Cuidar los zapatos andando de rodillas. El individualismo, el progresismo y la Ilustración

28.02.2026

El individualismo no es una responsabilidad de los individuos, sino que responde a consecuencias estructurales. Lo explican la fragmentación productiva y el avance de los mercados sobre la vida social, el neoliberalismo por arriba, pero también las actitudes del progresismo a la neoliberalización por abajo. Los derechos, si no son universales, ¿son privilegios? Algunas "escenas primarias" ayudan a observar las posibilidades y los escollos en la vida social, una dimensión que pasa de largo en el tamiz de las encuestas.

Por Pedro Karczmarczyk - Docente UNLP, Investigador en CONICET


Progresismo

¿Se puede tratar de recuperar este argumento en un sentido progresista? Creemos que sí. Pero para ello hay que atender a que la neoliberalización no es sólo un proceso que ocurre por arriba, sino uno que ocurre también por abajo.

En efecto, el neoliberalismo supuso el reemplazo de las formas socioeconómcas existentes hasta entonces. Concretamente, supuso el desmantelamiento del estado de bienestar, allí donde lo había, y ganó nuevos bríos con la caída del bloque soviético. La narrativa corriente tiende a proponer a la crisis del bloque soviético como una confrontación de modelos de la que saldría prístina como conclusión la naturaleza insuperable del capitalismo. Sin embargo, las cosas son un poco más complejas. El neoliberalismo avanzó por arriba primero en la periferia, a partir de los golpes de estado de 1973 en Chile y de 1976 en Argentina, pero en los países centrales avanzó también, y en primer lugar, por abajo. Como consecuencia, entre otros factores, de las luchas anticoloniales y antiimperialistas de mediados del siglo XX, los años sesenta y setentas fueron testigos de grandes flujos de fuerza de trabajo migrante. Ahora bien, esta fuerza de trabajo no fue acogida por las organizaciones históricas de la clase trabajadora de los Estados de bienestar. Está claro que los migrantes representaban una competencia potencial para los trabajadores ya emplazados e integrados en los sindicatos. Pero esta situación es estructural, es la condición de existencia de la clase, de manera que, si no se la resuelve en el presente, se la deberá enfrentar, en perores condiciones, en un futuro no muy distante. Un ejemplo puede servirnos para ilustrar este punto, Étienne Balibar, un importante filósofo francés, suele recordar en distintas entrevistas las tensiones, que finalmente lo llevarían a la ruptura, que tuvo con el Partido comunista francés, de amplia influencia en los sindicatos por entonces, debido a su militancia entre migrantes e indocumentados a fines de los setentas.

Esta imposibilidad de dotarse de una política activa hacia los nuevos sectores de la clase trabajadora introducía una nueva fractura en el seno de una clase trabajadora, que ya se había dividido como consecuencia del "gran regateo" socialdemócrata entre aquellos que confiaban en que un horizonte de creciente igualdad podía obtenerse en el marco del capitalismo y aquellos que conservaban el horizonte anticapitalista o revolucionario.

También en nuestro país hubo un déficit en las políticas que las organizaciones sindicales y políticas vinculadas a la clase trabajadora tuvieron respecto de contingentes de fuerza de trabajo que no se adecuaban a sus categorías e intereses inmediatos, ya sea por ser migrantes o por haber sido expulsados de la estructura productiva debido a su reestructuración. No es un dato menor que las organizaciones que emergieron a raíz de la alta desocupación que acarrearon las reformas del menemismo emergieran a la superficie de la política sobre todo a través de formas de organización autónomas, como la de los piqueteros. Esta autonomía es y era una virtud, pero también es un síntoma. Es un síntoma de que las organizaciones clásicas de la clase trabajadora tuvieron un retraso fatal para comprender que sus intereses van de la mano con los de los trabajadores desocupados o excluidos, que son los que regulan el mercado de trabajo. Si extendemos esta reflexión al conjunto de trabajos realizados hoy bajo formas precarias, cuyas dificultades estructurales para desarrollar una acción colectiva ya hemos señalado, es inevitable reconocer que el problema nos acompaña en la actualidad. Es a nuestro entender, junto con la fragmentación de la producción, una de las pantallas de fondo contra las cuales debe apreciarse el individualismo.

Recapitulemos un poco. Los progresistas somos herederos de la Ilustración. En esa medida tendemos a confiar en la fuerza reveladora de la verdad. La verdad es indice de sí misma y de lo falso, "…como la luz se revela a sí misma y revela a las tinieblas." decía Spinoza, no sin antes reconocer que el cultivo de la verdad y de la razón está vinculado a la formación de una sociedad donde esas discriminaciones (verdadero-falso) pudieran ser realizadas con la mayor seguridad por el mayor número posible. Dicho esto, podemos indicar que la denuncia de las operaciones de los medios de comunicación es una tarea irrenunciable, pero no es un programa. La tarea es irrenunciable, y debería llevarse adelante, ya que posee alguna eficacia, pero sin "contarse historias" respecto a la misma. Entiéndase bien, no se trata de negar la fuerza del discurso, sino de situarlo. En efecto, en un contexto como el que describimos, para importantes contingentes humanos el individualismo no es una opción, sino una certeza vital indispensable para reproducir sus vidas. Confundir la certeza vital, detrás de la que discernimos un imperativo estructural, y la certeza epistémica es un error común, y muchas veces fatal, en el abordaje de la vida social, al menos desde Dilthey. Los medios de comunicación trabajan sobre esas certezas en términos discursivos. Si al fenómeno lo ubicamos, además, en el contexto de una crisis profunda de la educación pública elemental y media desde los años 1990, y que hasta hoy no se ha revertido, que implica una desposesión simbólica importante, y añadimos además el cambio en la gramática de las comunicaciones, las expectativas sobre la fuerza del puro discurso como arma de conversión ideológica deberían ser moderadas.

¿Esto significa que el progresismo debería dar vuelta la página y abandonar la Ilustración como marco interpretativo y como cantera de inspiraciones? Me parece cuanto menos apresurado. La ilustración es una gran tradición, variopinta. A mi entender, antes que abandonarla hay que considerar que la creencia en el valor transformador de la verdad es solo uno de los elementos del discurso ilustrado. Insisto para que no queden dudas, no se trata de descartarlo, sino de situarlo. En efecto, un vector al menos tan importante como aquel es la arremetida del discurso ilustrado contra la idea de diferencias naturales entre los hombres, de acuerdo a las cuales unos, los nobles, serían distintos por naturaleza, se habla así de "sangre azul", mientras que otros, los simples, de sangre roja, serían asignados por naturaleza al trabajo manual.

Allí podemos encontrar probablemente una de las herencias más valiosas del iluminismo, la idea de que un derecho, si no es universal, es un privilegio, una prerrogativa. La idea conserva filo analítico y político hoy en día. El problema probablemente radica en lo que supimos y no supimos hacer con ella. Esta idea ilustrada es una herramienta para criticar lo dado y podría ser una herramienta para construir futuro. En todo caso, creo que sirve para pensar una crisis de la democracia cuyas causas no son sólo externas, el autoritarismo y la autocracia o incluso el individualismo, causas que vendrían vaya uno a saber de dónde, sino a partir de causas internas a la propia democracia. Dicho de otra manera, hay un desgaste de la democracia que surge de su propio ejercicio. La Argentina de Milei, el Chile de Kast, el Brasil de Bolsonaro, Vox en España, etc., son fenómenos que surgen en el interior de regímenes que realizan elecciones periódicamente, regímenes democráticos entonces según el uso corriente de la expresión. La cuestión es entender cómo los sistemas democráticos que realizan elecciones periódicas se desgastan o deslegitiman a sí mismos.

El fenómeno es complejo, sin lugar a dudas, pero, como en toda complejidad, también en esta hay nudos, síntomas. A propósito de la elección de Milei se ha hablado mucho de que los trabajadores precarizados que se vuelcan a la ultraderecha escuchan con indiferencia o desdén el discurso progresista que indica que la ultraderecha viene por los derechos del pueblo. Pero si observamos la situación desde la perspectiva que proponemos, entonces resulta que estos jóvenes precarizados, es decir hiperexplotados, tienen un punto a su favor: ellos son parte del pueblo y disfrutan de muy pocos o casi ningún derecho. No se trata de justificar el diagnostico que usualmente se les atribuye: la conveniencia de expandir su propia desgracia. Se trata más bien de intentar comprenderlo. Es evidente que este diagnóstico es una pasión triste, fruto de la impotencia. Pero un proyecto político emancipador, es decir, la construcción de una pasión alegre que aumente nuestra potencia y nuestras capacidades al asociarnos no antagoniza con las pasiones tristes como el agua con el aceite, no plantea una disyunción excluyente, y en consecuencia no puede dejar de reconocer que ahí tienen un punto, y que se trata de un punto ilustrado: un derecho que no es universal es un privilegio.

El contraste entre impotencia y potencia nos llevó a hablar de la tristeza asociada a la impotencia y al individualismo y de la alegría asociada a la potencia de la emancipación. Podemos entonces dar un paso más y hablar del humor social como de una dimensión que, sin poder constatarse estrictamente, marca las situaciones y los devenires. El humor social en tanto virtualidad, remite al tiempo. Ahora bien, en términos políticos el tiempo se denomina proyecto.

La tensa relación entre derechos y universalidad estuvo siempre en el candelero político. Cuando se la dota de un horizonte temporal puede abrirse a un desarrollo controversial, dialéctico. La cuestión clave del momento actual parece ser que se ha desvanecido un horizonte temporal para la misma. Anulado el horizonte temporal, en una situación en la que mañana no puede concebirse sino como una repetición de hoy, la fórmula queda reducida a su función más elemental, la que debería disparar la dialéctica, pero que en ausencia de un horizonte temporal deviene una pura constatación: los derechos existentes no son universales, por lo tanto no son derechos, sino privilegios. Jean Paul Sartre representó en A puerta cerrada la idea del infierno como una habitación cerrada, sin salida, en la que tres personajes estaban condenados a ser mirados eternamente por los otros dos.

La última imagen potente del futuro en el imaginario popular fue la frase alfonsinista según la cual "Con la democracia se come, se educa, se cura, se trabaja", y habría que reconocer que si dejó de suscitar esperanzas populares no fue por impaciencia, sino porque con la democracia varios de estos ítems se movieron en sentido contrario. El problema con el "posibilismo", con la actitud que restringe sistemáticamente el campo de acción de la política en función de los factores fácticos de poder o de la correlación de fuerzas, no está tanto en sus efectos en presente, en lo que se dejó de hacer en función de una imagen congelada de lo posible, sino en haber anulado el futuro. El libertarianismo, y antes el menemismo, propusieron a su modo imágenes del futuro, la de una futura argentina potencia que requiere el sacrificio de una generación. La clave de su éxito tal vez resida justamente allí, en la osadía de proponer un relato, relato simplón o incluso una estafa, puesto que enmarca la experiencia presente como presente, la hace aparecer como pasajera, aun si esta se torna más dolorosa.

Volvamos ahora a la arena política. La divisoria de aguas parece ser hoy la discusión sobre el rol del Estado en la sociedad. La decisión a favor o en contra de la "intervención del Estado" no agota la cuestión. El progresismo se ubica naturalmente a favor de la intervención del Estado, pero esta opción no puede evitar estar atravesada por el humor social que subyace a la misma. Una concepción paternalista de los derechos sociales construye la idea de beneficiarios pasivos de la ayuda social, lo que suscita toda una serie de conflictos en el interior de la sociedad. La idea de una interdependencia de lo social, la idea de que la sociedad se construye en base al trabajo de todos, presupone, por el contrario, que los portadores de los derechos lo son en tanto actores sociales, es decir, en función de la contribución real o potencial de cada cual a la sociedad. Mientras la primera puede ser dispersa y errática, la segunda debe por fuerza tener un carácter integral y sistemático.

Escenas primarias

Si este diagnóstico no es erróneo, lo que se sigue es que probablemente la tarea actual del progresismo sea más bien dejarse atravesar por una interpelación que proviene desde sectores importantes del pueblo, incluso si esta interpelación viene en las formas más oscuras, tristes y reactivas. Se trataría de hacer una apuesta tanto por una escucha de lo que hace síntoma en la realidad social como por identificar, abrirse, impulsar y participar en las formas de inventiva popular que intentan dar respuestas a los problemas inauditos que plantea nuestro tiempo.

En su magnífico Todo lo sólido se desvanece en el aire (Buenos Aires, Siglo XXI, 1989), Marshall Berman llamaba la atención sobre distintas situaciones que denomina "escenas primarias de la modernidad", escenas que surgen en la vida cotidiana concreta pero que encierran una resonancia y una profundidad, que las convierten en símbolos de la vida moderna. Se trata de situaciones que, comprensiblemente, pueden encontrarse en la literatura y que, en su caso, dan cuenta de transformaciones de la sociedad que se expresan con peculiar acritud en la vida de las grandes ciudades. Las "escenas modernas primarias" son "…encuentros en las calles de la ciudad, elevados a la primera intensidad (…) al punto de que expresan posibilidades y escollos, estímulos y atolladeros fundamentales d ella vida moderna." (p. 236) Así, en el poema "Los ojos de los pobres" (El spleen de París, nº 26) de Baudelaire, la mirada de una familia de harapientos que cae sobre una pareja de enamorados sentados en un flamante café en una de las esquinas de un también flamante bulevar en la París del siglo XIX suscita en la pareja reacciones tan divergentes que dejan entrever que el idilio que los envolvía se ha fracturado para siempre. Él siente que, bajo la nueva luz que lo exhibe ante la "familia de ojos" de los desarrapados, su felicidad es un privilegio de clase. Ella, en cambio, exclama "¡Esa gente me está siendo insoportable con sus ojos tan abiertos como puertas cocheras! ¿Porque no pedís al dueño del café que los haga alejarse?" A partir de allí es imposible imaginar la continuación del idilio.

Otra escena recogida por Berman proviene de la primera novela de Dostoievski, «Pobres gentes», publicada en 1845. Makar Devushkin, el protagonista de la novela es un oficinista, culto y sensible pero pobre. En sus ensueños se cruzan la literatura (escribir un libro) y la Avenida Nevski, la moderna arteria urbana que, como los bulevares de París, propicia el encuentro de clases las sociales, en la que Devushkin podría pasearse como escritor (ser alguien). Pero estos ensueños se ven ensombrecidos por sus zapatos mil veces remendados, Devushkin no puede remediar que aparezcan en sus ensoñaciones, es decir, que en sus sueños irrumpa la mirada de un otro implacable. Berman nos explica algo que convendría tener en cuenta hoy en día: "En la Rusia de la década de 1840 (…) una sociedad que combina unas modernas comunicaciones de masa con unas relaciones sociales feudales, esta promesa es una burla cruel. Los medios de comunicaciones que parecen reunir a las personas -calle e imprenta- solo hacen más dramáticos el abismo entre ellas." (p. 214)

Toda una generación de intelectuales argentinos encontró en Roberto Arlt una cantera de escenas primarias de nuestra vida común. El análisis de Oscar Masotta del cuento "Las fieras" sigue siendo probablemente fundamental para entender el silencio de las clases populares. Por mi parte, querría concluir con una pequeña escena profundamente artliana. En su tango "¡Qué me van a hablar de amor!" Julio Sosa presenta una figura crepuscular que se dispone a dar un consejo que nadie le reclama acerca en las cosas del amor, donde dice que nada tiene que aprender, pero en realidad, bajo una pátina de suficiencia, este consejo no es más que la expresión de su quebranto. Este personaje, que se autoriza como consejero por ser baquiano de una vida que ha atravesado dando tumbos, le da un giro dramático a la escena dostoievskiana, cuando dice: "comprendo que en la vida, se cuidan los zapatos, andando de rodillas". Es este andar de rodillas, escamoteado, pero sin embargo alcanzado por la mirada fulminante del otro, sus condiciones y sus consecuencias, lo que habría que escrutar y escuchar, en el pueblo, pero también al interior del progresismo.

Referencias:

[1] Una de las consecuencias de este proceso es una suerte de error de paralaje en las mediciones, ya que actividades que antes eran contadas como actividades industriales, los trabajadores empleados en el departamento contable o de transporte de una fábrica de autos por ejemplo, pasan a ser computados en otra columna.