Los empates de Milei y el cordón cuneta

Por Daniel Capalbo
La política siempre es relación de fuerzas y se cuenta en votos; el poder se calibra en precios, el que se paga y el que se cobra. Ocho horas después de que el Senado le diera media sanción a la reforma laboral de Javier Milei (una de sus promesas preelectorales), el dólar oficial cayó a $ 1.415 en el Banco Nación, mínimo en tres meses; y el riesgo país llegó a estar por debajo de los 500 puntos.
No se trata de una revolución, obvio. Es una palmada. A los inversores, a los mercados, el Gobierno les demostró que puede convertir su discurso en ley. Para Milei, esa señal vale más que cualquier aplauso partidario. Es un punto en la tabla hacia 2027.
Claro que la reelección se juega en dos casilleros: en la economía y en ética pública, aunque de esta última el electorado suele prescindir si la economía funciona mínimamente. Como sea, hoy Milei necesita domesticar la inflación de manera creíble y que ninguna mancha perfore el relato anticasta.
La reforma laboral suma en el debe y haber, a pesar de que para el Gobierno es una clara victoria. Es el primer gol de este año para el oficialismo. Un gol que no define el campeonato, pero contribuye a la sospecha de Marcelo Longobardi y también de Carlos Maslatón (examigo y camarada del Presidente) acerca de que Milei puede ganar su reelección.
Ahora: el Presidente habla de la inflación como si fuera una especie extinta. Fenómeno monetario. Emisión cero, superávit fiscal, disciplina espartana. En su relato, el problema está resuelto; lo que queda es arrastre estadístico. Pero el asunto es que la estadística no siempre coopera con la épica.
Enero marcó 2,9% mensual. Bajo en comparación con el salto brutal de diciembre de 2023, pero también fue el quinto mes consecutivo en que la desaceleración pierde fuerza. Alimentos por encima del promedio; regulados, transporte y prepagas empujando; alquileres corriendo más rápido que los sueldos. En la narrativa oficial, el monstruo está embalsamado, pero en las góndolas el monstruo sigue latiendo.
El superávit fiscal es la medalla que el Gobierno exhibe a diario. Pero el equilibrio llegó por bisturí, no por expansión. Obra pública desplomada más de 70% en términos reales; provincias ajustadas; gasto social comprimido; salarios públicos rezagados.
El desplome de la obra pública se siente muy fuerte en las provincias y tal vez explique que las negociaciones que estuvo llevando adelante el ministro Diego Santilli en su raíd por el interior no sean ajenas a la promesa de abrir la mano y soltar recursos para que los gobernadores tengan algo para mostrar a su electorado. Aunque no sabemos aún si el apoyo a la reforma laboral de estos mandatarios representa haber canjeado su credibilidad ante los trabajadores por un cordón cuneta, como ironizó la diputada Natalia Zaracho. Lo que sabemos es que los gobernadores Raúl Jalil (Catamarca), Leandro Zdero (Chaco), Alberto Weretilneck (Río Negro), Rogelio Frigerio (Entre Ríos), Gustavo Sáenz (Salta), Osvaldo Jaldo (Tucumán), Marcelo Orrego (San Juan), Alfredo Cornejo (Mendoza), Maximiliano Pullaro (Santa Fe) y Nacho Torres (Chubut) fueron determinantes en la media sanción que el Senado dio a la ley. Esta vez, en lugar de imponer una posición, consiguieron una mitigación clave: obligaron al Gobierno a sacar el capítulo impositivo y la reducción del Impuesto a las Ganancias que les afectaba una de las glándulas más sensibles, es decir, la billetera que se nutre de recursos coparticipables.
De cualquier manera, el dato político es más incómodo para el Gobierno que para los jefes provinciales. La épica libertaria necesitó exactamente de aquello que prometía abolir: negociación, concesiones, acuerdos presupuestarios. Hubo artículos retocados sobre la hora y, en el caso del régimen penal juvenil, retiro táctico y reingreso con cambios. La pureza doctrinaria cedió ante la matemática parlamentaria.
En el debe y en el haber del Gobierno, entonces, hay que contar dos goles para Milei (reformas laboral y penal juvenil) y dos goles en contra, como la inflación creciente y las sombras de corrupción.
La controversia por el IPC añadió ruido. Postergación metodológica, cambios técnicos, suspicacias. En un plan que descansa sobre la credibilidad, cualquier sombra importa. En la pulseada inflacionaria estamos ante una puja que recién comienza porque la salida de Marco Lavagna del Indec tiene que ver con la canasta para medir la inflación, pero el duelo no pasa por la forma de medir diciembre sino los próximos meses. Por eso el ruido del IPC puede transformarse en una tormenta autoinflingida o en un esquema de reducción de daños premonitorio.
El frente judicial agrega la otra variable. La causa por presuntas irregularidades en la Agencia Nacional de Discapacidad avanzó con procesamientos por direccionamiento y sobreprecios. Y por coimas del 3 por ciento que, aunque no han sido probadas, apuntan más alto que a los 18 funcionarios procesados, empezando por Diego Spagnuolo. El oficialismo habla de hechos individuales o heredados. Pero corrupción es corrupción.
Y, sin embargo, las encuestas siguen mostrando a Milei arriba en intención de voto en la mayoría de las provincias. Inflación que no termina de rendirse, actividad golpeada y causas abiertas que no se traducen al parecer en un retroceso automático.
La oposición continúa fragmentada, sin liderazgo ni narrativa que seduzca. Sin alternativa robusta, el oficialismo avanza. No por exuberancia, sino por vacío.
La media sanción de la reforma laboral y el aplauso del mercado anotan el primer tanto. Pero el partido es largo y el 2 a 2 un empate que está lejos de asegurarse.
La reforma laboral y el régimen penal juvenil, dos banderas que tocan empleo e inseguridad –núcleo duro de la ansiedad social– muestran eficacia legislativa, sí. También exponen un corrimiento más profundo: una sociedad menos reactiva frente a reformas estructurales y un oficialismo dispuesto a practicar la política clásica que denostaba. En la Argentina, el marcador del partido siempre puede cambiar antes del pitazo final.
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