Perder el nombre

Por Mempo Giardinelli
En un corchario en la pared, este redactor conserva un apunte de finales de los años 70, con la siguiente duda: "No sé por qué algunos historiadores se niegan a darle crédito a Monsieur Raoul Despot, fanático partidario de la tiranía en Francia, circa 1789, quien en esencia no fue otra cosa que un cretino de vocación autoritaria y represora tan fuerte que, por él y su maldito apellido, se acuñó el término "despotismo". Que significa "cualidad de enanos, físicos y mentales, que pueden alcanzar un primer lugar en competiciones deportivas o cuyas actitudes y prácticas se condensan en abusos de supuestas superioridades o bien en la grosería, torpeza, insensibilidad o abuso de poder en el trato con los demás".
Así y ahora y en este país, el concepto –ya muy arraigado—define tipos de comportamiento que siempre parecen estar a punto de hervor. Por la sencilla razón de que son muchísimos los ciudadanos y ciudadanas cuyos trabajos e ingresos económicos dependen de otros sujetos y/o empresas más poderosos, y mucho más si se trata de empresarios o políticos profesionales. Y cuyas conductas y modos son siempre de resistencia, y en los últimos tiempos argentinos muchísimo más porque representan a grupos sociales menos poderosos y por ende más necesitados.
Así también podrían verse ahora –en las vísperas de las discusiones por la llamada Reforma Laboral que podría dejar a tantos y tantas a merced de despotismos y arbitrariedades– las clásicas huelgas, despidos, renuncias y otras acciones que hacen a la construcción de toda sociedad democrática y que suelen chocar entre sí y no pocas veces con manipulaciones y/o abusos.
Y a esto corresponde añadir, contemporáneamente, el extraño concepto llamado (por sus millones de seguidores) "Inteligencia artificial". Que a juicio de quien firma esta nota puede parecerse demasiado y muy sospechosamente a ciertas maniobras o modos de manipulación, que por supuesto exceden este texto y el análisis de este columnista.
Pero que existen y ocupan cada vez más espacios mediáticos, y en esta nota ello se acepta democráticamente porque quien firma desconfía profundamente de este tipo de aficiones a la moda que obviamente tienen grandes intereses detrás de la IA, y tan así es que ya hoy fascinan a media humanidad o más. A la par, queda claro, que amenaza con dejar a tantos fuera del mundo laboral o sojuzgado por miedo al reemplazo inhumano.
Y eso no es todo porque el término se usa no sin modos arbitrarios y además no abre debates inteligentes sino, todo lo contrario, puede estimular cortas inteligencias de poderosos eventuales, sin justificaciones ni reparos morales.
Este columnista, por eso mismo, duda porque cuestiona el hecho de que asuntos de gravitación mundial hiperpublicitados, aquí en la Argentina desesperada de estos tiempos pareciera que no existen más que para aceptarlos o rechazarlos, mientras lo dudoso es norma.
El espantoso e inmoral asunto Epstein, por eso mismo, parece acompañar a ese escándalo universal imparable que –con toda prisa y sin la menor pausa– sirve silenciosamente y sin dar explicaciones a los económicamente más poderos@s del Planeta Tierra, tapando y confundiendo con innumerables recursos, mentiras, abusos y hasta crímenes generalizados toda esa basura moral que circula cada día y cada hora con mayor impunidad.
Y para colmo todo esto se relaciona con el ya inocultable escándalo que se detuvo –milagrosamente, si acaso existen los milagros– después del afortunado fracaso de esas bandas de millonarios amorales y degenerados que llegaron hasta al intento de enlodar al Papa Francisco poco antes de su fallecimiento. Y todo lo cual describe lo más sucio y perverso de esta época, con tanta maña y tanto descontrol que dejan chiquitas a las más duras luchas sindicales, precisamente ésas que hoy, en estos días, también bajan como aguas turbulentas y que, todo lo indica, seguirán bajando turbias, mugrosas y escandalizantes.
Hay affaires que no terminan, como tampoco acaba ninguna de las bestialidades gubernamentales que ni pinta tienen de terminar pronto. Porque lo que sí parece un hecho es que en esta desquiciada y adolorida Patria nuestra que todavía llamamos "Argentina" nada es lo que parece, ni todo es lo que se ve. Y entretanto, con el gobierno actual todo lo que aumenta y pulula son deshonores, mentiras, ocultamientos, ofensas, agravios e infamias a granel.
Para quienes ejercemos el oficio periodístico desde hace muchos años, décadas incluso como este columnista, podría pensarse que estamos en vísperas de zarandeos horribles y no por acción gremial ni deseos de propietarios sino por la simple y grotesca razón que es el dislate acelerado –y ojalá fuese final– de un modo grotesco y arbitrario de ejercer el gobierno de esta Nación a favor de los ricos. Y modo que se define por delirios e irresponsabilidades, y por la violencia verbal incendiaria que amenaza con dejar sin trabajo a millares de trabajadores y docentes, médicos y operarios de todas las industrias y profesiones.
Y para colmo, sin lo mejor y elemental que tiene desde hace décadas nuestra democracia: un sistema de Salud y un sistema Educativo excepcionales, y tan democráticos como accesibles.
Una realidad, digamos, que de consolidarse el plural disparate que es ya amenaza presidencial, se resumiría en decenas de periodistas sin trabajo, miles de conflictos y millones de argentinos y argentinas en el mayor desamparo laboral como jamás nadie imaginó en esta república tan groseramente lastimada. Y tan suicida a la hora de votar, todo hay que decirlo.
Lo cierto es que desde la semana que viene –o la que le siga– puede que nuestra Patria enfrente muy severos conflictos, repugnantes violencias verbales, abusos extraordinarios y nunca antes vividas luchas entre trabajadores, delegados sindicales y gestiones empresarias que –esta vez, pareciera– podrían desbarrancarse a profundidades injustas, sórdidas e inútiles por donde se las mire.
La ignominia generalizada es, hoy y así, un imperio de afrentas, deshonores y desvergüenzas públicas que ya podrían arrasar con la dignidad de millones de compatriotas.
Si hasta parecería certero y apropiado que al nombre del Presidente —ya coronado de variados nombres de fantasía–, quizás le cupiera de mejor modo uno que proviene del Latín y significa literalmente "pérdida del nombre o la reputación". Se llama ignonimia y es la afrenta, deshonor o vergüenza pública que sufre la última dignidad de una persona o grupo. Implica un descrédito grave, generalmente causado por acciones indignas o vergonzosas que provocan la total pérdida del respeto de los demás. Proviene del latín y significa literalmente "pérdida del nombre". Sea alto funcionario o enano acomplejado con disfraz de rey o presidente.
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