Los tiempos horrorosos de la dictadura y del libertarismo

Por Estela Grassi - Es Doctora por la Universidad de Buenos Aires, Área Antropología Social (1999), es Antropóloga por la Pontificia Universidad Católica de Lima, Perú y Licenciada en Trabajo Social por la Universidad Nacional de Misiones. En la actualidad se desempeña como Profesora Consulta Titular de la Facultad de Ciencias Sociales (FCS-UBA).
En marzo de 2026 de cumplen 50 años de la última vez que las fuerzas armadas depusieron un gobierno elegido (y ya mal querido, por cierto) para hacerse de todos los resortes del Estado a sangre y fuego y cumplir, así, el programa político del viejo liberalismo que reclamaba la apertura irrestricta de la economía y sostenía la falacia de la no intervención del Estado. Gran falacia, pues con su fuerza bruta se imponían las nuevas reglas de "dejar hacer" a las clases ligadas al capital internacional, reprimiendo cualquier esbozo de defensa de los trabajadores, tras la excusa de "la guerra contra la subversión terrorista".
En medio del miedo, el trabajo productivo trocaba en finanzas; se popularizaban los plazos fijos y el dólar, se vendían campos para "poner a trabajar la plata", se abrían las importaciones, se destruían industrias y se ponía fin a toda pretensión de desarrollo autónomo.
Una férrea ideología patriotera y conservadora de "valores tradicionales" de "familia y propiedad" sostenía un programa impiadoso, dispuesto a borrar del mapa a "subversivos" y sus descendientes. Una historia macabra a la que le faltaba una guerra improvisada, declarada en 1982 con el mismo discurso patriotero, a la que se mandó a jóvenes soldados que, se supo después, fueron maltratados y hasta torturados. Los que no murieron en las Islas, regresaron para cargar con la derrota. Abandonados a su suerte y sin contención, muchos se suicidaron.
Ningún momento de la historia es un absoluto inicio, hay más historia antes de todo comienzo; pero esa dictadura fue un comienzo. Implementada por militares, llevó adelante un programa político y económico de clase que transformó la estructura productiva del país y condicionó hacia adelante su desarrollo. Y fue el comienzo de un país al que, una década después, un presidente de la democracia y peronista, Carlos Menem, le pondría el moño para ser lo que él decía que no quería ser: del "tercer mundo". Entonces alineaba la política exterior a los intereses de los países desarrollados, pero alejaba a la Argentina de ser una sociedad mejor: más justa, más educada, más igualitaria.
Con la dictadura comenzaba otra historia: la de los programas neoliberales, la de la deuda externa y los veedores del FMI, la que empezó a medir la pobreza, porque si a su inicio era insignificante, terminó con casi un cuarto de los hogares sumidos en la miseria. Por eso, el primer gobierno democrático, el de Raúl Alfonsín, se inició implementando el primer programa alimentario masivo (el PAN), que suponía transitorio. La Argentina de los eternos déficits ficales que no permitieron que se cumpla la expectativa de ese mismo presidente, que creía que "con democracia se come, se educa y se cura". Y después Carlos Menem, que llegó prometiendo "el salariazo" pero llevó a los peores índices de desempleo hasta ese momento (alrededor del 20% en 1995), apenas superados durante la crisis que puso fin del gobierno de su sucesor, Fernando de la Rúa (los registros de 2002 ubican la desocupación en más de 21% de la fuerza laboral).
A continuación, vinieron los años de gobiernos kirchneristas (con Néstor y Cristina Kirchner) que, junto con los "progresismos" de la región, llevaron a creer en un pos-neoliberalismo y en el fin de la deuda externa y las condiciones del FMI. Pero la historia tiene sus meandros y vueltas. La estructura económica y lo poderes dominantes no cambiaron mucho y el neoliberalismo estaba vivo en los lugares menos pensados, como en el sentido común. Otro programa neoliberal (el de Mauricio Macri y el ministro Luis Caputo, en 2015) trajo otra vez de vuelta al FMI y un endeudamiento que el libertarismo extremo del presente y con el mismo Caputo, no hacen más que profundizar. En el medio, claro, la esperanza del gobierno de Alberto Fernández, que debió hacer frente a la pandemia casi en sus inicios, y terminó maltratado por todos los flancos, hasta pasar con más pena que gloria.
Todo es historia ya. Una historia que parece tremendamente lejana, porque el presente distópico de Javier Milei (y su hermana Karina) y los Caputo (Luis y el sobrino Santiago) y la nueva generación de los Menem, se nos escapa al entendimiento. Porque para los programas neoliberales anteriores, sus efectos, sus fundamentos y estrategias políticas, teníamos explicaciones y los conceptos funcionaban como tales. O, al menos, así los creíamos. No es el caso de lo que vivimos desde 2023, cuando parece que hemos sido abducidos y conducidos a una realidad incomprensible.
La dictadura plantó una bandera, como dije al inicio. Y tengo recuerdos espeluznantes del terror: los Falcon verdes de los que asomaban fusiles, imponiéndose en la ciudad. El miedo a olvidar los documentos o a reunirse con amigos hasta altas horas porque "puede ser sospechoso"; los familiares presos y los colegas y conocidos más o menos cercanos, desaparecidos o fusilados. Y a tener que irse, sin querer hacerlo, a exiliarse, antes de que sea tarde. Todo ya desde antes, claro, cuando el trabajo sucio lo hacía la Triple AAA (la alianza anticomunista argentina, que respondía a J. López Rega, el brujo de entonces).
Pero ¿no hace lo propio este libertarismo? ¿No parece haber iniciado otra historia en la que ocurren hechos que dan terror y otros a los que les pasamos por al lado, como quien ve llover? Viene a cuento una salida con amigas en este verano caluroso de 2026, por lo que era "el centro" de la vida sociocultural de Buenos Aires, su marca de identidad: la calle Corrientes. Más precisamente, en su intersección con la avenida 9 de Julio: un pequeño grupo de manifestantes, con demandas diversas, según logramos saber, "custodiado" por acaso el doble de policías pertrechados como para combatir una invasión extraterrestre, carro de asalto incluido. Indignación y miedo, no sé qué primero o qué más. Acaso vendrían del Congreso, donde ya habían reprimido al grupo de jubilados de los miércoles y arrastrado a un discapacitado, según circuló luego en las redes (¡no en los medios, sería mucho pedir!). Por Corrientes, como ya es habitual por las demás calles de la ciudad donde circula mucho público, personas mendigando, entre ellas, una madre, sentada en el suelo pidiendo limosna y a su lado, jugando y dando vueltas por el piso, con total inocencia, su bebé de acaso ¿un año? Dando vueltas y jugando como lo hacen nuestros nietos y nietas sobreprotegidas, pero ese bebé lo hacía en una vereda mugrienta. Por lo demás, gente circulando, riendo, paseando… Madre e hijo o hija (no sabemos) como parte del paisaje, como las mesas en las veredas que hay que esquivar, o los bancos o los macetones que puso Rodríguez Larreta, del partido de los Macri, cuando era jefe de Gobierno de la Ciudad.
Si ya entonces Buenos Aires mostraba sus llagas humanas, hoy está plagada de tantos y tantas abandonadas por el Estado, por la sociedad de la que son parte, por la mano de Dios. ¿Quién protege de enfermedades a esos niños y niñas que apoyan sus caritas en las baldosas mugrientas y a esas y esos otros que pueden meter sus cuerpecitos aún pequeños en los contendedores de basura para encontrar un mendrugo? La ciudad está plagada, además, de colchones viejos o de trapos donde tiran sus huesos tantos desahuciados y a los que, si molestan a la vista de algún vecino, Macri (Jorge, que llegó de la intendencia de Vicente López para ser el actual jefe de Gobierno de CABA), los manda retirar con una brigada de su numerosa policía, como a la parejita que dormía abrazada, acaso en un último resto de ternura, en una vereda de Palermo. Hombres que no piden, que todavía tienen consigo algunos enceres, como el que se aposenta en otra esquina del mismo barrio, cuya mirada perdida lacera a quienes sentimos impotencia, pero que también se va haciendo parte del paisaje, hasta que la brigada lo eche.
Una política emblemática en la Ciudad, durante la dictadura, fue la erradicación violenta de las villas de emergencia. Los operativos incluían amenazas, golpes, la presencia permanente de policías entrenados para "los desalojos" y hasta camiones (los mismos de basura) que cargaban a la gente y sus pocos enceres para llevarlos fuera de la ciudad, más allá de la avenida General Paz, cuando no eran regresados a sus provincias o países de origen.[1] Los pobres siempre fueron expulsados de la ciudad: lo hizo el Gral. Onganía unas décadas antes y se volvió a hacer en los años de 1990. Y las provincias, a su vez, se los sacaban de encima.[2] Poco a poco nos fuimos acostumbrando a ese paisaje con desamparados a los que no se ve o se los echa; poco a poco llegamos a ser una sociedad muy desigual, como somos ahora.
Pero el programa social, político y económico libertario no tiene parangón, aunque sea un punto de llegada de las décadas de programas neoliberales. No tiene parangón por varias razones: por la extrema insensibilidad de quienes gobiernan y legislan; por estas escenas que son sociales, pero parecen tener ya, el peso de la cultura porque nos acostumbramos a ellas, las incorporamos con naturalidad hasta no verlas o a verlas como vemos una vereda rota o un bache en la calle: molestias. Otras son políticas, por la deliberada destrucción de instituciones en general y sociales, en particular: de ese andamiaje institucional que mal que bien sostenía la vida social en este país. Las escuelas, los hospitales y todos y cada uno de los programas sociales y de asistencia fueron y son objeto de ataque desde el primer momento de la asunción de Milei. No importa que la Universidad pública haya movilizado a tanta gente, porque la educación universitaria está desfinanciada y se va degradando y despoblando. Nunca antes fue así de aguerrido el ataque a ellas, aunque los debates acerca de lo que se privatiza, se arancela, etc. haya permanecido como una constante de las disputas políticas y fueron centrales durante la década de 1990. En realidad, hoy no interesa, no hay tal debate, se desfinancia y listo, como la ciencia, como la investigación. Los gobernantes libertarios no hablan de estos temas, no hablan de educación o de salud, salvo como renglones del Presupuesto que hay que ajustar o directamente eliminar para llegar al déficit cero.
En el plano de la cultura, en tanto espacio de producción de sentidos y modos de interacción y de vida social (si todas estas dimensiones pudieran separarse), el panorama no tiene comparación con ningún contexto previo: nunca como ahora pueden suceder manifestaciones tremendamente groseras desde el centro del poder. Nunca como ahora quienes ejercen funciones centrales de la política, como legislar, por ejemplo, pueden manifestar tan profunda ignorancia de los temas que tratan (e ignorar que son ignorantes), sin consecuencias. Nunca ha sido posible tan descarnado maltrato a quienes deben ser objeto de protección. Y nunca como ahora los comunicadores "serios" de lo que queda de la televisión, se mostraron tan sumisos ante manifiestas aberraciones de algunos legisladores o legisladoras, entre las que destaca Lilia Lemoine.
Y, sobre todo, este libertarismo no tiene parangón porque como ideología y como práctica comunicacional, obstruye el pensamiento. La dictadura generaba miedo a expresarse porque perseguía a quienes pensaban diferente o confrontaban sus ideas. Ahora no se trata de persecución, sino de atasco o impedimento previo a la formulación de una idea por el sinsentido de sus expresiones y por la falta de algún sustento empírico más o menos plausible de lo que se dice. ¿Se puede contraargumentar un insulto o desmentir datos extravagantes? En términos del habla cotidiana, diríamos que "deja sin palabras". Pero presumir que se trata de una estrategia de comunicación, quizás es darle demasiado crédito a una práctica que, sin embargo, es más perniciosa porque como tal, se impone en la conversación social y política.
Por cierto, hay ganadores en este contexto. Aquellos ricos empresarios que se esforzaban por festejar las groserías de Milei en los eventos a los que lo invitaban y concurrían con sus elegantes esposas, durante su primer año de gobierno. Nunca se habían mostrado tan faltos de decoro, ni aún con Menem, cuando cierto liberalismo ilustrado, sobre todo de Buenos Aires, se expresaba escandalizado por los errores del presidente al referirse a "las obras completas de Sócrates", pero aceptaba las desnudeces de María Julia Alzogaray, mientras vendiera a precio vil los bienes públicos[3]. Pero Menem tenía arraigo popular y peronista, mostraba sus cuitas, podía acercarse al lenguaje más llamo de la cultura popular, pero no a la grosería ni a componer la figura burda del presidente actual, capaz de armarse un festival de rock propio o de hacer insinuaciones sexuales machistas en un acto con niños de primaria, sin ninguna consecuencia social, política ni jurídica. [4]
50 años atrás, algunos, algunas de nosotras vivimos el horror de la dictadura y los Falcon verdes. A 50 años de entonces vivimos el horror de una sociedad en decadencia, acaso enlazada a aquel momento por esos hitos de la deuda, el FMI y de la financiarización de la economía.[5]
Una sociedad en decadencia que es otra sociedad que habrá que tratar de desentrañar y de diseccionar con otras herramientas para poder entenderla y explicarla. Ya no sirven las solas comparaciones con los programas de Martínez de Hoz o de Domingo Cavallo. Pero, aunque sin los Falcon verdes con fusiles por las calles y sin desaparecidos por fuerzas parapoliciales, no deja de ser horrorosa. No hay desaparecidos por razones políticas, sino "aparecidos desaparecidos" de la vista del resto de la sociedad, como esas niñas y niños tirados o que revuelven la basura en busca de comida que, acaso, después serán las víctimas de los proyectos de mano dura de Patricia Bullrich y sus secuaces, dispuestos a tratarlos como delincuentes adultos a edades cada vez más tempranas, cuando deberían estar siendo cuidados. Los represores robaban bebés para que no sean iguales a sus padres subversivos; los libertarios esperan apresarlos después de haberlos abandonados a una suerte miserable.
Por si falta saber algo acerca de las consecuencias de tamaño abandono, las estadísticas sanitarias dan cuenta de un aumento, leve aún, de la mortalidad materna e infantil (niños y niñas que mueren antes de cumplir un año). [6] Y con este panorama social, el Presupuesto para este año toca también a la AUH, hasta ahora invocada como la estrella de la política social, junto con la Tarjeta Alimentar, porque su monto había recibido un considerable aumento que permitió mantener su valor de compra. Sonaba incongruente que un componente de la seguridad social que constituyó un derecho básico para niños y niñas, se sostuviera en el contexto de una política fundada en la idea de que los derechos sociales "son una aberración", como expresó Milei en reiteradas oportunidades. Quizás un resto de tino político advertía acerca de la necesidad de alguna forma de contención social que complementara la sola violencia represiva. Lo había advertido, hace décadas, un ministro de Carlos Menen: "El estado de sitio es una medida preventiva, como (…) el reparto de alimentos", dijo Eduardo Bauzá en enero de 1990, cuando el país estallaba en una de sus tantas crisis y él asumía como ministro de Salud y Acción Social.[7] Esta asistencialización de lo que se creó como un derecho, es lo que se explicita en el Presupuesto 2026. Desde ahora la AUH y las asignaciones familiares en general, se desconectan de la movilidad que las ajustaban por inflación, para quedar libradas a decisiones eventuales del poder ejecutivo, justo cuando existen menos posibilidades de conseguir ingresos laborales, aunque sean más o menos inestables, para redondear la magra economía del hogar, como ocurría hasta hace algún tiempo. [8]
Finalmente, cabe una última reflexión. Pasaron 50 años desde que se impusiera una dictadura cruenta de la que aún quedan secuelas, como es el destino desconocido de personas nacidas en prisión o apropiadas al momento del secuestro de sus padres. Pasaron más de 40 desde que volvimos a vivir en un régimen democrático y, cada vez más, aquel horror se diluye en la memoria, sobre todo de quienes son más jóvenes y no saben del miedo e, incluso, carecen de información básica sobre esos tiempos porque los programas de historia en las escuelas no los cubren y, si se incluyen, se denuncia "adoctrinamiento". Este es otro rasgo del horror actual: el olvido y la ignorancia. Y el desfinanciamiento o la eliminación lisa y llana de los organismos de derechos humanos, como todos los demás que tengan que ver con la vida social y que no correspondan a los intercambios mercantiles.
La dictadura quería moralizar a la sociedad. Imponer a sangre y fuego sus valores de "Patria, Familia y Propiedad". El libertarismo mileísta se propone una batalla cultural, pero para eliminar los valores y ordenar la vida social bajo las estrictas reglas de un capitalismo sin reglas y sin moral, gestionado por unos individuos insensibles, ignorantes y amorales. ¿Serán estas las ruinas que dejó el neoliberalismo, como sugiere Wendy Bronwn[9] o se trata solamente de los actos insensatos de unos depredadores[10] improductivos a los que hasta ahora se los dejó hacer? En cualquier caso, la falta de escrúpulos y la amoralidad constituyen una dimensión de nuestra vida social que merece la mayor atención, porque abre el círculo que parece conectar con la dictadura de 50 años atrás y que se personifica en la ruptura entre Javier Milei y su vice, Victoria Villarruel y en internas y contradicciones del poder que apenas se insinúan.
Referencias:
[1] Oszlak, Oscar (1991), Merecer la ciudad, CEDES-Hvmanitas, Buenos Aires.
[2] En 1995 el gobernador de Santa Fe, Carlos Reutemann, acusó a su par chaqueño de «exportar desocupados» hacia territorio santafecino en camiones de la provincia. Ver capítulo IV en Grassi, E. (2004): Política y cultura en la sociedad neoliberal, Espacio, Buenos Aires.
[3] Grassi, 2004. Op. cit.
[4] Recuérdese la participación del presidente en la apertura del ciclo lectivo del Colegio Cardenal Copello, en 2024.
[5] También en la vida cotidiana, por el endeudamiento tanto con bancos y billeteras virtuales, como con prestamistas inescrupulosos o con los propios parientes, no ya a través de los créditos blandos que daba la ANSES y que preocupaban a la primera canciller Diana Mondino, "porque si sos un jubilado … ya sabés que te vas a morir", según dijo en un programa de Mirtha Legrand.
[6] "Crece la mortalidad infantil en Argentina", Fundación Soberanía Sanitaria, 28 de enero 2026 (https://soberaniasanitaria.org.ar/crece-la-mortalidad-infantil-en-argentina/) Los datos son oficiales. De la Fundación participan diversas instituciones médicas, sociales y de derechos humanos, entre ellas, el IIGG.
[7] Buscar y citar en mi libro
[8] Más allá de los prejuicios, los ingresos de las familias nunca dependieron exclusivamente de las transferencias de la política social. Ver Danani, C. y E. Grassi (2018): La protección social institucionalizada. En: Piovani, J. I. y A. Salvia: La Argentina en Siglo XX. Siglo XXI, Buenos Aires.
[9] Brown, Wendy (2020): En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente. Tinta Limón, Buenos Aires.
[10] Da Empoli, Giulano (2025): La hora de los depredadores. Seix Barral, Buenos Aires. El autor se refiere a otros depredadores: los magnates de la tecnología, ligados a los poderes de la IA y los algoritmos. A los que me refiero acá, son solamente depredadores.
Fuente:
La Tecla Ñ
