La invención del límite: el freno de mano como acto democrático

A cincuenta años del comienzo del plan sistemático, el horror del terrorismo de Estado nos encuentra en un escenario inédito: la memoria ya no sólo lucha contra el olvido, sino contra la demolición activa de los consensos que fundaron nuestra convivencia democrática.
Por Nora Merlin - Psicoanalista, magister en Ciencias Políticas
Amedio siglo del golpe de Estado de 1976, la cicatriz más profunda de nuestra historia no solo no cierra, sino que sigue hablando y nos dice que aquel proyecto de exclusión y entrega no terminó en 1983.
Esa herida que no cierra nos advierte que el terrorismo de Estado no fue un fin en sí mismo, sino el brazo ejecutor de un proyecto de nación que buscaba erradicar la política para instalar el saqueo. Nos dice que la dictadura no solo buscó el exterminio físico, sino la aniquilación de la organización popular para imponer un modelo económico que hoy, bajo la máscara de una supuesta modernidad y el desguace del Estado, intenta revalidar sus títulos. La crueldad actual es el método de una gestión que pretende presentarse como una novedad cuando no es más que el mismo plan con otros ropajes.
A cincuenta años del comienzo del plan sistemático, el horror del terrorismo de Estado nos encuentra en un escenario inédito: la memoria ya no sólo lucha contra el olvido, sino contra la demolición activa de los consensos que fundaron nuestra convivencia democrática. En este contexto, la crisis de representación y el quiebre de los acuerdos y pactos obligan a que el 'Nunca Más' deje de ser un eco del pasado para volver a ser la urgencia de nuestro presente.
Si aquel hito nos permitió juzgar el genocidio, hoy el desafío es defender ese legado frente a una avanzada que busca clausurar la democracia a través de la proscripción política y el odio. Ya no son las Fuerzas Armadas el brazo ejecutor ni el Estado el único monopolio de la fuerza bruta. Hoy la violencia se despliega en una cacería judicial que impuso la proscripción de Cristina Kirchner, la mayor líder popular; que se ampara en el linchamiento mediático y se ejecuta en un desguace estatal que condena a la mayoría social, al hambre y al desamparo. La proscripción no es solo un ataque contra una persona, es un mensaje disciplinador para las mayorías. Al clausurar una candidatura, el poder le advierte al pueblo que su soberanía tiene un límite y que hay nombres, proyectos y esperanzas que no están permitidos en las urnas. La estrategia ya no necesita el rastro de las botas porque cuenta con la eficacia del 'lawfare', la post verdad, las fake news, la colonización de la subjetividad y la crueldad de un mercado deshumanizante. Si hace medio siglo el objetivo era la eliminación física, hoy el sistema ensaya formas más sofisticadas, pero igual de autoritarias: amputarle al pueblo el derecho a tener derechos, a gozarlos y a luchar por conseguirlos.
Cuando el pensamiento diferente vuelve a ser objeto de persecución y deshumanización, la democracia nos exige no sólo recordar el límite que pusimos ayer, sino tener la audacia de inventar el freno de mano, como decía Walter Benjamin, que detenga la crueldad de hoy.
Hace un tiempo, sosteníamos en este mismo medio, La Tecl@ Eñe, la necesidad de ampliar la consigna histórica y proponer un 'Nunca más al neoliberalismo'. Era una forma de advertir que el modelo económico también puede ser una forma de terror y que existe una responsabilidad civil —empresarial, judicial y mediática— que no fue juzgada y preparó el terreno para que ese saqueo sea posible. Frente al actual desguace planificado y la crueldad gubernamental, esa advertencia se ha vuelto un imperativo de supervivencia.
Hoy la urgencia nos obliga a una operación más drástica. Ya no alcanza con señalar el rumbo del precipicio; cuando el motor de la historia se acelera hacia la deshumanización, la verdadera tarea democrática es accionar el freno de mano. Walter Benjamin, en sus tesis sobre la historia, dejó una advertencia que hoy suena a profecía: tal vez las revoluciones no son el motor que acelera la historia sino el gesto de la humanidad que viaja en ese tren, de tirar del freno de emergencia.
Durante décadas creímos que la vida era un riel infinito hacia el progreso, y que los derechos conseguidos eran irreversibles. A 50 años del golpe, descubrimos que ese riel era una construcción frágil y que la historia puede descarrilar hacia formas de crueldad que creíamos haber dejado atrás. Cuando la locomotora es conducida por una pulsión de muerte y desintegración, el «progreso» y la "libertad" se vuelven sinónimos de catástrofe.
El debilitamiento de los pactos democráticos —esos que dábamos por sentados desde 1983— no es un accidente de vía. Es el resultado de una erosión planificada donde el caos se impone y el límite ha sido borrado en favor de un mercado que no reconoce fronteras morales ni sociales.
¿Qué significa inventar un límite hoy? Implica entender que el pacto democrático no es un objeto para la contemplación nostálgica, sino una construcción política convaleciente pero viva. Una arquitectura que hoy nos exige poner el cuerpo y ejercitar la audacia de inventar nuevas barreras frente a quienes pretenden demolerla. Si la política actual se presenta como un flujo incesante de violencia simbólica y material, la respuesta debe ser la interrupción popular.
Poner un límite hoy no es un gesto de preservación abstracta, es un acto de autodefensa democrática. Es la reafirmación de que la vida y la dignidad de las mayorías no pueden ser la moneda de cambio de un modelo de saqueo, ni la justicia un instrumento para mutilar la voluntad popular a través de la proscripción.
Este nuevo 'Nunca Más' busca la reacción frente al atropello. No es un freno de mano de la tibieza conservadora sino la urgencia de limitar la transferencia de recursos y el revanchismo judicial que hoy pretenden clausurar el conflicto social por la vía de la persecución. Es la política recuperando su capacidad de trazar una frontera infranqueable contra la crueldad.
A 50 años una nueva urgencia
Llegamos a este medio siglo de memoria no para mirar las cenizas, sino para avivar el fuego de la responsabilidad. El 24 de marzo de 1976 fue el inicio de la deshumanización absoluta; el 24 de marzo de 2026 debe ser el punto de inflexión donde la democracia recupere su facultad de poner límites al poder absoluto.
Si el tren de la historia nos lleva de regreso a las lógicas del despojo, nuestra tarea más radical es detenerlo. Inventar el límite es reinventar nuestra soberanía popular, la única forma de garantizar que la democracia no sea una selva de crueldad sino el territorio donde la vida en común sea posible.
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