Bajen las armas, aquí solo hay pibes aprendiendo

La investigadora del CONICET Cinthia Wanschelbaum propone en este artículo, partiendo de los sucesos ocurridos en la escuela de San Cristóbal, Santa Fe, la pregunta por las formas de intervención pedagógica y política que debemos formularnos para interrumpir este proceso político de producción sistemática de violencia.
Por Cinthia Wanschelbaum - Investigadora del CONICET, área de educación
A comienzos de los años 2000 se estrenó el documental Bowling for Columbine dirigido por Michael Moore. El origen de la película se encuentra en el problema de los tiroteos en las escuelas. A partir de esa realidad que comienza a presentarse como cotidiana en Estados Unidos, el cineasta realiza un profundo análisis de sus causas.
El argumento central es que no se trata de un problema individual vinculado a cuestiones psicológicas de los atacantes, sino que es expresión de una violencia social estructural y de la política de libre portación de armas en algunas ciudades del imperio.
La primera pregunta que emerge ante el shock del tiroteo en la escuela de San Cristóbal, Santa Fe, es: ¿cómo puede ser? ¿por qué ocurre algo así? Es inconcebible que un espacio educativo como la escuela se convierta en lugar del horror. Pero ¿qué condiciones sociales hacen posible que lo impensable devenga acontecimiento?
En el mes de junio del 2025 el gobierno publicó el Decreto 397 que modificó el régimen de control de armas de fuego en la Argentina, en el marco de un proceso más amplio de reconfiguración estatal caracterizado por el desmantelamiento de políticas públicas, la retracción de derechos, la legitimación de discursos que promueven el odio y la violencia, y la represión como forma cotidiana del ejercicio del poder estatal. Milei enseña, motosierra en mano, la resolución violenta de los conflictos. Comporta una pedagogía que acude a la agresión, el odio y la violencia del Estado como formas cotidianas de la vida social.
Desde 2024 a la actualidad, los informes de la Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI) advierten un incremento sostenido de la violencia estatal, particularmente sobre jóvenes de sectores populares. La expansión de prácticas represivas, el endurecimiento del aparato punitivo y la construcción de enemigos internos configuran un escenario donde la violencia no solo se ejerce, sino que se legitima y naturaliza.
Es en este punto donde la caracterización que venimos realizando del gobierno de Javier Milei como una experiencia de carácter fascista – o, más precisamente, como una forma contemporánea de (neo/pos)fascismo – adquiere una densidad aún mayor. No se trata únicamente de sus rasgos discursivos o institucionales, sino de un proyecto que produce activamente subjetividades acordes a ese orden y crecientemente expuestas a la violencia como forma de vínculo social.
En ese marco, se consolida una operación más profunda: la producción de una generación atravesada por la precariedad, el endeudamiento y la frustración, donde la promesa meritocrática convive con la imposibilidad material de sostenerla. Jóvenes empujadas y empujados a habitar un mundo sin horizontes colectivos, donde el otro deja de ser un semejante para convertirse en amenaza. Al mismo tiempo, se avanza, como viene analizando Paulah Nurit Shabel (2025), en una reconfiguración de la infancia que implica su progresiva reprivatización: menos Estado, menos escuela, menos mediaciones públicas; más familia entendida como propiedad, más mercado. Asistimos a la configuración de infancias y adolescencias solas, enojadas y sin futuro, marcadas por la desprotección y la ausencia de horizontes compartidos. Infancias a las que se les retiran dispositivos de cuidado al mismo tiempo que se las responsabiliza por su propia deriva. Infancias que crecen en un entramado social donde la violencia no solo circula, sino que organiza.
Los niños, niñas y adolescentes no habitan una burbuja. Son sujetos atravesados por las tensiones, las angustias y las violencias de la sociedad en la que viven. La precarización de las condiciones de vida, la incertidumbre radical sobre el futuro, la fragmentación de los lazos sociales y el debilitamiento de las instituciones de cuidado producen subjetividades marcadas por el desamparo. En ese contexto, la escuela se ve tensionada hasta sus límites.
Al mismo tiempo, las instituciones educativas son deslegitimadas, desfinanciadas y erosionadas en su capacidad de sostener lo común. Así, la escuela deja de ser un espacio de cuidado para transformarse en un territorio expuesto a las mismas dinámicas de descomposición social que atraviesan el conjunto. La violencia de la situación económica no es un telón de fondo: es una condición estructurante. El aumento de la pobreza infantil, la inseguridad alimentaria, el deterioro de las condiciones materiales de existencia impactan directamente en las experiencias escolares.
Pretender, entonces, explicar un hecho como el tiroteo de San Cristóbal apelando exclusivamente a la figura de un "individuo desviado", desplaza la responsabilidad de las condiciones sociales hacia la patología individual.
Interrogar estos acontecimientos exige, entonces, reubicar el foco de las preguntas por el «quién", al «por qué". Supone poner la lente en qué tipo de sociedad estamos produciendo y cómo esa sociedad —y este proyecto político fascista en particular— habilita, organiza y amplifica formas cada vez más extremas de violencia.
Si algo nos enseñó Bowling for Columbine es que los tiroteos no son anomalías sino síntomas. Síntomas de un orden que produce miedo, desigualdad y violencia como formas de organización social. Leer el episodio de San Cristóbal en esta clave implica comprenderlo en su densidad histórica y política.
La pregunta, entonces, deja de ser únicamente cómo pudo pasar, para transformarse en otra más incómoda y urgente: ¿Qué estamos haciendo – y qué se está haciendo desde el poder – para que siga pasando? Y, más aún, ¿Qué formas de intervención pedagógica, pero sobre todo política somos capaces de construir para interrumpir este proceso político de producción sistemática de violencia.
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