Los hijos de la tierra siguen en vela

10.08.2026

Ayer ganó la sociedad, ganó la gente que salió a la calle para recordarle al poder que todavía existen límites que no deberían negociarse.


Por Facundo Pérez, para Activando Patagonia

Se frenó el intento de modificar la Ley de Manejo del Fuego y de flexibilizar la Ley de Tierras Rurales. Eso significa que continúan vigentes la prohibición de cambiar el uso de los terrenos incendiados durante 60 años en bosques nativos y 30 años en otros ecosistemas protegidos, y también los límites para la compra de tierras rurales por parte de extranjeros.

Pero sería ingenuo creer que la batalla terminó.

Los intereses económicos no desaparecen cuando pierden una votación. Esperan. Cambian de estrategia, de discurso y de momento. Porque para quienes entienden el mundo únicamente desde la rentabilidad, un bosque es madera, un río es un negocio, una montaña es un yacimiento y un incendio puede convertirse en una oportunidad.

Ayer, en la Patagonia, los pueblos originarios ocuparon el lugar que les corresponde. No porque un Estado les haya entregado un papel, sino porque son parte de esa tierra desde mucho antes de que existieran los registros de propiedad. Su pertenencia no se explica con escrituras ni catastros. Se explica con una relación que nuestra sociedad moderna parece haber olvidado: la tierra no es una mercancía; es el hogar del que formamos parte.

Hay quienes hablan de "recursos naturales". Quizás allí comienza el problema. Cuando la naturaleza deja de ser un ecosistema vivo para convertirse únicamente en un recurso, el siguiente paso es preguntarse cuánto vale, cuánto produce y cuánto puede venderse. Todo tiene precio. Todo puede privatizarse. Todo puede explotarse. Incluso aquello que sostiene la vida.

La lógica del mercado no reconoce límites por sí sola. Si no existen leyes, organización social y una ciudadanía dispuesta a defender el territorio, siempre habrá quienes intenten avanzar un poco más. Hoy será una ley. Mañana otra. Después un decreto. La historia demuestra que los derechos ambientales no se pierden de golpe; se erosionan lentamente, hasta que un día descubrimos que aquello que creíamos protegido ya no existe.

Por eso la marcha de ayer fue necesaria. Porque recordó que la soberanía no consiste únicamente en custodiar fronteras. También significa proteger los bosques, los ríos, los glaciares, los humedales y la tierra que alimenta a un pueblo. Significa entender que hay bienes cuyo valor es infinitamente mayor que cualquier balance económico.

Los hijos de la tierra no son quienes tienen una escritura guardada en un cajón. Son quienes entienden que nadie puede llamarse dueño de aquello que existía miles de años antes de nosotros y que deberá seguir existiendo cuando ya no estemos.

Ayer se ganó una pulseada. Celebremos, sí. Pero no bajemos la guardia.

Porque la codicia nunca duerme.

Y quienes convierten la naturaleza en un negocio nunca dejan de buscar la manera de apropiarse de ella.

Que la movilización de ayer no sea un recuerdo, sino el comienzo de una vigilancia permanente. Porque la tierra no necesita propietarios que la expriman hasta agotarla. Necesita hijos que la defiendan.

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