LA RESISTENCIA DE LAS MUJERES MAORIES
Antes de que llegaran los barcos europeos, existía un lugar donde las mujeres maltratadas podían ver cómo sus agresores eran castigados con extrema dureza -incluso con la muerte o el destierro permanente-. Los colonizadores llamaron a ese lugar "incivilizado".

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Por Mirtha Susana Rodríguez y Estela Casado
Cuando los funcionarios británicos llegaron a Aotearoa, (el pueblo indígena polinesio de Nueva Zelanda) para firmar el Tratado de Waitangi en 1840, cometieron un error crucial: asumieron que solo los hombres importaban.
Llegaron preparados para negociar exclusivamente con jefes varones, siguiendo las reglas de su propio mundo en Inglaterra, donde las esposas carecían de derechos legales plenos, donde los bienes de una mujer pasaban a manos del marido al casarse, y donde la identidad legal femenina estaba definida por su relación con un hombre.
Lo que encontraron los desconcertó por completo
Las mujeres maoríes estaban junto a los hombres y esperaban participar. Se indignaron al ser ignoradas. Al menos trece mujeres firmaron el tratado, posiblemente más, ya que muchos nombres maoríes no indican género. Pero los británicos apenas lo registraron. No supieron ver lo que tenían delante: una sociedad organizada según principios radicalmente distintos.
En la cultura maorí tradicional, una mujer conservaba su propio nombre al casarse. Sus hijos podían reclamar parentesco tanto línea materna como paterna. Vestía de forma similar a los hombres. Su cuerpo no era considerado pecaminoso, y el parto se veía como un proceso natural y profundamente significativo.
Pero lo que más habría sorprendido a los colonizadores, de haberlo comprendido, era esto:
La violencia contra una mujer se tomaba con enorme seriedad. Las agresiones físicas o sexuales podían acarrear castigos extremos. El hogar no era un espacio intocable. La comunidad intervenía. La comunidad sancionaba. La comunidad protegía a las mujeres.
No se trataba de que hombres y mujeres fueran iguales en todo: los roles eran distintos. Pero existía un equilibrio. La visión del mundo maorí entendía que cada parte era esencial para el conjunto. Las mujeres eran reconocidas como fuente de la vida, responsables de los hijos y del hogar, funciones consideradas sagradas, no inferiores.
Las mujeres de linajes importantes poseían un estatus llamado tapu: sagrado, con un poder espiritual especial. Cuando los visitantes llegaban a un marae -el espacio ceremonial- eran las mujeres quienes realizaban el karanga -la llamada inicial de bienvenida-. No era un gesto decorativo, sino una autoridad espiritual que los hombres no podían asumir.
Moko kauae
Es el Tatuaje que las caracteriza y visibiliza ese poder hasta hoy. Cada diseño es único y narra la historia personal y ancestral de la mujer, siendo una manifestación física de su autenticidad y rol en la comunidad, indicaban estatus y autoridad espiritual
A diferencia de los hombres, que podían llevar tatuajes faciales completos, las mujeres tradicionalmente portaban diseños elaborados en los labios y el mentón.

La colonización casi destruyó esta tradición. Los misioneros la condenaron. A comienzos del siglo XX, el moko facial era ya poco común. Sin embargo, algunas mujeres maoríes continuaron llevándolo hasta bien entrados los años cincuenta, en un acto silencioso de resistencia mientras su cultura era sistemáticamente marginada.
Los colonizadores impusieron sus leyes y su modelo familiar victoriano a una sociedad que había funcionado de otra manera. Negociaron solo con hombres. Enseñaron que el poder tradicional de las mujeres era primitivo, vergonzoso o incorrecto.
Lo que erosionaron no era una sociedad perfecta —ninguna lo es—, pero sí una donde las mujeres tenían autoridad real, donde la violencia contra ellas tenía consecuencias graves, donde conservaban su identidad en el matrimonio y donde su poder espiritual era reconocido como esencial.
Y entonces……. algo empezó a cambiar.
Desde la década de 1990, cada vez más mujeres maoríes han decidido llevar moko-kauae, recuperando lo que estuvo a punto de desaparecer. En 2016, Nanaia Mahuta (primer activista y la primera mujer en asumir ese ministerio en la Historia de Nueva Zelanda), entró al parlamento luciendo un moko kauae.
Cuando fue nombrada ministra de Asuntos Exteriores en 2020, se presentó ante líderes mundiales con su tatuaje visible, no solo como identidad personal, sino como afirmación cultural.
La historia de estas mujeres no es solo una historia de victimización. Es una historia de poder que existió, de poder que fue reprimido y de poder que se niega a desaparecer.
Cada moko kauae que se lleva hoy contiene tres cosas:

LA MEMORIA DE LO QUE FUE
EL DOLOR DE LO QUE SE PERDIÓ
Y LA DETERMINACIÓN DE RESTAURAR LO QUE LA COLONIZACIÓN INTENTÓ BORRAR
CUANDO VES A UNA MUJER MAORÍ CON UN TATUAJE EN EL MENTÓN, NO ESTÁS VIENDO SOLO TINTA SOBRE LA PIEL. ESTÁS VIENDO SIGLOS DE RESISTENCIA ENCARNADOS. ESTÁS VIENDO LA PRUEBA VIVA DE QUE ALGUNAS TRADICIONES SON MÁS FUERTES QUE LOS IMPERIOS Y DE QUE CIERTOS PODERES NO DESAPARECEN SOLO PORQUE ALGUIEN INTENTE HACERTE OLVIDAR QUE EXISTIERON.
TRATADO DE WAITANGI
Referido comúnmente por los neozelandeses como The Treaty, justificaba que los ingleses hiciesen de Nueva Zelanda una colonia británica. Hoy se considera el punto fundacional de Nueva Zelanda como nación.
MAORIES
Asentados entre los siglos XIII y XIV; constituyen casi el 20% de la población actual y se caracterizan por una rica cultura basada en la conexión con la tierra.
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