LA OBSESIÓN DE MILEI POR ENTREGAR LA TIERRA

01.10.2026

LOS MINERALES CRÍTICOS Y LA MILITARIZACIÓN DEL MUNDO

Tras el fallo de la Corte, la tierra argentina quedó sin límites para la compra extranjera, lo que se suma a los beneficios extraordinarios que el RIGI ya ofrece para acelerar la extracción de nuestros recursos, incluidos el cobre, el litio y las tierras raras que necesita el rearme global. Y mientras entrega así el territorio, Milei reivindica Malvinas con un discurso de confrontación que les da argumentos a quienes empujan ese rearme. La carrera armamentista también se libra sobre nuestro suelo. ¿Para qué y para quién estamos extrayendo? 












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Por Anabel Marín - Arte: Juan Soto

Esta investigación fue realizada en colaboración con Mariano Novas

Con su avanzada nacionalista sobre Malvinas, Milei acaba de regalarles a Trump y a quienes en Londres reclaman más presupuesto militar un argumento nuevo para empujar una carrera armamentista que nos pone en peligro a todos. Mientras puertas afuera ayuda a construir las razones para el rearme global, puertas adentro facilita la exploración, extracción y exportación de los minerales que ese rearme necesita. Alimenta así las dos cabezas del mismo monstruo.

Por algo los llamados "minerales críticos" están recibiendo tanta atención. No son fundamentales solo para los equipos que necesitan la transición energética y la revolución digital. También son indispensables para la industria de defensa. Esto quedó en evidencia cuando China empezó a restringir el acceso a algunos de ellos.

Sin cobre no hay proyectiles de artillería ni cableado para los sistemas de radar. Sin litio no hay baterías para buena parte del equipamiento militar (que hoy se electrifica igual que el transporte civil). Sin samario no hay imanes capaces de soportar las altas temperaturas que requieren los misiles de largo alcance. El neodimio es fundamental para los sistemas de guiado y control. Los imanes de tierras raras son indispensables para misiles Tomahawk, bombas guiadas, radares y drones Predator. Un solo caza F-35 requiere cientos de kilos de tierras raras.

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Milei desempolvó una causa que suele despertar pasiones más allá de las divisiones políticas: Malvinas. Lo hizo en medio de una fuerte caída de su popularidad, cuando la cuestión había vuelto a ocupar un lugar central en la conversación pública, aprovechando el impacto que generó la bandera por la soberanía de las islas en manos de la selección argentina durante la semifinal del Mundial. Primero fue la cadena nacional, después el despliegue de una batería de proyectos presentados como una nueva ofensiva por la soberanía. Finalmente, Milei llevó el reclamo hasta la Asamblea General de Naciones Unidas, donde insistió en la soberanía y cargó contra la propia ONU.

La inutilidad y las contradicciones de esta nueva épica malvinera ya se han discutido bastante. Hasta ahora, no nos acercó un centímetro a recuperar la soberanía sobre las islas, pero sí le dio nuevo aliento a lo peor del nacionalismo argentino. Todo esto ocurre, además, en medio del deterioro financiero de las Fuerzas Armadas, mientras el Gobierno elimina las restricciones a la compra de tierras por parte de extranjeros, ahora con el aval de la Corte Suprema de Justicia, que acaba de habilitar la venta de tierras a extranjeros sin los límites que fijaba la ley. Al presentar como novedosas herramientas que en verdad ya existían, nuestro presidente parece buscar más una foto para la hinchada que una política de Estado.

Pero hay algo en esta nueva jugada de Milei que está pasando más desapercibido y es verdaderamente preocupante: cómo se conecta con dinámicas globales que exceden a Malvinas y a la Argentina, pero que nos afectan de lleno. Con esta nueva narrativa nacionalista, Milei contribuye a reforzar un clima global cada vez más atravesado por el conflicto, las amenazas y la guerra, con todo lo que eso implica. Y así alimenta la primera cabeza del monstruo. Pero vayamos a los hechos.

Apenas unos días después de la cadena nacional de nuestro presidente, Tan Dhesi, el diputado laborista que preside el comité de Defensa en Westminster, invocó las declaraciones de Milei para presionar al primer ministro Andy Burnham: si Argentina "amenaza con quedarse con las Malvinas", dijo, el Reino Unido no puede seguir postergando la meta del 3% del PBI en gasto militar. Unos días después, Boris Johnson escribió una columna en el Daily Mail pidiendo el envío inmediato de barcos, aviones y tropas a las islas. El Ministerio de Defensa británico, por su parte, informó que los cuatro cazas Typhoon que patrullan Malvinas serán reemplazados en 2027 por versiones más modernas. Londres además reafirmó públicamente su posición sobre las islas y su respaldo a los isleños y a las empresas que operan allí, incluidas las vinculadas a la explotación de recursos naturales.

No es la primera vez que sucede algo así: ya en 2015, cuando Cristina Kirchner buscaba apoyo internacional para la causa, un ministro de Defensa británico invocó la "amenaza" argentina para justificar más gasto militar en las islas. Diez años después, con un presidente que se define como el opuesto ideológico de aquel gobierno, se repite la historia. Pero esta vez aparece un actor nuevo: Washington.

Luego del anuncio de Milei, Trump usó Malvinas para reforzar lo que viene haciendo desde hace tiempo: alimentar la tensión y presionar a sus aliados para que gasten más en defensa. Desde Dublín, advirtió que un conflicto entre Argentina y el Reino Unido sería un "potencial desastre", se ofreció a "resolverlo" él mismo y puso en cuestión la voluntad británica de defender las islas, preguntándose si Londres estaría dispuesto a "viajar tan lejos" para hacerlo. No es un episodio aislado. Trump viene presionando particularmente al Reino Unido —con quien ya chocó por Irán, Diego García y las islas Chagos— y reclamando, como al resto de la OTAN, que aumente drásticamente su gasto militar. "Trump usa Malvinas para que el Reino Unido aumente el gasto en defensa", resumió Mariana Altieri, directora de la Fundación Meridiano de Estudios Internacionales y Política Exterior y autora de Malvinas y Gibraltar: conflictos atrincherados.

En la Cumbre de La Haya de 2025, Trump ya había logrado que toda la OTAN se comprometiera a llevar el gasto en defensa al 5% del PBI para 2035, más del doble de la meta histórica del 2%, un acuerdo que él mismo bautizó "el compromiso de defensa de La Haya" y calculó que sumaría un billón de dólares al año. Sin embargo, un año después, en Ankara, todavía no conforme, sacó la calculadora en público: comparó los 999.000 millones de dólares de Estados Unidos con los apenas 44.300 millones de Polonia y apuntó también a Alemania por gastar "mucho menos". Está claro que conseguir un aumento generalizado del gasto militar de sus aliados ocupa un lugar central en su agenda, en un mundo que Trump presenta cada vez más como un escenario de amenazas y competencia, sobre todo con China, pero que en el fondo no es más que un intento cada vez más desesperado de Estados Unidos por conservar su supremacía.

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A la segunda cabeza, en cambio, Milei la alimenta puertas adentro: ofrece nuestros territorios para extraer los recursos que ese mismo rearme necesita. El Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), que este Gobierno impulsó con tanto entusiasmo como pieza central de su programa de "desarrollo", está siendo clave para ofrecer condiciones extraordinarias que aceleren la exploración, extracción y exportación de minerales críticos, desarmando, en el camino, años de políticas e institucionalidad construidas para capturar valor y proteger el ambiente.

Tomemos como ejemplo dos proyectos aprobados por el Ministerio de Economía. Vicuña, de BHP y Lundin, es el proyecto minero más grande de la Argentina. Integra los depósitos de Josemaría y Filo del Sol, en plena cordillera sanjuanina, y prevé extraer cobre a cielo abierto en una zona ambientalmente frágil, con presencia de glaciares y ambiente periglacial. Todo el cobre producido estará destinado a la exportación. En Catamarca, el proyecto de litio Tres Quebradas, operado por la china Zijin, también avanza en medio de controversias ambientales y sociales. En 2026, el gobierno provincial responsabilizó a la empresa por derrames de salmuera, a lo que se suman denuncias por malas condiciones laborales y reclamos de trabajadores y proveedores de Fiambalá por la escasa contratación local.

Conocemos los territorios de donde salen esos minerales y algunos de los conflictos que deja su extracción. Mucho menos sabemos sobre lo que ocurre después. No sabemos si ese cobre o ese litio terminarán en baterías, autos eléctricos, centros de datos o armas. Una vez que cruzan la frontera, se pierde el rastro. No hay información pública que permita reconstruir quién los compra, en qué se transforman o para qué terminan siendo utilizados.

Pero es cada vez más evidente que la industria armamentista está detrás de una parte importante de la carrera por estos minerales. Global Justice Now, una organización británica que analizó los 33 minerales que el Reino Unido considera críticos, encontró que seis no cumplen ningún papel en las trayectorias previstas para la transición energética. Cinco de esos seis, en cambio, son prioritarios para las industrias aeroespacial y de defensa. La etiqueta de "minerales críticos", entonces, empieza a esconder una pregunta bastante más incómoda. Críticos, ¿para qué?

Los datos sobre las reservas estratégicas de Estados Unidos son también reveladores. El Pentágono está acumulando para futuras necesidades militares grandes cantidades de los mismos minerales que solemos llamar "de la transición energética", como el cobalto y el grafito.

La escala ayuda a entender lo que está en juego. Según el Climate and Community Institute, las casi 7.500 toneladas de cobalto que el Pentágono prevé acumular alcanzarían para producir 80,2 GWh de almacenamiento en baterías, es decir más del doble de toda la capacidad que tenía instalada Estados Unidos en 2024. Si se suman las reservas previstas de grafito, esos minerales alcanzarían para fabricar más de 100.000 colectivos eléctricos, unas quince veces la flota que circulaba entonces en el país.

En Brasil esta discusión ya empezó a traducirse en políticas concretas. Una investigación reciente de Agencia Pública mostró cómo las tierras raras brasileñas empiezan a quedar vinculadas a la industria de defensa estadounidense. Pero, al mismo tiempo, el gobierno de Lula acaba de sancionar una Política Nacional de Minerales Críticos y Estratégicos que busca aumentar el procesamiento dentro del país, agregar valor y controlar acuerdos internacionales que puedan afectar su seguridad económica o geopolítica. Mientras Brasil empieza a preguntarse qué hacer con esos recursos y cuánto de ellos transformar dentro de sus fronteras, Argentina va en la dirección contraria. Ofrece condiciones extraordinarias para acelerar la extracción y la exportación sin haber empezado siquiera a discutir qué pasa una vez que el mineral cruza la frontera.

Recapitulemos lo grave y absurdo de esta nueva jugada de Milei. Por un lado, nuestro presidente, alentado por Trump —para congraciarse, pertenecer a su club de matones globales y sumar puntos en las encuestas—, se abraza a una causa histórica con un discurso nacionalista y un enfoque de conflicto, alimentando la tendencia más preocupante que atraviesa hoy al mundo: el paso de las soluciones globales y solidarias al sálvese quien pueda, al matémonos entre todos. El gasto militar mundial ya llegó a un récord de US2,7 billones y podría llegar a US6,6 billones para 2035.

Con estas cifras, los países ricos ya gastan treinta veces más en armarse que en financiar la adaptación climática de los países en desarrollo, relegando una de las pocas causas globales que necesariamente nos involucra a todos. Y al mismo tiempo destinan al rearme recursos que podrían ayudar a resolver uno de los problemas más acuciantes de la humanidad: eliminar la pobreza extrema del planeta cuesta apenas US$300.000 millones, una fracción de lo que el mundo ya gasta en armas. Como dijo el enviado climático de Panamá en la COP29 de Bakú: 2,5 billones de dólares al año para matarnos entre nosotros no alcanzan, pero un billón para salvar vidas, parece ser, es irracional.

Pero por otro lado, desde una posición de debilidad militar (y económica) absoluta, Milei traiciona la estrategia de reclamo pacífico que Argentina viene sosteniendo hace décadas para defender su soberanía y les da argumentos a quienes, dentro del Reino Unido, vienen peleando por más presupuesto militar, al mismo tiempo que puede estar alimentando su industria bélica con nuestros minerales. Una muestra más de las contradicciones de una política que dice defender nuestra soberanía mientras entrega argumentos y recursos estratégicos que terminan "fortaleciendo" a quienes supuestamente la amenazan.

¿Cómo piensa Milei compensar esa enorme desigualdad de poder? Parece tener una respuesta bastante particular: confiar en sus amigos. Mientras debilita capacidades científicas, tecnológicas e institucionales propias, apuesta a que su cercanía ideológica con Trump y otros aliados compense la diferencia. Pero las amistades ideológicas tienen límites bastante evidentes cuando chocan con intereses estratégicos. Si la disputa por Malvinas escalara, ¿qué hace pensar que Estados Unidos elegiría enfrentarse al Reino Unido, uno de sus principales aliados militares históricos, para defender la posición argentina?

Unas semanas después, Milei, Trump y el primer ministro británico Andy Burnham estuvieron en Nueva York durante la Asamblea General de Naciones Unidas. Trump no mantuvo una reunión bilateral con Milei, pero sí con Burnham. Allí, el británico le planteó la posición de su gobierno sobre Malvinas y defendió el derecho de los isleños a permanecer bajo soberanía británica. Según Burnham, Trump "entendió perfectamente" su posición. El encuentro terminó con elogios mutuos y reafirmaciones de la buena relación entre Washington y Londres.

Milei, en cambio, se reunió con el secretario de Estado Marco Rubio para concentrarse en los temas que sí le importan a Estados Unidos de la Argentina: nuestros recursos. Rubio destacó públicamente la cooperación en energía, minerales críticos y agricultura.

Milei parece convencido de que puede alimentar al monstruo y, llegado el momento, contar con que sus amigos lo protejan de él. Pero los monstruos no tienen amigos. Y las grandes potencias tampoco: tienen intereses.

Malo para el mundo y malo para la Argentina. Difícil pensar una estrategia peor.

Fuente:

https://www.revistaanfibia.com/la-obsesion-de-milei-por-entregar-la-tierra/

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