¿Hasta dónde llegará el peor momento del Gobierno?

13.04.2026

Por Eduardo Aliverti   

El Gobierno asoma en caída libre. La economía no da signos de recuperarse, sino todo lo contrario. Los hechos y sospechas de corrupción están a la orden del día. El ítem de Adorno, sumado al surrealista de su escribana, es un hazmerreir indignado y generalizado. Jueces y fiscales del asunto, y de otros conexos, ya olfatean que el clima político sugiere prevenirse y enfocar para otro lado. ¿Cuánto de peor es este peor momento del Gobierno?

Una bomba de humo. Por algo la promovieron. Antes de que se les complique el panorama completo, podría ser mejor jugar a que "la gente", en todavía proclive a depositar culpas decisivas en la gestión anterior y/o por no encontrar alternativas, ratifique "el rumbo" (???) de la actual.

Centrarse en esa ingeniería de palacio tiene su atracción. Pero es de plazo corto. Mal puede pensarse que nos irá bien si lo económico de un país atado a decisiones externas, a un consumo derrumbado salvo en franjas minoritarias, a una industria que se desarma, pasa por cálculos estrictamente electorales.

Ese aspecto, ya sabemos, convoca a la oposición y nunca al oficialismo. El Gobierno es lo que es y nadie, en su sano juicio, espera más que lo que está demostrado.

La oposición, muy por el contrario y haciendo el esfuerzo de entender por tal a quienes -con matices- expresan su rechazo al mileísmo, es quien tiene la responsabilidad de trazar un horizonte diferente. Siquiera eso. Si no distinto, por lo menos diferente.

Esa muestra de diferenciación tiene, a su vez, dos planos. Uno de emergencia, destinado a reparar este desastre de desequilibrio social que los Milei profundizaron. Y otro de largo plazo, que es aquel en el que prácticamente nadie se detiene porque no hay más que el ahora. El ya mismo. El presente perpetuo que, en tantísimos casos, ya ni consiste en llegar a fin de mes. Discurre por cómo administrar cada día en medio de salarios e ingresos aplastados, un transporte público caótico, un no poder calcular la jornada cotidiana.

El debate por la ley de Glaciares y su posterior sanción en Diputados, con cómoda mayoría, es uno de esos temas que invita a analizar con miradas que excedan a las coyunturas. Tiene varias aristas concurrentes y todas son interesantes.

Una de ellas es que la cuestión despertó cierto atractivo por fuera de las organizaciones ambientalistas. De ninguna manera se trató de algo masivo ni nada que se le parezca pero, por más pequeño que sea, es un paso adelante respecto de un asunto estructural. Buena parte de las generaciones más jóvenes es (muy) sensible a la temática medio-ambiental.

Y ahí es cuando se ratifican los problemas y apetitos personales, regionales, sectoriales, su ruta.

En definitiva, la ausencia del concepto de Estado Nación en cabezas que tienen el vuelo de una gallina.

Esta ley de Glaciares y aledaños, que habilita la explotación minera virtualmente a como dé lugar, tuvo esa cómoda mayoría parlamentaria porque, a propios y aliados "tradicionales" de los libertaristas, aportaron representantes de provincias involucradas en el negocio seguro o eventual. Para el caso, las mineras.

En 1994, con el concurso de peronistas y radicales, sin perjuicio de los amplios avances que implementó en derechos de mayorías y minorías, la reforma constitucional les dio a las provincias el dominio originario de los recursos naturales. Quedaron incluidos los patrimonios del subsuelo, de los hidrocarburos, de los minerales. El control que tenía la Nación sobre esos recursos desapareció, a través del artículo 124.

Sucesivamente, otros instrumentos asentaron ese a la que te criaste. Por ejemplo, la denominada Ley Corta, promulgada a principios de 2007, cuyo objetivo consistió en traspasar a las provincias el dominio y la administración de los yacimientos de petróleo y gas, incluyendo el mar adyacente.

Un dato emblemático es que se llamó "Ley Corta" porque no afrontó la reestructuración integral del régimen de hidrocarburos. Simplemente, radicó en transferir competencias a las provincias petrolíferas.

Cosas de las transas coyunturales, según haga falta negociar con éstos o con aquéllos. Jamás una visión prospectiva, nacional, integradora.

En palabras reiteradas, sólo para sintetizar: la diferencia entre tener una clase dirigente y otra que, encima desperdigada, es meramente dominante. Los argentinos tenemos mucho más de lo segundo que de lo primero. De tal forma, antes que hablar de una burguesía "nacional" parece adecuado eso de hacerlo en torno a "una burguesía que nació acá". La diferencia es abismal.

Así, lo que ¿reveló? la votación sobre la ley de Glaciares, sobre el agua, sobre la explotación de nuestros recursos que deberían ser eso, nuestros y no de los kioscos territoriales que cada gobernador y sus amanuenses consideran propios, es que cada quien ordena y ejecuta según sus prioridades pecuniarias.

Por eso tiene tanto de provocador como de acertado hablar de que estamos ante el riesgo de una suerte de "balcanización" de la Argentina. Por eso se habla de provincias con ínfulas "secesionistas". Y por eso es que cabe resaltar la distancia entre intereses provinciales y provincianos.

¿Es igual tener pensamiento geográficamente productivo que acabar en una mentalidad de aldea? ¿Es indiferente plantarse ante la exacción del "puerto" que anclar en el anti-porteñismo vacío de los feudos localizados?

¿Estamos de acuerdo en que no es igual un federalismo inteligente y ensamblado, respetuoso de lo que le corresponde a cada territorio para satisfacer sus necesidades distributivas, y otro que apenas se remite las aspiraciones de ser un emirato?

Después: ¿por qué es posible que esto suceda?

Respuesta hipotética y agotadora: porque, mientras en la oposición no haya un comando político, consensuado, potente, apartado de los internismos exasperantes, será inútil impedir que cada provincia haga y vote lo que se le antoje. O lo que… le compren. Votos, prebendas, adelantos "transitorios", sobres.

En estos días, el gobernador bonaerense aceleró su lanzamiento como presidenciable. Como ya se expresó en otras oportunidades, deberá demostrar que le da la nafta para articular, hacia adentro, el despelote peronista. Y hacia afuera, que le alcanzaría con la "conquista" de figuras, figuritas y sectores que son o vienen de un antiperonismo cerril, o de haber participado del macrismo, o del gorilismo de izquierda, o de suscribirse al mejor postor.

Axel Kicillof, en medio del acogote a que lo somete Nación, despunta como el único en condiciones de emerger cual candidato potable. No decimos que necesariamente será ese único. Sí, que es quien encarna en soledad, por el momento, alguna esperanza de convocatoria creíble y no solamente testimonial.

Por empezar, lo dan vuelta de arriba a abajo y no pueden encontrarle corruptelas de índole alguna. Ni a él en lo personal ni a su gestión en lo general. Eso es lo que más desespera a sus enemigos y antagonistas.

Pero lo dicho no quita que la oposición que encarna(ría) debe exponer, tan paulatina como firmemente, su capacidad de rodearse con un programa, con un atractivo, con unos ejes de propuestas, capaces de aceptarlo. Lo contrario sería sumar por sumar, a los solos efectos de vencer en las urnas a los extremistas que gobiernan.

Fue el propio Kicillof quien lo dijo, esta semana. No puede repetirse el yerro de ganar para, después, no saber o no poder gobernar.

Resta una eternidad para las elecciones, aunque en política no existen las "eternidades". Siempre está calculándose. Siempre. En cualquier época y lugar. Lo demás, también ya sabemos, es poesía y no política.

En función de eso, también siempre es momento de estimar cómo deberá ser lo que atraiga a unas mayorías no para pan para hoy y hambre para mañana.

Los Hermanos presidenciales y sus patrones son o serían, justamente, la renovada comprobación de ese aserto.

Fuente:

P12

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