Abuso sexual de los jugadores de Vélez: la palabra de la denunciante

"Me violaron. Me drogaron e hicieron con mi cuerpo lo que quisieron", relata Luli, quien se presentó con un short ensangrentado y hemorragias a denunciar una violación en pluralidad en marzo de 2024. El derrotero imposible de quien se animó a denunciar hace 21 meses y todavía no encuentra paz mental ni justicia.
Por Carolina Fernandez
La denunciante por violación en pluralidad de los ex jugadores de Velez hizo todo bien. Sin embargo, un sistema judicial al que le queda demasiado grande el nombre se encargó de romper lo poco que quedó sano en la vida de Luli después de la embestida irreparable.
De nuevo el "tenía la pollera muy corta", "a las mujeres les gusta que las violen", "para qué fue", "si le gusta el durazno", "por qué no se fue". Tal vez nunca se fueron esos argumentos. El retroceso en la mirada frente a las violencias sexuales a las que están sometidas las mujeres hace que siempre el atajo sea hacia la impunidad. No se les perdona desear, querer tener sexo y decirlo. Por eso la declaración sin fisuras, con una claridad superlativa de Luli, genera en la raíz más conservadora una alerta: ella sabe perfectamente lo que quería y lo que no.
A las víctimas de violencia sexual se les exige una lista interminable de pruebas visibles, palpables, enunciables, para un delito que siempre encuentra la manera de abrir una ranura oscura hacia alguna teoría que rescate del abismo a un patriarcado con olor a mugre y semen. ¿Cuánto tiene que hacer una mujer abusada, además de la insoportable tarea diaria de sobrevivir al horror que la visita en su memoria y se hace carne una y otra vez? Los protocolos que pernoctan en los pasillos de tribunales afilan sus colmillos mientras una y otra vez se repite el calvario innombrable que comienza con una denuncia contra la integridad sexual. Un ejército de prejuicios, estigmatizaciones y violencias institucionales emergen de los pisos por los que camina el cuerpo demolido de una víctima más. La pregunta es: ¿cuánto más hostil es la sociedad y cuanto más indiferente es la justicia con las mujeres que se atreven a desmoronar un podio de hombres con cierto poder, reconocimiento social o fama?
El 2 de marzo de 2024 Luli quedó en encontrarse con Sebastián Sosa, en ese entonces arquero de Vélez, para tomar algo en el hotel en el que el jugador se encontraba alojado. Una cita, común y corriente de una chica de 26 años con un pibe. Esa madrugada, la periodista deportiva regresó a su casa siendo otra. Las marcas en el cuerpo, el mareo, una resaca desconocida y el pecho cerrado prendieron todas las alertas. Los recuerdos comenzaron a caer como piñas a lo largo de la jornada y esa certeza emergió a la superficie con una conciencia devastadora:
"Cuando llego al hotel, Sosa estaba acompañado por otros tres compañeros. En medio de bebidas, perdí el conocimiento, perdí el control de mi cuerpo, quedé dormida por momentos, por momentos sentía frío, momentos en los que el cuerpo no me respondía a lo que la cabeza decía, sentía mareos, sentía vergüenza durante los abusos, porque mientras me estaban abusando dos jugadores yo miraba a la otra cama como diciendo: no me gusta lo que está pasando, ayúdenme. Yo no tenía fuerzas ni para agarrarlo a Florentin de los pelos, sentía que tenía fuerza pero no sé qué tanta fuerza tenía en ese momento. Me sentía como una milanesa que la ponen en cuatro y el abuso continuaba y no tenía voz, más que para decir no", describe, mientras mueve las manos con la ansiedad de la verdad en los dedos.
Contactar a una mujer por Instagram, proponer una cita a solas, esperar los tres hombres más en la habitación, dar de beber bebidas adulteradas con sustancias: el derrotero de un delito premeditado, pensado y planeado, con la carta de la impunidad entre las piernas. Sin embargo, las miradas, incomprensiblemente, desde la propia "justicia", están puestas sobre la víctima.
"Cuando me fui, me sentía cada vez peor en el Uber. Estaba mareada, tenía que mover los dedos con mucho control para poder escribir. Al otro día me levanto y empiezo a sangrar. Algo se me estaba gestando dentro como diciendo que lo que había pasado anoche no estaba bien. En el almuerzo me agarró un estado de angustia que no pude manejar. A las 6 de la tarde me levanté con una sensación de bronca, de impotencia y de angustia pensando por qué me hicieron lo que me hicieron y eso fue lo que le pregunté a Sosa: ¿Por qué me agarraron así? Me agarraron entre tres, uno por abajo, uno por la boca, ¿qué grado de perversidad puede tener una persona para escuchar lo que yo le decía y responderme "pero si yo te vi bien?"
Según Luli, ésa es una de las contradicciones de Sosa en su testimonio, ya que la víctima cuenta que Sosa declaró que en el lapso de los hechos él estaba dormido.
Dos años de persecución y hostigamiento
Ella mira a los ojos permanentemente. Durante estos casi dos años de revictimización y hostigamiento, ella comprendió que las víctimas tienen el deber de demostrar, que no alcanza con los hechos y las pruebas, que hay un sistema dispuesto a triturar a toda persona que intente romper con el statu quo.
"Me sacaron mi profesión, mi sueño de formar una familia, mis proyectos. ¿Quién me va a querer? Me llenaron de culpa", dice. Ella habla y es difícil encontrar la forma de consolarla. "Me abusaron ellos, me abusaron los medios y el principal abusador es el sistema judicial", afirma.
"Sufro ataques de pánico, ver mi menstruación es algo que todavía no puedo soportar. Todo me lleva al sangrado del día después de la violación".
Un arbitraje cómplice
Los denunciados, José Florentín, Abiel Osorio, Brian Cufré y Sebastián Sosa, fueron detenidos con prisión preventiva que inmediatamente se transformó en domiciliaria en un country donde vivían varios funcionarios judiciales. Con la llegada de la jueza Adriana Reynoso Cuello, vecina del country de los acusados, los deportistas se liberaron de la prisión preventiva y retomaron su profesión y su vida. ¿Ella? No volvió a trabajar como periodista deportiva, aún hoy no puede recuperar su vida sexual y afectiva, sus amigas de toda la vida se alejaron. Cuando habla de ellas se le quiebra la voz y baja la mirada. Es lo que más de duele en el día a día.
Es difícil imaginar que la estrategia judicial de la defensa de Florentín Bobadilla incluya una contradenuncia, una causa espejo. Sin embargo, esta acción desmedida y realizada en el marco de una serie de exigencias judiciales a los imputados, puso a Florentín contra las cuerdas y a pasos de las rejas. Esta semana, la querella pidió la detención del jugador paraguayo por entorpecimiento de la investigación y revictimización de la denunciante filtrando a la prensa declaraciones, chats y pruebas que estaban dentro de la causa.
Mientras tanto, debatirse entre seguir o bajar los brazos, que se traduce en morir o seguir viviendo, es la cotidianidad de Luli: un registro de búsqueda en Google que se asemeja a una película de suspenso respalda lo que relata con dificultad: "Si ves mi historial de búsqueda vas a encontrar formas de hacer un nudo para ahorcarse, por ejemplo. Yo no doy más. No sé qué pretende la justicia".
Luli tuvo dos intentos de suicidio: "Por lo menos una vez al día digo no doy más. Me veo perdida en la vida, muy seguido no sé para dónde caminar. Me proyecto a futuro y digo quién va a querer estar conmigo. Me pusieron el título de gato y de un montón de atrocidades. ¿Cómo sigo mi vida? ¿Cómo me rearmo? Llevo 21 meses y la causa no está elevada a juicio. Ellos están libres y yo presa".
Luli decide con buen tino resguardar su identidad. Tucumán es una provincia conservadora, con muchísimos prejuicios en torno a las víctimas de abuso sexual. Sin embargo, la defensa utiliza esta carta para quebrarla. ¿Cómo impacta la difusión de la identidad de una víctima de abuso sexual? "Yo me estaba bañando y mi papá me dijo que había una nota con mi nombre y apellido. Salí y me fui directo a la fiscalía. Llegué y no me querían atender. Insisto, no me podían frenar. Hablé con la auxiliar fiscal. Le dije: Me quiero suicidar, no me quiero morir, quiero matar. Quiero saber ya: si yo me suicido, ¿la causa, cómo sigue? Después llegó la abogada, la fiscal, mi papá y pasamos al despacho. Ahí yo le digo a la fiscal que nunca me habían cuidado, que hace 12 meses que solamente me investigaron a mí y no a mis abusadores. Yo hace 21 meses que vengo de rodillas pidiendo justicia mientras Florentín está en Paraguay jugando al fútbol".
Las organizaciones feministas como Periodistas Argentinas y la Multisectorial de Tucumán, frente a la vulneración de todo tipo de derechos de Luli, no tardaron en salir con un comunicado. Sin embargo, el Ministerio Público Fiscal tucumano parece estar más ocupado en cómo barrer debajo de la alfombra la inoperancia que se transforma en complicidad.
Hay otro puñal que Luli se clava por adelantado y es un sangrado imposible de detener: "¿Sabés qué pasa? Me invitan a salir chicos, se enteran de quién soy y se van. Estoy quemada por culpa de la justicia. La noche del abuso me quitaron todo y la justicia tucumana se encargó de quitarme más cosas al no hacer nada. Estoy agotada psíquica y mentalmente".
Al volver sobre los casos de Marita Verón, Paulina Lebbos, Paola Tacacho, Karla Robles, no se puede dejar de pensar que las palabras de Luli tienen un respaldo contundente de un pasado judicial con las manos manchadas de sangre.
"¿Cuántas muertes tienen en la espalda? ¿Tiene que seguir la mía para que digan: "Sí, hicimos las cosas mal?", concluye.
Entrar en las reglas de un sistema machista es pisar una cancha embarrada inclinada hacia la impunidad.
¿Quién le va a devolver a Luli los sueños, la alegría, la salud mental y cada día puesto a merced de un proceso que nada se parece a la Justicia?
Pocas veces esta cronista se queda sin palabras. Hoy es una de esas.
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