De la Salò de Pasolini a la Argentina

14.02.2026

Pier Paolo Pasolini comprendió que el nuevo fascismo vendría a través de una mutación antropológica impulsada por el consumo y la destrucción de la otredad. En Argentina, la reciente media sanción de la reforma laboral en el Congreso no es simplemente un cambio de reglas técnicas; es el marco legal que formaliza la reducción del trabajador a su vida desnuda, al simple hecho biológico de vivir.


Por Nora Merlin - Psicoanalista, magister en Ciencias Políticas.

Hoy, mientras Argentina atraviesa un experimento de crueldad planificada, la estética de Salò se convierte en un espejo de nuestra realidad cotidiana. En la película de Pasolini, el poder se ejerce a través de cuatro señores (el Duque, el Obispo, el Magistrado y el Presidente) que dictan leyes arbitrarias para despojar a los jóvenes de su dignidad. No hay un fin productivo en el sadismo, el objetivo es la humillación y la satisfacción en el dominio.

Cualquier semejanza con la Argentina actual no es coincidencia. El ascenso de una narrativa que celebra el hambre ajena, que tilda de «parásito» al vulnerable y que disfruta del desmantelamiento del cuidado y de lo común, es la versión siglo XXI de aquel círculo de pulsiones pasoliniano. Al fascismo moderno le basta con un algoritmo, una motosierra y la ruptura de los lazos de solidaridad básica.

Al igual que en el film, donde los cuerpos son reducidos a objetos de consumo, el discurso oficial hoy reduce a las personas a variables de ajuste en una lógica de deshumanización. Pasolini advertía sobre cómo el poder se apropia del lenguaje. Hoy, palabras como «libertad" "modernización" o "reforma" se utilizan para encubrir la opresión de los más débiles.

Entendemos a Saló como la vida en su sentido más puro y biológico. En la Grecia antigua existían dos palabras para nombrar la vida: bios, que era la vida calificada, la vida política y ciudadana; y zoe, la vida desnuda, el simple hecho biológico de estar vivo, que compartimos con animales y plantas. Pier Paolo Pasolini, en su testamento fílmico Salò o los 120 días de Sodoma, capturó el momento exacto en que el poder fascista decide que el pueblo ya no tiene derecho al bios. Solo le queda la zoe.

Hoy, en Argentina esa distinción se vuelve carne, hambre y grito. La reciente media sanción de la reforma laboral en el Congreso no es simplemente un cambio de reglas técnicas; es el marco legal que formaliza la reducción del trabajador a su zoe. Al observar los puntos clave aprobados – la creación de un «fondo de cese» que reemplaza la indemnización, la extensión del período de prueba y la flexibilización de las jornadas mediante el «banco de horas» – queda claro que el objetivo es despojar al empleo de su carácter de bios (vida civil, con derechos y estabilidad) para convertirlo en un recurso biológico y transaccional.

En la mansión de Saló, los jóvenes perdían su nombre para ser solo números en los círculos de la manía y la sangre. En la letra de la nueva ley, el trabajador pierde su protección histórica para convertirse en un «colaborador» o en un eslabón intercambiable de un engranaje que ya no garantiza la seguridad del mañana.

El ascenso del fascismo moderno, camuflado bajo la estética de la rebeldía de mercado, opera con una lógica pasoliniana: para dominar por completo a una sociedad, primero hay que quitarle su carácter político.

Cuando se desmantelan las instituciones, cuando se persigue la protesta y se asfixia la cultura, lo que se está haciendo es anular el bios de los argentinos. El poder actual no busca ciudadanos que debatan el destino de la nación sino cuerpos que apenas alcancen a reproducir su existencia biológica.

En Salò, los jóvenes son reducidos a su zoe: cuerpos que comen, que excretan, que sufren y que mueren. No hay nombre, no hay historia, no hay proyecto. Es la decisión política de reducir a millones de personas a la vida desnuda. Al igual que los cuatro libertinos de Pasolini, el actual elenco gobernante disfruta de la exhibición impúdica de su poder sobre la necesidad ajena. La crueldad se vuelve un espectáculo, y la vulnerabilidad del otro, una mercancía política.

Pasolini comprendió que el nuevo fascismo no vendría necesariamente con uniformes militares, sino a través de una mutación antropológica impulsada por el consumo y la destrucción de la otredad. En Argentina, esa mutación está en marcha. Se intenta imponer una ética donde el otro no es un semejante, sino un obstáculo o un recurso.

La arbitrariedad del poder hoy decide quién cae bajo la línea de la existencia y quién tiene permitido seguir siendo «humano». El ascenso del fascismo no es solo un cambio de gobierno; es la transformación de la Argentina en una gran mansión de Salò donde la vida política se apaga para que solo quede el latido mudo de la zoe bajo el manto de la indiferencia.

Frente a la reducción a la «vida desnuda», la tarea es recuperar el bios. No basta con sobrevivir; el desafío es volver a dotar a la vida de un sentido político, colectivo y solidario. Contra la pornografía de la crueldad que propone el esquema actual, la única salida es el reencuentro de los cuerpos en la plaza, en la calle y en la palabra, allí donde la zoe se transforma, finalmente, en una vida que valga la pena ser vivida.

Cuando el poder se vuelve pornográfico en su desprecio por la vida, la única salida es la recuperación de lo humano, de lo colectivo y de la fraternidad de los que se oponen a este modo de poder.

Semanas después de terminar Salò, en la madrugada del 2 de noviembre de 1975, fue hallado el cuerpo de Pier Paolo Pasolini en un descampado de la playa de Ostia. Lo habían golpeado hasta el cansancio y le habían pasado por encima con su propio auto.

El poder no soporta los espejos que reflejan la propia obscenidad; desnudar la perversión del mando se paga.

Fuente:

https://lateclaenerevista.com/de-la-salo-de-pasolini-a-la-argentina-por-nora-merlin/