¿Está loco o nos vuelve locos?

28.08.2026
NELSON ALMEIDA. AFP
NELSON ALMEIDA. AFP

Por Fernando D'Addario

En lo que realmente importa, Milei no está loco: nos está volviendo locos. Y si estuviera loco, sería lo de menos. El principal peligro de hoy no es producto de los desvaríos escatológicos, los delirios mesiánicos y la incontinencia tuitera del presidente sino de la racionalidad voraz de un puñado de cuerdos. Una élite empoderada, dispuesta a profundizar ya mismo la brecha social y a blindar a futuro sus privilegios.

No hay nada de locura en "peruanizar" el manejo de la política monetaria ni en garantizar la inmunidad de los delincuentes económicos. No hay locura, tampoco, en la decisión de alentar el endeudamiento de buena parte de la población como complemento del deterioro de su salario. Mucho menos en llevar a la intemperie a millones de trabajadores en nombre de la libertad y la modernización.

Hay un fuera de campo de esa "Armada Brancaleone" que nos lleva de aquí para allá todos los días de nuestras vidas, y que casi siempre nos indigna y a veces nos incita a la burla (sí, también hay cosas que son para reír y llorar al mismo tiempo): detrás del cambalache y de la sordidez de sus principales representantes hay un modelo de país que se está consolidando en silencio.

La aceptación de ese nuevo modelo es transversal a casi todas las fuerzas políticas, permea la mayoría de los medios periodísticos más influyentes y admite inclusive maquillajes, paliativos y llamamientos a la "empatía", pero no negocia sus lineamientos básicos: subordinación incondicional a los negocios y a los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos; desplazamiento de la matriz productiva del país, que debería dejar atrás la puja por la hegemonía entre campo e industria en favor del extractivismo minero, la explotación de hidrocarburos y la intermediación financiera; irreversibilidad de la correlación de fuerzas entre capital y trabajo. Es el famoso "rumbo", ya no hacia Perú, sino hacia Nigeria. No hay en ese tránsito locura alguna, salvo –como válvula de escape- la nuestra.

Mientras el Congreso vota disciplinadamente las leyes que realmente le interesan al poder (con la excepción del cisne negro de la bandera de Malvinas que frustró, por ahora, la entrega de tierras estratégicas a capitales extranjeros), el proceso de destrucción nos encuentra entretenidos con los insultos de Milei a los periodistas, la interna aparentemente ya dirimida entre la Hermana y el mago del Kremlin, y las continuas manifestaciones de crueldad que resultan presupuestariamente irrelevantes pero tienen un objetivo adicional: volvernos locos.

Cuando peor van las cosas más nos "entusiasmamos" con la inminencia de un colapso final del gobierno. Pero dos días después una encuesta pagada por no sabemos quién nos dice que el 40 por ciento todavía confía "un poco" o "mucho" en Milei y volvemos inmediatamente a la depresión y al nihilismo. Hace muy poco, en el lapso de tres días se votó en contra de la ley de extranjerización de las tierras, el gobierno reprimió ferozmente a los manifestantes en el Congreso y se conoció un índice inflacionario un poco más alto que el anterior. Hubo quien dijo, desde "este lado", que habíamos vivido una "semana sublime".

Es la parte que nos toca de la mentada "desconexión con la realidad", que no es patrimonio exclusivo del extraviado primer mandatario. Festejamos cuando vuelve a subir la inflación porque es la prueba de la inconsistencia del plan económico, pero lo sufrimos media hora más tarde cuando vamos al supermercado. La mayoría de la gente, despolitizada y ajena a las especulaciones ideológicas, prefiere que haya un cambio pero no quiere que suba la inflación. Cuestión de prioridades.

Las fantasías apocalípticas de los sobrepolitizados funcionan como un tiro en el pie, porque el desbarrancadero no tiene final y mientras tanto la vida cotidiana desmiente el viejo latiguillo trosko: acá, con Milei, cuanto peor, peor. Es un desbarrancadero real, pero emocionalmente lo vivimos como si fuera una montaña rusa.

El colmo de la paradoja radica en que el "final" tan esperado puede llegar a materializarse en lo formal sin que implique verdaderamente un Final. Los auténticos dueños de la pelota saben que jamás hubiesen podido llegar hasta aquí sin estos salvajes que patean siempre para el mismo lado sin respetar reglas ni códigos. Pero la jungla resulta peligrosa a largo plazo y es probable que los mandantes hayan decidido garantizar lo ganado y por ganar a través de un proceso de acumulación "normalizado".

Veremos aparecer entonces (ya lo estamos viendo) a políticos, empresarios y comunicadores que apuesten a preservar "lo mejor del modelo" pero con una palmada en el hombro de sus víctimas. Una continuidad del rumbo "macro" matizada con empatía hacia los que sufren "la micro" (que es la de casi todos). Claudicar frente a ese discurso con la zanahoria de sacarnos de encima al "loco" sería la certificación de que la batalla cultural se perdió hace rato. Ojalá la veamos a tiempo. 

Fuente:

https://www.pagina12.com.ar/2026/08/28/esta-loco-o-nos-vuelve-locos/

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