mundial.
7.
Ernesto Mate y Ana Natalucci: «El trabajador pobre» en
Le Monde diplomatique edición Cono Sur N° 275, 5/2022.8.
Datos de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec.
9.
En Argentina, la seguridad social depende de cada sindicato, que controla sus propios servicios de salud mediante las llamadas «obras sociales».
10.
Esto se expresa en el protocolo antipiquetes desplegado por la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, que impide cortar calles como forma de protesta.
11.
Lucía Ortega: «Luis Campos: 'Con la Ley Bases le dieron muchísimo más poder a los empleadores'» en La Izquierda Diario, 9/12/2024.
