La oposición tiene que construir un hospital para el alma

Por Pablo Semán - Licenciado y Doctor en Antropología Social. Profesor en la UNSAM. / Le Monde diplomatique, edición Cono Sur
A tanto tiempo de las elecciones y con tantas variables, muchas de ellas impredecibles, resulta difícil pensar que hay un resultado inexorable para el 2027. Mucho más cuando esas variables impredecibles pueden llegar a situaciones extremas, por ejemplo en el resultado de los conflictos geopolíticos o la propia capacidad de la sociedad de metabolizar el ajuste mayúsculo que está sufriendo. Desde el punto de vista opositor, se trata de construir una victoria, no de esperarla. Y también de explorar las condiciones de posibilidad de una gobernabilidad que no sea la pista de aterrizaje de una versión perfeccionada de la experiencia libertaria. Todo esto supone condiciones específicas que obligan operaciones políticas también específicas. Y, por último, todo depende también de lo que quede luego de un naufragio social que puede llegar a ser también macroeconómico y quizás incluso institucional. En suma, un panorama abierto e incierto.
Escepticismo y fragmentación
La primera cuestión que aparece en el horizonte de cualquier ensayo opositor es que la representación política es un lazo cada vez más débil. La imagen negativa de la mayor parte de los políticos, el ausentismo electoral (un dato decisivo pero a menudo desestimado porque no es relevante para la distribución de cargos) y el escepticismo de los votantes son expresiones sintomáticas de la distancia entre la vida de los ciudadanos y el orden político. Una distancia que tal vez sea la mayor desde la recuperación de la democracia en 1983. Pero nadie debería acusar de "despolitizados" a los argentinos que, gobierno tras gobierno, han visto caer su nivel de vida: el famoso y tan mal ponderado "gane quien gane yo me tengo que levantar a trabajar" es un rasgo de sabiduría popular.
Una segunda cuestión, que está en la base de la anterior, afecta específicamente a la oposición. La dificultad de representar tiene una raíz que se manifestó claramente en las elecciones de 2015 y que desde entonces no hace más que crecer. En aquel año, el final del segundo gobierno de Cristina, el bloque liderado por el kirchnerismo perdió parte del apoyo de los sectores populares y ganó el encono de buena parte de los sectores medios. Ese proceso, que venía de antes, se hizo visible.
Cuatro años después, en 2019, cuando una mayoría potencial estuvo en contra de Mauricio Macri, la fórmula Alberto Fernández-Cristina Fernández tanteó maniobras de sutura social que, pese a la ventaja de enfrentar el fracaso de la experiencia macrista, revelaban una dificultad. En efecto, el 41% obtenido por Macri en la segunda vuelta era el testimonio de que la alianza modernizadora excluyente había subido su piso luego de su bolsonarización (1) y de un final de gobierno desastroso. Muchos votos para un gobierno tan malo.
La alianza defensiva del mercadointernismo y los sectores populares expresada en el Frente de Todos encontró límites electorales y contrastes internos que luego fueron topes para gobernar: lo que se sumó en un proyecto que se reducía a "volver" crujió permanentemente, hasta la implosión de 2023. El intento de analizar el período, más allá del pase de facturas y superficialidades que unen a los diversos bandos peronistas en el consenso autocompasivo y cínico de "todo culpa de Alberto Fernández", implica confrontarse con dos hechos. El primero es que las condiciones de posibilidad de esa alianza habían cambiado hasta hacerla casi imposible. Lo que en 2015 no entraba en la misma unidad básica (el taxista y el piquetero, el maestro y la familia que envía los hijos a la escuela pública, la víctima de la inseguridad, el defensor de los derechos humanos y el policía) se agravaba con el surgimiento de un abanico de oposiciones multiplicadas en intensidad y cantidad. Al final del mandato de Alberto Fernández, la fragmentación era más aguda que al comienzo. El segundo hecho es la voracidad de "sociedad política ampliada" (que incluye partidos, líderes, influencers, consultores, profesores, periodistas y punteros y, sobre todo, mediadores de intereses corporativos autorepresentados, contradictorios y multiplicados) que obstaculiza las posibilidades de gobernar. Los intereses y los lobbies, diversos y contradictorios, limitan la capacidad de hacer del poder político. El aumento de la cantidad de personas que viven de la política incide en el bloqueo, más allá de las interesadas mímicas de pueblo. Esto no se resuelve creando mil "grupos Callao" para conseguir diez mil direcciones nacionales sin recursos de ningún tipo. La política debe abarcar más y simplificar sus estructuras.
Una oposición triunfante debe dar signos de que la salida no será una vuelta a un pasado que la mayoría ya repudió.
La tercera cuestión a tener en cuenta a la hora de considerar las chances de la oposición es consecuencia del ping pong entre sociodemografía y política de los últimos años.
Gane quien gane esto no muere. Si algo queda del mileísmo es algo que éste reforzó, pero que existía mucho antes de 2023: la conjugación entre una dinámica de erosión del empleo asalariado, la retracción del Estado y el avance del mercado viene reforzando, desde los años 80, sentimientos históricos de reivindicación de la autosuficiencia, de la libertad negativa y de repudio a cualquier imperativo de funcionamiento colectivo.
Este gajo, que creció con las levaduras de la inflación, la inseguridad, la corrupción y el desastre pandémico, fraguó en crítica enérgica del Estado, la política y la economía regulada. La elección de 2023 fue el punto en que esa ciudadanía como principio se hizo más legítima que nunca. La jerarquización del esfuerzo –y de una noción de esfuerzo que muchas veces toma su connotación del trabajo físico o de la dedicación extenuante– es una de las notas que torna programa las actuales condiciones de vida de millones de trabajadores independientes. El desplazamiento que va de la fábrica y la oficina a la independencia y la intemperie pasó de la sociodemografía a la experiencia, y de ahí a la política. Milei es consecuencia de ese proceso, no su creador.
El peronismo, en tanto, fue perdiendo una parte de las clases medias –y también de las populares– a favor de antagonistas cada vez más radicales, con derrotas cada vez más humillantes: contra Massa en 2013, contra Macri en 2015, contra Milei en 2023. Denunciar simplemente "gorilismo" en las derrotas peronistas de 2013, 2015, 2017 y 2023 encubre, tras una verdad parcial que ve gorilas, un hecho crucial: hay un sedimento histórico que resulta de la combinación de la diferenciación estructural que hizo crecer el empleo independiente y, junto con él, un modo de ciudadanía que el peronismo se abstuvo de representar, o que directamente combatió, mientras se abandonaba al regodeo de una práctica política que acentuó todo lo que lo hacía cada vez más minoritario. En parte por eso la sociedad "no estalla".
Radicalización, moderación, profundidad
Para ganarle a Milei hay que abrazar esas condiciones. Ellas definen una tarea que no puede asumirse a partir del debate abstracto entre la moderación y la radicalidad. Ganarle a Milei y gobernar después supone una tarea titánica: enhebrar los fragmentos distantes, enfrentados, magnéticamente repelentes en una convocatoria convincente, una posibilidad de aproximación que sólo podrá verificar su provecho en un futuro no tan inmediato.
Tamaña tarea implica buscar la síntesis de lo que se opone y se rechaza a través de los dos principios de ciudadanía, la ciudadanía social y la ciudadanía liberal-democrática. Y construir la fuerza para impulsar avances que no pueden consumarse a través de la hipótesis de una física simplificada en la que "a la acción de un determinado grado de intensidad le corresponde una reacción superior o equivalente". No se trata de oponer a la potencia destructiva de Milei una fuerza equivalente. La situación exige amplitud para lograr lo que ninguna fracción política puede obtener sólo emitiendo gestos de radicalidad aislada y abstracta que terminan como gritos en el desierto o, peor, como bravuconadas. Como pide Martín Rodríguez, se requiere profundidad. Aunque esa misma profundidad esté connotada por las imposiciones contra las que choca: la transformación de la estructura de clases y la modificación de las relaciones entre Estado, política y sociedad, que a esta altura son esferas que sólo se conectan muy de tanto en tanto y débilmente. La radicalización sin una base amplia es superficial. En cambio, la convocatoria de las heterogeneidades puede asegurar la potencia que permita establecer algunas prioridades y calar hondo.
¿Cómo construir esa profundidad a partir de la articulación de fragmentos heterogéneos? La gravedad de la crisis social ofrece las pistas para el armado de un proyecto de este tipo. Una sociedad que estará cada vez más descontenta, incluso con la "macro ordenada", puede ser sensible a una promesa así. Pero sólo si se busca la forma de darles reconocimiento cruzado a los principios implícitos de la ciudadanía libertaria y de la ciudadanía democrático-popular: las reparaciones y los derechos implican obligaciones, como suele decir Milei; pero nadie debe morir por la ausencia de soluciones que implican reciprocidades colectivas macromediadas por el Estado y los compromisos políticos. Los derechos tienen un costo, pero nadie debe morir porque el Estado no garantiza los remedios para el cáncer.
En este sentido, un eventual gobierno de la oposición deberá combatir carencias alimentarias peores que las que enfrentó el Frente de Todos con la Tarjeta Alimentar. ¿Cómo compatibilizar esta exigencia de que nadie pase hambre con la otra, aquella que indica que todo el mundo debe "agarrar la pala" (exigencia que no sólo es parte del voto libertario sino del sentimiento de una parte de la población que vive en el mismo barrio que "los planeros")?
La crisis podrá legitimar una propuesta opositora si desde la oposición se asume que convocar un reclamo de justicia social de nuevo tipo implica resolver un problema que no se limita a lograr una "interpelación" (término cuya recurrencia ilustra el improductivo sobrepeso de la perspectiva de los productores de eslóganes luego naturalizados como diagnóstico en la vida política). Para tener credibilidad, no bastan los guiones, las narrativas o las ocurrencias de los publicistas que, cuando las circunstancias son propicias, se ven como los productores del triunfo: Raúl Alfonsín hubiese ganado la elección de 1983 cualquiera hubiese sido su gesto de saludo. Había en ese caso una trayectoria –y una plataforma– desde la cual convocar. ¿Tiene hoy la oposición esa plataforma de enunciación? ¿Puede hacerlo quien sólo invoque pasado? ¿En serio alguien puede pensar que la reivindicación vengativa y cachacienta de la rosca como un saber rústico pero incuestionable puede generar algo que no sea asco? En la tarea de hacerse audible la oposición tiene casi todo por hacer. No ha escuchado lo suficiente a la sociedad y ahora debe hacerlo.
Algo es seguro: en las condiciones en que se ejerce el poder del Estado en Argentina y en las condiciones en que las élites políticas pueden hablarle a la sociedad, una oposición triunfante debe rehabilitar la palabra política escapando de la trampa de la restauración. Para conjurar el peligro de la superficialidad y la debilidad, la oposición tiene la enorme tarea de articular heterogeneidades colosales y atravesarlas con una propuesta capaz de hacer al mismo tiempo dos maniobras. Por un lado, captar y conducir un malestar popular que no para de crecer bajo un plan económico que resulta ruinoso para la mayoría. Por otro lado, dar los signos de que la salida no será una vuelta a un pasado que la mayoría, incluso más alla del voto a Milei, ya repudió.
Es claro que el proyecto de gobierno de la oposicion no puede consistir en un Welfare fondeado imaginariamente con retenciones que sólo una dictadura podría imponer, y que harían inviable la actividad de la cual se pretende obtener esa renta. Por más grave que sea la crisis social, no va a cambiar la distribución del poder que resulta de esta nueva economía. Por más que se profundice la miseria, el poder de los poderosos seguirá siendo el mismo. Sin embargo, es innegable que esa misma crisis abrirá la posibilidad de discutir la configuración de la solvencia fiscal en cuanto a su magnitud y a su composición. Algunos límites fiscales, muy pocos tal vez, podrán ser removidos, pero quizás sea posible impulsar una reforma tributaria que reparta las cargas de una forma más equitativa. En ese mismo contexto, podrá abrirse una discusión seria sobre temas como salud, condiciones de trabajo, salarios o educación.
Un párrafo final a partir de los jóvenes. La adhesión de quienes votaron a Milei en 2023 se ha debilitado. Los que tenían 12 o 14 años entre la pandemia y la elección de 2023 están –como mínimo– descreídos, cuando no deprimidos. Un muro los vuelve opacos no sólo para los dirigentes de 70, 60, 50 y 40 años. También se vuelven inescrutables ante los simulacros de épica convocados por todos los que pasan de público a dirigentes en edades próximas a las de ellos. La imposibilidad de futuro no sólo amarga la existencia de los que pertenecen a las clases populares; quienes integran las diversas gamas de las clases medias vislumbran que no podrán gozar de los beneficios que tuvieron sus hermanos mayores, mientras sus padres, exigidos por la crisis, los pueden bancar cada vez menos. Ellos –y tal vez la sociedad entera– necesitan un hospital del alma. Alguien, demasiado embebido de una trasposición mecánica de Mark Fisher, dirá que esto es proseguir por la ruta de psicologizar el malestar. Hay una respuesta: salgan del castillo de los vampiros, por favor. Con esta mutación social, con estos dirigentes políticos, lo primero que tenemos que pedir es que no la arruinen más. Ganen, pero antes que nada no decepcionen, no produzcan más dolor, no adelgacen más el hilo de la representación.
1. Pablo Semán, "La 'bolsonarización' del macrismo", Le Monde diplomatique, edición especial con el IDAES. https://www.eldiplo.org/notas-web/la-bolsonarizacion-del-macrismo/
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