Rumbo a Vladivostok

01.09.2026

El bloque de senadores de Unión por la Patria votó el jueves pasado los candidatos a jueces propuestos por el gobierno mileísta. Ricardo Aronskind plantea que ese voto masivo constituye una señal grave de claudicación ante un poder judicial conservador destinado a custodiar el orden neocolonial.


Por Ricardo Aronskind - Economista y magister en Relaciones Internacionales

(para La Tecl@ Eñe)

No hace falta aclarar qué está significando el gobierno mileísta para nuestro país, ni los puntos en común que tiene con el macrismo en todas las cuestiones principales: transformar nuestro país en una semicolonia del capital global, desindustrializada y dedicada a que las multinacionales extraigan los recursos naturales sin dejar demasiado a cambio.

El episodio es por demás desalentador.

Un número significativo de militantes, periodistas, abogados, constitucionalistas, han dedicado muchos años a señalar el lastre conservador que significa el poder judicial, desde el punto de vista de su alineamiento con los poderes fácticos, su apartamiento de cualquier responsabilidad republicana, y su transformación en una casta privilegiada con intereses propios alejados de cualquier concepto de administración de justicia.

Este episodio debe ser puesto en relación con otras votaciones de significado estratégico, también sumamente preocupantes desde un punto de vista nacional y popular.

Es el caso de la votación a favor del Acuerdo Mercosur-Unión Europea, un tratado vastamente analizado por expertos que lo consideraron lesivo para nuestras posibilidades industriales y nuestra soberanía. En ese caso, sólo tres senadores de Unión por la Patria – Wado de Pedro, Juliana Di Tullio y Cándida Cristina López- votaron en contra. ¿Por qué se produjo una votación así? ¿En quién queda la representación de los intereses nacionales?

En términos más generales se puede señalar que el peronismo-kirchnerista, desde que se inició el gobierno de Milei, no aplica sus principales esfuerzos en la lucha frontal, en todos los terrenos, contra uno de los gobiernos más nefastos de la historia argentina, sino que se ha limitado especialmente al ámbito parlamentario.

Lo preocupante es que, incluso en ese terreno, está flaqueando en temas de enorme trascendencia estructural, y que condicionarán futuras gestiones: los tratados internacionales de comercio e inversiones y la designación permanente de jueces, luego de que numerosas vacantes no fueran cubiertas durante los propios gobiernos de signo peronista.

La trayectoria bajo el mileísmo

Ya hemos señalado, en otros escritos, que el kirchnerismo se ha ido decantando hacia una práctica política meramente electoral, parlamentaria y apegada estrechamente a la institucionalidad -más que discutible- vigente. Ejemplo de esto fueron las declaraciones de Máximo Kirchner, de junio de 2024, donde luego de un veto mileísta a una ley para proteger a los jubilados, señaló que era una atribución presidencial y que si se quería modificarla, había que lograr una mejor elección al año siguiente. Con eso identificaba, equivocadamente, el tiempo político con el cronograma electoral.

Desde su salida del gobierno, el kirchnerismo no se dedicó a construir una potente fuerza desde el llano, sino que bajo el ataque incesante de la derecha en todas sus formas, apostó por una nueva salida electoral, que dio origen al gobierno frustrante e improvisado del Frente de Todos.

Recordemos que en 2016 el kirchnerismo contaba con un muy importante y entusiasta caudal de adhesiones a todo lo largo del país, que hubiera posibilitado la construcción de un amplio espacio político. Tenía presencia importante en los barrios, en el mundo del trabajo, cultural, educativo, científico. Sin embargo, esa construcción masiva no ocurrió, confiando exclusivamente en el poder de atracción electoral de Cristina Kirchner.

Las campañas organizadas de incitación antikirchnerista se iniciaron aún bajo el mandato de Cristina, y se sostuvieron con intensidad hasta que llegó el intento de asesinato durante la gestión del Frente de Todos. La respuesta fue la reiteración -por enésima vez- de la desmovilización como signo de «prudencia» y de apego institucional. Ese gesto fue decodificado como como una expresión de impotencia y de debilidad política por el enemigo.

Los únicos dos políticos que de forma antidemocrática no repudiaron el intento de asesinato a la expresidenta -y vicepresidenta en ejercicio- fueron precisamente los dos candidatos que presentó la derecha argentina, apoyados por los poderes fácticos. La candidatura de Massa no alcanzó para quebrar ese bloque de poder hostil a los intereses populares.

Es notable: de toda la experiencia de gobierno en los doce años, de la trayectoria de oposición al macrismo, y nuevamente en el gobierno de Alberto Fernández, el kirchnerismo como espacio político no ha querido sacar las conclusiones obvias.

Al ser un espacio que no pretendía hacer la «revolución social», sino mejorar las condiciones de vida de las mayorías, apoyar la producción hacia el mercado interno y mantener un sistema de alianzas internacionales que fortalecieran cierta autonomía nacional, fue y es tratado como un enemigo peligroso a eliminar por la alianza entre el gran empresariado local con los Estados Unidos y los capitales globales.

El kirchnerismo no puede dar cuenta de su propia historia, e insiste en desconocer el carácter de la disputa en la que está metido sin pretenderlo.

Lo que le da a esta historia su índole crispado no es el kirchnerismo, sino la reacción agresiva, autoritaria y excluyente de los poderes fácticos, que no toleran ni el más mínimo reformismo que acote sus ganancias y su control sobre la sociedad. Pero no se trata de Borinskys, de Magnettos o de Lamelas.

El kirchnerismo no puede denunciar que existe un Régimen de Dominación Social constituido por potencias extranjeras-grandes empresarios-medios de comunicación-políticos variopintos y jueces vendidos. Ese Régimen está dedicado a destruir cualquier atisbo de política a favor de las mayorías, destrucción en la cual la persecución judicial al kirchnerismo y su demonización social fue una tarea fundamental.

Una vez logrado ese objetivo, la tarea es custodiar la continuidad de un régimen semicolonial que es lo que Milei construye todos los días sin disimulos y a toda velocidad.

Denunciar al régimen –como debería denunciarlo todo el peronismo, si alguien se tomara en serio la razón histórica por la cual surgió el movimiento- implica asumir una posición política mucho más confrontativa y explícita. Esa actitud no se puede sostener sin convocar, sin interpelar y sin movilizar incansablemente al pueblo, volviendo a forjar una conciencia nacional que se viene desvaneciendo desde que volvió la democracia en 1983.

En cambio, lo que se ha hecho en los últimos diez años es refugiarse en instituciones formales, que sólo parecen funcionar para concretar transformaciones económicas y sociales regresivas, pero que constituyen un berenjenal judicial-burocrático kafkiano para realizar cualquier progreso popular. Y junto con ese repliegue hacia instituciones más que dudosas, se descartó completamente la idea de acudir a las y los argentinos, a la riqueza, a la imaginación, a la novedad que puede haber en millones de compatriotas.

Porque movilizar no es convocar a un acto cada tanto, sino poner en movimiento la iniciativa popular, todos los días, que es otra cosa. Lo cierto es que no parecen existir canales fluidos y orgánicos entre la dirigencia y ese pueblo al que se quiere representar. Canales de doble vía, como corresponde, para garantizar la vitalidad de una fuerza política.

La realidad nos muestra una institucionalidad tan vaciada de contenido democrático que casi no merece ese nombre, pero que el peronismo-kirchnerismo insiste en circunscribirse a ella, pretendiendo que puede funcionar a favor de las mayorías con sólo ganar una elección.

Un camino más difícil, pero menos engañoso, sería impugnar el actual sistema institucional regiminoso en nombre de una verdadera democracia popular, donde en serio estén ampliamente representados los intereses de las mayorías.

Javier Milei y Juan Bautista Mahiques. Foto: LUIS ROBAYO – AFP
Javier Milei y Juan Bautista Mahiques. Foto: LUIS ROBAYO – AFP

«No nos queremos pelear con los jueces»

Alguna versión periodística citó esa frase como el trasfondo de la votación del bloque peronista a favor de la propuesta de jueces del mileísmo.

Es una señal grave de claudicación, porque se puede perder una votación, o muchas votaciones, pero lo que no se puede hacer es legitimar con un voto nacional y popular el armado asfixiante de un poder judicial conservador, destinado a custodiar el orden neocolonial.

Además, decir «no nos queremos pelear» es asumir que fue el kirchnerismo el que quiso pelearse, y que los jueces –esos jueces de las causas armadas, de lawfare, de la persecución grotesca a la oposición- serían los agredidos. Bastaría con que «nosotros» no los molestemos, para que ellos se abuenen. Algo parecido a cuando Alfonsín empezó a llamar a los grupos económicos locales, cómplices de la dictadura y altamente ineficientes en la producción, como «capitanes de la industria» para complacerlos con las esperanza de que se comportaran correctamente. Como respuesta recibió una hiperinflación.

Queda la pregunta política: ¿Qué nos está diciendo esta actitud de un espacio que venía manteniendo –al menos en el plano parlamentario- una actitud de rechazo a la mayoría de las propuestas libertarias? ¿Resignación ante los mensajes intransigentes de los poderes fácticos? ¿Consciencia y asunción de la impotencia de la táctica institucional elegida? ¿Agotamiento del espíritu opositor, justo ahora que el mileísmo muestra signos de debilitamiento en la simpatía popular?

Aprender de la historia

Somos conscientes de la enorme distancia entre el ejemplo que vamos a proponer ahora y la realidad local, pero pronto aclararemos porqué creemos que tienen algo central en común.

Vladivostok es una ciudad portuaria de Rusia sobre el océano Pacífico, a 9.300 kilómetros de Moscú. Allí se termina Rusia, empieza el océano.

Cuando los nazis invadieron la URSS, en junio de 1941, con tres millones de soldados y enorme cantidad de armamento, tuvieron que recorrer casi 1.000 kilómetros para llegar a Moscú.

En ese avance, la resistencia rusa estuvo mal organizada, mal preparada, y si bien se batió heroicamente, no sirvió para parar a las tropas alemanas. Los invasores tardaron 160 días hasta llegar a 30 kilómetros de Moscú, luego de ocupar un gigantesco espacio territorial y hacer prisioneros a 3 millones de soldados soviéticos.

Stalin había desoído las advertencias e informaciones que le llegaban sobre la inminencia de un ataque alemán, y previamente -en 1937- había desorganizado a sus propias fuerzas armadas, eliminando a cuadros militares brillantes, altamente calificados, debido a su constante paranoia.

Pero a pesar de todos los errores cometidos, que fueron muy graves y costosos -y que pusieron al país al borde de la desaparición-, la dirección soviética empezó a preparar una respuesta al enorme golpe que el país en su totalidad estaba recibiendo.

Se trasladaron industrias al interior del país para poder seguir fabricando lejos de la zona de combate, se movilizó a toda la población en un esfuerzo enorme de producción y de construcción de nuevos ejércitos, y, sobre todo, se empezó a diseñar una estrategia inicial de contención y luego de ofensiva contra la maquinaria bélica nazi.

La historia es conocida. La Alemania hitleriana fue derrotada porque la URSS fue capaz de movilizar todos sus recursos y capacidades humanas con el objetivo de sobrevivir y de eliminar al enemigo mortal.

No hubo milagros, sino que se hicieron enormes sacrificios, se estudió al enemigo, se planificaron complejas estrategias políticas, productivas y militares, y hubo total claridad en cuanto a los objetivos.

Si en algún momento alguien no se hubiera puesto a pensar una estrategia de largo plazo, la URSS no hubiera sobrevivido. El avance de los nazis hubiera continuado sin encontrar mayores obstáculos, y los alemanes se hubieran podido lavar las botas en el Pacífico, en Vladivostok.

El problema, y este es el punto que queremos señalar, es no perderse definitivamente en las tácticas cortoplacistas y tener una estrategia que trascienda la coyuntura.

Si las fuerzas propias no crecen en convicción, en formación política seria, en entusiasmo, en organización, en poder de irradiación hacia muchísimos compatriotas completamente desorientados, se estará cada vez más débil.

Esa estrategia hoy no existe, y todo lo que se percibe es retroceso y más retroceso, disputas facciosas o sucesos altamente desmoralizantes, como el ocurrido el jueves último, que potencian el poder del enemigo.

Si el pensamiento estratégico no aparece, y sólo se actúa en fintas de muy corto plazo, la famosa "correlación de fuerzas" será, cada día, peor.

La lamentable votación del jueves 27 de agosto pasado sugiere que el kirchnerismo parlamentario abandonó otra trinchera, que todavía era un obstáculo contra quienes pretenden llegar a Vladivostok.

Fuente:

https://lateclaenerevista.com/rumbo-a-vladivostok-por-ricardo-aronskind/

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