El desprecio como amenaza a la democracia

Por François Dubet - Sociólogo francés, autor de Repensar la justicia social. Contra el mito de la igualdad de oportunidades y ¿Por qué preferimos la desigualdad? (aunque digamos lo contrario), ambos publicados por Siglo XXI.
Multiforme y contradictorio, el sentimiento de desprecio excede el mero desprecio de clase y se vuelve la energía emocional de las fuerzas y los movimientos que amenazan a las democracias. En efecto, el desprecio (o lo que entendemos como tal) está en todas partes. Anula las críticas a la explotación, eje del pensamiento y la acción de las izquierdas, que de un tiempo a esta parte se ven amenazadas por los populismos.
No hay una sola huelga, movilización, manifestación o encuesta de opinión que no denuncie el desprecio de los dirigentes y las élites. "¡Automovilistas, les están mintiendo! ¡Ciudadanos, los desprecian!", proclamaba una pancarta de los Chalecos Amarillos. El sentimiento de desprecio aparece y se desarrolla no sólo entre aquellos evidentemente más dominados y más discriminados. Gremios enteros son despreciados –docentes, personal de la salud, agricultores– , así como minorías, habitantes de los barrios populares y de territorios olvidados. Los electores son despreciados, al igual que los "franceses de fuste" que ven desaparecer su mundo, y también los televidentes que adhieren a las denuncias contra el "desprecio de las élites".
Cada uno de nosotros puede sentirse despreciado cuando la administración pública carece de poder o es demasiado poderosa, complicada, lenta, intrusiva o distante. Somos despreciados cuando los humoristas nos hieren o cuando se autocensuran para no herir a nadie. Desde luego, los partidos políticos y los movimientos sociales dan impulso a estos sentimientos de desprecio. Denunciamos el desprecio de los ciudadanos al mismo tiempo que despreciamos a nuestros adversarios. El desprecio y la ira se aglutinan en la diatriba contra las élites, los "expertos", los "intelectuales" o los "ricos". En lo político, el desprecio es maleable. Puede ser de derecha o de izquierda: todo depende de sus víctimas, sus autores y los partidos que lo movilizan.
Despreciados y despreciadores
El sentimiento de desprecio se puede insinuar sobre todo porque se basa en mecanismos sutiles. Mantiene la distancia sin insultar y sin odiar. Se instala sin ser agresivo. Como no necesita justificaciones, puede expresarse en un gesto y una mirada, o bien como gesto de cortesía "demasiado amable para ser sincero". La persona despreciada sabe que lo están despreciando, y al mismo tiempo siempre corre el riesgo de sentirse paranoica y perseguida si lo dice en voz alta. El desprecio es más activo que el desdén, que se limita a no ver. "El desdén es la goma de borrar; el desprecio, el lápiz", dice con bellas palabras Christian Vigouroux (1).
El desprecio te mira a los ojos; pero hay que reconocer que el matiz es muy sutil, ya que soy despreciado cuando me ven demasiado o mal, pero también cuando soy invisible. Ya estemos del lado del despreciado o del que desprecia, a menudo de ambos a la vez, el desprecio es un sentimiento íntimo e inconfesable. Es una emoción que carcome. El desprecio es peor que el odio, porque ignora a su objeto, mientras que el odio lo reconoce y suele otorgarle más poder del que posee. Su fuerza es aun más extraña ya que, en las sociedades democráticas, constituye una amenaza al principio de dignidad igualitaria entre las personas. A pesar de las desigualdades sociales, uno no debería despreciar a nadie. "Te condeno", dice el juez; "Te ordeno", dice el jefe, "pero no te desprecio".
Las heridas del desprecio jamás cicatrizan. Sin mencionar los relatos de los desertores de clase, que pasaron a ser un verdadero género literario; podemos citar a Balzac, Céline, Flaubert, Maupassant, Las palabras de Sartre y cientos de novelas, películas y entrevistas. El desprecio es una emoción profunda, violenta y perversa, porque se expresa con discreción: un silencio o un comentario sobre la vestimenta, las inflexiones o el acento. Podemos sentirnos víctimas de sexismo, racismo o desprecio de clase sin que siquiera una vez nos agredan, así como podemos despreciar sin siquiera una vez haberlo deseado. Por medio de las redes sociales e internet, el desprecio y los enojos íntimos ganan acceso al espacio público.
Si bien nada indica con certeza que estemos siendo más despreciados hoy que ayer, es probable que el encuentro entre el anhelo de reconocimiento y las redes sociales haga del desprecio una de las emociones más banales y más denunciadas. Pero el desprecio no es solamente íntimo, también es una emoción colectiva y una pasión política. En Francia, los Chalecos Amarillos y los manifestantes que repudiaron la reforma previsional (que elevaba la edad jubilatoria y fue retirada del Parlamento por su impopularidad) se consideran despreciados. El titular del diario Libération, luego de las elecciones legislativas de julio de 2024, fue "El desprecio". Los votantes de Agrupación Nacional, la fuerza de Marine Le Pen, son "despreciados", al igual que los izquierdistas del Nuevo Frente Popular. La palabra de las mujeres y las personas LGBT se ve "despreciada", tal como son "despreciados" los habitantes de los barrios populares y del campo. Este reinado del desprecio resulta tanto más sorprendente cuanto que los dirigentes se esfuerzan por no dar la impresión de despreciar a nadie. Su comunicación está controlada y su imagen, construida y gestionada por profesionales que buscan acercarlos a la gente. Sin embargo, no hay una sola protesta en la que no se denuncie el desprecio. El presidente Macron
–joven, de alto nivel de educación, rico, seguro de sí mismo en grado tal que resulta arrogante– simboliza esta civilización del desprecio –una de sus frases más célebres es: "Una estación de tren es un lugar donde uno se cruza con la gente que tiene éxito y con la gente que no es nadie"– (2).
Siempre podemos consolarnos si comparamos a los dirigentes franceses, relativamente civilizados, con Trump, Bolsonaro, Milei u Orban, que convirtieron al insulto y la agresión en un argumento político de rutina, en nombre del desprecio del cual serían víctimas sus electores. Si bien los tiranos más violentos suelen ser de derecha, todos y en todas partes comparten el desprecio; basta con ver cuántos líderes de izquierda son acusados de despreciar a los electores de extrema derecha, que habrían sido "idiotizados" por los medios y serían "lamentables" o directamente "unas basuras", según dejaron entrever Hillary Clinton y Joe Biden.
El desprecio se propaga más allá de las brechas que separan a las clases sociales, los géneros y las identidades culturales, porque es menos un vínculo social que una cadena de emociones. Cada cual es a la vez despreciado y despreciador. Aquellos que sufren el desprecio desprecian a otros, para darse algo de dignidad. Los líderes políticos nos desprecian, pero son despreciados por los electores. Los poseedores de títulos educativos desprecian a los derrotados en la selección escolar; pero los docentes son despreciados por el Ministerio, los medios, los padres y los alumnos. Los trabajadores poco calificados son despreciados por las patronales y las élites; pero no es infrecuente que desprecien a los extranjeros más pobres que ellos, acusados de despreciarlos a ellos también, aprovechándose del sistema. Las mujeres y las minorías sexuales y racializadas son despreciadas por los hombres blancos, que a su vez se sienten despreciados y olvidan sus numerosos privilegios. En nombre de este desprecio, un millonario propenso a insultar a sus adversarios, Donald Trump, hace reaccionar a los hombres contra las mujeres, a los blancos contra los migrantes y a los no graduados contra las élites. Y no es el único.
Entonces, que alguien sea despreciado no le impide despreciar a su vez, y no sólo a quienes lo desprecian, sino a otros que serían más merecedores de desprecio que él. Recapitulemos: el desprecio es una cadena relacional maleable. En definitiva, todo el mundo puede ser sujeto de desprecio, y las mayorías también se sienten despreciadas o víctimas de racismo social. Soy despreciado cuando ignoran mi cultura, pero también cuando la representan y se la "apropian". ¿Qué podemos decir del desprecio que mostraron los gobiernos cuando lanzaron la iniciativa de ofrecer "libros de quejas" para que los Chalecos Amarillos se dirigieran al Presidente, como si se estuvieran dirigiendo al rey hace casi dos siglos y medio?
Una sociología del desprecio
El desprecio nutre al resentimiento y fracciona a una sociedad en la que cada cual termina siendo simultáneamente despreciado y despreciador. Carcome la democracia y es difícil no entenderlo así cuando vemos en qué medida los regímenes autoritarios y los demagógicos reavivan incesantemente las pasiones más tristes (3). El reino del desprecio no se esfumará de la noche a la mañana con un cambio de Presidente o de Gobierno, ya que deriva de transformaciones profundas de la estructura social, de regímenes de desigualdades, de mutaciones de la cultura y de la definición misma de la subjetividad de los individuos. La sociología del desprecio debe ser una sociología general, en la medida en que el desprecio cristaliza el encuentro entre las relaciones de dominación y las concepciones culturales de lo que debería ser un individuo. Es el reflejo en negativo del funcionamiento de nuestras sociedades.
Si el desprecio es una de las emociones más antiguas que existen, ¿cómo podemos definir a aquel que nos invade hoy en día? El desprecio de clase sigue vigente; pero, paradójicamente, el estallido del sentimiento de desprecio proviene del largo agotamiento de la sociedad industrial y de las relaciones de clase que la constituían. A diferencia de la clase obrera de épocas pasadas, los nuevos proletarios no están protegidos por algún tipo de orgullo ni por identidades colectivas. Ya no son vistos como el núcleo de la sociedad y de su historicidad, de su capacidad de transformarse a sí misma por medio del trabajo, los conflictos de clase y su posición dominante del cambio.
En nuestro presente, se sienten despreciados quienes sienten que tan solo ven pasar el tren de la historia o que se han quedado al margen de las grandes ciudades, de los sectores dinámicos, de la innovación y de las nuevas aptitudes. Son despreciados porque quedan excluidos de los cambios, porque se han "quedado afuera", porque padecen las nuevas tecnologías y la globalización de los intercambios, porque ya no forman parte de las transformaciones, porque les quedó muy claro que la sociedad ya no es más el Estado-nación al que solían recurrir.
Del mismo modo, se sienten despreciados los profesionales de las instituciones cuya autoridad está en decadencia, incluso si su situación material no se sigue deteriorando. En Francia, el maestro de la Tercera República no estaba muy bien pago, pero gozaba de la autoridad de la institución escolar. En cierta medida, "encarnaba" a la República. Esta forma de autoridad y de prestigio está en decadencia. Entonces, los educadores se sienten despreciados, no porque realmente sea así (las encuestas dicen lo contrario), sino porque pasaron a ser asalariados como los demás. Otras profesiones, sobre todo las del ámbito de la salud y el trabajo social, están siendo arrastradas hacia la misma caída simbólica. Las vocaciones profesionales que encarnaban el progreso, la nación, el sacrificio y la emancipación pasaron a ser simplemente oficios que se consideran más o menos "calificados".
Heridas narcisistas
El reinado del desprecio no se explica sólo por las transformaciones de la estructura social y las instituciones. También procede de la larga mutación de las subjetividades. Dicho de otro modo, cuanto más se exige a los individuos que sean libres, autónomos, responsables y singulares, y que sean los artífices de su propia vida, más sienten la amenaza de ser despreciados si fracasan. Si no están a la altura de sus proyectos, su autoestima se degrada y se sienten aun más despreciados. En este caso, el desprecio proviene menos de la descomposición de las antiguas formas de integración social que de la valorización del individuo y de las pruebas que esto implica pasar. Por supuesto, internet y las redes sociales aceleran este proceso, dado que uno se ve tentado a exponerse para vivir con más intensidad, al mismo tiempo que se ve amenazado por la mirada de los demás.
Me desprecian porque mi verdadera identidad no es reconocida. Ante la necesidad legítima de reconocimiento, corremos el riesgo de formar parte de una guerra silenciosa de identidades, en la que también las identidades mayoritarias y dominantes se sienten amenazadas porque dejan de ser la norma cultural, sexual o religiosa. Cuando dejan de ser evidentes, se sienten despreciadas por un wokismo ampliamente imaginario, y ese desprecio impulsa a los electores a abrazar la alianza entre un conservadurismo asumido y un liberalismo económico desenfrenado.
Muy a menudo, el desprecio corroe y denuncia, pero no actúa, no desciende de la indignación a la responsabilidad. Entonces, nos desquitamos con el "sistema", y muchos medios e intelectuales se convierten en portavoces de aquel desprecio. Aunque no sea reductible al resentimiento ni a la discriminación, queda claro que es la emoción de los partidos de estilo populista, dispuestos a construir un "pueblo" definido, en un principio, por sus enemigos, en vez de generar reivindicaciones, conflictos y planes negociables.
El desprecio es el combustible de los demagogos y los tiranos. Su reinado puede conducir a lo peor. Y así sucede en muchos países. Cuando uno es despreciado, tiene que vengarse de los que desprecian, incluso a costa de defender las verdades alternativas en nombre del "respeto" que se debe a cada cual: ¿por qué mi opinión sobre la física cuántica y los citomegalovirus sería menos respetable –y, por ende, menos válida– que la de los científicos? Pero el desprecio es también una emoción maleable que conduce a la acción, a la protesta y a la crítica. Hoy en día, si parafraseamos a Eric Hobsbawm, sería la energía de "los rebeldes primitivos" (4) ¿Cómo transformarlo en una fuerza democrática? Para esto, hay que comprender esa emoción, sin creer que es la voz auténtica del pueblo o de cualquier individuo indignado. Hace falta explicar cómo se forma y cómo funciona, para intentar manejar sus efectos devastadores.
1. Christian Vigouroux, La société du dédain, París, Odile Jacob, 2022
2. Monique Pinçon-Charlot, Le méprisant de la République, París, Textuel, 2023
3. François Dubet, La época de las pasiones tristes. De cómo este mundo desigual lleva a la frustración y el resentimiento, y desalienta la lucha por una sociedad mejor, Buenos Aires, Siglo XXI, 2020; y Eva Illouz, La vida emocional del populismo, Buenos Aires, Katz, 2023.
4. Eric J. Hobsbawm, Rebeldes primitivos. Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX, Barcelona, Ariel, 1968.
Fuente:
El Diplo
