El Cementerio de Praga se mudó a la Argentina

Las falsas conspiraciones que denuncian el presidente y sus acólitos son tantas que es difícil recordarlas y llevar la cuenta. Denunciar conspiraciones y conspiradores no sólo sirve para ocultar – o por lo menos encubrir temporalmente – el plan de destrucción del país, sino para justificar la represión violenta de quienes lo resisten.
Por Daniel Cecchini
En Conspiraciones y tramas, un artículo de 2007 recopilado en "De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera", Umberto Eco escribía: "Consecuencia paradójica: detrás de cada falsa conspiración, quizás se oculte siempre la conspiración de alguien que tiene todo el interés de presentárnosla como verdadera". Al leer la frase, da la impresión de que el autor de "El nombre de la Rosa" podría estar escribiendo hoy sobre la Argentina de Javier Milei y la banda de lúmpenes y saqueadores que han llegado a la función pública colgados de sus anchos pantalones. También se podría pensar que Eco se quedó corto, porque las falsas conspiraciones que denuncian el presidente y sus acólitos para ocultar la suya verdadera no son una o dos, sino muchas, tantas que es difícil recordarlas y llevar la cuenta.
Están la de los periodistas ensobrados por el kirchnerismo, la del gobierno ruso (peor aún: de la difunta Unión Soviética, al decir de esa caricatura política llamada Lidia Lemoine) que con sus rublos infernales paga campañas de desprestigio, la de los woke dirigidos por homosexuales, siempre pedófilos, y mujeres aborteras que atentan contra la moral y las buenas costumbres de los argentinos de bien, las que pergeña la casta política para preservarse frente a la cruzada purgadora del gobierno, la de los parásitos del Estado, la de los sindicalistas corruptos, la de los empresarios prebendarios, la de los zurdos de mierda, la de los jubilados desestabilizadores (excluyendo a los que le prestan plata a Manuel Adorni) y siguen las firmas.
Todo esto propalado y potenciado por medios y periodistas adictos, que vienen a ser, paradójicamente, a los únicos que el gobierno no denuncia como "ensobrados". Hay que darles tiempo a Milei y sus muñecos parlantes para que denuncien como criminales a quienes aseguran que la Tierra es redonda o que el sol sale por el Este y se pone en el Oeste.
Como la sociedad no es homogénea, Milei necesita denunciar conspiraciones a medida para convencer a los diferentes sectores de la población. En ese sentido, y para seguir con el bueno de Umberto Eco, su estrategia parece una copia calcada de la que instrumenta el protagonista de "El Cementerio de Praga", el enigmático y desequilibrado capitán Simonini – y su otro yo, producto de su locura en desarrollo, el abate Dalla Píccola -, un falsificador experto, creador de las más importantes teorías conspirativas del siglo XIX, a quien adjudica la original invención de Los Protocolos de los Sabios del Sión, gestados en una secreta reunión rabínica que sitúa durante una noche oscura en el cementerio que da el nombre a la novela. "De ese modo, poco a poco, (a Simonini) se le fue abriendo camino en la mente una idea que, él no lo sabía, era muy hebrea y cabalística. No tenía que preparar una escena única en el cementerio de Praga y un discurso único del rabino, sino distintos discursos, uno para el cura, el otro para el socialista, uno para los rusos, el otro para los franceses. Y no tenía que prefabricar los discursos: tenía que producir hojas separadas que, mezcladas de modo distinto, darían origen a uno o a otro discurso. Así él podría vender, a diferentes compradores, y según las necesidades de cada cual, el discurso apropiado", escribe Eco.
Las similitudes no acaban ahí, porque el Simonini de la novela es un hombre tremendamente desequilibrado, aunque eficaz en su tarea. En el caso de Milei, detrás de cada falsa conspiración se esconde un supuesto enemigo y si esas conspiraciones se multiplican, como viene ocurriendo in crescendo, es porque necesita cada día más enemigos para sostenerse. Necesita que se hable de ellos para distraer a la sociedad de los casos de corrupción, como la estafa de $Libra, los injustificables préstamos a funcionarios, el 3% de Karina a costa de la atención de los discapacitados, y de las consecuencias de una política económica que potencia la dependencia del país, multiplica la desocupación, entrega soberanía y hace imposible que millones de argentinos puedan llevar una vida mínimamente digna.
Denunciar conspiraciones y conspiradores no sólo sirve para ocultar – o por lo menos encubrir temporalmente – el plan de destrucción del país, sino para justificar la represión violenta de quienes lo resisten. Porque los conspiradores son enemigos y, se sabe, para los enemigos ni justicia. Criminalización, represión y bombardeo mediático son las patas del trípode. Cada una de ellas refuerza a las otras en un juego de retroalimentación que se traduce en una espiral de violencia estatal.
En este sentido, la estrategia de Milei y los suyos para justificar la violencia, tampoco es original. Sin caer en una extrapolación histórica, el discurso suena repetido. En "Un enemigo para la nación: orden interno, violencia y ´subversión'", 1973-1976", la historiadora Marina Franco revisa el proceso de construcción de la figura del "subversivo" durante las presidencias de Raúl Lastiri, Juan Domingo Perón e Isabel Martínez de Perón hasta llegar al golpe cívico militar del 24 de marzo de 1976. Se trata de gobiernos constitucionales y formalmente democráticos, como el de Javier Milei.
Por un lado, a partir de hechos concretos, documentos reservados y discursos públicos, Franco reconstruye cómo durante esos gobiernos se fue aplicando y justificando una escalada represiva con el objetivo, en primera instancia, de acallar la protesta social y, después, de aniquilar al "enemigo interior", término difuso que englobaba a opositores políticos, integrantes de organizaciones revolucionarias, estudiantes politizados, comisiones internas antiburocráticas e intelectuales críticos. Por el otro, la historiadora investiga el papel de la prensa para instalar la idea de que la Argentina vive en una situación de caos nacional provocada por ese "enemigo interno", instrumentado por enemigos externos (en aquellos años, la subversión internacional y, por lo tanto, apátrida ahora, por caso, los gobiernos ruso e iraní), y así inscribir en el imaginario de gran parte de la sociedad la necesidad de reprimir sin reparar en medios ni leyes y, finalmente, lograr apoyo civil para la anulación de cualquier garantía democrática.
No se trata de rememorar una época lejana, sino de situar un mecanismo. En la Argentina mileísta hay presos políticos, procesos judiciales manipulados desde el Ejecutivo (lo corroboró el propio presidente al asegurar que Cristina Fernández de Kirchner seguirá presa), represión callejera y un accionar policial violento y criminal cuyo caso emblemático es el disparo del prefecto Guerrero a la cabeza del fotógrafo Pablo Grillo.
En este contexto también hay que situar los gestos y discursos negacionistas y hasta reivindicadores de la última dictadura que surgen del seno del propio gobierno. Este año, al video oficial emitido el 24 de marzo al conmemorarse los 50 años del golpe, se sumó por estos días una "parada militar" realizada en la Plaza Malvinas de La Plata, ordenada por el ministro de Defensa, general Carlos Presti. Se la presentó como un acto de homenaje a los caídos del Regimiento en la Guerra de Malvinas, pero fue repudiado por el Cecim, la organización que reúne a los excombatientes platenses. La única lectura posible es que se trata de una provocadora reivindicación del Terrorismo de Estado por parte de este gobierno: esa plaza ocupa los antiguos terrenos del Regimiento 7 de Infantería, donde funcionaba la jefatura Área 113. Desde allí, el padre del ministro, el genocida Roque Carlos Presti, comandó la represión ilegal en los primeros tiempos de la dictadura, y tuvo bajo su órbita a 18 centros clandestinos de detención y tortura. La violencia estatal también necesita de símbolos que la enaltezcan.
Frente a este panorama es difícil calcular por cuánto tiempo más serán eficaces las falsas teorías conspirativas con las que el gobierno y sus medios adictos intoxican todos los días a la sociedad, como tampoco se puede saber hasta dónde llegará el nivel de violencia en la represión de las protestas sociales. En un presente donde las instituciones republicanas se han convertido en cáscaras vacías, y la oposición política está más preocupada por su supervivencia dentro del simulacro de la representatividad en las próximas elecciones que por defender los intereses de sus votantes, la respuesta parece estar en la calle.
Fuente:
https://lateclaenerevista.com/el-cementerio-de-praga-se-mudo-a-la-argentina-por-daniel-cecchini/
