Soberanía en modo avión: la Argentina de Milei como insumo de Trump

Por Consejo Asesor OPEIR
Tradicionalmente, los teóricos de las Relaciones Internacionales pensaron la creciente interdependencia entre países y sociedades como una promesa de orden. A más instituciones, más reglas; a más reglas, más previsibilidad. A más comercio, más vínculos; a más cadenas compartidas, menos incentivos para romperlas. La cooperación se ofrecía como desenlace lógico de esa trama, donde la interdependencia compleja funcionaba como límite práctico frente al uso de la fuerza.
Hoy esa lógica parece haber quedado atrás. En los últimos años, y sobre todo en el plano económico-tecnológico donde la competencia y la tensión se acrecientan, esa interdependencia dejó de operar como red de contención y pasó a funcionar como palanca de presión de grandes poderes para lograr sus objetivos estratégicos. Así, el rasgo distintivo de la política exterior de la administración Trump es la coerción a través de aranceles y sanciones. Apoyado en su particular arte de la negociación y en la contención estratégica de China como brújula, la apuesta de Trump es obtener (con)cesiones de Estados más débiles que le permitan controlar los eslabones críticos de la economía global.
Frente a esta situación, el gobierno nacional de Javier Milei decide insertarnos como proveedores estratégicos de minerales críticos y recursos energéticos en la geopolítica de insumos de Trump. Estamos hablando de recursos esenciales para la Inteligencia Artificial (IA), la robótica, la transición energética y muchas otras oportunidades que nos permitirían construir industria, tecnología y empleo propio. El de Milei es un gobierno de adhesión que no negocia nada en favor de la mayoría de los argentinos y las argentinas y que, para colmo, acaba de ponerlo por escrito en el Acuerdo de Comercio e Inversiones Recíproco firmado con Estados Unidos. Lo que este gobierno entiende por reciprocidad es una forma de dependencia para-colonial, donde el Estado conserva la fachada soberana mientras el poder efectivo se acopla a la estructura de decisiones de otro. La reforma laboral no escapa a este modelo de país que prioriza la dependencia, la reprimarización y la desindustrialización de su economía. En un mundo de coerción y ventaja, debilitar trabajo e industria interna no es modernizar, sino todo lo contrario.
Lamentablemente, hoy los destinos de nuestro país están subordinados a la agenda de seguridad nacional de Trump. Pero no se debe perder de vista que esta política exterior agresiva y de impacto no necesariamente le está trayendo resultados en casa. Con una desaprobación que ronda el 60%[1], los estadounidenses no ven mejoras en la economía local y cuestionan las prioridades de Trump cuando se centra cada vez más en su ofensiva migratoria y en la intervención extranjera. De cara a las elecciones de medio término del 3 de noviembre de 2026, una serie de derrotas electorales ya encendieron las alarmas dentro del partido republicano. Pero más allá de la interna estadounidense, lo que verdaderamente importa es el riesgo autoinfligido. Milei eligió subordinar la agenda argentina al ciclo político de Trump. Esa dependencia convierte cualquier sacudón en Washington en presión sobre nuestros recursos, nuestra energía y nuestras reglas. Con la renuncia a negociar, no compramos estabilidad. Compramos vulnerabilidad en un mundo que nos puede dejar a la intemperie de un momento a otro.
De esta manera, a diferencia de otros países que refuerzan sus Estados, protegen sus empresas e invierten en talento humano para navegar la tormenta que atraviesa el sistema internacional, la Argentina ha optado por el camino inverso. En un momento de dificultad, pero también de oportunidad, el gobierno de Milei renunció a la aspiración de un país soberano. No se trata solo de una política económica, sino de una claudicación geopolítica: renunciar a una política exterior que negocie en serio, que proteja los recursos naturales que son de todos los argentinos y las argentinas, que diversifique vínculos y que use cada acuerdo como palanca para fortalecer empleo, producción, ciencia y tecnología es, en última instancia, aceptar que nuestro país sea un espectador de su propia historia.
Construir una alternativa a este proyecto de desidia y sometimiento debe ser, hoy, la responsabilidad inmediata de todos los dirigentes del campo popular que quieran un país digno para su pueblo. Un gobierno que se atreva a disputar el rumbo, no que acepte ser insumo de la política exterior de otro país. Para eso es necesario defender el trabajo y la industria, cuidar la universidad y la investigación, transformar recursos naturales en desarrollo soberano y fortalecer un Estado presente y una sociedad solidaria. Nuestro futuro depende de lo que podamos construir con organización, prepotencia de trabajo y coraje.
* Integrantes: Carlos Tomada, Carlos López, Braulio Silva Echevarría, Mariano Kestelboim, Carlos Raimundi, Carlos Barragán, Marcelo Granitto, Luciano Anzelini, Ariel Leuitier.
[1] Según las últimas mediciones de las encuestadoras Pew Research Center y The Associated Press-NORC Center for Public Affairs Research.
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