Anatomía del odio

14.08.2026
Demócrito (Johannes Moreelse, 1630). Centraal Museum de Utrecht.
Demócrito (Johannes Moreelse, 1630). Centraal Museum de Utrecht.

No alcanza con resistirse al odio y a la injusticia, también hay que soportar la estupidez, que con demasiada frecuencia es peor que la maldad.

Por Gabriel Martínez Picco - Arquitecto. Fue docencte en la Facultad de Arquitectura de la UNLP.

(para La Tecl@ Eñe)


Desde hace un tiempo vienen acumulando odio. Algunos lo cargan desde la infancia; otros apenas comienzan ese aprendizaje, y una parte no menor ya alcanzó el grado de maestros. El odio flota en el aire, cada vez más denso y abrazador. Se reproduce desde pequeños sectores a quienes les sobra de todo, sirviéndose del esfuerzo de inmensas mayorías que apenas conservan lo indispensable para seguir adelante. El odio visceral es una construcción que se sustenta sobre la negación de la condición humana que da la otredad. El otro deja de ser un sujeto digno de consideración, ya no vale, no conmueve, no es un semejante ni siquiera un adversario. Es, sencillamente, la nada misma. No hay detrás de esos cuerpos ningún órgano, no hay corazones sufrientes, no hay identidad, no está María, ni Juan, ni vos ni yo. Todo se reduce a una estadística, a un stock de mercaderías, a una celda perdida en una planilla de cálculos.

El odio se inocula por múltiples vías. Quienes dicen informarnos nos administran, cada día, una nueva dosis de veneno: lenta, no letal, de efecto retardado. Se lee odio, se escucha odio, se ve odio. Los comentarios en las redes sociales funcionan como la verdadera cloaca de un tiempo fétido y pestilente. Ya no importan las razones con las que se expone una idea, ni tampoco la veracidad de la información que la sostiene. Existe un ejército de odiadores profesionales dispuesto a descalificarlo todo. También están los odiadores de almacén, aquellos que repiten, convencidos, cuanto escuchan, las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Todavía recuerdo a la señora aquella que, con el rostro adusto y frente a las cámaras de televisión, pronunció una frase tristemente célebre de nuestra época: «Yo un día toqué a un pobre». ¿Eso es empatía o la expresión de una mirada incapaz de reconocer al otro como un semejante?

Vivir la vida no es lo mismo que sobrevivirla. Los rencores están sueltos y también se acunan en los vientres rotos y en las bocas vacías. Otro amanecer que recuerda que no hay un pedazo de pan y que el carro está esperando sobre el camino de tierra, igual que ayer, como la semana pasada. Otro día para tironear la vida. Porque una existencia reducida a la mera supervivencia difícilmente deje espacio para el encuentro con el otro, la esperanza o la dignidad.

El odio, esa emoción, es quizá la única capaz de traducirse en expectativas de ganancias económicas incalculables, aunque perfectamente previsibles. Es una receta magistral, de una eficacia contundente e incontrastable. El odio genera dinero. La industria de las armas y de la destrucción figura entre las actividades más lucrativas del mundo. Un mundo sin odio es, hoy por hoy, un mundo menos rentable. Hay que odiar para poder explotar; y explotar para poder matar. ¿Quién puede en estos días proponer la vida? ¿Quién puede ofrecer un futuro digno cuando piensa desde los genitales, con las manos manchadas de mierda y de sangre, las mismas que buscan facilitar el acceso civil a la portación de armas, para que terminemos matándonos entre nosotros? Son innumerables las preguntas que aún no tienen respuestas, pero cada crepúsculo nos depara un nuevo desafío: mantener incólume el sentido común y preservar ciertas dosis de cordura. Son tiempos difíciles. Ya no basta con resistir al odio y a la injusticia; también hay que resistir a la estupidez, que con demasiada frecuencia adopta el mismo rostro y avanza con la silenciosa pretensión de conquistarlo todo.

Fuente:

https://lateclaenerevista.com/anatomia-del-odio-por-gabriel-martinez-picco/

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