Sin la mirada de los otros

Para el autor, en Nuestra Tierra, Lucrecia Martel denuncia el ultraje a los pueblos originarios y, al escucharlos a propósito del crimen de un comunero, pone en discusión el modo tecnocrático de ver el mundo.
Por Hernán Sassi - Prof. y Dr. en Letras, y Mag. en Comunición y Cultura, es docente en profesorados del Conurbano, ensayista y crítico de cine. Publicó Hoteles. Estudio crítico (2007), Cambiemos o la banalidad del bien (2019), La invención de la literatura. Una historia del cine (2021). Estuvo a cargo de El Nuevo Cine murió (2021) y prologó Escritos corsarios de P. P. Pasolini (2022). Su último libro esditado es «P3RRON3. El Corsario».
La Megamáquina requiere de infrahombres, mentes que no conciban una alternativa. […] No tolera una crítica que no sea cuantitativa y que se pregunte sobre el bienestar humano.
Lewis Munford, El pentágono del poder
I.
Está de moda autopercibirse y jugar a que no hace falta la mirada del otro. Es jugar con fuego. En Papá Iván (2003) María Inés Roqué, hija de padre desaparecido, decía: "La mirada del otro te confirma". Es gracias a ese con quien charlás después de un partido, por ejemplo, que te das cuenta de que, aunque tengas tatuada la remera del Atlético de Madrid y no te lo hayas preguntado nunca, sos diaguita.
Fantasmas somos sin el amparo, desafío y límite de Dios, de un par, de una media naranja y hasta de un conversador ocasional. Pero guay que el otro no es un perro (clonado o no) ni la inteligencia artificial, aunque nos hable casi como una persona, como ciertas personas. Desde hace tiempo nos aquerenciamos en esta soledad bajo la mirada inerte de la Técnica, único dios en pie que, para mal de males, no nos saca los ojos de encima: con cámara del celular, en el andén y la escuela, en la plaza, esquina y hasta a lo largo de la ruta 9, el antiguo camino del Inca.
Nuestra tierra se abre con el plano de un satélite en órbita que recuerda a 2001. Odisea del espacio, una de tantas advertencias sobre el peligro y la humillación de regalarse al algoritmo. Mientras Mercedes Sosa canta "Señor, ten piedad de nosotros", la mirada de Lucrecia Martel desciende de la noche cósmica a una canchita en la que no juegan hombres, según contaba el Popol Vuh, sino mujeres, punto de partida de esta directora en toda su filmografía. Al cierre de la primera secuencia estamos a la altura del género humano, que es desde donde pide miremos y dejemos de hacer películas de mujeres que hablan de mujeres, de hombres que hablan de hombres y de negros que hablan de negros.[1]
La chispa de esta alerta sobre la crisis de lo humano la encendió el asesinato de un cacique y comunero en el monte tucumano. El crimen de Javier Chocobar no se dirime en asamblea con legítimos representantes de dioses que todo lo ven y juzgan. Se zanja bajo leyes que protegen al que tiene y acumula, y castiga al que, con piedras y palos del tiempo de las tolderías, resiste un atropello que lleva siglos.
Al crimen hay que reconstruirlo para que jueces y fiscales hagan su montaje de fingida equidistancia. A la reconstrucción se abocan los policías acusados haciendo las veces de director ("Te sugiero tomes desde ahí") y guionista uno ("Así termina este acto"), y de extras otros ("Ponete ahí y vos ahí"); mientras, desde el monte, los que resisten miran acompañados por los pájaros y el mismo viento que sopla desde mucho antes de 1492.
Con un par de drones revoloteando sobre sus cabezas y la inconsciencia ofrendada por la Diosa Técnica como único sostén, en la reconstrucción los agentes a cargo son nenes con juguete nuevo. Rafael Barret exhortaba "batir al enemigo en su terreno y con sus armas o resignarse a sucumbir". Al notar el entusiasmo policial, a Martel no se le ocurre nada mejor que jugar también, y ver qué ven los drones y, a través de ellos, los hombres que han perdido hace tiempo la humanidad.
Podría pasar el resto de su vida en festivales caretas donde la vivan como a una diosa, pero Martel prefiere bajar de ese olimpo berreta y escuchar el modo en que ven la vida quienes no son tenidos ni como extras en ninguna película ni en la historia nacional. Tiene tanto coraje que hasta pone en ridículo a la diosa verdadera, y le hace saber que ve poca cosa y se pierde lo esencial.
II.
¿Qué […] traen una acusación en los ojos?
– Apelaremos al juicio de Dios.
Antonio Di Benedetto, "El juicio de Dios"
Esclavos de esclavos, a los primeros pobladores de esta tierra se los pintó ingenuos, perezosos, indolentes y, hasta el día de hoy, a pesar de que los miembros de la comunidad de Chuschagasta no dispararon –y podían– al ver asesinada a una de sus autoridades, violentos por naturaleza. La pintura es falaz toda vez que se tenga oportunidad de hablar con un miembro de una comunidad originaria. Son, por lo general, a diferencia de nosotros, que ni sabemos quiénes somos ni nos importa no saberlo, gente sabia que ha sufrido mucho y ha aprendido de ese sufrimiento.
Se los mire con prepotencia de patrón de estancia o con la culpa del que cree haber contribuido con su causa al cambiarle el nombre al día de la raza y al colgar una wipala en la pared de una institución estatal, son los malqueridos y ultrajados, no de un país, sino de un continente. Les quitaron tierras, lengua y hasta el nombre con el que, por lo general, no se identifican. "Quería borrarnos", se escucha decir a uno refiriéndose al dios que "bajó de la Santa María, la Niña y la Pinta" y quedó plasmado en un cuadro de una parroquia en el que vemos rayos que caen del cielo como flechas sobre los indios.
Frente al tribunal, sin miedo al juicio de ningún dios, los policías se excusan de su accionar violento. Aunque no son más que otra Armada Brancaleone, alegan que el Estado los formó con rigor para la defensa y el desenvolvimiento en situaciones conflictivas. Por su parte, sus mandantes dicen ser "agricultores, hombres de bien, trabajadores [que están] en igualdad de condiciones con los indios".
A los extraterrestres que vienen no del espacio sideral, sino de uno íntimo y querido que les quitamos sin vergüenza, los jueces y fiscales, que pertenecen a una corporación y a ninguna comunidad, les preguntan: ¿Cómo se hace para ser miembro de la comunidad? ¿Cómo se hace para pertenecer? ¿Es por nacimiento o por opción?
Fingida o no, la incomprensión es fundada. Como los caudillos y el peronismo que asentó en una constitución que la tierra debe ser de quien la trabaja, los pueblos originarios son lo negado de este país. Así como la diosa Técnica no ve lo que no cabe en su módica grilla de ceros y unos, en su código de datos compartibles, Argentina no acepta cosmovisión ajena a la del hombre blanco. Como prueba, una pregunta: ¿Por qué luchar por una tierra que no vas a usar?, se escucha,y duele la cerrazón del que usa y no sabe ni quiere aprender qué es realmente habitar y cuidar.
Al referirse al momento del asesinato, un extraterrestre diaguita, alega: Estábamos cuidando nuestra tierra. La fiscal pregunta, como si hubieran estado cuidándola cual estatuas, tomándole el pelo: ¿Hace cuarenta y seis años que están cuidándolas?
El montaje del juicio de Nuestra tierra es un acto de justicia frente a la prepotencia y el ultraje. De un lado, los desterrados, aunque con tierras, puro prejuicio para con los representantes de los primeros habitantes del continente, quienes ni siquiera con el beneplácito de la expropiación de un gobernador, consiguen los títulos de propiedad. Del otro, el silencio del que no tiene un pelo de sonso y se pregunta: "¿Para qué sacás fotos si nadie le da bola en el tribunal?".
Borges decía que, si hubiéramos elegido el Facundo y no el Martín Fierro como libro nacional, otro hubiese sido el destino del país. Muy otro hubiera sido si la elección recaía en Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla, quien aseguraba, con Bartolomé de las Casas, que el indio era moralmente superior al invasor. Este filme, incómodo hasta lo inasimilable, lo prueba.
Occidente priorizó la vista frente al olfato, el sentido más antiguo de los vertebrados junto al oído, de una agudeza territorial única y perdida a manos de la cosmovisión occidental, según recuerda con desazón Martel. En rechazo de nuestra condición mestiza, los indios son, con palabras de Kusch, lo hediento. La mirada de Martel subraya la pulcritud que guarda el juicio. Personal de servicio limpia el estrado con meticulosidad. Al ver el filme uno se pregunta: ¿Quién huele mal, el que limpia el tribunal que legitima el robo de tierras a quienes la habitan desde siempre o quien cuida esa tierra y la trabaja como un buey?

III.
Todos los que hablamos wichi, mocobí, pilagá, toba, guaraní: pobres. ¿Qué seremos? ¿Todos tontos? ¿Ignorantes?
Lucrecia Martel, Nueva Argirópolis (2010)
Una yegua mira al dron que la mira, y nosotros, a ella. Antes de dar media vuelta con gracia de bailarina para perderse al galope en el monte, escuchamos fuera de campo un relato de una habitante de Chuschagasta y es como si la propia yegua nos hablara; y bien que hace, porque ella también es un miembro de la comunidad. Es un momento mágico como cuando, en la Ilíada, un caballo, por órdenes de una diosa, le advierte a Aquiles que morirá en batalla.
A la vista de otro dron manipulado por Martel, dos bellos caballos pueden dejar de ser bellos y también caballos. Un plano cenital los muestra mirando al cielo, pero en un abrir y cerrar de ojos se transforman en dos figuras geométricas que se funden en la urdiembre digital. Vistos en la desnudez de los pixeles, esos dos caballos son lo que verdaderamente son a los ojos de la Técnica, datos. El Carbono 14 de un plano fugaz de Martel muestra de qué está hecha la realidad virtual, barrera que impide ver, salvo cuando es domada por la mano de una artista, como en este caso, la belleza de la tierra a la que cada vez tienen acceso menos personas.
Somos esclavos de una colonización hija de la primera. El dron es corcel alado de la Técnica, agrimensor certero, fumigador todoterreno, siervo fiel para el loteo y todo lo que ella guste mandar. Pero no hay potro que no sea domado por firme rienda. Un dron es domado cuando no sirve para la captura (de riqueza y datos que son riqueza de unos pocos), sino para la belleza y la pregunta. La belleza está en Nuestra tierra, dentro y fuera de la pantalla; la pregunta está abierta y es urgente.
Verdadero caballo de Troya, la Técnica, que no es un aparato sino una forma de ver el mundo, es también un grillete. Rodolfo Kusch cuenta que, entre los pueblos del altiplano, uno tuvo a bien rechazar la bomba de agua cuando un forastero la propuso con las mejores intenciones. Incluirla suponía seguir su ritmo, no el de una cultura que sabe por qué vale la pena respetar los ciclos de la naturaleza.
La Técnica no mira, ve ni juzga. Captura y, últimamente, comparte, pilla ella, jirones de nuestra vida tirados a la basura de las redes. Martel le tuerce el brazo, y deja ver y escuchar todo un archivo negado de quienes saben, como dijera el poeta, que no somos otra cosa que "tierra que anda", manojo de mitos y ritos inaprensible para cualquier dron y para la inteligencia artificial que amenaza reemplazar hasta a quien recuerda "Yo con el oficio [de yesero] iba a cualquier parte".
Según David Viñas, los indios fueron los primeros desaparecidos. El recuerdo a viva voz tras el veredicto lo confirma: "¡Javier Chocobar, presente, ahora y siempre!". La visión de esos pueblos que no creen ya en las buenas intenciones ("si vamos a dialogar, vamos a salir perdiendo, vamos a perder parte de la tierra", se escucha), ha sido negada no sólo por gobiernos conservadores. El último que trató de remediar el ultraje con leyes reparatorias de tierras y hasta con portentosos fondos para un mejor vivir (como los que administró la agrupación de Milagro Sala, presa política por hacer feliz a estos pueblos postergados) fue el mismo que mantuvo la visión del hombre blanco en todos los programas de estudio escolares y en la formación docente. Es decir, cambió algo para que nada cambie de fondo.
Y nada cambió desde entonces. El diseño con el que este año formaremos futuros profesores de lengua y literatura en la Provincia de Buenos Aires, uno nuevo modificado el año pasado, se esgrime latinoamericanista, pero la visión de los pueblos originarios, más allá de las buenas intenciones volcadas en un papel, huelga por su ausencia; y para colmo, la literatura española ha sido la elegida, entre tantas mucho más ricas que ésta, tantas que no nos recuerdan nuestro destino de colonia, como materia central de la formación. Peor que el hombre blanco es el mestizo que jura reivindicar su condición cuando no hace más que negarla con el mismo odio al otro que tuvo Pizarro y tiene Elon Musk.
Es por esta negación que, desde la tierna infancia, conocemos la historia de Aquiles y ninguna de una leyenda diaguita con un caballo parlante. El día que incluyamos Nuestra tierra en el aula y no seamos sancionados por la mirada tecnocrática que guía el destino de escuelas, profesorados y universidades, será un gran día, uno en el cual podremos ver más allá de lo que deja ver la Técnica, como ven los pueblos originarios.
De un modo circular, que es como conciben el tiempo esos pueblos, Nuestra tierra vuelve a la noche del principio del relato. En esa noche, que es también la nuestra, ya sin luciérnagas ni ojos que admiren la belleza de las estrellas, pero con algo de esperanza, un dron desciende nuevamente al nivel del género humano para que podamos escuchar a un nuevo cacique –porque muerto uno (¿siempre?) habrá otro: "[Si bien] es triste cuando hay gente que destruye, [no está todo perdido porque] hay gente trabajando por el bien de la humanidad", escuchamos.
Nuestra tierra es el hecho maldito del país clasemediero, del que no ve más allá de la propiedad privada y del número a asentar en una cuenta bancaria o en la planilla de la escuela. Hay tierra arrasada (también por nosotros). El Apocalipsis ya sucedió. Martel, con algo de machi sanadora, y de madre que cura heridas y reta también, desafía a que esta tierra sea algún día nuestra. Si aportamos cada quien lo suyo para construir alguna –la más mínima, aunque sea– forma de comunidad, no hay por qué no tener la confianza de Marcelo Valko cuando dice: "Es lento, pero viene".
Referencias:
[1] Martel, Lucrecia. Un destino común. Buenos Aires, Caja Negra, 2025.
