Argentina endeudada La naturalización de la usura y el negocio de la necesidad

20.08.2026
«El cambista y su mujer» (1538), Marinus van Reymerswale
«El cambista y su mujer» (1538), Marinus van Reymerswale

En la Argentina contemporánea endeudarse se ha convertido en una práctica cotidiana. Cuando la rentabilidad depende de la vulnerabilidad del otro, tenemos derecho —y quizás la obligación— de recuperar una palabra que hemos expulsado del lenguaje económico: usura.


Por Bruno Carpinetti - Guardaparque. Se diplomó y obtuvo una Maestría en Ciencias en Biología de la Conservación en la Universidad de Kent, Inglaterra. Completó el Diploma de postgrado en Antropología Social y Política en FLACSO – Buenos Aires, y se Doctoró en Antropología Social en la Universidad Nacional de Misiones. Ha ocupado distintos cargos en la administración pública. Actualmente es Profesor Titular de Ecología General y Recursos Naturales en la Universidad Nacional Arturo Jauretche y Profesor Titular del área de Gestión de Riesgos en la Universidad Nacional de La Plata.


(para La Tecl@ Eñe)

De la condena religiosa a la naturalización de la deuda

Hay transformaciones sociales que no ocurren porque una sociedad decida explícitamente cambiar sus valores, sino porque ciertas prácticas dejan, poco a poco, de ser consideradas problemáticas. Algo de eso ha sucedido con la deuda y, sobre todo, con la usura.

En la Argentina contemporánea, endeudarse se ha convertido en una práctica cotidiana. A diciembre de 2025, 19,5 millones de personas registraban algún tipo de crédito en el sistema financiero ampliado, un millón más que un año antes, mientras que el saldo promedio por deudor había alcanzado los $4,1 millones a valores constantes, con un incremento real del 24,7% durante 2025, el nivel más alto desde 2020. Se compra en cuotas, se utiliza la tarjeta para llegar a fin de mes, se solicita un préstamo para cancelar otro y se recurre a aplicaciones financieras para resolver necesidades inmediatas. El crédito dejó de ser una herramienta excepcional y pasó a formar parte de la organización ordinaria de la vida.

Lo significativo no es solamente la cantidad de personas endeudadas. Es que hemos dejado de experimentar la deuda como una anomalía.

La palabra misma ha cambiado. Ya no hablamos de prestamistas y deudores, sino de entidades financieras y clientes. No hablamos de usura, sino de costo financiero. No hablamos de necesidad, sino de demanda. El lenguaje financiero convirtió una relación moral en una operación técnica.

Y allí reside una de las grandes victorias de la usura: no haber conseguido que la consideremos justa, sino haber conseguido que dejemos de preguntarnos si lo es.

Una antigua pregunta moral

Durante siglos, las grandes tradiciones religiosas consideraron que cobrar por prestar dinero podía constituir una transgresión moral. El problema no era simplemente la magnitud del interés. Era la relación entre quien posee recursos y quien los necesita.

Quien tiene dinero puede esperar. Quien necesita dinero muchas veces no puede.

Esa desigualdad hace que un contrato formalmente voluntario no sea necesariamente una relación justa. El necesitado puede aceptar porque no tiene alternativa, y precisamente esa vulnerabilidad puede convertirse en la fuente de rentabilidad del acreedor.

La crítica religiosa a la usura contenía, por lo tanto, una intuición que nuestra época ha perdido: la necesidad humana no debería convertirse automáticamente en una oportunidad de negocio.

El judaísmo, el cristianismo y el islam desarrollaron, con importantes diferencias, doctrinas restrictivas frente al interés. El cristianismo medieval llegó a condenar severamente la usura; el islam mantiene hasta hoy la prohibición del riba; y la tradición judía estableció restricciones al cobro de interés entre miembros de la propia comunidad.

En las tradiciones religiosas, la condena de la usura tampoco estuvo exenta de tensiones. En el judaísmo bíblico, por ejemplo, existen disposiciones que diferencian el tratamiento del interés según se trate de miembros de la propia comunidad o de personas externas a ella. Esta distinción debe entenderse en el contexto histórico y jurídico de aquellas sociedades, muy diferentes de las actuales, y no puede trasladarse sin más a la tradición judía contemporánea. Sin embargo, resulta interesante desde una perspectiva ética porque muestra una tensión que atraviesa muchas doctrinas antiguas: la distancia entre una moral orientada prioritariamente hacia la propia comunidad y la aspiración moderna a una ética universal, aplicable por igual a todos los seres humanos.

Más allá de estas diferencias, las tres grandes tradiciones abrahámicas conservaron durante siglos una preocupación común: que la necesidad económica de una persona no se convirtiera sin límites en una oportunidad de enriquecimiento para otra.

La modernidad no abolió la usura

La modernidad pareció resolver el problema de una manera sencilla: si ambas partes aceptan el contrato, la relación es legítima. Pero esa solución confunde consentimiento con justicia.

Una persona con recursos y otra que necesita desesperadamente dinero pueden firmar voluntariamente el mismo contrato y encontrarse, sin embargo, en posiciones completamente diferentes. El derecho puede reconocerlas como iguales; la realidad económica puede no serlo.

La modernidad no eliminó entonces la usura. La institucionalizó.

El antiguo prestamista abusivo fue reemplazado por contratos, algoritmos, tarjetas, aplicaciones y sistemas de evaluación crediticia. La operación se volvió más sofisticada y, al mismo tiempo, moralmente invisible.

El problema reaparece cuando observamos quién paga más por el dinero.

Quien posee patrimonio, ingresos estables y garantías suele acceder al crédito en mejores condiciones. Quien tiene menos recursos, precisamente porque representa mayor riesgo para el sistema financiero, enfrenta mayores costos.

La paradoja es brutal: el dinero puede resultar más caro cuanto mayor es la necesidad de quien lo solicita.

Y hemos aprendido a considerar eso normal.

«Usurario con una mujer llorosa», (1654) Gabriel Metsu
«Usurario con una mujer llorosa», (1654) Gabriel Metsu

La disociación entre lo que pensamos y lo que hacemos

Aquí aparece una cuestión que atraviesa nuestras reflexiones vertidas en anteriores artículos, sobre la relación entre ideología y acción.

Nos declaramos partidarios de la libertad, pero aceptamos formas de endeudamiento que condicionan durante años la vida de millones de personas.

Defendemos la responsabilidad individual, pero convertimos en decisiones privadas problemas que tienen causas estructurales.

Hablamos de igualdad mientras aceptamos que la capacidad de negociación frente al crédito dependa precisamente de la riqueza previa.

Y sostenemos que una relación es justa porque fue voluntariamente aceptada, aunque una de las partes haya llegado a ella desde la necesidad.

La contradicción se vuelve posible porque hemos separado nuestras convicciones de nuestras prácticas.

Podemos rechazar verbalmente la explotación y participar cotidianamente de relaciones económicas que la reproducen.

Podemos condenar la usura y, al mismo tiempo, aceptar que el dinero sea vendido a precios extraordinarios a quienes menos posibilidades tienen de defenderse.

Cuando desaparecen las doctrinas

Durante siglos, las doctrinas religiosas funcionaron como ordenadores de la vida social. No se limitaban a explicar el mundo: establecían límites para la conducta.

Decían que no todo lo legal era justo, que no todo lo rentable era legítimo y que no todo lo que podía hacerse debía hacerse.

La modernidad debilitó esos límites y los reemplazó progresivamente por una combinación de mercado, derecho y decisión individual.

El resultado es que hemos terminado confundiendo tres cosas diferentes: lo permitido, lo rentable y lo justo.

Pero una sociedad no puede vivir indefinidamente sin responder qué considera justo. La cuestión de la usura vuelve a mostrarnos por qué.

No necesitamos regresar a las sociedades religiosas ni aceptar sin crítica sus doctrinas. Necesitamos recuperar su capacidad de formular límites morales.

Porque el problema de una sociedad no es solamente aquello que prohíbe. También es aquello que, pudiendo prohibir, ha decidido considerar normal.

Volver a llamar usura a la usura

No todo interés es usura. El crédito puede ser una herramienta legítima y necesaria. Una economía moderna difícilmente pueda funcionar sin mecanismos de financiación.

Pero tampoco todo aquello que es legal, voluntario y rentable es necesariamente justo.

Cuando la rentabilidad depende de la vulnerabilidad del otro, cuando el necesitado paga más precisamente porque necesita más, cuando una persona compromete ingresos futuros para resolver necesidades presentes y cuando esa situación se convierte en una fuente sistemática de ganancias, tenemos derecho —y quizás la obligación— de recuperar una palabra que hemos expulsado del lenguaje económico: usura.

No para regresar al pasado, sino para recuperar una pregunta que el presente ha olvidado. ¿Cuánto puede ganar legítimamente alguien aprovechándose de la necesidad de otro?

Las antiguas religiones ofrecieron respuestas imperfectas, contradictorias y condicionadas por sus propios contextos históricos. Pero conservaron algo fundamental: la convicción de que el dinero también está sometido a la moral.

Nosotros hemos hecho exactamente lo contrario. Hemos conseguido que el mercado parezca moralmente neutral.

Y cuando el mercado se presenta como neutral, la necesidad humana puede convertirse en mercancía sin que nadie tenga que sentirse responsable.

Quizás sea hora de volver a discutir la usura. No porque hayamos descubierto algo nuevo, sino porque hemos olvidado algo demasiado antiguo.

Fuente:

https://lateclaenerevista.com/argentina-endeudada-la-naturalizacion-de-la-usura-y-el-negocio-de-la-necesidad-por-bruno-carpinetti/

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