Milei, Netanyahu y el "beso de judas"

23.04.2026

El viaje de Javier Milei a Israel volvió a mostrar una escena ya conocida: un Presidente hiperactivo, cantando sobre un escenario, disociado de la realidad, trabajando por su ego y su sueño de ser una leyenda de la ultraderecha mundial, un Milei que visita a sus amigos en el plano internacional mientras en el país se acumulan tensiones económicas y políticas. Hay una metáfora que podría ayudarnos a interpretar los efectos colaterales: La escena del "beso de Judas".

Proviene de los relatos evangélicos sobre la detención de Jesucristo en Jerusalén, en el contexto de la Pascua judía. Según los Evangelios, Judas Iscariote acuerda con las autoridades religiosas entregar a Jesús a cambio de treinta monedas de plata. El problema para quienes buscaban arrestarlo era identificarlo en la oscuridad y en medio de sus seguidores, por lo que Judas propone una señal: "al que yo bese, ese es".

En el Huerto de Getsemaní, de noche, acompañado por una guardia enviada por los sumos sacerdotes y autoridades del Sanedrín -y, según algunos relatos, con presencia de fuerzas vinculadas al poder romano-, Judas se acerca a Jesús, lo saluda con un beso y así permite su identificación y arresto. Ese gesto, aparentemente íntimo y afectuoso, es en realidad la señal que desencadena su captura, juicio y posterior crucifixión bajo el dominio del Imperio romano.

¿Puede leerse entonces el vínculo entre Javier Milei y Benjamin Netanyahu bajo esta misma lógica? ¿Es esta alianza un gesto de respaldo mutuo o, como en el relato bíblico, una cercanía que termina exponiendo y debilitando al otro frente a sus propios "perseguidores" —la opinión pública internacional, las tensiones internas y el aislamiento político—? ¿Y si ese abrazo político, más que proteger, funciona como una marca que señala y condiciona el destino de ambos líderes?

Marcelo Longobardi lo sintetizó hace poco en uno de sus editoriales: si Milei no logra ordenar su interna política, difícilmente pueda gobernar el país. No es un señalamiento menor. La tensión entre los sectores de Karina Milei y Santiago Caputo, en medio del escándalo Manuel Adorni y los avances judiciales por $LIBRA y ANDIS, que cercan al Gobierno, que ve cómo disminuye su imagen positiva en las encuestas.

Además, la recesión económica no da tregua, y, salvo sectores específicos, como la energía o la minería, no se ve todavía la luz al final del túnel. Pero Milei ha dicho en más de una ocasión que no le gusta la política. Es evidente que disfruta más cultivando sus relaciones internacionales y su faceta artística.

Durante su estadía de cinco días en Israel, no sólo subrayó su alianza con Benjamin Netanyahu, sino que llevó ese vínculo a un nivel inédito de alineamiento político, ideológico y hasta militar. En medio de la guerra en Medio Oriente, Milei ya había respaldado explícitamente la ofensiva de Israel y Estados Unidos contra Irán, y hasta llegó a definirse a sí mismo como "el presidente más sionista del mundo".

Pero comencemos por lo más desopilante: el momento en que Milei cantó "Libre", de Nino Bravo, en el acto por el Día de la Independencia de Israel. Es interesante observar que, por el bien de la audiencia televisiva internacional, la producción del evento se aseguró de que el micrófono de Milei estuviera al mínimo volumen posible.

Además, llama la atención la reacción de Netanyahu, que se ríe de la efusividad de nuestro presidente.

Pero más allá del clima, la celebración por la independencia de Israel estuvo atravesada por fuertes polémicas y divisiones internas. En paralelo al acto oficial se realizó en Tel Aviv una ceremonia alternativa de perfil democrático y liberal, mientras miles de ciudadanos firmaron una petición para que los medios no transmitieran el evento, en un contexto de incertidumbre por la seguridad y la guerra.

Las controversias también alcanzaron a algunos de los participantes del acto. La presencia de figuras como Gal Hirsch, cuestionado por familiares de rehenes en Gaza, generó abucheos, al igual que la inclusión del rabino ultraderechista Avraham Zarbiv, acusado de racismo, quien incluso bailó con el presidente Javier Milei al final de la ceremonia.

Analistas señalaron que la visita de Milei funcionó como un respaldo simbólico clave para el gobierno israelí en un momento de creciente aislamiento internacional. El politólogo Mario Sznajder sostuvo que Netanyahu aprovechó la presencia del mandatario argentino como "respiro mediático", mientras que la periodista Anna Barsky destacó que el oficialismo la presentó como una señal de que Israel aún conserva aliados dispuestos a apoyarlo públicamente. Antes de partir, Milei volvió al Muro de los Lamentos, donde se despidió con un último gesto de cercanía religiosa y política.

Ayer entrevistamos en este mismo programa al historiador Loris Zanatta, quien habló de la falta de apoyo que el conflicto con Irán ha cosechado en Europa, al punto de describirlo como un factor tóxico para sus propios aliados. En ese sentido, afirma que hoy "ser aliado de Trump es un lastre" en Europa y que su figura genera un rechazo, incluso entre países históricamente cercanos a Estados Unidos. Esa percepción se traduce en consecuencias políticas concretas: líderes como Giorgia Meloni se ven obligados a tomar distancia para no quedar debilitados frente a sus electorados.

Zanatta sintetiza esa idea con una imagen contundente: "Trump es un beso de Judas en este momento en Europa", es decir, un aliado que termina perjudicando a quienes se le acercan.

Si llevamos esta lógica a la relación Milei-Netanyahu, ¿quién es el lastre para quién? ¿Es Milei quien se aferra a un liderazgo internacional cuestionado para construir su propia épica, o es Netanyahu quien encuentra en el presidente argentino un aliado funcional en medio de su creciente aislamiento global? Porque, si el "beso de Judas" sigue vigente como metáfora política, tal vez la alianza no fortalezca a ninguno de los dos, sino que termine debilitándolos a ambos.

En un pequeño fragmento del discurso en la Universidad Bar-Ilan, donde recibió un Honoris Causa, Milei radicalizó su posición de apoyo a la guerra de Irán. En sintonía con el peor momento de Trump, cuando amenazó a Irán con la destrucción total. Milei afirmó que "con determinadas culturas no se puede convivir".

No se trató solo de un gesto diplomático. Milei toma una posición ideológica explícita y radical, donde la política exterior argentina queda asociada a una visión apocalíptica del orden mundial, al estilo Trump en su peor momento.

Jorge Taiana salió al cruce de los dichos de Milei y señaló que "avala el genocidio y la destrucción de acuerdos políticos y diplomáticos", alejándose de la tradición argentina de neutralidad y búsqueda de paz.

Pero mientras Javier Milei se ocupaba de explicitar su apoyo a Benjamin Netanyahu, el frente interno se complica. La economía sigue mostrando señales de agotamiento: la caída del salario real, la retracción del consumo y una recesión persistente golpean especialmente a los sectores medios y bajos, mientras el Gobierno apuesta a que el orden fiscal alcance para estabilizar expectativas. Sin embargo, los datos empiezan a tensionar el relato oficial y reavivan cuestionamientos incluso dentro de sectores que inicialmente acompañaban el rumbo económico.

Un editorial de Carlos Pagni, donde señaló la caída del salario real, desató la furia del Presidente, que lo insultó en redes sociales, calificándolo de "basura repugnante". La Nación salió a aclarar que hubo una equivocación en la lectura del gráfico, sin embargo, la caída del salario real es un hecho.

En la aclaración, el diario publicó que "Tomando como punto de partida el comienzo del gobierno actual, según los datos del INDEC, las caídas salariales fueron las siguientes desde el inicio del gobierno de Milei hasta marzo de 2026".

Y señaló que: "Privados registrados perdieron 5,3% contra inflación, Públicos perdieron 19,2% contra inflación. Desde las elecciones legislativas 2025 (octubre 2025 a marzo 2026): Privados registrados perdieron 4,4% contra inflación. Públicos perdieron 5,6% contra inflación". Distintos análisis advierten que la caída del salario real podría ser incluso mayor si se mide contra una inflación más alta que la reflejada por el IPC actual.

Esto se debe a que el índice oficial todavía utiliza una canasta basada en patrones de consumo antiguos, mientras que las estimaciones con metodologías actualizadas -que incorporan mayor peso de servicios y precios regulados- tienden a arrojar variaciones superiores, especialmente en contextos de ajuste tarifario. Si se utilizara un índice más representativo del consumo actual, el deterioro del poder adquisitivo no sólo no se atenúa, sino que probablemente se profundiza.

Mientras el IPC oficial del INDEC acumularía alrededor de 317% desde fines de 2023 hasta comienzos de 2026, estimaciones con una canasta más actualizada elevan ese número a aproximadamente 466%, es decir, una brecha cercana a los 149 puntos porcentuales. Traducido al salario real, esto implica que la pérdida es mucho mayor que la de los registros oficiales. Y a ese escenario se suma una creciente fragilidad política. Las disputas internas entre el entorno de Karina Milei y el sector de Santiago Caputo, los conflictos por el armado electoral y los ruidos en áreas sensibles como la Justicia configuran un cuadro de poder fragmentado.

Y a esto se sumó la inefable Lilia Lemoine, quien volvió a generar tensión dentro del oficialismo al apuntar contra Patricia Bullrich, replicando en redes sociales una teoría que la acusa de haber impulsado una "operación" para agravar el escándalo que afecta a Manuel Adorni. La incomodidad parte del aumento de la imagen positiva de Bullrich al tiempo que disminuye la de Milei. Lemoine compartió un mensaje que afirmaba: "Es la Operación Bullrich. Fueron preparando el terreno. Son de manual". Además, deslizó una frase sobre su rol en el movimiento libertario: "Los electrones libres pueden ser un problema a veces, pero flotar por ahí te permite ver cosas que otros no".

En ese marco, decisiones estratégicas como la discusión sobre las PASO, que serán enviadas al Congreso por el Poder Ejecutivo, empiezan a leerse como una suerte de maniobra para modificar un escenario electoral adverso.

La estrategia oficial apunta a destrabar la resistencia opositora a la derogación de las primarias, utilizando la ficha limpia como incentivo para atraer apoyos. Eliminando las PASO, se dificulta la posibilidad de unificación de sectores de la oposición y se bloquea la posibilidad de un frente anti-Milei, como el que impulsó Lula en Brasil contra Bolsonaro.

Sin embargo, el oficialismo reconoce que le será difícil reunir las mayorías necesarias para eliminar las PASO, incluso con aliados como el PRO y la UCR mostrando reparos. En ese contexto, la Casa Rosada apuesta a enviar primero el proyecto al Senado -donde cree tener mejores chances- y a usar la combinación de reforma electoral y ficha limpia como una jugada política para forzar el debate y evitar que la iniciativa vuelva a quedar bloqueada.

Pero a esto se suma otro foco de tensión. En los tribunales de Comodoro Py crece el malestar con el Gobierno, en un contexto donde operadores clave como Juan Bautista Mahiques enfrentan límites de poder. La fragmentación del control sobre áreas sensibles como inteligencia, con el derrumbe de la influencia de Caputo en el Gobierno, debilita la capacidad de articulación del Ejecutivo con la Justicia. La interna en el oficialismo es tan explícita que hasta el ministro de Economía se refiere a los problemas económicos que trae.

Finalmente, aquella escena que mostramos en esta columna, un presidente cantando, sobreactuando su lugar en el mundo, deja de ser una anécdota pintoresca y empieza a adquirir otro sentido. No es solo un gesto excéntrico, sino la manifestación de una forma de ejercer el poder: más orientada a la proyección simbólica que a la administración concreta de los problemas del país. Y ahí es donde la metáfora del "beso de Judas" deja de ser un recurso literario para convertirse en una clave de lectura política.

Porque cuando un liderazgo necesita afirmarse en alianzas externas cada vez subrayando más sus posiciones y radicalizándolas, en contextos de alta conflictividad global, también se expone a quedar atrapado en ellas. A consecuencias bélicas que no son un juego.

Argentina atraviesa una grave crisis económica. La política no logra ponerse de acuerdo y tampoco asoma, por el momento, un programa alternativo con el suficiente apoyo. Pero sumarse a una guerra implica cruzar un umbral distinto. Ya no se trata solo de alineamientos ideológicos o gestos diplomáticos, sino de asumir costos que pueden volverse irreversibles en términos económicos, sociales y geopolíticos. En un país frágil, con tensiones internas abiertas y márgenes fiscales limitados, cualquier deriva en esa dirección no fortalece el liderazgo: lo expone aún más, lo vuelve dependiente de dinámicas externas que no controla y pueden volverse catastróficas.

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Y en ese punto, la metáfora inicial vuelve con toda su potencia. Porque quizás el problema no sea únicamente si hay traición o conveniencia, sino si el gesto mismo -esa búsqueda de validación en escenarios lejanos- termina señalando una debilidad estructural. Como en aquella escena bíblica, el acto aparentemente más inocente puede, al mismo tiempo, marcar el momento de mayor vulnerabilidad.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

Fuente:

https://recursoshumanostdf.ar/

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